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Internacionales - 31-10-2022 / 08:10
EL ULTRA DERECHISTA BOLSONARO, PRIMER PRESIDENTE NO REELECTO DE BRASIL, EN SILENCIO TRAS LA DERROTA

Libre y presidente: Lula da Silva vuelve al poder después de la cárcel y la proscripción

Libre y presidente: Lula da Silva vuelve al poder después de la cárcel y la proscripción
La alegría no es solo brasilera. Lula se impuso en las elecciones más polarizadas de la historia de Brasil y alcanzó por tercera vez la presidencia, un resultado que impacta en toda América latina. Como Macri, Bolsonaro se va con la mancha de ser el único mandatario que no consiguió su reelección. El líder del PT reafirmó su compromiso con el pueblo y llamó a terminar con “la propagación criminal del odio”.
Este domingo, Luiz Inácio Lula da Silva, conquistó el 50,84% de los votos y se impuso sobre el presidente neoliberal Jair Bolsonaro, que llegó al 49,16% con el 99% de los sufragios contabilizados al cierre de esta nota. De esta manera, el 1 de enero asumirá su tercer mandato como jefe de Estado del país más importante de América del Sur y no podrá cumplir con la promesa que le hizo hace unos años a su familia de retirarse de la política.
 
Termina así una etapa de desapego por la convivencia democrática. Mensajes discriminatorios y burlones del presidente hacia las minorías. Militares que cumplieron un papel preponderante en la vida institucional del país, pero no con el fin que tienen destinado. Se aleja por un tiempo la posibilidad de que el neofascismo, en crecimiento a nivel mundial, pueda tener un bastión consolidado y en el gobierno en esta región, la más desigual del planeta.
 
El escrutinio había comenzado comenzó a las 17, cuando cerraron los centros de votación en todo el país. Como había ocurrido en la primera vuelta, Bolsonaro arrancó arriba y estuvo al frente hasta que estuvo escrutado el 67,76% de los votos a nivel nacional. No obstante, a esa hora, en bastiones clave de Bolsonaro el conteo recién estaba en el 56%, lo que no permitió dar por ganada la contienda para el PT. Sin embargo, la tendencia no cambió y el exlíder sindical terminó imponiéndose por una ajustada brecha que marca el Brasil atravesado por una grieta profunda que Lula tendrá que gestionar.
 
En 2010, cuando abandonó el Palacio de Planalato, el jefe de Estado imaginó una vida retirado de la política, pero la historia no se lo permitió. En 2016 su heredera, Dilma Rousseff, fue destituida y en 2018 fue detenido en una prisión en la que pasó 580 días, al mismo tiempo,  Bolsonaro llegó a la presidencia de la mano de un discurso conservador y de ultraderecha. Luego de que el Tribunal Superior de Justicia (TSJ) confirmara su liberación, el exlíder sindical no dudó en emprender lo que calificó como la campaña más difícil de su historia, que este domingo lo depositó nuevamente en el poder.
 
El cauto entusiasmo que mostró su campaña en la previa de la jornada electoral le dio frutos a su candidatura. Desde el comienzo y hasta bien avanzado el escrutinio, el oficialismo se mantuvo al frente del recuento de votos, pero el PT logró darlo vuelta cuando el Tribunal Superior Electoral (TSE) ya había superado la mitad de los votos analizados. Como muestra la historia electoral de Brasil, Lula se impuso en las provincias del Nordeste, como Bahía, Pernambuco, Sergipe y Alagoas.
 
Lula le devolvió la sonrisa a Brasil, ganó una elección apretada y sepultó el sueño reeleccionista del facho Jair Bolsonaro, quien con estos números, como Mauricio Macri, se convirtió en el primer presidente en no lograr la reelección desde la recuperación de la democracia, hace ya casi 40 años, aunque deja el poder con casi medio país de su lado. Desde el revés que sufrió en la primera vuelta, el candidato del Partido Liberal (PL) profundizó la polarización con la oposición y afianzó las críticas contra el líder del PT, pero su discurso y los actos que realizó en distintas regiones clave no fueron suficientes.
 
Con este estrecho margen de diferencia, la tensión se trasladó hacia el accionar del presidente, para determinar si reconocerá su derrota o, como amenazó durante la campaña, denunciará un fraude y resistirá en el sillón presidencial. Uno de sus exministros más duros y candidato a gobernador de Río Grande del Sur, Onyx Lorenzoni, perdió su ballotage y reconoció los resultados porque, dijo, "la decisión del pueblo es soberana". Por otro lado, existen sectores duros en su electorado que rechazan la derrota y prometen apoyar al jefe de Estado en su cruzada para no abandonar el poder. 
 
La Opinión Popular
 

"EL PUEBLO VOTÓ MÁS DEMOCRACIA", DIJO EN SU PRIMER DISCURSO COMO PRESIDENTE ELECTO
 
Ganó Lula y le devolvió la sonrisa a Brasil
 
El líder del PT alcanzó el 50,90 % de los votos y su rival, Jair Bolsonaro, reunió el 49,10 de las voluntades electorales. 

Lula le devolvió la sonrisa a Brasil, ganó una elección apretada y sepultó el sueño reeleccionista de Jair Bolsonaro. "El pueblo quiere libros en lugar de armas" dijo buscando dos significantes muy fuertes de un país dividido que, con su victoria aún fresca, empezó a intentar unir la misma noche de "este 30 de octubre histórico", como lo definió.
 
Con palabras detenidamente pensadas pero que apuntaron en esa dirección conciliatoria, el presidente electo dejó claro también que "el pueblo votó más democracia y no menos democracia" y le agradeció a Dios "por haber sido muy generoso conmigo".
 
Era muy claro a qué se refería. Su tercer mandato al frente de una nación que se dividió en las urnas con porcentajes que las encuestas no previeron. El líder del PT con el 99,99 % de los votos escrutados alcanzó el 50,90 %. Su rival, el actual jefe de Estado, reunió el 49,10 de las voluntades electorales. Una diferencia de 2.139.436 sufragios que terminó, al menos por ahora, con un ciclo político de tensión, incertidumbre y violencia.
 
La derrota de Bolsonaro - que al cierre de esta edición no había reconocido - fue convalidada a las 20.09 por el Tribunal Supremo Electoral (TSE) con el 98,91 de los votos contados y una hora y medio después, Alexandre de Moraes, el más conocido de sus integrantes, la hizo pública en conferencia de prensa.
 
Bolsonaro es el primer jefe de Estado elegido en democracia que fracasa en su afán de continuar al frente del país. Tampoco pudo romper la racha de los derrotados en primer turno. Nunca hubo uno que pudiera dar vuelta el resultado en el balotaje. Ni siquiera el propio Lula. El histórico dirigente del PT, en cambio, volverá a dirigir el país después de once años. Había sido elegido en 2003 y repitió en el período 2007-2011.
 
En esta ciudad, la más importante de Brasil y que se extendió en celebraciones hasta la madrugada, el presidente electo habló por primera vez en su condición de tal. Lo hizo en el hotel Intercontinental, el mismo que había escogido en 2002 cuando llegó al Planalto por primera vez.
 
Arrancó con una serie de agradecimientos que incluyeron a Fernando Haddad - su candidato a gobernador de San Pablo derrotado por Tarcisio Gomes de Freitas, un ex ministro de Bolsonaro - y su aliada, la ecologista Marina Silva. Acompañado por los principales dirigentes del PT y su esposa Janja, pidió sus anteojos, bromeó sobre su pinta de intelectual y leyó un discurso de tono mesurado, acaso porque buscaba las palabras justas para un momento tan feliz para él, como delicado por la división notoria que vive el país.
 
"Quiero agradecerle al pueblo brasileño, al que me votó y no me votó. Estoy aquí para gobernar esta nación que se encuentra en una situación muy difícil. Había dos proyectos de país, pero el único vencedor es el pueblo brasileño", señaló en un tono poco habitual para él, acostumbrado a improvisar, llegarle a su audiencia con palabras sentidas e improvisadas, y casi nunca escritas.
 
Lula reivindicó "la victoria inmensa del amplio movimiento democrático" y lo ubicó por sobre los partidos, incluido el suyo, el PT. Dijo que los brasileños votaron "más libertad y no menos libertad, más solidaridad y no menos" y prometió "enfrentar al racismo y los preconceptos", una reflexión sin destinatario explícito pero que cualquier observador imparcial sabría a quién iba dirigida.
 
"No existen dos Brasil, somos un único país, un único pueblo, una gran nación", señaló en un momento de su discurso entre bocinazos y cohetes que explotaban en las inmediaciones de la calle Alameda Santos, paralela a la avenida Paulista y centro de los festejos de la militancia. Sí hubo otra definición que marcó una nueva señal de época, fue cuando dijo: "A nadie le interesa vivir en un país en clima de guerra, es hora de bajar las armas".
 
Bolsonaro ganó en casi todo Brasil menos en la región del nordeste -donde Lula le sacó una diferencia aplastante - y en el estratégico estado de Minas Gerais, donde el gran derrotado - además del presidente - fue su gobernador, Romeu Zema, quien había llamado a votar por el ex capitán del ejército que ahora deberá irse a su casa.
 
Algunos números del nordeste son elocuentes. En Bahía, Lula obtuvo el 72,12 por ciento; en Ceará - territorio de Ciro Gomes - el 69,97 y en Piauí, donde sacó la diferencia más abultada, el 76,86 % contra el 23,14 del ultraderechista. En votos válidos estos guarismos significaron 22,2 millones para el actual presidente electo y 9,8 millones para su rival. Un margen indescontable en el conteo nacional.
 
En donde no hubo demasiados cambios con respecto a la primera vuelta fue en la porción del electorado que intentaban seducir los dos candidatos. Las abstenciones volvieron a ser muy altas: 32.199.598 personas no concurrieron a votar, el 20,59 del padrón. Las que sufragaron en blanco llegaron al 1,43 por ciento y los votos nulos al 3,16 por ciento. La razón por la cual nadie le movió el amperímetro a esa masa crítica del electorado que no se dejó seducir por ninguno de los dos candidatos, será alimento de discusión para los analistas.
 
Cualquier cifra concreta puede derivar en interpretaciones peregrinas desde uno y otro sector político. Bolsonaro podría argumentar que sacó en esta segunda vuelta más de 7 millones de votos que en la primera. Lula creció 3 millones. Como fuere, la elección que se definió el domingo se convirtió en la más reñida de la historia. Pero sobre todo, le puso un freno circunstancial al temido avance de la ultraderecha en las urnas. El presidente se llamó a silencio refugiado en Brasilia y el país se vio sacudido por una marea de remeras rojas que nunca hubiera deseado ver. Las camisetas amarelas quedaron por unos días guardadas hasta el Mundial de Qatar. Ese símbolo tan fuerte de uniformidad electoral que había elegido el derrotado para intentar continuar en el gobierno.
 
 Por Gustavo Veiga
 
Fuente: pagina12.com.ar
 

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