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Por La Opinión Popular - 11-08-2023 / 11:08
PANORAMA POLÍTICO PROVINCIAL

El federalismo entrerriano vs. los pituquitos de Recoleta

El federalismo entrerriano vs. los pituquitos de Recoleta
El centralismo es el modelo injusto que pretende perpetuar el pituco porteño Rogelio Frigerio, presentándose como candidato a gobernador en Entre Ríos, cuna del federalismo de Artigas, defendida durante décadas por Pancho Ramírez, Justo José de Urquiza y Ricardo López Jordán. Y con el jefe de Gobierno de CABA como principal auspiciante de su campaña electoral, respondiendo a los intereses del puerto de Buenos Aires, la Capital de la oligarquía rapaz y parasitaria, un distrito que no tiene campos ni industrias, ni produce bienes, que suministra principalmente servicios financieros que viven a costa del esfuerzo de industriales y trabajadores de todo el país.
 

 
"Basta de que nos maltraten los de afuera, basta de que nos digan qué hacer los pituquitos de Recoleta. Que este ejemplo sea tomado por el interior de nuestra Patria, este es el grito de Córdoba". La aseveración del peronista Martín Llaryora, el gobernador electo, en la noche que festejaba el triunfo de Daniel Passerini para sucederlo en Córdoba capital, tenía claros destinatarios: los dirigentes nacionales de Juntos por el Cambio que habían viajado ahí con la expectativa de festejar la victoria. Un escenario que mostró la esquiva foto "de unidad" entre los sectores que responden a Patricia Bullrich y a Horacio Rodríguez Larreta, que no sólo fue el preludio de nuevos y mayores actos de enfrentamiento, sino que en ese mismo momento terminó siendo la imagen de la derrota.
 
La frase de Llaryora para criticar a los dirigentes porteños chetos de Juntos por el Cambio, rápidamente se volvió viral y reavivó la grieta entre el puerto de Buenos Aires y el interior, trazando un tema de fondo: federalismo vs. centralismo. Las críticas intentaron ser respondidas por Rodríguez Larreta con el mantra que recita y aplica de manera genérica ante cada cuestionamiento: "Yo no creo en la política de las agresiones, jamás me van a ver a mí del lado de la violencia y de las agresiones personales, nunca..."
 
Pero la polémica, lejos de quedar zanjada, se profundizó, cuando desde los medios porteños se enfocaron en la literalidad de la frase y en sus implicancias, más que en el direccionamiento directo que originalmente tuvo. La expresión "pitucos de Recoleta" adquirió rápidamente el estatus representativo de un antiporteñismo que reaviva una grieta que marcó, desde sus orígenes, toda la historia del país, y que en este caso descargaba un fuerte rechazo contra los dirigentes políticos llegados de la CABA.
 
El calificativo de "pituquitos de Recoleta" tuvo nombres y apellidos: Patricia Bullrich Luro Pueyrredón, precandidata de nombre aristocrático con resonancia a latifundios y peonadas, fue una de las marcadas. Lo mismo el alcalde porteño Horacio Rodríguez Larreta Leloir Díaz Alberdi, dueño de otro apellido de resonancias similares. También Mauricio Macri Blanco Villegas, nacido en cuna de oro, bien pituca. Son expresiones de una oligarquía, continuadora de los unitarios del siglo XIX, ahora parapetados no solo en Recoleta sino en Puerto Madero y Nordelta.
 
El imaginario popular vincula a estos dirigentes porteños, de clase alta, bien vestidos y "estirados", con "maestritos ciruela" que llegan al interior federal para pedir explicaciones y dar sermones y recomendaciones de gestión pública, cuando muchos de los servicios que funcionan en CABA, el distrito más opulento del país, son objeto de fuertes subsidios nacionales, con los que se favorece a los porteños, en materia de energía y transporte, entre muchas otras cosas. Así cualquiera gobierna.
 
Además de los gastos del Gobierno Nacional en CABA, servicios que en el resto del país están a cargo de las provincias pero que ahí los ejecuta y paga la Nación, el Estado nacional destina más recursos que la cantidad de impuestos que allí se recauda. En términos absolutos, es decir, la cantidad efectiva de dinero, la diferencia en 2019, fue que CABA recibió U$S 23.709 millones contra U$S 16.395 millones que aportó con sus impuestos, lo cual representa un 45% más. Esas injusticias que genera el centralismo porteño son carencias y padecimientos que se sufren en las provincias del interior.
 
Este es el modelo injusto que pretende perpetuar el pituco porteño Rogelio Frigerio, presentándose como candidato a gobernador en Entre Ríos, cuna del federalismo de Artigas, defendida durante décadas por Pancho Ramírez, Justo José de Urquiza y Ricardo López Jordán. Y con el jefe de Gobierno de CABA como principal auspiciante de su campaña electoral, respondiendo a los intereses del puerto de Buenos Aires, la Capital de la oligarquía rapaz y parasitaria, un distrito que no tiene campos ni industrias, ni produce bienes, que suministra principalmente servicios financieros que viven a costa del esfuerzo de industriales y trabajadores de todo el país. Esa política porteña es centralista, elitista y extranjerizante, defensora de intereses que perjudican al interior de la patria.
 
Y el PRO es la quintaesencia de ese modelo unitario y centralista. Es un partido vecinal de CABA, nació porteño y no pudo crecer en las provincias ya que no gobierna ninguna. Como partido, el PRO no tiene desarrollo en el interior, no respeta al federalismo y pretende imponer candidaturas "a dedo" desde la Capital, como ocurre con el porteño Frigerio, precandidato a gobernador en Entre Ríos, una provincia que no conoce porque ni nació ni vivió jamás en ella.
 
Hay que remontarse mucho tiempo atrás para encontrar un período en el cual las relaciones entre el centralismo porteño y el interior federal hayan atravesado un peor momento. Y el origen se debe a la irrupción, a comienzos de este milenio, del PRO, el partido conservador del puerto, que carece de todo escrúpulo a la hora de procurar ventajas en favor de sus intereses concentrados. Nada de esto se publica en la gran prensa porteña.
 
Los grandes medios porteños se rasgaron las vestiduras ante lo de "pituquitos", que consideraron un acto de discriminación. Sin embargo, jamás se escuchará de ellos ni una ligera referencia a la marginación y el saqueo a las que el puerto de Buenos Aires sometió al resto del país, desde los albores de la patria. Es que en Argentina coexisten no uno, sino dos países, en una tensión que por momentos aflora, pero que siempre está latente. Uno, el puerto liberal, elitista y europeísta, y otro, los "arribeños" populistas y latinoamericanos. No es una división geográfica, sino ideológica y cultural.
 
El PRO, el partido vecinal porteño -continuador de los unitarios y liberales del siglo XIX- en cuanto tuvieron la oportunidad de gobernar el país, lo primero que hicieron fue despojarle a las provincias varios puntos de coparticipación federal en favor de su distrito, el reducto de sus negocios, el feudo que gobiernan hace 20 años. Y para garantizarse el mantenimiento de éste y otros privilegios, cooptaron sectores de la Justicia, que no se avergüenzan de responder servilmente a los intereses porteños.
 
En 2016, siendo ministro, Frigerio admitió indirectamente que Macri y Larreta saquearon a las provincias con la coparticipación federal con la excusa del traspaso de la policía, y pese a que se comprometió a enmendarlo, no lo hizo. Ahora, ya inmerso en los comicios entrerrianos, elude el tema y se esconde en un silencio que aturde. Como se puede ver, las respuestas a las cuestiones que aquejan a Entre Ríos no se encuentran en las propuestas de Frigerio, que desconoce el orgullo de ser entrerriano.
 
Los repudios al centralismo porteño y el unitarismo de las decisiones nacionales puso en escena un tema que estaba solapado: el sentimiento antiporteño en las provincias. Desde luego, no pretendemos exacerbar las diferencias entre capital e interior, porque  lo que debe buscarse es el desarrollo armónico del país. Pero esa construcción colectiva no será posible sobre la base de ignorar el conflicto, y mucho menos, si se pretende naturalizar la conducta egoísta e hipócrita de muchos dirigentes porteños, cuya agenda está muy lejos de los ideales nacionales, y por el contrario, comprometen seriamente el bienestar del interior.
 
Lo que sí debería existir, en el puerto de Buenos Aires, es una dirigencia política madura y con verdaderas convicciones federales y populares, que se tome en serio el trabajo de resistir los avances asfixiantes del centralismo porteño sobre el interior. Porque si hay algo que nos enseña la historia, desde los albores de la patria, es que no podemos esperar que esa tendencia codiciosa porteña, hoy encarnada en los pitucos Macri, Bullrich, Larreta y Frigerio, desaparezca por sí sola.
 
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