La Opinión Popular
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Un país atravesado sólo por estrategias de poder
Por Natalio Botana, Politólogo e Historiador
“Hoy en día la gran preocupación es que es más el dinero que se fuga que el dinero que llega. No queremos que el argentino invierta en otro país, queremos que la invierta en la Argentina". Fernando “Pino” Solanas
Nacionales - 19-02-2011 / 19:02
1 DE FEBRERO DE 1820: LA BATALLA DE CEPEDA Y LA TRASCENDENCIA HISTÓRICA DE FRANCISCO “PANCHO” RAMÍREZ

Pancho Ramírez se levanta en armas contra el centralismo porteño

Pancho Ramírez se levanta en armas contra el centralismo porteño
Cuando las montoneras federales de Ramírez y López entran en un Buenos Aires y atan la caballada a la Pirámide de Mayo recién construida, comienza lo que la historia liberal denominó la "anarquía del año '20″. Más que "anarquía" en el año 20 comienza un proceso de reencuentro con la realidad desnuda de un pueblo que debía sustituir las jerarquías de la sociedad colonial por otras que incluyeran los valores igualitarios asumidos en la Revolución de Mayo.
El 1º de febrero de 1820 tuvo lugar la Batalla de Cepeda.  Se enfrenaron en ella dos visiones antagónicas del país que desde la Revolución de Mayo estaban en pugna: Por un lado  el poder económico de la minoría del puerto de Buenos Aires; y por el otro las masas populares enroladas en la causa federal de la Liga de los Pueblos libres que comandaba Artigas, y que tenía a Francisco Ramírez como uno de sus principales hombres.
 
El proyecto constitucional, unitario y elitista, ideado por los intelectuales europeizados del puerto fue el detonante. Los caudillos federales se alzaron en armas y la Batalla de Cepeda puso fin al proyecto oligárquico del Directorio de Buenos Aires.

 Las montoneras de Ramírez y Estanislao López entran en Buenos Aires y atan la caballada a la Pirámide de Mayo recién construida...
 
Comienza lo que la historia liberal mitrista denominó la "anarquía del año '20″. Más que "anarquía", en el año 20 se empieza con un proceso de reencuentro con la realidad  desnuda de un pueblo que debía sustituir las jerarquías de la sociedad colonial por otras que incluyeran los valores igualitarios asumidos en la Revolución de Mayo.

 En este hecho puntual pero determinante radica la trascendencia historia de "Pancho" Ramírez.
 
Escribe: Dr. Gonzalo García 

"El año 20, decían los aristócratas, era el que debía marcar el fin de la revolución, estableciendo el poder absoluto para consumar nuestro exterminio repartiéndose entre sí los empleos y riquezas del país a la sombra de un niño coronado que ni por sí ni por la impotente familia a que pertenece podía oponerse a la regencia intrigante establecida y sostenida por ellos mismos."  Francisco Ramírez.
 
Unitarios contra Federales
  
Desde comienzo mismo de la Revolución, los intereses imperialistas, especialmente los británicos, querían balcanizar y dividir al  virreinato del Río de la Plata. Pretendían debilitarlo políticamente para someterlo económicamente, inundando con sus mercancías, destruyendo el mercado interno y la industria local. Su aliado natural era la burguesía del puerto de Buenos Aires. La elite porteña quería ser intermediaria de un comercio sin restricciones con Inglaterra y Europa y administrar discrecionalmente las rentas de la Aduana de Buenos Aires.
 
Contra el centralismo de la oligarquía porteña que planteaba un país para pocos, se levantaron las montoneras. Especialmente la figura de José Artigas, el primer caudillo argentino y padre del federalismo en el Río de la Plata.
 
 
Nacen los caudillos
 
Refiriéndose a las causas y orígenes de nuestras luchas civiles, Juan Bautista Alberdi, liberal auténtico y una de las mentes más brillantes de la historia argentina, dice: "El motivo. El de siempre. Buenos Aires quiere gobernar el interior, y el interior no quiere que lo gobierne Buenos Aires. Le desconfían al porteño. Por algo es...Y esa lucha se prolonga a lo largo de toda nuestra historia y existe todavía. Con otras formas y caracterizaciones, pero es la misma."
 
Y Alberdi, refriéndose a quienes encabezaban desde el Federalismo del Litoral esta lucha, de manera simple y didáctica se refiere al caudillo y explica su razón de ser histórica: "¿Qué hacían los pueblos para luchar contra España y contra Buenos Aires, en defensa de su libertad amenazada de uno y otro lado? No teniendo militares en regla, se daban jefes nuevos, sacados de su seno. Como todos los jefes populares, eran simples paisanos las más veces. Ni ellos ni sus soldados, improvisados como ellos, conocían ni podían practicar la disciplina militar. Al contrario, triunfar de la disciplina, que era el fuerte del enemigo, por la guerra a discreción y sin regla, debía ser el fuerte de los caudillos de la independencia. De ahí la guerra de recursos, la montonera y sus jefes, los caudillos; elementos de la guerra de pueblo; guerra de democracia, de libertad, de independencia. Antes de la gran revolución no había caudillos ni montoneras en el Plata. La guerra de la independencia le dio luz, y ni ese origen les vale para obtener perdón de ciertos demócratas. El realismo español fue el primero que llamó caudillos, por apodo, a los jefes americanos en que no querían ver generales."
 
Sobre las montoneras, Alberdi agregaba: "estos movimientos son conducidos por hombres del lugar, vinculados a sus paisanos. Estos hombres reciben en nuestra historia el nombre de "caudillos". El caudillo es un conductor de su pueblo. Casi generalmente un hombre de armas. La situación es de lucha y los hombres están con las armas en la mano. Nada más lógico que sigan a uno de ellos. El que más confianza les merezca, el que mejor se maneje con esas armas".
 
 
La Liga de los Pueblos Libres
 
Por aquellos días, promediando la primera década de vida nacional, las provincias del litoral (Santa Fe, Entre Ríos, Corrientes, Misiones y Córdoba) se unen a la montonera oriental y forman la Liga de los Pueblos Libres. Como Protector de la Liga, Artigas luchó -junto con los jefes de las provincias del Litoral- contra el centralismo porteño del Directorio. Ramírez fue, a pesar del desgraciado enfrentamiento que tuvo luego con el oriental, el lugarteniente de Artigas en nuestra provincia y uno de sus hombres más valiosos.
 
Fueron muchos los caudillos que alzaron sus banderas federales y democráticas en este periodo de la historia nacional. Artigas fue tal vez el más grande y el más genuino entre todos, pero Francisco "Pancho" Ramírez, como él también fue trascendental, su verdadero significado político está en la victoria de Cepeda.
 
Pero antes es preciso que analicemos someramente como llegaron nuestros caudillos a una guerra contra las armas del puerto de Buenos Aires.
  

Una forma de gobierno

A mediados de la primera década del Siglo 19, el antiguo virreinato del Río de la Plata ya se perfilaba como un país, faltaba formalmente declarar la independencia de España. Las condiciones internacionales apremiaban y los movimientos revolucionarios la exigían. De tal manera el Congreso reunido en Tucumán en 1816 homologa estos hechos enunciando que "las Provincias de la Unión fuesen una Nación libre e independiente de los reyes de España y su metrópoli". Y ..."declaramos solemnemente a la faz de la tierra que es voluntad unánime e indubitable de estas Provincias romper los violentos vínculos que las ligaban a los reyes de España, recuperar los derechos de que fueron despojadas e investirse del alto carácter de nación libre e independiente del Rey Fernando VII, sus sucesores y metrópoli".
 
Una vez declarada la independencia quedaba un problema a resolver. La pregunta era la siguiente: ¿Qué forma de gobierno elegir? En el congreso de Tucumán se planteó seriamente la posibilidad de convertir al país en una monarquía. Napoleón había sido definitivamente vencido y en Europa señoreaba la Santa Alianza, que era un conjunto de monarquías aliadas muy reaccionarias, que se oponían a la constitución de repúblicas ya que éstas eran sinónimos de subversión, caos, ateísmo y jacobinismo.
 
Los que estaban por la monarquía no tenían todas las mismas motivaciones. No se puede equiparar el monarquismo de San Martín, que proponía además una monarquía parlamentaria, admitiendo en la monarquía la posibilidad de un gobierno fuerte adecuado a las características y las grandes extensiones del país. No se lo puede comparar, repito, con el concepto monárquico de  Manuel José García enajenado por fuerzas internacionales.

 
Algo parecido ocurría con los republicanos. Algunos  criollos republicanos coincidían en los intereses con Inglaterra.
 
 Gran Bretaña estaba  interesada en instalar una república en el Plata porque resultaba un régimen de fácil penetración y dominación, por las propias tendencias y contradicciones del republicanismo como sistema.
 
 Los federales de las primeras dos décadas revolucionarias eran republicanos porque asumían en el republicanismo la tendencia popular hacia el pluralismo democrático, por reacción histórica contra el unitarismo centralista establecido por los virreyes.
 
Algunos hombres importantes, Belgrano entre ellos, aconsejaron erigir una monarquía. La propuesta tuvo algunas posibilidades de cristalizar a través de gestiones diplomáticas muy complejas en Europa; también se barajó la idea de restaurar el trono de un Inca.
 
Sin embargo, y más allá de las tratativas, estos proyectos no fueron más que sondeos de opinión que por más insignificantes que fuesen, repudiaban la posibilidad de un monarca en Buenos Aires y eso habría sido el fin de la Revolución iniciada en 1810 que encontraba en Mariano Moreno a su pro hombre.

 
 El Pueblo, a pesar de ser en ese entonces (como lo es ahora) una entidad heterogénea, variopinta, impalpable, rechazaba esa posibilidad y prefería una opción más abierta y democrática.
 
El Congreso en principio descarta el sistema monárquico. Pero deja aun abierta la posibilidad para que siga siendo tratado en Buenos Aires cuando continúe sesionando el Congreso para dictar una constitución.
  

La Constitución de la oligarquía porteña
 
 Como resultado de lo dicho, en abril de 1819, el Congreso sanciona una Constitución, unitaria y absolutista, que no era ni monárquica ni republicana, pero que dejaba las puertas abiertas para la entrada de un príncipe o un infante. Se trataba de una Carta Magna aristocratizante, con un Senado formado por delegados de las provincias, pero que al mismo tiempo incluía personajes designados por su propio carácter, tales como: rectores de universidad, generales, obispos etc. El texto no mencionaba la palabra república.
 
La llamada constitución de 1819, no tuvo prácticamente vigencia y no funcionó porque la disidencia federal era ya muy grande, como profunda era también la desconfianza de los pueblos frente a las intrigas monárquicas de los porteños.

 
Así las cosas, y después de una serie de hechos políticos y militares menores se sanciona la constitución y esto resultó una afrenta, una provocación para los pueblos del interior que conducidos por Ramírez y López marchan con sus montoneras gauchas hacia la ciudad Buenos Aires. 


La Batalla de Cepeda, bautismo de fuego del federalismo
 
Ramírez, como lugarteniente del Protector Artigas, asumirá la función de jefe supremo del ejército federal. Estanislao López, el caudillo santafesino, se une a las fuerzas en calidad de aliado histórico del caudillo oriental. Se le pliegan también algunos desterrados del régimen: Alvear que prometía el apoyo de importantes sectores porteños y el chileno Miguel Carreras que aporta alguna tropa y una imprenta que había comprado en Estados Unidos. Esta imprenta, volante, editaba un boletín, "La Gaceta Federal", explosivo en su contenido.
 
En octubre de 1819 se reúnen los dos jefes, Ramírez y López, en Coronda (Santa Fe) para establecer planes comunes. Días después, el entrerriano lanza una proclama declarándole la guerra al Directorio, sostén político de la constitución aristocrática y antipopular, e invitando a sus paisanos a compartir la insurrección.
 
Allí está ahora, Francisco "Pancho" Ramírez, como jefe supremo de los ejércitos federales en el umbral de la historia. Está frente a sus "Dragones de la Muerte" como se llamaban las disciplinadas montoneras entrerrianas. Conduce también a los dragones santafesinos de López, los guaraníes de Misiones, los mocovíes del Chaco y toda la montonera artiguista. En ese momento el régimen directorial se derrumba.
 
Pueyrredón renuncia al Directorio (organismo político de la autoridad nacional que residía en Buenos Aires) y asume Rondeau. El mismo Rondeau que nueve años antes fuera convencido por Ramírez para desertar del ejército español e ingresar a las filas revolucionaria artiguistas. El mismo Rondeau que está ahora frente a él comandando las tropas porteñas.
 
El Director Rondeau pide auxilio a los ejércitos regulares que estaban llevando adelante las empresas libertadoras. Ya se sabe que el General San Martín, fiel a su conducta patriótica, popular y revolucionaria, se niega a desenvainar su gloriosa espada en esta guerra civil, mucho menos en contra del pueblo. Sólo le queda al Directorio el veterano ejército del Norte comandado por Belgrano al que Rondeau pide auxilio. Esta fuerza se niega también a participar en la contienda civil, se amotina en Arequito y esa sublevación deja al Directorio -ya debilitado políticamente- en un estado de total vulnerabilidad militar.
 
El 1º de febrero de 1820 en la cañada de Cepeda, en una atropellada de las montoneras federales se sella la suerte del Directorio oligárquico.
 
El historiador entrerriano Aníbal Vásquez escribe en su libro "Ramírez": "El triunfo de Cepeda debe considerarse como el bautismo de sangre del federalismo argentino, y como la primera afirmación colectiva de la mayoría popular a favor de la organización nacional, republicana, democrática y federal".
 

Bisagra histórica
 
La batalla de Cepeda desde el punto de vista del aspecto militar fue de las más "pobres" en la historia argentina, pero en sus proyecciones políticas fue de las más fecundas.
 
Las milicias directoriales, formadas en mayor parte por esclavos comprados por el gobierno para convertirlos en soldados, se desbandaron ante el ataque montonero. Una sola carga bastó para desmoronar a los porteños que "en menos de un minuto" se dispersaron dejando la artillería en poder de los gauchos entrerrianos.
 
Políticamente, en lo institucional, había caído por primera vez desde 1810 la autoridad nacional y desaparecía una entidad estatal que había ejercido, a veces solo formalmente, el poder sobre todo el antiguo virreinato.
 
Los sectores oligárquicos de Buenos Aires entran en pánico ante la supuesta posibilidad de "invasión" de las tropas federales. Vicente Fidel López, el ensayista quintaesencia de la versión mitrista de nuestra historia, expresa su repugnancia cuando relata el episodio: ... "numerosas escoltas (de Ramírez y López) compuestas de indios sucios y mal trajeados a término de dar asco ataron sus caballos en los postes y cadenas de la Pirámide de Mayo mientras sus jefes se solazaban en el salón del ayuntamiento".

 Relato que habla por sí solo  del desprecio y el odio que siente el pensamiento de la oligarquía por la causa federal y el recuerdo de la batalla de Cepeda.
 
Las montoneras de Ramírez y López entran en un Buenos Aires y atan la caballada a la Pirámide de Mayo recién construida...
Comienza lo que la historia liberal denominó la "anarquía del año '20″. Más que "anarquía" en el año 20 se inicia un proceso de reencuentro con la realidad natural y desnuda de un pueblo que debía sustituir las jerarquías de la sociedad colonial por otras que contuvieran los valores igualitarios asumidos en la Revolución de Mayo.
 
Ese es el valor de Cepeda y de la entrada de los caudillos del litoral a Buenos Aires.

Fue una directa confrontación con la verdad nacional, que en 1820 era ruda, brava e indomable. Para aprender esa verdad no servían los doctores y sus leyes. Servían sí esos hombres espontáneamente surgidos de sus realidades comarcales. Ellos, los caudillos, tuvieron la responsabilidad histórica de encauzar de manera pragmática y progresiva esa fluída verdad nacional que desfilaba a caballo por las calles de Buenos Aires.
 
Esta es la gran gloria histórica de nuestro "Pancho" Ramírez.
 
Escribe: Dr. Gonzalo García para La Opinión Popular

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27-01-2015 / 09:01
  Ni siquiera un niño puede creerse que, luego de más de una década en el poder, Cristina Fernández recién ahora se dio cuenta de que existen mafias en los servicios de inteligencia y que ese sistema requiere ser transparentado. Ella, que igual que Néstor, convivieron con Antonio Horacio Stiusso y con Fernando Gonzalo Pocino, personajes tan mediocres y miserables como tenebrosos, proclama ahora una reforma de lo que los Kirchner promovieron.
 
Este fue el principal argumento esgrimido anoche por Cristina,  quien en Cadena Nacional anunció la convocatoria a sesiones extraordinarias a su escribanía, el Congreso Nacional, donde el oficialismo tiene una cómoda mayoría, para tratar la creación de una nueva agencia de inteligencia que reemplace a la ex Side. Se viene la nueva Side ultra K de La Cámpora.
 
El mensaje estuvo acompañado de una nueva puesta en escena: CFK se mostró de blanco para parecer bondadosa, sin joyas y en una silla de ruedas para intentar generar compasión. En rigor, la Presidenta sufrió apenas una fractura de su tobillo. El intento de victimización de CFK es más que evidente, como también lo es la necesidad que tiene de encontrar un culpable que encaje con el relato que apunta a instalar  que la muerte de Nisman fue un complot anti K.
 
Diego Lagomarsino, el "perejil" amigo del fiscal de la causa AMIA, quien le suministro el arma calibre .22, parece tener todas las fichas. Y detrás de él, por supuesto, Clarín. Por eso CFK ayer lo apuntó, reiteradamente a Lagomarsino en su discurso, y también a su obsesión: todo lo que ocurre es producto de una gran conspiración orquestada por Clarín.
 
Lo que no dijo Cristina es que la Secretaría de Inteligencia depende orgánicamente de la Presidencia de la Nación que es donde salen los fondos reservados y el presupuesto que se destina a financiar el accionar de los espías que, durante la mal llamada "década ganada", sólo sirvieron para hacer operetas, pinchar teléfonos y perseguir a opositores y críticos a la gestión K.
 
¿Qué tipo de solución puede constituir la disolución de la ex SIDE, transfiriendo a la Procuración -cuya titular es una ultra K- las facultades para hacer escuchas y espiar a la ciudadanía? Nada bueno se puede esperar. Es más, en caso de que el congreso sancione esta reforma, pasaremos de Guatemala a Guatepeor.
 
¿El motivo? Alejandra Gils Carbó, desde que asumió como procuradora, demostró ser una incondicional de la Presidenta. Nombró a dedo fiscales que reportan a La Cámpora y a la Casa Rosada, para frenar las denuncias penales que complicaban a Cristina y a sus funcionarios corruptos. ¿Por qué no dejarlo en jurisdicción de la Corte Suprema? Sin duda provocaría más credibilidad.
 
Asimismo, del propio anuncio de CFK se desprende que el aparato de inteligencia militar, seriamente sospechada de haber hecho espionaje interno a favor del gobierno nacional, que comanda el general "nac & pop" César Milani, sindicado por crímenes de lesa humanidad cometidos durante la dictadura, se verá fortalecido. 
 
La ciudadanía, agobiada por la sombra siniestra del crimen político y que esperaba mensajes tranquilizadores en este verano de espanto, se encontró con la declaración de otra guerra imaginaria de Cristina.
 
La Opinión Popular

26-01-2015 / 11:01
 
La primera reacción del gobierno nacional, ante la gravísima denuncia del fiscal Nisman, previo a su muerte, fue un sketch cómico al que nos tiene acostumbrados la presidenta Cristina Fernández cuando dicta al oído de su jefe de gabinete, Jorge Capitanich, lo que éste debe decir cada mañana.
 
Dictado al que el hombre obedece poniendo siempre algo de su parte, haciendo aún más obsecuente la obsecuencia que le pidieron. Así, en una de sus declaraciones más absurdas (y eso que todas son absurdas) sostuvo que el objetivo de la denuncia del fiscal era intentar ocultar el superlativo éxito de la temporada veraniega en la Argentina.
 
Ahora con el tiempo y lo ocurrido nos damos cuenta de que esa aparente estupidez nos habla de algo más grave: de un gobierno entrando rápidamente en el delirio ante una realidad que lo estaba sobrepasando debido a una denuncia que lo dejó inerte.
 
Lamentablemente, esa payasada de Capitanich llegó a niveles paroxísticos luego de la muerte de Nisman, pero esta vez en palabras de la propia presidenta, convertida en una Agatha Christie de ocasión, en una James Bond con licencia para decir cualquier cosa, en uno de "Los pingüinos de Madagascar", esas dulces criaturitas animadas cuya profesión es la de espiar a los malos y salvar al mundo.
 
Cristina Fernández hizo todo menos lo que le correspondía hacer. Se puso a inventar sobre la marcha una variante de su eterno relato, adaptado a la situación, con una irresponsabilidad manifiesta, tal cual si estuviera jugando dentro de una novela de detectives en la cual ella se ubica como la principal víctima, como el falso culpable.
 
En su primera carta, la del lunes, la Presidenta no sólo da rienda suelta a sus chupamedias para que justifiquen la tesis del suicidio (sólo las autoridades argentinas y las iraníes creyeron en esta hipótesis), sino que se coloca en el lugar de una heroína que ya desde la dictadura es quien más viene luchando contra los servicios de inteligencia.
 
Nuestra espía detective siguió investigando y descubrió varias cosas más que expone en una segunda carta. Entre ellas, que Nisman no era, como pensó al principio, un empleado consciente de las fuerzas malévolas sino un pobre tonto inconsciente que se murió sin siquiera darse cuenta de que su informe no era suyo ni que estaba cubierto de pruebas plantadas para perjudicar a Cristina.
 
Si bien es cierto que en una Argentina tan disparatada como la que estamos viviendo, la verdad podría ser todavía más delirante que la versión presidencial, aún siendo así es peligrosísimo para la salud institucional del país que una presidenta intente acomodar la realidad al relato que más le convenga a sus intereses, que de eso y de nada más que eso se tratan sus dos cartas. Algo que viene haciendo desde siempre, pero con la diferencia que ello ahora implica jugar con la muerte.
 
Por otro lado, sería imperdonable si ella tuviera conciencia de que todo lo que dijo en sus dos cartas son mentiras, pero mucho más grave es, políticamente hablando, si se creyera tales sandeces, porque entonces sí que los argentinos estaríamos en el más completo de los desamparos.

26-01-2015 / 10:01
26-01-2015 / 09:01
 
A su estilo, en los últimos días de una semana frenética y siniestra, Daniel Scioli envió diferentes mensajes que lo posicionan de manera diferente en la compleja estrategia que improvisó el gobierno de CFK tras la muerte de Alberto Nisman de un balazo en la cabeza.
 
Horas después que los ojos del país se posaran sobre las torres Le Parc de Puerto Madero, el Gobernador mostró un discurso diferente del improvisado por la Casa Rosada. Más cauto y alejado de las conspiraciones, el ex motonauta comenzó a expresarse en sintonía con varios gobernadores.
 
Así, el mandatario bonaerense se corrió de la teoría oficial del "suicidio" instalada por Sergio Berni y pidió investigar la muerte del fiscal que había denunciado a Cristina Kirchner. "La Justicia debe abocarse al esclarecimiento de las circunstancias de su muerte", dijo el ex motonauta en un escueto comunicado cuando las propaladoras oficiales del ultra kirchnerismo afirmaban no había dudas del suicidio.
 
Pero el punto límite parece haber sido el acto del PJ del pasado jueves con el objetivo de que el partido defina su postura respecto de la muerte de Nisman. La reunión tuvo como corolario un documento de respaldo a Cristina Kirchner y un fuerte cuestionamientos a sectores de inteligencia, los medios de la comunicación y la justicia.
 
Horas después del cónclave, el diputado massista Felipe Solá desnudó el mecanismo por el cual el PJ definió ese documento: "Esto no fue discutido, yo se cómo fue la mecánica. Llegó Zannini con un papel y dijo 'esto es lo que hay que decir'", dijo el ex gobernador. Nadie de los presentes salió a desmentirlo.
 
Pero además, la foto oficial del encuentro fue más que elocuente: Jorge Capitanich, Antonio Caló, Sergio Urribarri, Julián Domínguez, Wado de Pedro y José Ottavis no dudaron en posicionarse en primera línea. En tanto, Scioli aparece detrás.

26-01-2015 / 08:01
  Se cumplió una semana de la muerte de Alberto Nisman, el fiscal que días antes de aparecer con un disparo en la cabeza había denunciando a Cristina Fernández por encubrir a terroristas responsables del atentado a la AMIA. El caso está envuelto en un cono de sombras. Hay muchas más dudas que certezas, lo que ha derivado en un escándalo político e institucional de proporciones que pone contra las cuerdas al gobierno de CFK.
 
Es tal el desconcierto, que los investigadores que todavía no pudieron determinar si Nisman fue asesinado o se quitó la vida. Acorralado, el cristinismo pasó en cuestión de horas de hablar de un suicidio relacionado con cuestiones personales a reconocer que se trató de un crimen con connotaciones políticas. A partir de esa primera hipótesis, los aplaudidores K salieron uno tras otro intentando desligar al cristinismo de la responsabilidad del hecho.
 
Pero ese análisis fue debilitándose a medida que se conocieron las conclusiones de algunos peritajes. Entre ellas, el resultado negativo que arrojó el barrido electrónico, una prueba clave que, de haber salido positiva, hubiera confirmado la hipótesis de suicidio. La incertidumbre se potenció, posteriormente, por el hallazgo de una tercera vía de acceso al departamento del fiscal fallecido.
 
A esa altura, la "historia oficial" no resistía el menor análisis y por eso Cristina tuvo que pegar el volantazo, que estuvo acompañado por la construcción discursiva, basada en su intuición sin ningún tipo de pruebas, de una supuesta conspiración internacional en su contra.
 
Si el Gobierno no tiene nada que ver con la muerte de Nisman, la forma en que actuaron, cómo no actuaron ni lo cuidaron, las declaraciones que realizaron, las  manipulaciones que hicieron y la virtual desaparición de Cristina, los cubrió con un temible manto de sospecha. Se auto incriminaron hasta niveles inimaginables.
 
Hicieron todo mal: Berni en la escena del crimen durante 5 horas, ordenando quién entraba y quién no al departamento de Nisman, trataron de imponer la tesis del suicidio desde el comienzo, para después, dar un giro de 180°; buscaron forzar como 'normal' el silencio de Cristina, que es un grito de sospecha; plantaron en la investigación a elementos cristinistas para demoler la denuncia del Fiscal, en vez de esclarecer el hecho...
 
Las encuestas son muy claras: más de 70% de los consultados creen que Nisman no se suicidó, consideran que el Gobierno de CFK tiene "algún tipo de responsabilidad" y no esperan que la Justicia pueda atrapar a los culpables, ya sea materiales y, menos, intelectuales del hecho.
 
El Gobierno de CFK actuó como suele actuar cada vez que hay una crisis: Primero se escondieron, después negaron, luego denostaron, tergiversaron y relativizaron, pasaron a acusar y transferir culpas y, por fin, se victimizaron. Es un mecanismo de defensa cuando se sienten acorralados. Buscan así licuar el costo político con otros protagonistas y señalar responsables o inventar complot; todos tiros por la culata que los hace más culpables de lo que, quizás, ellos son.
 
Los K ahora quieren hacer creer que se trató de una vendetta de los servicios de Inteligencia, una operación de alcance planetario en la que también intervendría -según la hipótesis oficial- la CIA norteamericana y el Mossad israelí. De seguir por este camino, en poco tiempo, el cristinismo terminará culpando de sus males a una confabulación intergaláctica.
 
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