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Internacionales - 07-01-2021 / 10:01
INTENTARON EL PRIMER GOLPE DE ESTADO LEGISLATIVO EN ESTADOS UNIDOS

La toma del Capitolio y la decadencia del imperio yanqui

La toma del Capitolio y la decadencia del imperio yanqui
Lo ocurrido no tiene precedentes en la historia de Estados Unidos. Todo un vetusto y enorme entramado institucional concebido por los padres fundadores para evitar los riesgos de la oclocracia –el temido gobierno del populacho- se derrumbó como un castillo de naipes cuando respondiendo a las incesantes arengas de Donald Trump una turba de trumpistas arrolló a las fuerzas de seguridad y tomó por asalto al Capitolio.
Lo que debía ser un trámite para certificar la victoria electoral de Joe Biden y Kamala Harris se convirtió en la escena violenta más temida a lo largo de los últimos años de Gobierno de Donald Trump: la capital de la "democracia ejemplar" sobrepasada por manifestantes fanáticos que no reconocían la derrota electoral y tomaron el Congreso mientras los legisladores eran evacuados en medio de un caos que terminó con una exmilitar derechista muerta.
 
El mundo observó, estupefacto, cómo una horda de furiosos seguidores derechistas de Trump trepaba las paredes del Capitolio, y eran (bien) recibidos por la Policía, dentro del edificio. Esta es otra aberración más de la era Trump, y los aullidos de muerte de la presidencia de una estrella de reality shows, pero los eventos de ayer no surgieron de la nada: son la expresión de una profunda crisis de legitimidad del régimen estadounidense.
 
Un grupo de legisladores republicanos había anunciado que, en un acto poco común, objetarían a la certificación de los votos emitidos en el Colegio Electoral de los estados en donde Trump denunció fraude electoral y sufrió sucesivas derrotas en la Justicia. No tenían los votos para aprobar esas objeciones, como requiere la ley; sin embargo, convirtieron a esa iniciativa en una última batalla para evitar el traspaso de mando.
 
El asalto al Capitolio por parte de seguidores de Trump, intentando el primer golpe de estado legislativo como los yanquis lo han impulsado en distintas partes del mundo, presagia más inestabilidad para el proyecto imperialista de Estados Unidos, tanto en el escenario nacional como internacional. Es un nuevo capítulo que profundiza la crisis de legitimidad del régimen estadounidense. 
 

 
Hacia la tarde, el propio Trump presionó por Twitter a su vicepresidente y el hombre encargado de liderar la sesión conjunta de la certificación, Mike Pence. "¡Hazlo Mike, es tiempo de tener un coraje extremo!", tuiteó Trump y su vicepresidente le respondió con un comunicado en el que explicó que no tenía "la autoridad unilateral" para rechazar los votos emitidos por el Colegio Electoral.

 
Ante esa respuesta, Trump hizo un último intento por perpetuarse en el poder con una arenga a los miles de simpatizantes que desde temprano se concentraban en el centro de la capital, sin tapabocas pese al nuevo pico de contagios y muertes por coronavirus que atraviesa el país. "Nunca nos rendiremos. Nunca aceptaremos" la derrota, "vamos a detener el robo", prometió el mandatario a exactamente dos semanas de tener que entregar el poder.
 
En ese momento, comenzó el avance de la marea humana de manifestantes había tomado por completo las escalinatas del Capitolio y cientos de personas irrumpían por puertas y ventanas al interior. Algunos disfrazados, otros con banderas y unos pocos con pancartas se pasearon libremente por pasillos, se sentaron con los pies en los escritorios de los legisladores más poderosos del país y hasta dejaron un papel con un mensaje amenazante a la presidenta de la cámara baja, la demócrata Nancy Pelosi.
 
Después de un tiroteo con heridos graves, y Pence que salió corriendo; Trump finalmente aceptó la decisión del Congreso de ratificar la victoria de su adversario demócrata. Insistió en que no está de acuerdo con el resultado de las elecciones, pero prometió una "transición ordenada". Para pronunciarse tuvo que usar una cuenta de Twitter prestada porque la suya fue cerrada temporalmente.
 
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Estados Unidos: Una crisis de larga gestación
 
Lo ocurrido no tiene precedentes en la historia de Estados Unidos. Todo un vetusto y enorme entramado institucional concebido por los padres fundadores para evitar los riesgos de la oclocracia -el temido gobierno del populacho- se derrumbó como un castillo de naipes cuando respondiendo a las incesantes arengas de Donald Trump una turba de trumpistas arrolló a las fuerzas de seguridad y tomó por asalto al Capitolio.
 
El resultado: el Senado tuvo que entrar en receso mientras el vicepresidente Mike Pence era prestamente evacuado por el Servicio Secreto mientras una banda de facinerosos con ropas de fajina y algunos de ellos armados sentaban sus reales en las salas del Senado y la Cámara de Representantes. El objetivo: impedir que el Congreso certificara la victoria de Joe Biden en la elección presidencial del 3 de noviembre.
 
La responsabilidad de Trump en estos incidentes es indiscutible. Una parte de los republicanos aportaron lo suyo. Más de cien estaban dispuestos a proponer la anulación de la victoria de Biden, y deben también ser considerados como instigadores del tumulto. Pero sería un error creer que lo ocurrido es responsabilidad exclusiva de Trump y sus secuaces. Este episodio marca la gravedad de la crisis de legitimidad que hace mucho tiempo está carcomiendo al sistema político norteamericano.
 
El ausentismo electoral es un lastre crónico para un sistema que se autoproclama como una democracia cuando no lo es. Abraham Lincoln la definió como el "gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo". Hoy no sólo intelectuales de izquierda como Noam Chomsky sino hasta académicos del mainstream como Jeffrey Sachs y, antes que él, Sheldon Wolin sostienen en sus intervenciones orales y escritas que el sistema político de Estados Unidos es una plutocracia y no una democracia en la medida en que es el gobierno de los ricos, por los ricos y para los ricos.
 
Esto es lo que explica la quejumbrosa reflexión que hiciera hace unos meses un editorial colectivo del The New York Times al constatar que el 1% más rico acumula más riqueza que el 80% más pobre del país. Es decir, una pseudo-democracia que aplicando las políticas neoliberales decretó las exequias del "sueño americano" y convirtió a ese país en el más desigual del mundo desarrollado.
 
En los gravísimos sucesos del miércoles, propios de las "anarquías populistas" que Washington ve -y vitupera- por doquier en los países de la periferia hay una indudable corresponsabilidad de los dos partidos.
 
Los exabruptos de Trump y sus criminales políticas, dentro y fuera de Estados Unidos, se nutrieron durante cuatro años de la falta de voluntad de los demócratas para poner fin a las políticas que beneficiaban al 10% más rico (y sobre todo al 1% de los super-millonarios) del país y para hacer siquiera mínimo esfuerzo para democratizar de verdad al sistema político.
 
No es ocioso recordar ante los violentos incidentes de este miércoles que jamás estuvo en la mente de los padres fundadores crear un sistema democrático: la elección indirecta vía colegios electorales, el carácter optativo del voto, el sufragio en día laborable son las rémoras de un sistema que se constituyó como una república pero no como una democracia.
 
No es casual que la propia Constitución de Estados Unidos no mencione en un solo lugar la palabra mágica: "democracia". Y ante una sociedad que ha cambiado tanto como Estados Unidos en los últimos cincuenta años, pasando de ser una sociedad bastante homogénea a una multicultural y desigual, y ante la estolidez de un sistema partidario que no refleja para nada estos cambios la aparición de un demagogo como Trump y su incendiaria retórica podía terminar abriendo las puertas del infierno y soltar a todos los demonios.
 
Eso fue lo que ocurrió ahora. Y esto va para largo y no se solucionará sin reformas sociales, económicas y políticas de fondo, cosa que difícilmente Joe Biden estará dispuesto a impulsar.
 
Por Atilio A. Boron
 
Fuente: Página12
 

 

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11-04-2021 / 20:04
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Tras la dimisión del general Miguel Primo de Rivera en enero de 1930, Alfonso XIII intentó devolver al debilitado régimen monárquico a la senda constitucional y parlamentaria, a pesar de la debilidad de los partidos dinásticos. Para ello, nombró presidente del gobierno al general Dámaso Berenguer pero éste fracasó en su intento de volver a la "normalidad constitucional".
 
En febrero de 1931, el rey Alfonso XIII ponía fin a la "Dictablanda" del general Berenguer y nombraba nuevo presidente al almirante Juan Bautista Aznar, en cuyo gobierno de "concentración monárquica" entraron viejos líderes de los partidos dinásticos liberal y conservador.
 
El gobierno propuso celebrar primero elecciones municipales el 12 de abril de 1931, y después elecciones a Cortes que tendrían el carácter de Constituyentes, por lo que podrían proceder a la revisión de las facultades de los Poderes del Estado y la precisa delimitación del área de cada uno (es decir, reducir las prerrogativas de la Corona) y a una adecuada solución al problema de Cataluña.
 
Pese al mayor número de concejales monárquicos, las elecciones suponían a la Corona una amplia derrota en los grandes núcleos urbanos: la corriente republicana había triunfado en 41 capitales de provincia. En Madrid, los concejales republicanos triplicaban a los monárquicos, y en Barcelona los cuadruplicaban.
 
Si las elecciones se habían convocado como una prueba para sopesar el apoyo a la monarquía y las posibilidades de modificar la ley electoral antes de la convocatoria de elecciones generales, los partidarios de la república consideraron tales resultados como un plebiscito a favor de su instauración inmediata.
 
La Opinión Popular 

 
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