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“Que ningún ciudadano sea lo suficientemente opulento como para poder comprar a otro, ni ninguno lo bastante pobre como para verse obligado a venderse”. Jean-Jacques Rousseau
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Nacionales - 13-11-2022 / 10:11
LOS GRITONES NO SIEMPRE GANAN

El error infantil de la ultra derecha gorila de pensar que el peronismo ya fue

El error infantil de la ultra derecha gorila de pensar que el peronismo ya fue
¿Basta con gritar barbaridades en contra del peronismo para ganar una elección? ¿Cualquier candidato que enfrente al Gobierno está destinado a ganar? ¿Haga lo que haga la oposición, al final del día la gente terminará votándola por el enojo que tiene contra el Gobierno? ¿Será inteligente decir que van a hacer “lo mismo pero más rápido”, cuando la sociedad recuerda los efectos de “lo mismo pero más lento”?
Las elecciones de Brasil y Estados Unidos reflejan que la ola de ultraderecha ha crecido de manera inesperada pero, al mismo tiempo, tiene un límite evidente. Los gritones no siempre ganan. Todos los estudios de opinión reflejan que el Presidente tiene un nivel de rechazo social muy alto y sostenido en el tiempo. La inflación es la más alta en varias décadas. El delito ha crecido significativamente y, con él, una angustiante sensación de inseguridad que se refleja, también, en las encuestas.
 
Para colmo, las apariciones del Presidente son toda una aventura para su equipo: muchas veces parece inconexo, se olvida de cosas, se pierde en medio de su discurso, se lo ve envejecido. Está claro para todo el mundo que se trata de un presidente de transición. Casi nadie -tal vez ni siquiera él mismo, aunque no lo confiese en público- imagina que pueda ser reelecto.
 
En este contexto, es natural esperar que, en cualquier elección, el oficialismo sea aplastado por la oposición. Sin embargo, esta semana, en los Estados Unidos -que es el país al que se refiere el comienzo de esta nota- eso no sucedió. Al contrario: contra todas las expectativas, ese presidente salió fortalecido. ¿Podrá suceder lo contrario en la Argentina el año que viene? ¿O, al revés, será el final del peronismo, como lo pronostican y desean importantes líderes de la oposición?
 
El resultado de las elecciones norteamericanas -más aún si se le suma a lo que ocurrió un par de semanas antes en Brasil- ratifica que el futuro es algo muy difícil de pronosticar y desafía a cualquier visión cristalizada. En los últimos tiempos, pareció consolidarse en la Argentina la idea de que el mundo se dirige, indefectiblemente, hacia la elección de líderes que combinan, de alguna manera, un mensaje económico fiscalista con la agitación en contra de los lugares comunes del progresismo (anti woke, se lo llama en los Estados Unidos).
 
En la Argentina, esa mirada ha sido representada con mucho énfasis por Javier Milei, pero también -dentro del PRO- por Mauricio Macri y Patricia Bullrich. Tal vez el mundo vaya hacia donde estos dirigentes pregonan. O tal vez no. Pero el último martes, un presidente anciano, muy rechazado en todas las encuestas, que no logra controlar la inflación ni la inseguridad, que aparece confuso en sus discursos, consiguió habilitar el espacio para la duda.
 
Algunos estrategas de la oposición registraron el golpe. ¿Basta con gritar barbaridades en contra del peronismo para ganar una elección? ¿Cualquier candidato que enfrente al Gobierno está destinado a ganar? ¿Haga lo que haga la oposición, al final del día la gente terminará votándola por el enojo que tiene contra el Gobierno? ¿Será inteligente decir que van a hacer "lo mismo pero más rápido", cuando la sociedad recuerda los efectos de "lo mismo pero más lento"? Hasta el martes, las respuestas parecían claras entre los dirigentes opositores. Cuatro síes. Ahora no están tan seguros de que las cosas sean tan claras.
 

 
En Estados Unidos, el golpe más duro cayó sobre Donald Trump y su gente. Es interesante lo que ocurrió. Tan convencidos estaban de que Biden es un inútil y que la mayoría de los norteamericanos lo detestaba que, realmente, pensaron que no era necesario un esfuerzo extra. Además, los medios de comunicación que miran los trumpistas -especialmente Fox News- repiten todo el tiempo lo mismo: tanto que cualquiera se convence de que, efectivamente, la batalla cultural está terminada. Biden es un inútil. El progresismo ha muerto. El feminismo provoca rechazo. Los homosexuales no son gente normal. Pero había otra realidad.
 
Aquí sucede algo parecido. Demasiada gente repite y escucha siempre lo mismo, con lo cual se hace difícil pensar que la realidad admite miradas alternativas. El populismo ha muerto. El año que viene desaparece el peronismo. Si alguien aplica la estrategia de gritar contra el peronismo, el populismo y la ideología de género, seguramente logre un lugar en este mundo. Puede ser que en la repetición compulsiva de esas consignas, algo se pierda.
 
Al día siguiente de la elección, The New York Times explicó la manera en que ese microclima fue el principal aliado de Joe Biden: el votante republicano cautivo -el que mira Fox News- eligió candidatos muy valorados por el núcleo duro del partido pero, al mismo tiempo, incapaces de atraer el voto independiente.
 
Los republicanos moderados ganaron mayoritariamente en sus distritos. Pero los trumpistas, los que negaban que Biden fuera un presidente legítimo, o respaldaban la invasión al Congreso, perdieron. Así, sobrevivió Biden. De esa dinámica -los duros ganan la interna y eso impide que triunfen en la general- surge una moraleja obvia para los candidatos argentinos.
 
El segundo elemento relevante que surge de la elección norteamericana y aplica sobre la política argentina es que la inflación puede ser altísima, pero no es todo lo que ocurre en la economía de un país.
 
En Estados Unidos, como en la Argentina, la inflación es insoportable. Pero resulta compensada, en ambos casos, por datos de crecimiento, de consumo y de empleo que han sido positivos o, al menos, no fueron una calamidad. Hay más trabajo con menos salarios. La repetición hasta el cansancio de los datos negativos, mientras se ignora los positivos, puede conducir hacia un mal diagnóstico: que el peronismo ha muerto, por ejemplo.
 
En una campaña inteligente el oficialismo puede explicar que la inflación es la contracara de la emisión a la que recurrieron algunos gobiernos, en todo el mundo, para evitar un daño mayor a la economía durante la pandemia: el precio a pagar por haber defendido el empleo y a miles de unidades productivas.
 
Esta afirmación es discutible y parcial. Pero en una campaña electoral es un argumento fuerte que obligará a la oposición a convencer a los independientes de que su plan no terminará en una mezcla de lo inútil y lo desagradable: inflación más una bruta recesión con pérdida de empleo.
 
Al mismo tiempo, si no todo lo que ocurre en una economía es la inflación, tampoco la economía es todo lo que se debate en una elección. Donald Trump es un hombre pendenciero, que ha desconocido un triunfo electoral legítimo, que ha respaldado un intento de golpe de Estado para evitar la asunción del candidato que lo derrotó, y que en su agresivo discurso antiprogre mezcla misoginia, homofobia y bravuconadas racistas en contra de los inmigrantes.
 
Todo eso junto parece haber provocado un reflejo defensivo en las fuerzas tradicionales de la democracia, que encontraron un cauce en el candidato menos agresivo, aun cuando no sea el más eficiente para gobernar, o genere muchos reparos. Tal vez las sociedades estén agotadas del bombardeo al que las sometió el progresismo en todas sus variantes, pero no estén tan convencidas al mismo tiempo de saltar al campo opuesto que contiene valores oscurantistas.
 
Eso se puede percibir en las elecciones norteamericanas y también en las brasileñas. Es impresionante leer en estos días a la misma prensa que enfrentó a Lula cuando era presidente y justificó su detención: el respaldo de esos medios a su viejo enemigo es total. Los triunfos de Emmanuel Macron en Francia obedecen a dinámicas similares. Las amenazas de Trump, Bolsonaro o Le Pen generan acercamientos impensados.
 
En cualquier caso, las elecciones de Brasil y Estados Unidos, y también las que ocurrieron en Chile, Colombia, Perú, Canadá, México, Bolivia -entre otros países del continente-reflejan que la ola de ultraderecha ha crecido de manera inesperada pero, al mismo tiempo, tiene un límite evidente. Sus discursos anclan en sectores de la población muy enojados. Pero los gritones no siempre ganan. Y cuando ganan, después son expulsados por el voto popular.
 
Mientras tanto, parece que mucha gente está dispuesta a defender los valores de la democracia occidental, que aparecen atacados -ahora- desde la derecha. Esos valores incluyen la libertad, los derechos de las minorías, el rechazo al racismo, la empatía hacia los inmigrantes, la idea de que armarse hasta los dientes no es la mejor manera de resolver los problemas, el rechazo al discurso único -sea populista o antipopulista-, el cuidado del medio ambiente, la separación entre la iglesia y el Estado, y también el apoyo estatal a los más vulnerables, que no son vagos y planeros sino -en su mayoría- víctimas de una sociedad injusta. En su medida y armoniosamente, parecen razonables.
 
Argentina ha entrado en el último año de una gestión oficial que, en todas las encuestas, genera altísimos -y por demás merecidos- índices de rechazo. A primera vista, el desenlace parece claro: el Gobierno va a perder, entre otras razones, porque no tiene una estrategia para salir del proceso inflacionario. Además, su dinámica interna es bochornosa y cansadora. Sus líderes moderados están atados de pies y mano frente al discurso de barricada y amenazante de la Vicepresidenta, y -sobre todo- de su hijo.
 
Pero, del otro lado: ¿qué proponen? ¿Saltar hacia donde?
 
La ex ministra Patricia Bullrich se ha transformado en una especialista en producir golpes de efecto y va desplegando un programa tan extremo como curioso: eliminar completamente retenciones, cerrar el PAMI, eliminar el plan de alfabetización, cerrar el Ministerio de Educación, no cerrarlo, mandar a los militares a combatir contra una veintena de mapuches desahuciados, terminar con los planes sociales, permitir que circule legalmente el dólar, no permitirlo, dolarizar, no dolarizar, amenazar con romperle la cara a quien la critique.
 
El ex presidente Mauricio Macri propone "hacer lo mismo pero más rápido". El jefe de Gobierno, Horacio Rodríguez Larreta, prepara un plan de estabilización cuyos efectos sociales serán muy duros. ¿Bastará con esas ideas, con esos programas, para ganar? ¿Y para gobernar?
 
Diego Santilli, hace unas horas, apeló a una metáfora cuando le preguntaron por las peleas entre halcones y palomas dentro del PRO.
 
-Si seguimos así nos vamos a transformar en gansos.
 
Mientras tanto, el prestigioso columnista David Brooke, escribió luego de la elección norteamericana: "El resultado más importante de esta elección es el triunfo de los normales: líderes prácticos, tradicionales, que no están todo el tiempo gritándole a la gente lograron resultados excepcionales, a izquierda y a derecha... Los norteamericanos están muy descontentos con la marcha de su país. Pero su teoría del cambio parece haberse modificado. Menos novelitas histriónicas en los medios. Menos política alrededor de amenazas existenciales. Mejor busquemos a gente seria que pueda hacer bien las cosas".
 
Gente seria que pueda hacer bien las cosas.
 
No parece una mala idea para gobernar un país.
 
¿Habrá alguien así?
 
Por Ernesto Tenembaum
 
Fuente: Infobae
 

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17-05-2026 / 13:05
17-05-2026 / 12:05
La gestión de Javier Milei atraviesa una fase de desorientación estratégica, donde el dogma ideológico choca frontalmente con una realidad social cada vez más crítica. La profundización de un modelo basado en el ajuste fiscal severo y la desregulación extrema ha disparado los índices de pobreza y desigualdad, transformando la promesa de "orden" en un escenario de exclusión que ya no se disciplina ante el discurso oficial. 
 
Trump no está en condiciones de volver a salvar a Milei y le exige cada vez más. Se define la guerra entre grupos de poder por la Hidrovía. Copado por funcionarios de la embajada, el instituto de propiedad intelectual se inclina a favor de los laboratorios estadounidenses. La esperanza, lo último que perdió el votante de Milei.
 
Esta desconexión entre la macroeconomía de pizarrón y las urgencias de la calle ha provocado que el Gobierno pierda el rumbo, quedando atrapado en una lógica que prioriza los superávits teóricos sobre la sostenibilidad humana. Según el análisis de Diego Genoud, el mandatario habría perdido la brújula política, mostrando una desconexión creciente entre su narrativa ideológica y las demandas de una realidad socioeconómica que ya no se disciplina ante sus discursos, lo que genera un clima de incertidumbre sobre la viabilidad de su programa a mediano plazo. 
 
Este deterioro del tejido social tiene un correlato directo en el capital político del mandatario: el ecosistema de apoyos que lo llevó al poder se muestra hoy fragmentado y reticente ante la falta de resultados tangibles. Con aliados ensayando su propia salida y una estructura territorial que no logra contener el descontento, la reelección para 2027 se percibe más como una expresión de deseos que como un escenario probable. El oficialismo enfrenta así una coyuntura de aislamiento, donde el aumento de la brecha social se convierte en el principal obstáculo para la continuidad de su proyecto político.
 
De la redacción de La Opinión Popular 

10-05-2026 / 14:05
Frente a un auditorio que colmó la capacidad de la Sala José Hernández, Axel Kicillof transformó la presentación de su libro en un acto de resistencia intelectual contra el avance del anarcocapitalismo en Argentina. Con una defensa cerrada de la intervención estatal y la justicia social, el gobernador bonaerense utilizó el pensamiento de Keynes para desnudar las falencias de un modelo nacional que, bajo la promesa de libertad, solo parece ofrecer recesión y exclusión. Su mensaje fue una advertencia clara: el verdadero peligro para el futuro del país no reside en los proyectos populares, sino en la impericia de una gestión que ignora la historia y la teoría económica básica.

"Si Keynes viera lo que está pasando en la Argentina, se vuelve a morir. Estamos ante un experimento que ignora las fallas de mercado que el propio Keynes describió hace casi un siglo", sentenció Kicillof ante un público que seguía cada definición técnica con atención política.


En lo que muchos leyeron como un paso decisivo hacia la reconstrucción del peronismo, Kicillof se posicionó como el principal antagonista político y teórico de Javier Milei. Entre citas académicas y definiciones políticas de alto voltaje, el mandatario dejó en claro que la provincia de Buenos Aires funciona hoy como el último bastión contra el ajuste desmedido y como el laboratorio de una alternativa de gobierno para 2027. Fue lanzamiento de una obra de Economía; pero también fue la presentación de un programa de soberanía económica diseñado para enfrentar el "riesgo país" que representa el actual experimento libertario.


De la redacción de La Opinión Popular

09-05-2026 / 10:05
07-05-2026 / 15:05
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