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“Que ningún ciudadano sea lo suficientemente opulento como para poder comprar a otro, ni ninguno lo bastante pobre como para verse obligado a venderse”. Jean-Jacques Rousseau
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Entre Ríos - 01-10-2025 / 12:10
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Juan Martín Garay: De la impaciencia al voto útil

Juan Martín Garay: De la impaciencia al voto útil
La ciudadanía no está eligiendo un sueño, sino un administrador de la emergencia. Pero en ese acto de aparente pragmatismo, late una chispa de esperanza. El verdadero desafío post-electoral será, más allá del resultado, reconstruir la confianza y la proximidad. La gente está más que impaciente: está herida. Y su voto, esta vez, es un acto de supervivencia que contiene, quizás sin saberlo, una semilla de futuro. Pensar el futuro, en este contexto, significa, primero, asegurar el presente.
 
En el fragor de la campaña electoral, la pregunta resurge con fuerza: ¿el país vive un verdadero enfrentamiento de ideologías? Los hechos demuestran que el escenario es más complejo. La alta tasa de impaciencia social no ha desaparecido; se ha metamorfoseado. Ya no es solo el motor de una protesta anti-sistema, sino que parece estar canalizándose hacia una búsqueda pragmática y hasta angustiada de estabilidad, lo que algunos llaman el "voto útil": un acto menos de convicción que de contención ante el abismo.
 
 
 Incompleta
 
La democracia incompleta y el malestar que explica la crudeza política siguen intactos. Sin embargo, el ciclo del "outsider" como protesta pura parece estar agotándose tras convertir la promesa de un cambio disruptivo en la cruda realidad de un ajuste que recae desproporcionadamente sobre quienes menos tienen. La ciudadanía ya no juzga solo las promesas, sino los resultados.
 
 La legitimidad de ejercicio -la capacidad de gobernar para todos, generando certidumbre y aliviando el dolor social- se ha erigido en el campo de batalla definitivo. El rechazo a la política tradicional que abrió las puertas al experimento libertario hoy convive con la evidencia de que el remedio puede ser peor que la enfermedad, instalando la pregunta crucial: ¿qué tipo de estabilidad anhelamos? ¿Aquélla que se construye sobre el desmonte de lo público, o la que se edifica desde la protección de la dignidad esencial?
 
 La sociedad se encuentra en una encrucijada: por un lado, una fuerza que apela a "no volver al pasado" y pide más tiempo para una terapia de shock que aún no muestra frutos concretos para la mayoría; por el otro, una oposición que se ha reorganizado bajo la premisa de ofrecer un "puente" hacia la normalidad, apelando a un pragmatismo que mitigue la hemorragia social.
 
 
 Lo mediático
 
Lo que queda claro es que el invento mediático ya no basta. Las redes sociales y los influencers económicos siguen teniendo peso, pero la urgencia de la gente -la necesidad de llegar a fin de mes, de que haya medicamentos o de que los chíos vayan a la escuela- ha puesto un freno de realidad a la guerra cultural. La gente ya no vota solo con la bronca, sino también con el miedo y, quizás, con un cansancio aún mayor.
 
 El choque ya no es entre la bronca y la esperanza, sino entre el temor a un retroceso irreversible y la necesidad imperiosa de una contención inmediata. Esta elección ha dejado de ser una contienda sobre proyectos utópicos para convertirse en un plebiscito sobre la gestión de la crisis humana.
 
 El problema, como siempre, es la gente. Y hoy la gente está exhausta. Las generaciones que han "pasado las de Caín" ven cómo se esfuman décadas de conquistas sociales, mientras los jóvenes sienten que el futuro se les cierra.
 
 
 El futuro
 
El futuro inmediato no se construye sobre grandes relatos, sino sobre la capacidad de generar acuerdos mínimos que eviten el colapso. La falsa promesa de un bienestar individual en un mar de desigualdades ha mostrado su límite. La pulseada electoral actual es la expresión de esta disyuntiva: ¿privilegiamos la ortodoxia económica a cualquier costo social o priorizamos la cohesión aunque signifique negociar con los fantasmas del pasado?
 
Ante este panorama, la ciudadanía no está eligiendo un sueño, sino un administrador de la emergencia. Pero en ese acto de aparente pragmatismo, late una chispa de esperanza. El verdadero desafío post-electoral será, más allá del resultado, reconstruir la confianza y la proximidad. La gente está más que impaciente: está herida. Y su voto, esta vez, es un acto de supervivencia que contiene, quizás sin saberlo, una semilla de futuro. Pensar el futuro, en este contexto, significa, primero, asegurar el presente.
 
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La reforma en el sistema de desayunos y meriendas escolares impulsada por la gestión de Rogelio Frigerio sumó un contundente rechazo desde la propia memoria institucional de la provincia. La exsenadora nacional y expresidenta del Consejo General de Educación (CGE), Graciela Bar, destrozó el nuevo esquema al tildarlo de «preocupante» y asegurar tajantemente que «no es una buena medida». Bar denunció que el gobierno pretende homogeneizar la alimentación de la infancia entrerriana imponiendo una dieta empobrecida y rígida a base de «galletitas y bizcochuelos», eliminando la diversidad de insumos frescos como frutas, yogures y dulces que requiere la salud en la etapa de crecimiento.
 
La exfuncionaria enfatizó que el Ejecutivo provincial utilizó fallas aisladas en un reducido grupo de escuelas como pretexto para imponer una sanción colectiva e inconsulta. Remarcó con dureza que «no por eso podemos tomar una medida tan general perjudicando no solo el tipo de alimentación que se otorgaba en las escuelas, sino también al comercio local», al tiempo que cuestionó la falta de sensibilidad oficial por haber avanzado a espaldas de la comunidad educativa y sin convocar ni consultar al Colegio de Nutricionistas.
 
Asimismo, la extitular del CGE alertó sobre el impacto socioeconómico que significa desmantelar el circuito de compras de cercanía que sostenía a pequeños almaceneros, verduleros y proveedores locales en cada pueblo. En un contexto atravesado por una severa crisis donde «la cantidad de negocios que se han cerrado es grande» en ciudades como Paraná o Victoria, privar al comercio de barrio del abastecimiento escolar representa una doble embestida del gobierno: la degradación del plato de comida de los estudiantes y la asfixia económica directa al tejido productivo provincial.
 

06-08-2026 / 13:08
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