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Internacionales - 20-11-2021 / 09:11
20 DE NOVIEMBRE DE 1975

El fin de la larga noche dictatorial en España

El fin de la larga noche dictatorial en España
Francisco Franco Bahamonde.
 
Francisco Paulino Hermenegildo Teódulo Franco Bahamonde murió el 20 de noviembre de 1975. Llamado «el Caudillo» y «el Generalísimo», fue un militar y dictador español, impulsor, junto a otros altos cargos de la cúpula militar, del golpe de Estado de julio de 1936 contra el gobierno democrático de la Segunda República, cuyo fracaso desembocó en la Guerra Civil Española.
 
Fue investido como jefe supremo del bando sublevado el 1 de octubre de 1936, ejerciendo como jefe de Estado de España desde el término del conflicto hasta su fallecimiento en 1975, y como jefe de Gobierno entre 1938 y 1973.
 
Fue líder del partido único Falange Española Tradicionalista y de las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista (JONS), en el que se apoyó para establecer un régimen fascista en sus comienzos, que más tarde derivaría en una dictadura, conocida como franquismo, de tipo conservador, católico y anticomunista.
 
Este cambio se debió a la derrota del fascismo en la Segunda Guerra Mundial. Aglutinó en torno al culto a su persona diferentes tendencias del conservadurismo, el nacionalismo y el catolicismo opuestas a la izquierda política y al desarrollo de formas democráticas de gobierno.
 
Fue un tiempo oscuro el de Franco; él mismo era un hombre oscuro, mediocre, rodeado de mediocres que se tomaron en serio la tarea de decidir por otros y de proclamar que la política era una de las malas artes y que la democracia era un invento del diablo.
 
Durante su mandato al frente del Ejército y de la jefatura del Estado, especialmente durante la Guerra Civil y los primeros años del régimen, tuvieron lugar múltiples violaciones de los derechos humanos. La cifra total de víctimas mortales suman miles de personas, que perecieron en su mayoría en campos de concentración, ejecuciones extrajudiciales o en prisión.
 
Esa larga noche de España, que duró cuarenta años a partir del final de la guerra entre hermanos, culminó el día en que por fin se murió Francisco Franco.
 
La Opinión Popular

 
A 40 años del fin de la noche eterna en España
 
Franco se murió de noche pero anunciaron de día que ya no estaba entre los mortales. De eso hizo ayer cuarenta años, que en España se han celebrado con el sosiego posible en un país que, como el alma de Pessoa, es naturalmente desasosegado.
 
Tanto, que vivió una guerra civil prendida por el propio Franco para subvertir el orden republicano y cegarse de odio contra el Gobierno que le impedía prosperar como quería en el Ejército.
 
De esa larga noche de España, que duró cuarenta años a partir del final de la guerra entre hermanos, hacía cuarenta años el día en que murió Franco.
 
Muchos españoles esperaban ese momento final con la ansiedad con que se espera el fin de una pesadilla o de un dolor. Muchos tenían guardado el champán desde hacía años, y el dictador no se moría. Era ya un cadáver, pero no se moría; como en el célebre poema, y el cadáver, ay, siguió muriendo.
 
Cuando al fin ya no pudieron hacer nada los médicos, cómplices de su salud pero sobre todo de su dolor, que prolongaron cruelmente, en todas las casas que desearon que ese episodio tremendo que fue la dictadura quedara atrás en la vida y en el tiempo se descorcharon esas botellas y se gritó el júbilo por la desaparición de un fantasma que hizo de sangre las sábanas de sus apariciones.
 
En mi propia casa, una hora menos en Canarias, la noticia se supo por la radio quejumbrosa de esos días (se estaba muriendo el padre de la Patria, se murió finalmente, su presidente lloró al anunciarlo) y bastó con gritar "¡Ya!" del patio a las habitaciones para que todo el mundo supiera qué significaba ese adverbio de tiempo.
 
Se supo de día y murió de noche. Y fue, lo que siguió, como de la noche al día, como decimos en España, y supongo que también en Argentina. Fue un tiempo oscuro el de Franco; él mismo era un hombre oscuro, mediocre, rodeado de mediocres que se tomaron en serio la tarea de decidir por otros y de proclamar que la política era una de las malas artes y que la democracia era un invento del diablo.
 
En la defensa de las ideas que lo llevaron al poder después de una lucha tan cruenta y fratricida, siguió matando hasta dos meses antes de su fallecimiento, entubado hasta la herida por médicos que quisieron atarlo a la vida para que siguiera atando la vida de los españoles.
 
Así que su defenestración, por causas naturales, se recibió como un soplo de aire fresco que dura hasta hoy. Hubo, tras su muerte, amenazas ultraderechistas, asesinatos (de la ultraderecha que lo recordaba, y de ETA, que siguió en su trinchera absurda, confundiendo al mundo sobre la legitimidad de sus asesinatos ignominiosos), pero salió adelante la Transición democrática y España ha dividido tiempos de esplendor.
 
Ha sido, por decirlo en contraposición con el hecho de que Franco supuso la noche, como si viviéramos de días. Ahí se hicieron leyes para ayudar a convivir entre diferentes, los partidos políticos fueron el pasaporte hacia la integración en Europa, se hicieron unos Juegos Olímpicos modélicos, se trabajó en una Exposición Universal que puso al sur de España en el mapa de las comunicaciones y de la tecnología, y en general el país se fue superando a sí mismo hasta ser uno de los más prósperos del continente y del mundo. Ahora vivimos a dos velas, en cierta manera, pero sigue siendo de día.
 
Ahora que han pasado cuarenta años de su desaparición, al viejo dictador le han salido algunos nostálgicos que no superan el centenar, que suspiran por Franco como suspirarían por el Cid Campeador o por el Capitán Trueno, siendo estas dos últimas figuras mucho más interesantes y legendarias que este hombre cuya figura entubada lo representa ahora mejor que la ridícula prestancia que quiso mantener hasta el último discurso, que fue pronunciado después de condenar a muerte a los últimos ejecutados por su Régimen.
 
Ya estaba entubado, pero él no lo sabía. Y, cuando murió, "¡Ya!" era una buena expresión para despedirlo. Quería decir que se había hecho de día en España.
 
Por Juan Cruz, Escritor español
 
Fuente: Clarín

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El fin de la larga noche dictatorial en España
Francisco Franco Bahamonde.
El fin de la larga noche dictatorial en España
Milicianas anarquistas de la C.N.T en 1936 durante la guerra civil española.
30-11-2021 / 18:11
30-11-2021 / 08:11
La aplastante victoria de Xiomara Castro en las elecciones presidenciales de Honduras pone un broche de oro a un mes políticamente excepcional de Nuestra América. Queda aún pendiente el balotaje chileno, pero el triunfo de la candidata de LIBRE tiene un relieve y una trascendencia que excede con creces el ámbito centroamericano y se proyecta a escala continental.
 
Su hazaña fue el premio a doce duros años de militancia en los cuales ella y su marido, el derrocado ex presidente Manuel "Mel" Zelaya, militaron incansablemente para construir una alternativa a las marionetas que Washington se las ingenió para imponer en Honduras luego de la destitución de Zelaya, el 28 de Junio de 2009.
 
Este fue el primer "golpe blando o institucional" que el gobierno de Estados Unidos puso en práctica en la región y, tal vez, la partida de nacimiento del Lawfare como práctica destituyente y de persecución política. Desde entonces se utiliza para proscribir -o por lo menos obstaculizar- la presencia de líderes populares en Latinoamérica.
 
En 2012 la víctima fue Fernando Lugo en Paraguay y en 2016 Dilma Rousseff. Muchos otros son víctimas de esa nefasta invención norteamericana: Lula, Evo, Correa, Cristina, Glas, Rivadeneira, Patiño, etc., y la lista no es exhaustiva. No fue casual que en ambos países -Paraguay y Brasil- y en esos precisos momentos la embajadora de Estados Unidos fuese la misma: Liliana Ayalde.
 
¿El pecado de Zelaya? Pretender consultar a la ciudadanía si quería o no que se convocara a una asamblea constitucional. Lo que siguió fue una tenaz resistencia de Zelaya y Xiomara, luego el exilio y después una implacable persecución, mientras el país se convertía en un páramo sumido en la pobreza y la violencia.
 
Washington impuso, mediante elecciones fraudulentas a dos peones: Porfirio Lobo Sosa y Juan Orlando Hernández, el hipercorrupto -según la Justicia de Estados Unidos y la opinión de las segundas líneas del Departamento de Estado- pese a lo cual Barack Obama, Donald Trump y Joe Biden siguieron admitiéndolo como uno de los líderes democráticos de la región.
 
Más de una treintena de muertos en protestas populares jalonaron la re-elección de Hernández a la presidencia en 2017. Parece que Almagro no se enteró; tampoco lo hicieron sus amos en Washington. Pero Xiomara no aflojó en su lucha. Así las cosas hoy adquiere el mérito histórico de haber barrido con un aluvión de votos a la mafia política enquistada en Honduras con la bendición de la Casa Blanca.
 
Y lo hizo en las elecciones con la mayor tasa de participación de la historia hondureña (unos tres millones y medio de votantes) que la convirtieron en la presidenta más votada de su país y, además, en la que atrajo a las urnas al voto juvenil. Su arrollador avance liquidó también el arcaico bipartidismo liberal-conservador y puso fin a uno de los narcogobiernos más descarados de Latinoamérica y el Caribe, sostenido contra viento y marea por sucesivos presidentes yanquis.
 
La Opinión Popular
 

28-11-2021 / 09:11
28-11-2021 / 08:11
27-11-2021 / 08:11
 
Uno de los eventos más trágicos de la Guerra de los Diez Años, la primera guerra de independencia cubana contra las fuerzas realistas españolas, fue el fusilamiento de los ocho estudiantes de medicina, lo que ocurrió durante el gobierno del General Blas Villate y de la Hera, Conde de Valmaseda.
 
Los ocho estudiantes fueron arrestados en su aula universitaria el 25 de Noviembre de 1871, por el propio Gobernador español de La Habana, acusados falsamente de haber arañado la tumba de un periodista español. Al día siguiente, bajo las órdenes del Segundo Cabo, General Crespo, por encontrarse ausente Valmaseda, los estudiantes fueron procesados en juicio sumarísimo.
 
El fallo de este juicio no fue aceptado por los voluntarios españoles amotinados frente al edificio de la cárcel donde se celebrara el juicio. Los estudiantes fueron procesados seguidamente una segunda vez, donde fueron condenados a muerte.
 
Valmaseda, que había regresado a La Habana, no revocó el fallo ni lo conmutó por pena inferior. Los 8 estudiantes fusilados fueron sorteados, mientras que el resto recibió distintas condenas: 11 fueron condenados a seis años de prisión, 20 a cuatro, y 4 de ellos a seis meses de reclusión. Los 8 estudiantes fueron ejecutados el 27 de Noviembre de 1871, dos días después de su arresto.
 
Aunque España trató de apartar este suceso de la Guerra de los Diez Años que en ese momento estaba desarrollándose con toda fuerza en Cuba, estaba claro que este fusilamiento pretendía aterrorizar a la población cubana dando un escarmiento ejemplar, para frenar el sentimiento independentista de los cubanos, aunque el resultado fue lo contrario.
 
Tanto el abominable crimen, como el inconcebible proceso judicial que lo precedió, contribuyeron a reforzar estos sentimientos independentistas. La fecha de Noviembre 27 se celebra en Cuba como día de Duelo Nacional.
 
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