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Nacionales - 18-09-2022 / 11:09
INTENTO DE MAGNICIDIO

La Nación y Clarín se desligan del atentado que provocó su campaña de odio y desinformación sistemática de la realidad

La Nación y Clarín se desligan del atentado que provocó su campaña de odio y desinformación sistemática de la realidad
Después del atentado criminal contra Cristina Kirchner, las grandes cadenas mediáticas oligopólicas tardaron algunos días en elaborar un relato capaz de capturar la lógica del acontecimiento. Tenían que hacerlo de tal modo que el odio antikirchnerista que sin solución de continuidad descargan esas mismas cadenas sobre su público no apareciera en el lugar central de fundamento de la violencia política.
Después del atentado criminal contra Cristina Kirchner, las grandes cadenas mediáticas oligopólicas tardaron algunos días en elaborar un relato capaz de capturar la lógica del acontecimiento. Tenían que hacerlo de tal modo que el odio antikirchnerista que sin solución de continuidad descargan esas mismas cadenas sobre su público no apareciera en el lugar central de fundamento de la violencia política.
 
La Nación, a través de Morales Solá y Clarín por intermedio de Wiñazki, produjeron, con diferencia temporal de pocas horas, sendos artículos que coinciden en una "explicación" de lo ocurrido en términos más o menos idénticos. Así como Clarín tituló la masacre de Puente Avellaneda en 2001 ("la crisis" causó dos nuevas víctimas) en el caso actual podría ser "la decadencia argentina causó el intento de magnicidio contra la vicepresidenta".
 
¿Cómo se llega a esa insólita elucubración disfrazada de profundidad sociológica? El camino es fácil de imaginar: había que descartar de entrada y sin rodeos, que el atentado tuviera que ver con la campaña de odio y desinformación sistemática de la realidad que desarrollan cotidianamente esas mismas maquinarias de la mentira. Tampoco había que dar lugar a la pregunta sobre cómo y por qué casi cuarenta años después del derrumbe de la última experiencia autoritaria y de establecido el pacto democrático para asegurar que nunca más se repitiera, pudo ocurrir lo que ocurrió: que varias figuras de primera línea de conducción del PRO difundieron una interpretación según la cual la víctima era la única responsable de lo ocurrido.
 
El artículo de Morales Solá es un aporte a la "teoría de la mentira ingeniosa". Su primera parte hace hincapié en el hecho de que supuestas encuestas indican que la mayoría de la ciudadanía no cree que la agresión se haya producido. Cualquier análisis político serio hubiera prescindido de esta insólita manera de acercarse al hecho: con poca sutileza se intenta que un supuesto informe de supuestas encuestas ocupe el lugar central desde el que se piensa el hecho. Es posible que al culto y democrático lector de La Nación le haya terminado pareciendo que el atentado no ocurrió.
 
Esta inferencia -empleada de modo tan central en el enfoque- permite lo principal de la estrategia: darle credibilidad al mito urbano del "autoatentado"; modo perfecto, por otro lado, para colocar a la víctima en el lugar de la culpa. Pero ya en el cierre, el periodista reconoce que el atentado existió, y su hipótesis es que los culpables son sectores marginales afectados por la difícil situación económico-social y que, por eso, repudian a los políticos.
 
Es decir, el hecho que no existió, en realidad existió, pero del examen de sus causas hay que excluir toda referencia a la barbarie del discurso mediático que tiene en la vicepresidenta el destino principal y casi excluyente de sus diarios ataques. 
 

 
En la misma dirección, Wiñazki, en el diario Clarín, habla de la "degradación argentina" como responsable exclusivo del crimen (siempre la metáfora y la abstracción en lugar del análisis concreto). Ese fenómeno -agrega- "va de la pobreza indignada pero digna, hasta el delirium tremens de un cortejo de abombados venenosos que deciden matar".
 
También en este caso, el discurso político de la derecha y la prédica diaria de los grandes medios de comunicación aparecen automáticamente sacados del centro del análisis. Y, de paso, la responsabilidad por la violencia se desplaza hacia los sectores más desprotegidos de la sociedad.
 
Ahora bien, aún en el caso en que el proceso judicial respaldara esta hipótesis (la responsabilidad excluyente de un grupo de marginales), no habría forma de eludir la pregunta realmente política: cuál es la conexión entre los "abombados venenosos" y la prédica mediático-política de odio antiperonista y antikirchnerista.
 
Salvo que hayamos "alucinado", un conjunto de acciones callejeras, activamente promovidas por varios cuadros dirigentes de la coalición de derecha y cubiertas intensamente por los grandes medios sin crítica alguna a espectáculos de abierta repugnancia antidemocrática.
 
Salvo que también estemos "alucinados" quienes creímos ver manifestantes portando bolsas mortuorias con los nombres de los enemigos de esos grupos políticos. Nombres que, además, son implacable y cotidianamente agraviados por los columnistas de los medios más poderosos.
 
En su reaparición, Cristina volvió a exhortar al diálogo político. Lo hizo con alusiones enfáticamente encomiosas a la generosidad de los políticos que ejercían puestos decisivos en las principales fuerzas políticas en los años inmediatamente posteriores a la reconquista democrática de 1983.
 
Es de esperar que la voz de la vicepresidenta que es, a la vez, la figura política central de la política argentina sea escuchada. Porque en el rumbo en el que estamos yendo, la política y los partidos van a terminar colocados en el duro lugar de responsables de un duro desenlace político.
 
Es necesario que la dirigencia política sepa eludir el lugar de partícipe fundamental de ese desenlace. Todos lo recordamos: "que se vayan todos" fue el grito popular durante la crisis de diciembre de 2001. Las elecciones posteriores de 2001 marcaron el punto más bajo de la adhesión política a los dos partidos históricamente más fuertes de la segunda mitad del siglo veinte.
 
La anti política es la forma más brutal de la antidemocracia. Porque apuntala objetivamente a los beneficiarios de las recurrentes crisis argentinas. Justifica sus privilegios, oculta sus responsabilidades.
 
Consiente con los lamentos por la pobreza, pero se opone a discutir la riqueza, especialmente la que se esconde en las guaridas fiscales, la que practica el contrabando, la evasión y elusión de impuestos, la que se considera fuera de la nación y su interés y suele unir su suerte a las potencias del "mundo occidental". La que hace de la especulación financiera su quehacer principal.
 
Reduce la justa insatisfacción con la democracia al acto salvaje e irreflexivo de sectores marginales, "loquitos sueltos" como se suele llamarlos en estos días. El diálogo político es lo único que puede frenar la dialéctica desestabilizadora de los poderosos del país. Sería la toma de la palabra por parte de la política.
 
El acto civilizado de hacerse cargo del conjunto del drama, de examinarlo con espíritu democrático y constructivo. No hay duda de que los partidos políticos tienen responsabilidades en las recurrentes crisis por las que atraviesa el país. Pero no puede ignorarse que el plan de la ínfima minoría privilegiada es terminar con los partidos tal como los conocimos históricamente y aún en las formas muy diferentes en las que actúan hoy.
 
El ideal del privilegio argentino es un mundo sin política, sin partidos. Con la tecnocracia del discurso único poniendo en acción lo "único posible" para el país: el dominio irrestricto del "mercado" (eufemismo para referirse al puñado insignificante, en términos cuantitativos, de especuladores financieros, de oligopolios incontrolados e incontrolables para la política y para el estado, de personas que trabajan para otros intereses que no son los argentinos y guardan su dinero en sitios que los esterilizan para cualquier utilización favorable al desarrollo y al bienestar argentino).
 
Los dirigentes partidarios tienen la oportunidad de salirse del lugar que el privilegio les tiene asignados como chivos expiatorios de las desgracias populares. Para ocupar la escena pública, cada cual con su "verdad relativa" (como le gustaba decir a Néstor Kirchner) y encontrar coincidencias básicas que permitan salvar a la Argentina de nuevas experiencias de autoritarismo y decadencia.
 
En el país ha ocurrido el principal intento de magnicidio que registra la historia. Hay que enfrentar a quienes quieren hacernos mirar para otro lado, de modo que no seamos testigos y artífices de un rumbo nacional en el interior de un mundo en proceso de enormes transformaciones de época.
 
Por Edgardo Mocca
 
Fuente: El Destape
 

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24-03-2026 / 13:03
24-03-2026 / 13:03
24-03-2026 / 12:03
Mientras la mayor parte de los argentinos dormían, en la madrugada del miércoles 24 de marzo de 1976, me desperté sobresaltado por los golpes en la puerta de mi casa. El "Chueco", un viejo compañero de militancia, me vino a comunicar que las Fuerzas Armadas habían derrocado al gobierno constitucional del peronismo.
 
Me vestí apresuradamente, me cambié el peinado, me afeite los bigotes y salí inmediatamente a alertar a otros compañeros. La primera casa a la que llegué, la de Rodolfo "Rody" Vittar, no existía más. Horas antes un comando paramilitar había llegado para detenerlo, y como no lo encontró, instaló explosivos y voló la vivienda hasta los cimientos.
 
La represión en Córdoba fue muy dura, igual que en muchos otros lugares del país. Este proceso desembocó en una sangrienta y larga noche de males, que dejó como saldo miles desaparecidos, una guerra perdida a manos de Gran Bretaña y un país económicamente quebrado, entre otras cosas.
 
Por eso, en el Día Nacional de la Memoria por la Verdad y Justicia, en este nuevo aniversario del golpe militar genocida, quiero recordar y rendir un recóndito homenaje a tres queridos compañeros y amigos, asesinados ese siniestro 24 de marzo.

Ellos son: Víctor Lorenzo, Concejal en Córdoba Capital por la Juventud Revolucionaria Peronista, quien fuera ejecutado, el día del golpe, de un tiro en la cabeza en la cárcel local; don Luis Carnevale, Senador Nacional por la misma provincia, secuestrado y desaparecido ese mismo día; y el mayor Bernardo Alberte, ex Delegado Personal de Juan Perón, quien fuera arrojado a través de la ventana de su departamento, en un sexto piso, por una patrulla militar, la madrugada del siniestro Golpe de Estado.

Hay muertes, que por ser las primeras, son todo un símbolo. Los militares asesinos los eligieron primero porque eran peronistas. Y no se lo perdonaron. Pero, a pesar de las cárceles y los fusilamientos, de los compañeros muertos y los desaparecidos, nunca fuimos vencidos. Continuamos invariablemente las luchas que emprendieron Eva y Juan Perón.

Compañeros Víctor Lorenzo, Luis Carnevale y Bernardo Alberte, Presentes. Hasta la victoria, siempre.

Por Blas García para La Opinión Popular 

24-03-2026 / 12:03
El 24 de marzo de 1976 una sublevación cívico-militar derrocó a la presidenta constitucional, María Estela Martínez, instalando una dictadura de tipo permanente autodenominada "Proceso de Reorganización Nacional", gobernada por una Junta Militar integrada por tres jerarcas militares, uno por cada fuerza. La junta designó como presidente de facto a Jorge Rafael Videla.
 
El gobierno militar suprimió los derechos civiles de los ciudadanos y las libertades públicas, anuló las garantías constitucionales, suspendió la actividad política, vedó los derechos de los trabajadores, intervino los sindicatos y la CGT, prohibió las huelgas, disolvió el Congreso y los partidos políticos, y destituyó la Corte Suprema de Justicia.

 
La dictadura impuso el terrorismo de Estado como método sistemático, un régimen de represión ilegal, violencia indiscriminada, persecuciones, tortura sistematizada y desaparición forzada de personas, en el que se violaron masivamente los derechos humanos y se produjeron, en un verdadero genocidio, decenas de miles de desaparecidos.

 
Pero la dictadura no se instaló sólo para torturar y matar gente, sino para posibilitar una transferencia masiva de riquezas hacia los núcleos más concentrados de la economía, quienes se apropiaron además de buena parte de los negocios públicos. Durante el proceso militar, por ejemplo, el grupo Macri pasó de tener 7 a 47 empresas, mostrando que el golpe no fue solo accionar de fuerzas represivas. Y los empresarios que mandaban en 1976, siguen mandando.

 
Para imponer un régimen alejado de los intereses nacionales y populares, el golpe militar fue ejecutado en contra del Pueblo y del peronismo en su conjunto, institucional, política e individualmente. Pensado en función del molde agro exportador de fines del siglo XIX que, dados los cambios internacionales, derivó en el programa pro financiero y desindustrializador, el modelo neoliberal. Hoy Javier Milei y Victoria Villaruel expresan muchos de esos ideales de Videla y Martínez de Hoz, pero también de los grandes empresarios, eternos dueños del país.

 
El Terrorismo de Estado produjo miles de desaparecidos. Hubo 30.000 luchadores sociales barridos por la represión, de todos los sectores políticos populares y revolucionarios. La inmensa mayoría de las víctimas fueron jóvenes, la inmensa mayoría fueron cuadros y militantes de la clase trabajadora, la inmensa mayoría fueron peronistas.


El Proceso puso fin al "Estado de Bienestar" fundado por Juan Perón y al Proyecto Nacional y Popular concebido por el justicialismo desde la década del 40, dejando en lamentable estado la convivencia democrática, la economía, la sociedad y las instituciones, abriendo profundas grietas que recién después de más de cuatro décadas empiezan a ser curadas.


A 50 años de aquel infausto 24 de marzo, en el contexto de un gobierno anarco capitalista que niega, justifica o exalta los crímenes cometidos por las fuerzas represivas, convocamos a mantener viva la memoria del Pueblo en apoyo a la continuidad de la búsqueda de memoria, verdad y justicia por los crímenes de lesa humanidad cometidos y en defensa de los Derechos Constitucionales, los Derechos Humanos y las Libertades individuales de ayer, de hoy y de siempre.


Carlos Morales para La Opinión Popular 

23-03-2026 / 10:03
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