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Internacionales - 06-09-2022 / 08:09
6 DE SEPTIEMBRE DE 1983

En Chile, la represión a las protestas contra el dictador Pinochet provoca 11 muertos y 25 heridos

En Chile, la represión a las protestas contra el dictador Pinochet provoca 11 muertos y 25 heridos
El 6 de septiembre de 1983 se desatan protestas contra los diez años del régimen del dictador Pinochet, lo que dejó un saldo de 11 muertos, 25 heridos y 200 detenidos.
Las Jornadas de Protesta Nacional fueron días de manifestaciones civiles que periódicamente se realizaron en Chile de la década de 1980 para protestar contra el régimen de Augusto Pinochet Ugarte. Se caracterizaban por manifestaciones callejeras en la avenidas céntricas de la ciudad en las mañanas, huelgas y paros en las empresas, y escuelas durante el día y barricadas y enfrentamientos en las poblaciones de la periferia de las ciudades, durante la noche hasta la madrugada.
 
La convocatoria partía desde el sindicalismo de oposición, conformado por el Comando Nacional de Trabajadores (CNT) la CNS, la CTC, la CEPCH, el FUT y la UDT, Unión Democrática de Trabajadores y apoyada por diversos grupos de la oposición política y estudiantil. El gobierno prohibió a los medios de comunicación informar sobre el tema.
 
El 06 de septiembre de 1983 se desatan protestas contra los diez años del régimen del dictador Pinochet. Esta vez miles de efectivos militares salieron a las calles, protagonizando una represión que dejó un saldo de 11 muertos, 25 heridos y 200 detenidos.
 
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En el Frente de Todos existe coincidencia en marcar la gran elección que hizo Lula da Silva, al llegar en primera vuelta al 48,5%. Pero también admitían la preocupación por la consolidación de un espacio de ultraderecha, una novedad en la política de la región. Para explorar las posibles consecuencias en la campaña argentina, aconsejaban esperar ver lo que quedaba de campaña y el resultado del segundo turno del 30 de octubre.
 
El triunfo de Lula sobre Jair Bolsonaro en la primera vuelta de las elecciones presidenciales brasileñas dejó un sabor agridulce en quienes se identifican con una visión progresista de la sociedad y miran con preocupación el avance de las ultraderechas en la región y en el mundo. Las fallas groseras de la mayoría de las encuestas previas a los comicios fueron el principal alimento de esos sentimientos encontrados, ya que habían despertado grandes expectativas sobre un triunfo holgado del líder del Partido de los Trabajadores que, luego, las urnas no ratificaron.
 
En verdad, los sondeos previos acertaron, con buen grado de precisión, los votos que obtuvo Lula, pero subestimaron en por lo menos diez puntos los que cosechó Bolsonaro. De ahí que los cinco puntos de diferencia que finalmente sacó el expresidente tuvieron sabor a poco entre sus simpatizantes.
 
No deja de ser llamativo que ese resultado (48,4% de Lula contra 43,2% de Bolsonaro) se aproxima bastante al que se dio en Argentina el año 2019 (48,2% de Alberto Fernández contra 40,2% de Mauricio Macri). En ambos casos los oficialismos de derecha fueron vencidos por espacios populares que no alcanzaron, por poco margen, la mitad de los sufragios.
 
Pero en su favor debe reconocerse que superaron el 40% de los votos a pesar del sesgo antipopular de sus gestiones; un nivel muy alto que denota la consolidación del voto de derecha en la región y en el mundo. Esta realidad se ve reflejada muy bien en la frase -de una amarga ironía- que dice: "El producto más acabado del capitalismo es el pobre de derecha". Para lograr tan altos guarismos los representantes de la derecha neo (neoliberal con cuotas variables de neofascismo) recogen votos del electorado de origen popular que parece expresar así niveles crecientes de insatisfacción y desilusión, exacerbados por los grandes medios de la derecha.
 
Algunos datos de la realidad brasileña, especialmente los referidos a la brutal desigualdad social, quizás ayuden a entender algo mejor tan complejos procesos. Según la organización Oxfam el 5% más rico de la población de Brasil tiene los mismos ingresos que recibe el 95% restante; por otra parte es el tercer país más desigual de América Latina detrás de Colombia y Honduras, y el décimo más desigual del mundo.
 
El proceso de inclusión social que había iniciado Lula da Silva bajo su primera presidencia fue rápidamente neutralizado por el conservadurismo bolsonarista. Además el líder del PT había logrado ubicar a Brasil como la sexta economía mundial, logro que también arruinara la derecha al hacerla retroceder al décimo tercer lugar. Todo indica que la degradación social operó como tierra fértil para que germinen las semillas del autoritarismo más violento y retrógrado. Y en ese suelo debe sembrar hoy Lula da Silva su proyecto reparador.
 
El triunfo no parece lejano para el PT pues está a solo 1,6 puntos de la meta. Pero tendrá que resistir los embates del bolsonarismo que no reconoce límites a la hora de agredir con la violencia y la mentira. Son horas decisivas no solo para los brasileños sino también para toda Latinoamérica.
 
La Opinión Popular
 

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