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“Esta gloriosa Revolución Libertadora se hizo para que, en este bendito país, el hijo del barrendero muera barrendero”. Almirante Arturo Rial.
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Internacionales - 15-04-2020 / 10:04
CORONAVIRUS Y POLÍTICA INTERNACIONAL

Trump, Bolsonaro y Johnson: el eje de la peste de la maldad

Trump, Bolsonaro y Johnson: el eje de la peste de la maldad
Trump/Johnson/Bolsonaro configuran el eje viral de la política internacional. Hay otros personajes insólitos, pero por la dimensión de sus países y la gravitación mundial y regional de su poderío ocupan el podio de la irresponsabilidad. Tienen, a su vez, aliados políticos en Argentina dispuestos a derramar odio y división, a promover conciertos de cacerolas o chantajes institucionales para sacar provecho político del caos y el dolor humano.
La trágica realidad de la pandemia pone en tela de juicio la línea que privilegia las ganancias de las empresas por encima de la salud de las personas, que impulsan Donald Trump en los Estados Unidos, Boris Johnson en Gran Bretaña y Jair Bolsonaro en Brasil. En la Argentina, la opinión pública emparenta a esos líderes con Mauricio Macri, quien le hizo un planteo similar a Alberto Fernández contra la caurentena.
 
Pero, debajo de una montaña de cadáveres cuantificados prolijamente y representados en coloridos gráficos estadísticos, quedó sepultado el dilema inicial: economía versus salud, que la pandemia planteó a todo el mundo con su agresiva irrupción. Los países que no otorgaron absoluta prioridad a la salud debieron afrontar un altísimo costo en dolor y muerte sin obtener a cambio ningún beneficio considerable en la faceta de una economía mundial que atraviesa una etapa de derrumbe.
 

 
Uno de los que priorizó los intereses de la economía por sobre la salud de su población fue Donald Trump, lo que llevó a Estados Unidos a erigirse rápidamente como la capital mundial del coronavirus con más de medio millón de contagios registrados y más de 26 mil muertos.
 
Con sistemas de salud colapsados en las ciudades más pobladas y una curva de contagios que se mantiene ascendente, las proyecciones ante escenarios más pesimistas advierten que los muertos en ese país podrían contarse en decenas de miles.
 
Pero a esta altura hasta el millonario del jopo anaranjado consiguió superar su soberbia negadora y reconocer que había subestimado al coronavirus, punto al que todavía no consiguió llegar el polémico Jair Bolsonaro, a pesar de la abrumadora evidencia empírica.
 
La reticencia del brasileño, un personaje que debería ser parte de historias de caricaturistas y no el presidente de un país tan estratégico e influyente como es Brasil, a adoptar medidas más firmes contra el virus le está costando no solo un creciente rechazo de la sociedad sino también de gobernadores y alcaldes que se resisten a quedarse de brazos cruzados viendo cómo crece diariamente la cantidad de contagios y muertes.
 
En Gran Bretaña, sordo ante los reclamos de la comunidad científica, el bufón del Brexit, Boris Johnson, recién decretó la cuarentena el 23 de marzo. El 26, el jefe del Ejecutivo y su ministro de Sanidad, Matt Hancock, empezaron a sentir los primeros síntomas de la enfermedad. Johnson habrá favorecido la propagación del coronavirus y el saldo de muertos diarios (12.000 hasta hoy).
 
Alberto Fernández, con un Estado descuartizado por la administración macrista, tuvo el coraje político para decretar el confinamiento del país y las demás medidas que, a no dudarlo un segundo, salvaron miles y miles de vidas humanas. El enemigo común es el coronavirus y su más inocultable antídoto han sido las medidas preventivas tomadas a tiempo y, por contraste, aquello que quiso destruir el neoliberalismo a golpe de recortes y privatizaciones: lo que nos está salvando es la capacidad de intervención colectiva del Estado, la ciencia y los servicios públicos.
 
La Opinión Popular
 
 
Trump, Bolsonaro y Johnson: el eje viral
 
Patoteros opacos, bufones brillantes e irresponsables sin redención. Varios movimientos políticos y líderes nacionales y mundiales de las derechas duras han fracturado todas las fronteras de la indecencia y la ineptitud en su gestión de la pandemia.
 
Constituyen hoy lo que bien puede llamarse el eje viral del mundo cuya nocividad se contrapone a los mandatos ejemplares protagonizados en la Argentina por el presidente Alberto Fernández y otros jefes de Estado y de Gobierno a través del planeta.
 
Con un Estado descuartizado por la administración macrista, había que tener coraje político para decretar el confinamiento del país y las demás medidas que, a no dudarlo un segundo, salvaron miles y miles de vidas humanas.
 
En Francia, con muchísimos más casos y un país infinitamente más expuesto que la Argentina a los contagios debido a su posición geográfica central (Francia es el primer destino turístico del mundo con 90 millones de viajeros en 2019) y su vecindad con Italia, Emmanuel Macron recién empezó a diseñar medidas preventivas fuertes a mediados de marzo (el 16) cuando dijo en la televisión "estamos en guerra".
 
Los tres primeros casos de coronavirus fueron detectados el 24 enero mientras que en la Argentina el primer infectado, importado de Italia, fue descubierto el 3 de marzo.
 
El confinamiento se decretó en Francia el 17 de marzo luego de la perplejidad que provocó el mantenimiento de la primera vuelta de las elecciones municipales que se llevó a cabo el 15 de marzo. La consulta fue suspendida y la segunda vuelta pospuesta. La opinión pública francesa aprobó en un 96% las medidas mientras que un 86% le reprochó al mandatario no haberlas aplicado antes.
 
En la Argentina, Alberto Fernández las instauró el 20 de marzo. Fue un presidente que no se achicó. Hubo funcionarios que trabajaron en ello, opositores que internalizaron el reto, gobernadores e intendentes que trasladaron las medidas y una sociedad que entendió que el "enemigo" no era el populismo ficticio de nuestra derecha de trogloditas sino una tragedia sanitaria global.
 
Con un Estado minusválido, la ciencia decapitada, los servicios públicos disminuidos y la economía en un abismo se puso en marcha en la Argentina un operativo de proporciones humanas e institucionales inéditas.
 
Respaldado por los rapaces del Wall Street Journal, Donald Trump prosiguió (24 de marzo) su campaña contra la cuarentena. Sacrificó el confinamiento general en el tabernáculo de la "destrucción" económica del país y de la amenaza de una "grave recesión". El tendal de muertos y contagios se agranda cada día: más de 600 mil casos y 26 mil fallecidos.
 
En Brasil, Jair Bolsonaro propuso plegarias, misas en los templos evangélicos y se enclaustró en un enfermizo negacionismo de la cuarentena. Trump/Johnson/Bolsonaro configuran el eje viral de la política internacional. Hay otros personajes insólitos, pero por la dimensión de sus países y la gravitación mundial y regional de su poderío ocupan el podio de la irresponsabilidad.
 
Tienen, a su vez, aliados políticos dispuestos a derramar odio y división, a promover conciertos de cacerolas o chantajes institucionales para sacar provecho político del caos y el dolor humano.
 
La derecha argentina, sectores de Cambiemos, Vox en España o la ultraderecha francesa (el Reagrupamiento Nacional de Marine Le Pen) han ido a buscar al fango sus dardos críticos. Son comandos suicidas al acecho de un barco repleto de heridos.
 
En la Argentina cuentan con sus medios afinados. A través de ellos liberaron a sus bodyguards de capa, pluma y espada para que husmearan como sabuesos la existencia de una "grieta" y expandir la fábula de una ruptura irreparable. Nuestra derecha local adolece siempre de tres amputaciones: no entiende el país en el que vive, no se entiende a sí misma y no entiende la historia del mundo.
 
Ningún país que sale de una crisis, de una guerra o que se encuentra inmerso en ella (esta es sanitaria) se recompone o sobrepasa la ruina sin el consenso de todas las fuerzas.
 
La España post franquista lo hizo mediante Los Pactos de la Moncloa. El 25 de octubre de 1977, el gobierno de Adolfo Suárez y los principales partidos, respaldados por asociaciones empresariales y sindicatos, pactaron los términos de la transición española.
 
Después de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), Francia construyó el periodo más próspero de su historia conocido como los "30 años gloriosos" sobre la base de un pacto similar entre la derecha del general De Gaulle y el Partido Comunista. Ambos habían sido miembros de la Resistencia que enfrentó al enemigo común: el nazismo.
 
Si la gravedad de la infección de la que sufre el Primer Ministro británico es una ironía desalmada de su torpeza, lo que ha pasado en Francia es el relato al revés de una sustancialidad herida y recuperada.
 
Los hospitales franceses llevaban años de huelgas y movimientos sociales en protesta por mejoras de salarios (enfermeras, parteras) y contra el desmantelamiento de los hospitales y la privatización encubierta de la salud.
 
Víctima suculenta del liberalismo, los ajustes y el control de los déficits, el hospital público pasó a ser el animador insoslayable, el salvador supremo, el único amparo ante la avalancha del virus. La ciencia médica contra la devastación del virus y las consecuencias de las políticas de ahorro público.
 
En casi 20 años hemos pasado del "eje del mal" al eje viral a cuyo mando está la primera potencia mundial. El 29 de enero de 2002, el ex presidente norteamericano George Bush, durante el discurso sobre el Estado de la Nación, empleó la expresión sugerida por el redactor de sus textos, David Frum: el "eje del mal". Con ella designó a tres países: Irak, Irán, Corea del Norte.
 
Esa narrativa le sirvió para adiestrar a la opinión pública ante lo que sería luego una de las grandes calamidades modernas: la invasión de Irak (2003) y el derrocamiento del presidente Saddam Hussein, el antiguo dictador mimado de Occidente.
 
La noción de un mal encarnado en ciertas zonas del mundo remitía a dos contextos. En los años 80, el difunto presidente norteamericano Ronald Reagan calificó a la Unión Soviética como "el imperio del mal". En el curso de la Segunda Guerra Mundial, a Roma, Berlín y Tokio se los llamó los países del "Eje" por su respaldo al nazismo hilteriano.
 
Del Eje del Mal al eje viral, lo que ha caído es la legitimidad de la mecánica criminal del liberalismo sin regulaciones, la lógica del estrangulamiento de los servicios públicos y la ficción de que, en Occidente, había un imperio o imperios con capacidades racionales que nos superaban en mucho.
 
La perversidad política de sus dirigentes nos está diciendo que la reconstrucción de nuestras sociedades y nuestras soberanías están condicionadas por un redescubrimiento del Sur Desarrollo.
 
Está pendiente su reinvención: los especímenes más nefastos están en los países de Occidente en cuyos espejos anhelamos reflejarnos algún día. Regresemos al Sur, al Sur Desarrollo, a la cooperación mundial sin sometimientos. En el Sur Desarrollo hay tierras, culturas plurales, riquezas, innovación humana y libertad.
 
Por Eduardo Febbro. Desde París
 
Fuente: pagina12.com.ar 
 

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07-01-2026 / 09:01
El Cartel de los Soles es una truchada. El propio Departamento de Justicia de EE.UU. reconoció en los hechos que no existe el "Cartel de los Soles", la organización "narcoterrorista" que supuestamente encabezaba Nicolás Maduro. No fue ni contra el narcotráfico ni por la democracia: Donald Trump atacó Venezuela por el petróleo. Se cayó la principal excusa del gobierno yanqui para bombardear Venezuela y secuestrar a su presidente. El giro del Departamento de Justicia yanqui desnuda que el verdadero objetivo del ataque imperialista y el secuestro del presidente venezolano siempre fue el petróleo, no la falsa guerra contra las drogas. El papelón alcanza al alcahuete Javier "el Loco" Milei, que también declaró como terrorista al ficticio cartel para complacer a Trump.
 
El tan cacareado Cártel de los Soles resultó ser inexistente. Desde 2020 los Estados Unidos lo utilizó para acusar al presidente constitucional de Venezuela, Maduro, de ser el cabecilla. El creador de esta fábula fue el propio Trump en tiempos de su primer gobierno y la recuperó el año pasado para continuar con su asedio al celoso custodio de la mayor reserva petrolífera del planeta. Sin embargo, el lunes por la noche, esa fábula se desmoronó cuando se conoció que el Departamento de Justicia de Estados Unidos, había reescrito la acusación contra Maduro y dejó de considerar a este cártel como una organización real. La impunidad del poderoso.
 
Este cambió poco le importó a Milei que decidió mantener a los Soles en el Registro Público de Personas y Entidades vinculadas a Actos de Terrorismo y su Financiamiento. Tal vez lo hizo a la espera de que la mentira se convierta en verdad. Lo cierto es que seguir con esta fábula entre los delitos que se le endilgan a Maduro, iba a resultar contraproducente para la estrategia de la fiscalía. Sobre todo, porque el proceso judicial ya tiene un vicio de legalidad de origen: se inició porque antes se invadió y atacó un país extranjero, Venezuela, y se secuestró a su presidente, Maduro.
 
Según trascendió, ahora la acusación de la fiscalía contra Maduro se limita a responsabilizarlo de conducción de un supuesto "sistema clientelar" y desarrollar una "cultura de corrupción" que se nutrió de dinero del narcotráfico.
 
Una vez que Trump comenzó su segundo mandato, resucitó al Cártel de los Soles y la acusación contra Maduro del año 2020. En julio pasado, el Departamento del Tesoro copió textual esa acusación para incorporar al cártel como organización terrorista. Cuatro meses más tarde, el secretario de Estado y uno de los principales asesores en seguridad, Marco Rubio, hizo lo mismo. El relato para la campaña mediática contra Venezuela cerraba perfecto y era casi calcado a otras experiencias norteamericanas con países de Latino América, como fue el caso Panamá en 1989. O la farsa de las inexistentes armas de destrucción masiva en Irak, que justificaron su invasión.
 
Con franqueza imperial, Trump se encargó de despejar cualquier duda sobre las verdaderas motivaciones de la agresión. En una conferencia de prensa afirmó sin tapujos que su intención era "administrar" Venezuela para "recuperar" su petróleo, como si ese recurso natural perteneciera a Estados Unidos y no al pueblo venezolano. La frase, brutal en su sinceridad, pulverizó de un solo golpe el andamiaje discursivo con el que durante años se intentó justificar el hostigamiento contra los gobiernos bolivarianos.
 
Quedó así al desnudo que el problema de Washington con Maduro nunca fue el supuesto "fraude" en las elecciones presidenciales del 28 de julio de 2024, ni la acusación de ser una "dictadura", ni mucho menos la fantasía judicial del inexistente Cartel de los Soles. El verdadero conflicto es geopolítico y económico: Venezuela posee las mayores reservas probadas de petróleo convencional del planeta y ha insistido, desde la Revolución Bolivariana, en ejercer soberanía sobre ellas. Para el imperialismo yanqui, ese pecado es imperdonable.
 
La Opinión Popular
 

07-01-2026 / 08:01
07-01-2026 / 08:01
06-01-2026 / 11:01
Si algo confirmó el ataque yanqui a Venezuela fue que Nicolás Maduro era el presidente legítimo de ese país. Terminó con la discusión de su elección y de las famosas actas. Si no fuera así, la oposición no habría presentado actas truchas y Washington no hubiera necesitado intervenir por la fuerza. Si la oposición tenía tanto respaldo como decían, el matón Donald Trump no los hubiera despreciado públicamente como hizo en la conferencia de prensa donde anunció el secuestro del mandatario venezolano y su esposa.
 
El mundo cambió, algunos dicen que no es cierto que Estados Unidos sea una potencia en decadencia. Y es al revés. Tiene que usar la fuerza para mantener su hegemonía porque su economía está en problemas y es difícil que pueda recuperarse. Pero es la primera potencia militar por lejos. La sigue Rusia y después China. Pero China y Rusia sumadas sobrepasan el poderío norteamericano, que tiene 18 bases militares fuera de su territorio, más sus aliados de la OTAN. Como las medidas económicas ya no tienen la fuerza necesaria, aplica la fuerza más importante que le queda, que es la militar.
 
Es obvio que a China y a Rusia no les gusta la intervención militar norteamericana, pero no moverán un soldado porque aceptan que América sea zona de influencia norteamericana. Si Latinoamérica es zona de influencia de Washington, es obvio que Ucrania resulta zona de influencia de Rusia y que Taiwán y sus alrededores es zona de influencia de China. Las potencias están demarcando sus zonas de influencia. Permitirán la presencia de otras economías mientras no crean que los amenaza.
 
Lo que no se resuelve por la política, se resuelve por la fuerza. Los argentinos sabemos esa máxima de la realidad. Y la lógica de la fuerza, no es progresiva porque la única forma de defenderse es tener más fuerza que el posible agresor. O sea: la regla será una nueva carrera armamentística con la proliferación de arsenales nucleares. Muy peligroso.
 
El tema principal con Venezuela no sería tanto la provisión de petróleo, porque le vende todo el que necesita y ha aclarado en repetidas oportunidades que no tienen intenciones de retacearlo. Tampoco sería el hecho de que le venda a China. El problema es que los tratos con Beijing no se realizan en dólares.
 
Y si el mundo abandona el dólar como moneda internacional, Estados Unidos sería aplastado por su enorme deuda y los problemas en sus cadenas de suministro internacionalizadas. El año próximo, por primera vez, los vencimientos de su deuda serían mayores que su enorme gasto militar. Por supuesto que la intención de máxima es tomar el control directo de las grandes reservas de petróleo venezolano.

En Argentina y en todas partes, pasa a ser más necesario que nunca que sus Fuerzas Armadas recuperen el sentido nacional que terminaron de perder durante la Guerra Fría. Es un mundo en el que prima la fuerza y las relaciones de dominación. Resignarse en este mundo es aceptar el sometimiento como ocurre con el gobierno actual. El camino para preservar los intereses propios está en fortalecerse en los organismos de integración regional y la diversificación de mercados en organismos como el de los BRICS.

La operación de comandos que secuestró a Maduro fue exitosa desde su punto de vista. Pero como Estados Unidos no puede arriesgar una invasión de infantería similar a la de Panamá el objetivo de máxima era de cambio de régimen. El secuestro de Maduro debía provocar saqueos, levantamientos de multitudes y en cascada, fracturas en las Fuerzas Armadas. La oposición de Corina Machado no podía garantizar ni un acto mínimo. La decepción de Trump fue evidente. En vez de reemplazar al régimen está obligado a negociar con él, aunque presione con la cárcel de Maduro
Trump utiliza la agresión a Venezuela para amenazar a los gobiernos de América que no se someten a EE.UU.

 

05-01-2026 / 20:01
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