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Nacionales - 06-02-2023 / 11:02
ELECCIONES NACIONALES 2023

Mesa electoral: memoria, balance y futuro del Frente de Todos

Mesa electoral: memoria, balance y futuro del Frente de Todos
El presidente Alberto Fernández se ha declarado dispuesto a armar la “mesa electoral”, una denominación que no dice gran cosa con relación a las tareas y el poder de decisión que el organismo asumiría.
El presidente Alberto Fernández se ha declarado dispuesto a armar la "mesa electoral", una denominación que no dice gran cosa con relación a las tareas y el poder de decisión que el organismo asumiría.
 
La cuestión se desplaza -con algo de ingenuidad- a la creación de algo así como un foro de discusión pública en el que cada representante haría público su punto de vista sobre la "política electoral"; la indefinición es muy evidente y nada casual: se procura evitar la puesta en escena de distintos tipos y formas de cuestionamiento a la actual política gubernamental bajo la forma de "propuestas electorales".
 
Esto es lógico y muy criterioso: si la "mesa" se convierte en un coro de voces críticas desde distintas lógicas y perspectivas políticas poco podría acumular a favor de un impulso de unidad de acción a la que se supone una exigencia mínima de cualquier pretensión de triunfo electoral.
 
Además, para la elección presidencial faltan varios meses todavía. Pero es muy importante que los organizadores sean conscientes de que tarde o temprano el balance del gobierno de estos cuatro años de gobierno deberá hacerse. Y no solamente eso, sino que ese balance deberá ser estructurado en una clave política que permita que todas las voces -o la mayoría, las más influyentes, las más representativas- se expresen públicamente.
 
Es impensable que una "mesa" jerarquice los puntos de vista de unos sobre los de otros: lo mejor sería dejar todas las interpretaciones abiertas. Porque el momento decisivo de un eventual renacimiento del frente debería ser el de las primarias abiertas. Allí será donde se organicen los acuerdos y las diferencias, el balance y la proyección futura de la coalición.
 
Una mirada "ideal" aconseja ese orden: primero el balance que cada sector hace de la marcha de la experiencia de gobierno, una evaluación pública, plenamente abierta a la discusión de todo aquel que quiera sumar su punto de vista. No habría posiciones "buenas o malas", la etapa establecería los contornos de la discusión, los acuerdos y los desacuerdos.
 
Ahora bien, la "mesa" debería abstenerse de establecer jerarquías entre los puntos de vista. Este circuito tiene una enorme ventaja respecto de lo que fue práctica del FdT desde su fundación: el cierre de las primarias a un puñado de actores. Todos tendrían derecho a defender su punto de vista desde la plataforma que existe y tiene fuerza legal precisamente por esa virtud: la de someterse a la prueba de la voluntad del electorado. 
 

 
Lo ideal sería que la mesa trabajara intensamente para acercar posiciones y para no dejar a nadie afuera. Al mismo tiempo una coalición no es una suma de individuos, es el intento de unir lo diverso, lo que, en este caso tiene el dramático incentivo de los riesgos que supondría una ruptura más o menos importante de la coalición, es decir el riesgo de un triunfo seguro de la derecha; y no de cualquier derecha sino la de tipo faccioso, desleal y desestabilizador que se desarrolla entre nosotros.
 
La mesa no es un órgano "reglamentario"; tiene la función indelegable de generar condiciones para alcanzar el más alto grado de unidad posible y de ponerle límites razonables a los intentos rupturistas.
 
Todo esto es perfectamente alcanzable. Pero no es una tarea que pueda llevarse solamente con "muñeca". Tiene que estar sostenida en una racionalidad muy potente, muy patriótica, muy militante: la que reconozca en la unidad del campo popular el centro de gravedad de cualquier estrategia electoral. Si se alcanza ese alto grado de conciencia colectiva querrá decir también que se pueden acercar posiciones respecto de un "relato común" de la experiencia de estos años.
 
Claramente ese relato no puede significar el silenciamiento de las diferencias, lo que no tendría sentido, entre otras razones, porque han sido expuestas dramáticamente a lo largo de lo que va de la experiencia común. Es el relato de la unidad de lo diverso animado por la innegable realidad de que los actores principales de la experiencia confluyan en los puntos de vista comunes que se hayan podido establecer.
 
Esta síntesis -por ahora ideal y podemos agregar hoy bastante utópica- no es especialmente importante para quienes participan en este proceso: es decisiva como un compromiso ante el pueblo. Se trabaja para que la unidad no se debilite, sin silenciar los puntos oscuros que esta unidad ha atravesado desde su creación. Se ratifica la diversidad y a la vez se adecua el rumbo. Es una renovación del contrato político-electoral popular que lejos de ocultar los problemas acumulados se propone pensarlos en común, transformarlos en un programa de gobierno y llevarlos a la victoria en octubre.
 
La línea de desarrollo es de enorme complejidad y sembrada de riesgos. Pero conviene saber que una unión (o una re-unión) como ésta no tiene una alternativa mejor en los tiempos que vivimos. Y lo que sobrevendría si no se actúa en esa dirección con la energía y la presteza necesaria no es un retroceso circunstancial sino un cierre potente y duradero de las chances de una nueva etapa popular-democrática como la que se abrió con la crisis de 2001 y nos llevó a la experiencia de los gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner.
 
Por otra parte, este signo, el de la unidad amplia de todos los que no convergen con la hoja de ruta del fin de la Argentina peronista-populista, es un proceso común que está recorriendo nuestra región. No hay razones que puedan sustentar por qué es necesario este amplio reagrupamiento en Brasil, en Chile y en Colombia, pero no en la Argentina. La idea de retirarnos "puros" para volver en otros tiempos tiene más que ver con la poesía (con la mala poesía) que con la política.
 
Esa sombra campeó entre nosotros en la elección de 2015 y nos costó el desastre macrista, una deuda claramente impagable y un retroceso tremendo de todos los indicadores sociales, comparados con los de los gobiernos de Néstor y Cristina. Estas no son derrotas o victorias deportivas o profesionales, son graves acontecimientos históricos frente a los cuales hay que demostrar madurez y patriotismo. Si es que la política es algo más que una profesión como cualquier otra.
 
Por Edgardo Mocca
 
Fuente: El Destape
 

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El naufragio de la ley de propiedad privada dejó al descubierto la incompetencia política oficialista, las internas feroces en la Casa Rosada y un estruendoso choque contra el límite de sus propios aliados, en medio de una profunda crisis económica y un acelerado desencanto de la sociedad y de sus propios votantes. Un escenario agravado luego de que la cuestión Malvinas alrededor de la selección de fútbol generara un clima nacionalista que colisionó de frente contra el cipayismo libertario y expuso su escaso arraigo popular.
 
El bochornoso traspié de la Ley de Inviolabilidad de la Propiedad Privada en el Senado representa el síntoma terminal de un oficialismo cegado por el dogmatismo y desprovisto de oficio político. Lo que el Ejecutivo pretendía vender como un triunfo terminó convertido en un cascarón vaciado: acorralada por la falta de apoyo de los bloques dialoguistas, la Casa Rosada debió capitular y retirar apresuradamente los capítulos centrales de extranjerización de tierras y la flexibilización de la Ley de Manejo del Fuego. El dictamen final fue aprobado desflecado y reducido a menos de un tercio de sus ambiciones originales, dejando al desnudo que las mayorías parlamentarias no se edifican con bravuconadas de redes sociales ni con intervenciones torpes como las del senador Joaquín Benegas Lynch, cuyos insultos a los senadores aliados terminaron de dinamitar los puentes de negociación.
 
Fiel a su matriz refractaria a la autocrítica, la reacción de la conducción libertaria ante semejante derrumbe consistió en desatar una inmediata cacería interna de chivos expiatorios. En lugar de asumir los errores de cálculo de la gestión, la Casa Rosada liderada por Javier y Karina Milei optó por aislar y "freezar" al ministro de Desregulación, Federico Sturzenegger, amagando con congelar el resto de sus proyectos en carpeta tras convertirlo en un yunque político. Al mismo tiempo, el enojo oficialista apuntó directamente contra Patricia Bullrich, a quien responsabilizan por fallar en la contabilidad de los votos y perder el control de la sesión. Este pase de facturas expone un gabinete frágil y fracturado, donde los propios arquitectos del programa gubernamental son arrojados a los leones ante la primera turbulencia institucional.
 
 
En última instancia, la mutilación de este proyecto emblemático expone el techo del modelo libertario: una administración que chocó de frente contra el límite de sus aliados e incapaz de sostener consensos duraderos. La incapacidad para articular mayorías y la constante tendencia a refugiarse en la intransigencia demuestran que el dogmatismo autoritario se vuelve impotente ante la dinámica republicana. Con Sturzenegger desautorizado y Bullrich golpeada políticamente, el gobierno ingresa en una peligrosa fase de insularidad y parálisis parlamentaria, donde la falta de muñeca política condena al oficialismo a multiplicar derrotas mientras la gestión cotidiana se consume entre internas feroces e improvisación.
 
De la redacción de La Opinión Popular

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