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“Que ningún ciudadano sea lo suficientemente opulento como para poder comprar a otro, ni ninguno lo bastante pobre como para verse obligado a venderse”. Jean-Jacques Rousseau
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Nacionales - 07-11-2021 / 11:11

El terraplanismo político y la cruzada desestabilizadora

El terraplanismo político y la cruzada desestabilizadora
El irracionalismo político de estos días no tiene el optimismo bobo de la confianza en la mano invisible del mercado para mejorar la vida de todos. Es un irracionalismo agresivo, violento, propenso al odio y a la revancha de clase.
La pandemia mundial trajo hasta el momento dos consecuencias principales: el agravamiento de las carencias para la mayoría de los seres humanos y un auge -sin antecedentes desde el fin de la segunda guerra mundial- del pensamiento político antirracional.
 
No parece casual que suenen tan alto las trompetas del "país fracasado", de la "política fallida", de la "imparable decadencia nacional". Esos modos -que Raúl Alfonsín denunciaba cuando decía que "Clarín quiere bajarnos la autoestima"- son el soporte discursivo de una operación neocolonial que está en pleno desarrollo.
 
Por eso no es tan sencillo recuperar la confianza colectiva en el país y en su futuro. Porque la combinación de la enfermedad y la muerte, como productos del virus y las crecientes dificultades para sobrevivir en condiciones sociales dignas para un sector muy grande de nuestro pueblo están siendo aviesamente manipuladas.
 
Son presentadas, primero, como el resultado del fracaso del gobierno actual y, a continuación, como consecuencias irremediables (¡una vez más!) de la Argentina nacida con el peronismo. Como consecuencia de los sindicatos, de los abogados laboralistas, de los políticos, de los planes sociales (que el peronismo original no necesitó).
 
Como consecuencia del nacionalismo argentino, el gran enemigo. Ese enemigo que, según enseñó el gran pensador estadounidense Noam Chomsky, era considerado el peligro principal para Estados Unidos en su área de influencia, a la salida de la segunda guerra mundial, más amenazante que el comunismo, poco influyente entonces en la región.
 
El nacionalismo popular argentino es el enemigo principal del cosmopolitismo de las grandes ciudades argentinas (de su "ciudad capital" en primer lugar) que se soñaron siempre como una sucursal de las grandes ciudades europeas y norteamericanas.
 
Todos los ingredientes de ese delirio de grandeza (de grandeza viril,  de tez blanca bien vestida y que maneja vehículos de alta gama) se despliegan a la par de la insensibilidad social, de las agresiones raciales, del revanchismo patriarcal y del renovado odio a las comunidades originarias al que estamos asistiendo.
 
Eso está en la base de esta cruzada desestabilizadora y antidemocrática a la que es necesario hacerle frente con todo el peso de la unidad y la movilización de nuestro pueblo.
 

 
Por ahora no es la matriz capitalista, colonialista y neoliberal el objeto atacado por la ingente cantidad de personas en el mundo que han visto caer estrepitosamente sus condiciones de vida: prolifera, en cambio, una cultura del sálvese quien pueda, la apología de los "ganadores", de los "meritorios" y la idea de que el Estado no tiene que comprometerse con las víctimas sino sostener a los "emprendedores" y a los "eficaces".
 
Los predicadores de que el auge de un "neocomunismo" sería el resultado de la pandemia no han tenido, por ahora, éxito alguno.
 
Como suele ocurrir, el núcleo duro del "terraplanismo político" es el antiestatismo, la prédica del "achicamiento del estado", salvo, claro está, en lo que concierne al personal de la policía y la gendarmería.
 
La diferencia específica con otras experiencias históricas análogas es que la influencia de estas ideas ha saltado la valla de las clases sociales: en las clases populares, la inseguridad de los cuerpos humanos y la necesidad de que alguien con poder los defienda, han acercado a muchas personas que viven en las condiciones más duras a estos lugares comunes clásicos del pensamiento neoliberal.
 
Lo que es seguro es que el malestar, el temor y la inseguridad no acercan particularmente a nadie a esas posiciones a las que quienes escribimos en estas páginas y a quienes son sus lectores solemos llamar "racionales".
 
En las inmediaciones de un hecho electoral de extraordinaria importancia como los comicios legislativos, suelen aparecer demandas de una "renovación" del lenguaje de las fuerzas populares y nacionales.
 
Es decir, si acompañamos el discurso de mano dura policial o reconocemos la "racionalidad" de suprimir las indemnizaciones laborales o de "flexibilizar" (¡más todavía!) las condiciones de trabajo, acaso podamos sintonizar mejor con el ánimo de la época.
 
Y qué decir si ocultamos la gravedad de la crisis mundial que atravesamos y confiamos en los "países líderes" de este desenfreno global del capitalismo, en una de esas conseguimos así ser más y mejor escuchados.
 
Para pensar estas cosas parece interesante el recuerdo de la década del noventa, en el país y en el mundo. Era el tiempo de la euforia del nuevo mundo, del mundo sin comunismo. Y era, entre nosotros el fin de la estela abierta por el peronismo medio siglo antes: el fin de "la larga agonía peronista" como la llamó entonces el historiador Halperin Donghi.
 
Eran tiempos de una extraña ilusión, de una nueva y curiosa utopía: la utopía de la "globalización"-el nombre pudoroso usado mayoritariamente entonces para designar la contrarrevolución neoliberal en el interior del capitalismo.
 
En nuestro país, esos augurios de "nuevo mundo" coincidieron con el funcionamiento de la convertibilidad igualitaria entre el peso y el dólar: nada menos que la "estabilización" de la moneda argentina, lograda poco tiempo después de la mayor crisis hiperinflacionaria de la historia.
 
Para algunos fue lindo mientras duró; intenso consumo interno, viajes por el mundo de personas y familias que nunca habían salido del país...Claro, todo eso se "logró" sobre la base de un proceso inédito de vaciamiento económico del país cuyas consecuencias todavía pagamos y pagaremos los habitantes de este país.
 
El irracionalismo político de estos días no tiene el optimismo bobo de la confianza en la mano invisible del mercado para mejorar la vida de todos. Es un irracionalismo agresivo, violento, propenso al odio y a la revancha de clase.
 
Pero no tiene el anclaje de la estabilidad que permita satisfacer las demandas de consumo de la golpeada clase media de las grandes ciudades, sacudidas como están por la amenaza de la caída social.
 
Y además está la deuda, la secuela de una política salvaje del anterior gobierno que ahora echa mano al terraplanismo más extremo para negar su responsabilidad en el desastre.
 
No es extraño, entonces, que vuelvan a sonar los clarines de guerra de la dolarización de la moneda. Es decir, de una nueva esperanza utópica en lo que se intenta vender como la recuperación de la estabilidad y la previsibilidad de la moneda.
 
Por Edgardo Mocca
 
Fuente: El Destape
 

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01-04-2026 / 14:04
La Argentina de Javier Milei ha ingresado en una fase peligrosa: la de la construcción de una realidad paralela. Mientras las persianas de las pymes se bajan definitivamente, los comedores populares se desbordan y el consumo de leche cae a niveles históricos, el Gobierno nacional ha decidido que la mejor manera de combatir la pobreza no es con políticas públicas, sino con un lápiz y una goma de borrar en las oficinas del INDEC.


El reciente anuncio que sitúa la pobreza en un 28,2% para el segundo semestre de 2025 no es solo una provocación; es un insulto a la inteligencia de un pueblo que sobrevive en el ajuste más brutal de la historia argentina moderna. Estamos ante el "milagro estadístico" de un gobierno que pretende hacernos creer que, en medio de una recesión galopante y salarios de miseria, la pobreza ha retrocedido por arte de magia.



Javier Milei ha decidido abrazar el dogma por encima de la vida. Su gestión se ha convertido en una maquinaria de propaganda que utiliza la macroeconomía financiera para ocultar la microeconomía de la heladera vacía. Festejar un 28,2% de pobreza en un contexto de desguace del Estado, entrega de la soberanía y destrucción del mercado interno no es solo cinismo; es una declaración de guerra contra la realidad.



El Gobierno podrá seguir "dibujando" números y publicando gráficos en redes sociales, pero la calle tiene su propia estadística. Y en esa estadística, la que se mide en el boleto de colectivo, en el alquiler impagable y en el plato de comida que falta, el modelo de Milei solo ha demostrado ser un éxito en una sola cosa: en producir una miseria estructural que ningún comunicado oficial podrá ocultar por mucho tiempo. El despertar de este sueño estadístico será, lamentablemente, una pesadilla social de la que nos costará años recuperarnos.


De la redacción de La Opinión Popular

31-03-2026 / 16:03
29-03-2026 / 15:03
La gestión de Javier Milei atraviesa un momento muy complejo, atrapada en una tenaza que combina corrupción sistémica y degradación económica. La narrativa de austeridad se ha quebrado frente a pruebas judiciales contundentes: por un lado, el Caso $LIBRA, donde el peritaje técnico confirma un esquema de promoción de estafas piramidales que involucra directamente al Presidente y a Karina Milei por presuntos cobros millonarios; por otro, el escándalo de Manuel Adorni, cuya utilización de vuelos privados y un crecimiento patrimonial injustificado -que incluye mansiones y gastos de lujo- lo colocan como el nuevo emblema de los privilegios que el Gobierno prometió desterrar.

Sin embargo, el factor que transforma estos escándalos en un veneno letal para el oficialismo es el contexto de asfixia social. La paciencia popular, que hasta hace poco funcionaba como un cheque en blanco, se está agotando ante una realidad incontrastable marcada por la pobreza récord Con indicadores que ya superan el 55%, el ajuste ha dejado de caer sobre la política para ensañarse con la clase media y los sectores vulnerables; la inflación persistente, la cual, a pesar del discurso oficial, el costo de vida -especialmente en alimentos y servicios públicos- sigue demoliendo el poder adquisitivo de los salarios. A esto se le suma la crisis de expectativas: El contraste entre el "no hay plata" para comedores escolares y el despliegue de recursos en el entorno de Adorni ha roto el vínculo de confianza con su base electoral.


En definitiva, la caída en las encuestas no es solo producto de los tribunales; es el resultado de un modelo que pide sacrificios extremos a la población mientras sus máximos referentes se ven cercados por causas de corrupción que huelen a vieja política. La "libertad" parece haberse convertido, para el círculo íntimo del poder, en la libertad de gozar de privilegios mientras el resto del país cae en la indigencia.


De la redacción de La Opinión Popular

28-03-2026 / 07:03
La historia, caprichosa pero justa, suele poner las cosas en su lugar. El reciente fallo de la Corte de Apelaciones del Segundo Circuito de Nueva York, que rechaza de plano la demanda de los fondos buitres contra la República Argentina por la recuperación de YPF, no es solo un alivio para las cuentas públicas; es la partida de nacimiento de una verdad que el relato libertario intentó asfixiar: la soberanía nacional no fue un error, sino el acierto estratégico más importante del siglo XXI.


Este veredicto no constituye únicamente una victoria jurídica, sino que representa una reivindicación política total para Axel Kicillof. En 2012, el entonces ministro de Economía comprendió que un país sin el control de su propia energía es un país sin destino. El tiempo, ese juez implacable, terminó por darle la razón: hoy, Vaca Muerta no es una entelequia, sino una realidad que bate récords de producción y sostiene el andamiaje de una Argentina que, de otro modo, estaría de rodillas.

 
En este escenario, es imperativo apelar a la memoria y desenmascarar el cinismo. El hoy presidente no fue un observador neutral en esta disputa; fue un militante activo y un lobbista desfachatado del bando buitre. Javier Milei, el mismo hombre que ahora intenta "caranchear" miserablemente un triunfo judicial ajeno, construyó su carrera mediática descalificando sistemáticamente la recuperación de YPF como un "robo" y un "atropello a la propiedad privada". Su alineamiento con el capital especulativo fue tan obsceno que llegó a proponer la creación de un humillante "Impuesto Kicillof": una tasa destinada a esquilmar al pueblo argentino para pagarle a los fondos buitres una deuda que, hoy lo sabemos, era ilegítima. Como bien señaló el gobernador bonaerense ante la contundencia del fallo: "Es lamentable que el presidente de la Nación haya defendido a los fondos buitres en lugar de defender los intereses del país".

 
La contundencia de la sentencia dictada en Nueva York se traduce en una victoria multidimensional. En el plano fiscal, la Argentina logra un alivio monumental al evitar el desembolso de una cifra astronómica fabricada por la voracidad especuladora. En lo estratégico, el fallo ratifica la legalidad internacional de la expropiación, blindando la soberanía sobre nuestros recursos naturales. Finalmente, en el terreno político, el veredicto desmantela el relato de la "mala praxis" esgrimido por Milei, validando la solvencia técnica y el coraje de una defensa que priorizó el patrimonio nacional por sobre los dictados de los mercados financieros internacionales.


De la redacción de La Opinión Popular
27-03-2026 / 19:03
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