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El cruce de los Andes se hace en varias columnas, dos de ellas capitaneadas por oficiales chilenos: O'Higgins y el coronel Ramón Freire. San Martín no podía entrar a Chile con bandera argentina, como un invasor, sino con la bandera de un libertador de la Patria Grande. Esa era la verdadera naturaleza de la revolución.
 
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Sociedad e Interés General - 16-01-2021 / 18:01
LA MAYOR OPERACIÓN POLÍTICO-MILITAR EN EL MARCO DEL PROCESO REVOLUCIONARIO INDEPENDENTISTA

José de San Martín, con 4.000 tropas, inicia el cruce de los Andes para liberar Chile

José de San Martín, con 4.000 tropas, inicia el cruce de los Andes para liberar Chile
El Cruce de los Andes fue un conjunto de maniobras realizadas por el Ejército de los Andes, entre el 12 de enero y el 8 de febrero de 1817, para atravesar con una fuerza de 4.000 regulares y 1.200 milicianos la cordillera desde la región de Cuyo hasta Chile, y enfrentar a las tropas realistas leales a la Corona española que allí se encontraban.
 
En el marco del proceso revolucionario independentista, el 17 de enero de 1817, la columna comandada por el general José de San Martín inicia el cruce de los Andes. El grueso del ejército al mando del propio jefe de la expedición tomó la ruta llamada corrientemente Paso de Los Patos.
 
San Martín construyó su ejército en Cuyo con argentinos nativos de esa zona y con chilenos fugados de su país tras la derrota de Rancagua. El ejército era argentino-chileno, como lo afirman Olazábal y Guido en su correspondencia, y el segundo jefe era el chileno Bernardo de O'Higgins.
 
El cruce de los Andes se hace en varias columnas, dos de ellas capitaneadas por oficiales chilenos: O'Higgins y el coronel Ramón Freire. San Martín no podía entrar a Chile con bandera argentina, como un invasor, sino con la bandera de un libertador de la Patria Grande. Esa era la verdadera naturaleza de la revolución.
 
La Opinión Popular
 
José de San Martín, el extraordinario organizador del Cruce de los Andes
 
El Cruce de los Andes de 1817 fue la mayor operación político-militar efectuada en el marco del proceso revolucionario e independentista. Ella supuso la superación del dilema estratégico que había ubicado en el Alto Perú el camino más propicio para avanzar sobre Lima y en este cambio la figura de José de San Martín fue determinante.
 
Primero, porque palpó en el terreno que el avance por el altiplano era inviable, algo para lo cual contó con el asesoramiento de gente como Manuel Belgrano y Martín Miguel de Güemes. Segundo, porque fue capaz, no solo de diseñar un plan de cruce de la cordillera, sino de ejecutarlo casi a la perfección.
 
Y es en la ejecución de la idea estratégica en donde San Martín se revela como un extraordinario organizador. Al frente de la gobernación de Cuyo, el futuro Libertador desplegará un trabajo incansable y constante hasta poner en pie de guerra 4.080 hombres, al frente de los cuales emprenderá la travesía andina en enero de 1817.
 
Ahora bien, ésta es tan solo la culminación de la historia. Y por más que sea el elemento más importante -porque significó la independencia de Chile y la posibilidad de continuar la empresa emancipadora hacia el Perú-, lo cierto es que hubiera sido imposible efectuarla sin esos 28 meses en los que San Martín gobernó Cuyo. Allí está la clave o el nudo gordiano de esta historia.
 
En ese tiempo en el que la sociedad cuyana se transformó en un enorme cuartel en el que todos sus ciudadanos y sus recursos fueron puestos al servicio de la causa libertadora.
 
El genio organizador se identifica en dos aspectos claves. Primero, en la coherencia entre lo diseñado y su ejecución. Esto se logra tanto con la aplicación de cierto sentido común para resolver los problemas que se van presentando, como así también en la convicción para avanzar hacia la materialización de las soluciones, más allá de los inconvenientes que se presenten para ello.
 
Segundo, en la selección del personal encargado de la gestión directa de las distintas y numerosas dependencias del ejército. Allí es donde aparecen figuras como la de Fray Luis Beltrán, José Álvarez Condarco, Pedro Regalado de la Plaza, Bernardo O'Higgins, Tomás Guido y un menos conocido Bernardo de Vera y Pintado.
 
El punto de partida para la conformación del Ejército de los Andes no fue militar, sino socio-político. San Martín impuso una férrea disciplina social que, desde una óptica descontextualizada, podría ser tildada de autoritaria, pero que respondía a un escenario de guerra inminente contra un enemigo que podía invadir la provincia en cualquier momento.
 
San Martín se lo expresó a su amigo Guido con una frase risueña, pero certera: "Qué plan tan sargentón". Bajo un estricto control social ejercido por los decuriones (algo así como policías barriales), el gobernador impuso una metodología ambivalente entre el consenso y la imposición.
 
Esto es, procuró siempre lograr el apoyo necesario para sus medidas por parte de la élite cuyana (hacendados, iglesia, comerciantes, etc.), pero no trepidó en imponer sus condiciones cuando ello era imposible.
 
De esta forma, fue surgiendo desde la nada misma la fuerza militar que resolvería la ecuación estratégica de la guerra de la independencia. Los hombres se obtuvieron de una extendida recluta que tocó los intereses de los dueños de los esclavos (30 por ciento de ellos fueron incorporados al ejército, además de varios centenares enviados desde Buenos Aires), pero que también abarcó a otros sectores sociales, todos ellos pertenecientes a los sectores populares, como campesinos y trabajadores urbanos.
 
A ellos le agregó el marcial Regimiento de Granaderos a Caballo, la extraordinaria máquina de guerra creada por él mismo y que sería el nervio guerrero del ejército.
 
Claro que un ejército no se compone sólo de hombres. A esos hombres hay que alimentarlos, vestirlos, munirlos, instruirlos y, por sobre todas las cosas, pagarles el sueldo. Como bien enfatiza Beatriz Bragoni, el salario fue un "vehículo transmisor de la eventual profesionalización y disciplina del Ejército de los Andes".
 
Por lo tanto, no puede sorprender la preocupación casi obsesiva para que las tropas recibieran su estipendio en forma regular, pese al altísimo costo monetario que ello implicaba. Si en enero de 1815 el ejército demandaba unos 9.134 pesos en salarios, para diciembre del '16 los gastos mensuales habían ascendido a 38.544.
 
Para sostener ese nivel de gastos fue necesario recurrir a las exacciones forzosas, la creación de nuevos impuestos y a la expropiación lisa y llana de las riquezas en manos enemigas. Y allí un aspecto interesante. Los enemigos no solo eran los realistas confesos, también lo eran los tibios, los indecisos, los pusilánimes. Todos ellos cayeron bajo el peso del "plan sargentón".
 
La otra dimensión fue la creación de una protoindustria militar que incluyó una serie de talleres en donde se fabricó pólvora, se repararon armamentos, se abatanaron y cosieron uniformes y se diseñaron y fabricaron las herramientas para el transporte de los cañones por la alta montaña.
 
Todo ello, además, generó una serie de eslabonamientos productivos que pusieron en movimiento a la economía cuyana. Desde la minería hasta la agricultura, pasando por los carreteros y los empleados públicos, todos los sectores debieron adaptar sus tareas a los requerimientos crecientes del ejército en formación.
 
La última instancia de la preparación consistió en la planificación táctica del Cruce de los Andes. Aquí, una vez más, San Martín y su grupo de asesores pusieron en evidencia una enorme capacidad para el diseño a gran escala.
 
El Cruce de los Andes implicó la movilización de 6 columnas simultáneas sobre un frente extendido de más de 800 kilómetros. Cuatro de esas columnas debían cumplir un rol de enmascaramiento del movimiento principal, que fue liderado por O'Higgins y Juan Las Heras. Con precisión casi matemática, el ejército atravesó la cordillera para reunirse el 10 de febrero en Curimón.
 
Al día siguiente, San Martín tenía a su infantería preparada y su caballería montada gracias a los aportes que con celeridad le habían preparado sus espías en Chile. Tan sólo le faltaban los cañones, pero ellos podían demorar más de la cuenta, por lo que adoptó una medida arriesgada: dar batalla sin la artillería de campaña.
 
De esta forma, el 12 de febrero, dos días antes de lo previsto en el plan inicial, el Ejército de los Andes desplegó en Chacabuco ante los sorprendidos realistas, que nunca atinaron a interpretar que lo que estaba ocurriendo era una invasión a gran escala desde Mendoza.
 
El resultado ya es conocido: los patriotas doblegaron al enemigo gracias a la resistencia de la infantería y a una fulminante carga del batallón N° 1 de Cazadores por el flanco.
 
El poder realista en Chile concluyó su derrumbe un año después, en los campos de Maipú, pero está claro que la operación de Cruce de los Andes fue un golpe decisivo para el desarrollo de la guerra de la independencia en todo el continente. A partir de aquel verano de 1817, los revolucionarios del sur pasaron a la ofensiva, situación que ya no abandonarían hasta la batalla final de Ayacucho, en 1824.
 
Por Pablo Camogli - Periodista, escritor e historiador
 
Fuente: Los Andes

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26-02-2021 / 19:02
26-02-2021 / 19:02
 
Manuel Belgrano es el creador de la bandera "Azul y blanca" y no la "celeste y blanca" que impusieron Sarmiento y Mitre. La bandera, creada en Rosario el 27 de febrero de 1812 por Belgrano inspirada en la escarapela azul-celeste del Triunvirato, debido al color de la heráldica, que no es azul-turquí ni celeste sino el que conocemos como azul. Nada tuvo que ver el color del cielo con que nos quisieron convencer.
 
Algunos utilizan el argumento para defender el celeste, por el hecho de que por la "sincera religiosidad de Belgrano", este debió tomar el celeste de la virgen y no el azul. Sin embargo la "sincera religiosidad de Belgrano" no contradice el hecho de que usara al azul ya que algunos suponen que el azul-celeste de los patricios fue tomado de la Orden de Carlos III, otros, de la inmaculada Concepción, y otros que ambos colores (el blanco y el azul) fueron sacados del escudo de la ciudad de Buenos Aires, cuyos colores eran precisamente blanco y azul.
 
Lo cierto es que el Congreso sancionó la ley de banderas el 25 de enero de 1818 estableciendo que la insignia nacional estaría formada por "los dos colores blanco y azul en el modo y la forma hasta ahora acostumbrados". 
 
Tampoco fueron "celestes y blancas" las cintas que distinguieron a los patriotas del 22 de mayo, sino que eran solamente blancas o "argentino" que en la heráldica simboliza "la plata". Fueron solamente blancas. La cinta azul se agregó como distintivo del Regimiento de Patricios. Pero tampoco era celeste, sino tomados del azul y blanco del escudo de Buenos Aires. 

 
26-02-2021 / 19:02
26-02-2021 / 19:02
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El 27 de febrero de 1974, el Jefe de la Policía de Córdoba, el teniente coronel (RE) Antonio Domingo Navarro, fue relevado de su cargo de Jefe de Policía provincial por el gobernador, Ricardo Armando Obregón Cano por considerarlo "poco confiable". El jerarca policial le respondió acuartelando a siete mil efectivos bajo sus órdenes en la ciudad, aduciendo una "infiltración marxista" en el Gobierno Popular.
 
Esa misma tarde, grupos de comandos civiles ocuparon las emisoras La Voz del Pueblo y Radio Córdoba y emitieron comunicados en apoyo al jefe de la insurrección. Al caer la noche, hubo tiroteos en distintas partes de la ciudad. Civiles armados e identificados con brazaletes comenzaron a circular por las calles.
 
A la noche, un grupo de más de cincuenta policías provinciales, vestidos de civil y con armas largas, ingresó a los gritos a la Casa de Gobierno y depuso al gobernador peronista Obregón Cano y a su vice, el dirigente gremial Atilio López
 
Los sublevados, que tomaron por asalto la Gobernación, se encontraban al mando del facho Navarro, y detuvieron en forma ilegal a las autoridades que once meses antes habían ganado las elecciones con más del 50 por ciento de los votos. El "movimiento", conocido como el "Navarrazo" o el anticordobazo, contaba con apoyo en el gobierno central, especialmente del ministro de Bienestar Social, "El Brujo" José López Rega.
 
Los sediciosos detuvieron, para tenerlos como rehenes, a unos setenta funcionarios que se encontraban en la gobernación, entre ellos, los ministros de Bienestar Social y de Gobierno; el presidente del Banco de la Provincia; el Fiscal de Estado, y los diputados Luis Bruno Blas García, autor de esta nota.
 
Esa noche, los grupos de comandos civiles "fachos" de Navarro llevaron a cabo un atentado contra el domicilio de Obregón Cano y descargaron sus armas contra los frentes de las casas, los faroles de alumbrado o, simplemente, el aire. El objetivo era sembrar el caos y el terror para provocar la intervención a la provincia. En los días siguientes serían detenidos más de 80 personas y se producirían decenas de allanamientos ilegales.
 
El 2 de marzo el gobierno nacional de Juan Perón dio a conocer su lamentable posición: la intervención federal al Poder Ejecutivo de la provincia. Obregón Cano y López, faltos de apoyo político en el plano nacional, renunciaron el 8 de marzo.
 
El Navarrazo fue la antesala del golpe genocida de 1976, el anticipo de lo que sucedería con la dictadura militar, por el derrocamiento de un gobierno democráticamente elegido por el voto popular; la persecución y el asesinato de militantes políticos y gremiales; y la implantación  de un estado policial autoritario que desplegó la represión ilegal en toda su magnitud.


Escribe Blas García 

 
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