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“Que ningún ciudadano sea lo suficientemente opulento como para poder comprar a otro, ni ninguno lo bastante pobre como para verse obligado a venderse”. Jean-Jacques Rousseau
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Nacionales - 01-04-2026 / 14:04
POBREZA CERO EN LOS PAPELES, MISERIA RÉCORD EN LA CALLE

La realidad desmiente la baja de la pobreza que anunció Milei

La realidad desmiente la baja de la pobreza que anunció Milei
Ni siquiera los sectores que suelen ser cautos con sus críticas pueden acompañar este delirio. Desde la Universidad Católica Argentina (UCA) —histórico termómetro de la vulnerabilidad social en el país— han salido a cruzar la euforia oficialista. Los especialistas de la UCA niegan que exista una baja genuina de la pobreza, atribuyendo el dato a un "mero efecto estadístico". La explicación es técnica pero demoledora: la baja inflación (lograda a costa de una depresión económica sin precedentes) ralentiza el aumento de la canasta, pero eso no significa que la gente viva mejor. Al contrario, el poder adquisitivo está destruido. Es la "pobreza de la paz de los cementerios": los precios no suben porque nadie compra nada, y como la canasta no sube, el INDEC "anota" que hay menos pobres. Una trampa dialéctica que ignora la calidad de vida, el acceso a la salud y la seguridad alimentaria.
La Argentina de Javier Milei ha ingresado en una fase peligrosa: la de la construcción de una realidad paralela. Mientras las persianas de las pymes se bajan definitivamente, los comedores populares se desbordan y el consumo de leche cae a niveles históricos, el Gobierno nacional ha decidido que la mejor manera de combatir la pobreza no es con políticas públicas, sino con un lápiz y una goma de borrar en las oficinas del INDEC.


El reciente anuncio que sitúa la pobreza en un 28,2% para el segundo semestre de 2025 no es solo una provocación; es un insulto a la inteligencia de un pueblo que sobrevive en el ajuste más brutal de la historia argentina moderna. Estamos ante el "milagro estadístico" de un gobierno que pretende hacernos creer que, en medio de una recesión galopante y salarios de miseria, la pobreza ha retrocedido por arte de magia.



Javier Milei ha decidido abrazar el dogma por encima de la vida. Su gestión se ha convertido en una maquinaria de propaganda que utiliza la macroeconomía financiera para ocultar la microeconomía de la heladera vacía. Festejar un 28,2% de pobreza en un contexto de desguace del Estado, entrega de la soberanía y destrucción del mercado interno no es solo cinismo; es una declaración de guerra contra la realidad.



El Gobierno podrá seguir "dibujando" números y publicando gráficos en redes sociales, pero la calle tiene su propia estadística. Y en esa estadística, la que se mide en el boleto de colectivo, en el alquiler impagable y en el plato de comida que falta, el modelo de Milei solo ha demostrado ser un éxito en una sola cosa: en producir una miseria estructural que ningún comunicado oficial podrá ocultar por mucho tiempo. El despertar de este sueño estadístico será, lamentablemente, una pesadilla social de la que nos costará años recuperarnos.


De la redacción de La Opinión Popular

La ficción del INDEC y el "dibujo" oficial

Como bien señala el portal El Destape, la cifra presentada es, lisa y llanamente, un dibujo estadístico. No hay un solo indicador de la economía real —producción industrial, ventas minoristas, recaudación por seguridad social— que guarde coherencia con la supuesta mejora. El relato oficial se sostiene sobre una manipulación metodológica que busca ocultar el desastre social bajo la alfombra de los promedios.


Este número es una maniobra distractiva. Mientras el Gobierno celebra este 28,2%, la realidad en los barrios populares muestra una película completamente distinta. La brecha entre los ingresos de las familias trabajadoras y el costo de la Canasta Básica Total se ha ensanchado, pero para el "Libertómetro" oficial, la gente es menos pobre simplemente porque se han modificado las ponderaciones de lo que significa serlo.


La voz de la academia y el desmentido de la UCA
Ni siquiera los sectores que suelen ser cautos con sus críticas pueden acompañar este delirio. Según reporta Minuto Uno, desde la Universidad Católica Argentina (UCA) —histórico termómetro de la vulnerabilidad social en el país— han salido a cruzar la euforia oficialista. Los especialistas de la UCA niegan que exista una baja genuina de la pobreza, atribuyendo el dato a un "mero efecto estadístico".


La explicación es técnica pero demoledora: la baja inflación (lograda a costa de una depresión económica sin precedentes) ralentiza el aumento de la canasta, pero eso no significa que la gente viva mejor. Al contrario, el poder adquisitivo está destruido. Es la "pobreza de la paz de los cementerios": los precios no suben porque nadie compra nada, y como la canasta no sube, el INDEC "anota" que hay menos pobres. Una trampa dialéctica que ignora la calidad de vida, el acceso a la salud y la seguridad alimentaria.


Un país roto que no entra en una planilla de Excel
El diario Página/12 lo pone en términos claros: la pobreza alcanzó al 28,2% de los argentinos, pero este número convive con un país donde el desempleo ha comenzado a escalar y el empleo informal es la única vía de escape para millones. La gestión de Milei ha logrado algo inédito: trabajadores con empleo registrado que son pobres, pero que para la estadística oficial están "en proceso de ascenso social. No se puede tapar el sol con una mano, ni el hambre con un PDF de prensa del Ministerio de Economía".


Los pilares de la mentira
A continuación, desglosamos las inconsistencias que los medios citados han puesto de relieve:


a) La recesión como ancla: Se computa una baja de la pobreza porque el costo de la vida sube menos que antes, pero se omite que el consumo de carne y medicamentos ha caído a niveles de la crisis de 2001.


b) El apagón de los comedores: Mientras el Gobierno "baja" la pobreza en los papeles, corta el suministro de alimentos a miles de comedores en todo el país, profundizando la indigencia real.


c) La metodología bajo sospecha: Como indica El Destape, existe una "intervención silenciosa" en los criterios de medición para favorecer la narrativa de la Casa Rosada.


El castillo de naipes
Javier Milei ha decidido abrazar el dogma por encima de la vida. Su gestión se ha convertido en una maquinaria de propaganda que utiliza la macroeconomía financiera para ocultar la microeconomía de la heladera vacía. Festejar un 28,2% de pobreza en un contexto de desguace del Estado, entrega de la soberanía y destrucción del mercado interno no es solo cinismo; es una declaración de guerra contra la realidad.


El Gobierno podrá seguir "dibujando" números y publicando gráficos en redes sociales, pero la calle tiene su propia estadística. Y en esa estadística, la que se mide en el boleto de colectivo, en el alquiler impagable y en el plato de comida que falta, el modelo de Milei solo ha demostrado ser un éxito en una sola cosa: en producir una miseria estructural que ningún comunicado oficial podrá ocultar por mucho tiempo. El despertar de este sueño estadístico será, lamentablemente, una pesadilla social de la que nos costará décadas recuperarnos.



Fuente: Página 12, Minuto 1 y El Destape
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El naufragio de la ley de propiedad privada dejó al descubierto la incompetencia política oficialista, las internas feroces en la Casa Rosada y un estruendoso choque contra el límite de sus propios aliados, en medio de una profunda crisis económica y un acelerado desencanto de la sociedad y de sus propios votantes. Un escenario agravado luego de que la cuestión Malvinas alrededor de la selección de fútbol generara un clima nacionalista que colisionó de frente contra el cipayismo libertario y expuso su escaso arraigo popular.
 
El bochornoso traspié de la Ley de Inviolabilidad de la Propiedad Privada en el Senado representa el síntoma terminal de un oficialismo cegado por el dogmatismo y desprovisto de oficio político. Lo que el Ejecutivo pretendía vender como un triunfo terminó convertido en un cascarón vaciado: acorralada por la falta de apoyo de los bloques dialoguistas, la Casa Rosada debió capitular y retirar apresuradamente los capítulos centrales de extranjerización de tierras y la flexibilización de la Ley de Manejo del Fuego. El dictamen final fue aprobado desflecado y reducido a menos de un tercio de sus ambiciones originales, dejando al desnudo que las mayorías parlamentarias no se edifican con bravuconadas de redes sociales ni con intervenciones torpes como las del senador Joaquín Benegas Lynch, cuyos insultos a los senadores aliados terminaron de dinamitar los puentes de negociación.
 
Fiel a su matriz refractaria a la autocrítica, la reacción de la conducción libertaria ante semejante derrumbe consistió en desatar una inmediata cacería interna de chivos expiatorios. En lugar de asumir los errores de cálculo de la gestión, la Casa Rosada liderada por Javier y Karina Milei optó por aislar y "freezar" al ministro de Desregulación, Federico Sturzenegger, amagando con congelar el resto de sus proyectos en carpeta tras convertirlo en un yunque político. Al mismo tiempo, el enojo oficialista apuntó directamente contra Patricia Bullrich, a quien responsabilizan por fallar en la contabilidad de los votos y perder el control de la sesión. Este pase de facturas expone un gabinete frágil y fracturado, donde los propios arquitectos del programa gubernamental son arrojados a los leones ante la primera turbulencia institucional.
 
 
En última instancia, la mutilación de este proyecto emblemático expone el techo del modelo libertario: una administración que chocó de frente contra el límite de sus aliados e incapaz de sostener consensos duraderos. La incapacidad para articular mayorías y la constante tendencia a refugiarse en la intransigencia demuestran que el dogmatismo autoritario se vuelve impotente ante la dinámica republicana. Con Sturzenegger desautorizado y Bullrich golpeada políticamente, el gobierno ingresa en una peligrosa fase de insularidad y parálisis parlamentaria, donde la falta de muñeca política condena al oficialismo a multiplicar derrotas mientras la gestión cotidiana se consume entre internas feroces e improvisación.
 
De la redacción de La Opinión Popular

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