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Sociedad e Interés General - 07-03-2025 / 08:03
UN AMOR QUE HIZO HISTORIA

Rolando Rivas, taxista

Rolando Rivas, taxista
Mónica Helguera Paz, una tilinga de clase alta y Rolando Rivas, taxista, un amor que hizo historia. La telenovela de Alberto Migré se estrenó el 07 de marzo de 1972. Llegó a parar a todo un país.
La telenovela de Alberto Migré se estrenó el 07 de marzo de 1972. Llegó a parar a todo un país.
 
"Rolando Rivas, taxista" marcó la historia de la telenovela nacional y, sin duda, influyó en la manera de encarar el género en toda América latina. Inventó el "anti galán", en un Claudio García Satur que no respondía al arquetipo de ese rol, introdujo la realidad política en las historias de amor tanto como la literatura y la música clásica, se jugó a un final no tan feliz como probable, apostó como nunca antes a las grabaciones en exteriores, y sentó las bases del costumbrismo televisivo.
 
De la mano de un grande como Alberto Migré, desde las 22 horas de aquel martes 07 de marzo de 1972, en las noches de Canal 13, Rolando Rivas... iba a marcar para siempre a la TV. Y a muchísimos de sus televidentes.
 
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El barrio porteño, encarnado en ese taxista con todas sus circunstancias, no fue mero marco sino auténtico protagonista de esta telenovela. Las calles de Boedo por las que tantas veces había transitado el propio autor en su infancia, los bares donde siempre había un amigo dispuesto a escuchar y alguna teoría para arreglar el mundo, el patio con glicinas para el mate reparador a la vuelta del trabajo, la noviecita de enfrente, las sorpresas que da la vida, el amor que ocurre sin buscarlo y la cita obligada en Plaza Francia.

¿Qué jovencita de los setenta no quiso ser Mónica Helguera Paz (inolvidable Soledad Silveyra)? La chica era una tilinga de clase alta, pero jugarse por una pasión, por cierto, la reivindicaba.

Y los varones. Mientras la historia romántica, la audacia de los besos y la lectura de El principito con que Rolando le daba las buenas noches a Mónica seducían a las señoras, a las hijas y a las abuelas, personajes tan bien pintados como Magoya (Beba Bidart) o el Corto (Carlos Artigas) acercaban a un público masculino, completamente inédito para el género hasta ese movido 1972.

Algo o mucho estaba cambiando en Buenos Aires. Migré supo verlo y dejar testimonio de aquella ciudad que nunca volvió a ser la que era.

Mientras tanto, la chica rica -pero sola y triste- y el taxista sentimental y melancólico se amaban locamente, saltando por encima de todos los condicionamientos sociales. Esa ciudad retratada al detalle respondía del otro lado de la pantalla.

Julio de 1972. Noche de martes. En la calle, casi nadie. Es un momento dramático. Rolando está destruido. Acaban de matar a su hermano -guerrillero- y él intenta reencontrarlo en los objetos que fueron suyos y que todavía están en su cuarto. En el patio están sus amigos tacheros, algunos vecinos. Pero Rolando está solo, porque la que no está es ella. La escena pasa a la mansión de los Helguera Paz. Mónica discute con su padre: va a ir a lo de Rolando, le disguste a quien le disguste. Llega el corte y medio país suspira aliviado.

Así se seguía Rolando Rivas, taxista, con una pasión que no alcanzaban a registrar ni los -para entonces explosivos- 40 puntos de rating.

Es que aparte de todos sus méritos, Rolando Rivas, taxista fue un fenómeno. Y si no, que lo diga Solita Silveyra, que 40 años después sigue escuchando en los taxis: "De ninguna manera, ¿cómo le voy a cobrar a mi novia?". O que lo diga la flota de taxistas que, hace cinco años, despidió a Migré en la Chacarita como a uno de los suyos.

Rupturista cuando el término ni siquiera había sido acuñado, la primera temporada de la telenovela terminó con la separación de Rolando y Mónica. Porque, vaya paradoja, fue la historia de un amor imposible, que termina imposible, en una sociedad y un tiempo en que lo más difícil parecía al alcance de la mano.

Por Adriana Bruno

Fuente: Clarín espectáculos

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02-04-2026 / 12:04
El 02 de abril de 1982, cumpliendo con una reivindicación nacional, de tenaces y profundas raíces, la Argentina recupera las Malvinas por la fuerza, usurpadas por Gran Bretaña desde 1833. Así, los argentinos emprendimos una guerra justa por nuestra soberanía en las islas, más allá del pésimo manejo y de la oscura motivación de los jerarcas militares que proyectaron el conflicto.

Los soldados, marinos y aviadores que participaron de la guerra libraron distintas batallas al mismo tiempo: contra los británicos, asistidos por los yanquis y el dictador chileno Pinochet, pero también contra la incapacidad y la inoperancia del propio gobierno del dictador militar Leopoldo Galtieri, que "acompañó" la lucha aportando desinformación, manipulación y triunfalismo.

Nuestros soldados pelearon con coraje y valentía, en actos de verdadero heroísmo, a pesar de haber protagonizado un conflicto perdido de antemano, declarado por un gobierno militar tambaleante, que inició una guerra en condiciones militarmente absurdas, buscando una legitimación popular que no tenían para mantenerse en el poder, y que no entendió nunca la dimensión de las potencias enemigas contra las que se plantaba.
 
La suerte de los combates impusieron la fuerza de la OTAN y nuestras islas volvieron al dominio británico. Como resultado, el gobierno militar cayó en desgracia con los EE.UU., que cambió su estrategia de apoyo para con las dictaduras de América Latina, que eran mayoría y se derrumbaron una a una. Así, una de las consecuencias de la guerra fue la retirada del gobierno militar y la vuelta a la democracia en la Argentina, en 1983.

 
Hoy, lamentablemente, el Presidente Javier Milei, fanático admirador de Margaret Thatcher, no defiende la Causa Malvinas y abrió la puerta a que los habitantes de las islas decidan sobre la soberanía, algo que contradice el histórico reclamo argentino. Y además es un cipayo incondicional de EE.UU., el gran aliado de Inglaterra en la OTAN.
 
Cuarenta y tres años después, la guerra de Malvinas es, todavía, un episodio no saldado que sigue vigente. Hoy, la lucha por la soberanía argentina sobre las Malvinas pasa por mantener firme el reclamo y por un debate permanente para fortalecer el consenso internacional, entre nuestros aliados latinoamericanos y de otros continentes, sobre la legitimidad del reclamo argentino respecto a las islas del Atlántico sur. 
 
Hay deudas que siguen vigentes y un reclamo soberano que no cesa. La recuperación y valoración de la gesta es una obligación con nuestra conciencia histórica como Nación, con nuestros compatriotas muertos en estas islas argentinas, con los veteranos combatientes que sobrevivieron y con nuestros derechos a la imprescriptible soberanía en Malvinas, Sándwich y Georgias del Sur.

 
Escribe: Blas García

03-03-2026 / 20:03
03-03-2026 / 18:03
02-03-2026 / 20:03
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