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Sociedad e Interés General - 20-03-2020 / 19:03
EFEMÉRIDES POPULARES. FINALIZÓ LA SIBERIA ARGENTINA

Hace 73 años, Juan Perón cerraba por decreto la colonia penal de Ushuaia

Hace 73 años, Juan Perón cerraba por decreto la colonia penal de Ushuaia
La Siberia argentina, como la definió Osvaldo Bayer, cerró sus puertas el 21 de marzo de 1947 a orillas del canal de Beagle. Hace 71 años un decreto no demasiado recordado del presidente Juan Perón señalaba el final para la inhumana cárcel de Ushuaia, la más austral del mundo.
La Siberia argentina, como la definió Osvaldo Bayer, cerró sus puertas el 21 de marzo de 1947 a orillas del canal de Beagle. Hace 71 años un decreto no demasiado recordado del presidente Juan Perón señalaba el final para la inhumana cárcel de Ushuaia, la más austral del mundo.
 
Había sido centro de castigo y aislamiento durante 45 años. Por sus 380 celdas de 1,93 por 1,93 pasaron desde el Petiso Orejudo hasta el anarquista ucraniano Simón Radowitzky, quien mató de un bombazo al comisario y represor de obreros, Ramón Falcón. La cárcel de Ushuaia fue usada como un depósito del Estado para alojar presos políticos.
 
El dictador José Félix Uriburu envió a Tierra del Fuego a militantes anarquistas, comunistas, trotskistas y socialistas. Entre ellos estaban el cronista del diario La AntorchaHoracio Badaraco y el de La ProtestaJosé Berenger, torturado con una prensa. Agustín P. Justo, el presidente que llegó de la mano del fraude en 1931, siguió mandándolos por barco hacia la isla.
 
La cárcel que cerró Perón se volvió a abrir dos veces más en las décadas del 50 y 60. La Revolución Libertadora envió a partidarios del General. Jorge Antonio (empresario), Guillermo P. Kelly (dirigente de la Alianza Libertadora Nacionalista) Héctor Cámpora(Presidente de la Cámara de Diputados de la Nación) John W. Cooke (Diputado Nacional), y el dirigente de la CGT, José Espejo; por orden del Almirante Isaac Rojas son trasladados al Penal del sur.
 
Sufren allí condiciones tremendas de prisión con temperaturas extremas que alcanzaban a 40 grados bajo cero, sin calefacción, sin agua, engrillados, condiciones éstas que se suman a un sin fin de vejámenes por orden de la "Revolución Libertadora". También la utilizó por última vez Arturo Frondizi en 1960 cuando aplicó el Plan Conintes para meter presos a militantes de la resistencia peronista juzgados por consejos de guerra especiales.
 
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En 1902 se inauguró durante el segundo gobierno de Julio Argentino Roca. La idea de levantar una colonia penal no prosperó en su primer mandato, pese a que el 27 de junio de 1883 le había enviado un proyecto al Congreso.
 
Recién en 1895 -durante la presidencia de José Evaristo Uriburu- se sancionó la ley que obligaba a cumplir las sentencias de jueces federales contra reincidentes en Chubut, Santa Cruz y Tierra del Fuego. Al año siguiente se decidió construir el presidio para el que se destinó originalmente un presupuesto de 200 mil pesos.
 
Hoy, en el predio de la base naval Ushuaia donde estuvo la cárcel, funciona un museo que alecciona sobre uno de nuestros peores pasados. Lo administra una sociedad civil. De los cinco pabellones que se conservan, uno se mantiene en su sombrío estado original. Otro permite hacer un recorrido histórico sobre las condiciones de vida de los detenidos.
 
Están el que ocupa una galería de arte y el destinado a vender réplicas de las chaquetas de los presos, pingüinos de peluche y distintos suvenires. El restante es el único que se mantiene cerrado al público. El panóptico desde donde se controlaba cada movimiento de los condenados es el lugar que elige el guía para despedirse.
 
Cuando Perón clausuró el penal, Crítica, el diario más popular de la época informaba: "Ushuaia, tierra maldita, incorpórase sin lacras al sentimiento argentino". El periodista Osiris Troiani publicó una serie de notas entre el 5 y el 16 de abril del 47 que son citadas entre los numerosos documentos que pueden leerse en el pabellón por donde avanza la visita guiada.
 
El recorrido es como un caleidoscopio. Se suceden de celda en celda las vidas de presos emblemáticos. Cayetano Santos Godino, el asesino de niños a cuyas orejas muy grandes se atribuyó una disparatada hipótesis de su mentalidad criminal. Murió en la cárcel a manos de otros presos que lo acusaron de matar a la mascota del presidio: un gato.
 
A diferencia del Petiso Orejudo, pobre y analfabeto, Mateo Banks, alías el místico, fue un estanciero de Azul, socio del Jockey Club y jugador compulsivo. Asesinó a ocho personas en pocas horas, entre familiares y peones. Quería apropiarse de los bienes de sus hermanos. Se había endeudado y aspiraba a mantener su status social. Lo condenaron a reclusión perpetua en 1924 y casi veinte años después salió de la cárcel de Ushuaia en libertad condicional.
 
Son apenas dos de las historias que nutren de cierta mitología al lugar. También estuvo encarcelado el anarquista Radowitzky, quien mató de un bombazo al comisario y represor de obreros, Ramón Falcón. Pasó 19 de sus 21 años entre rejas en Ushuaia. Casi la mitad en régimen de aislamiento, entre otras cosas, porque se fugó una vez con ayuda exterior y fue recapturado.
 
Hipólito Irigoyen lo indultó el 13 de abril de 1930, casi cinco meses antes de ser derrocado. El preso n° 155 -cada uno tenía un número- se había salvado de ser fusilado porque era menor de edad.
 
Las fugas terminaban en muertes por hipotermia, desnutrición o con el regreso a la prisión ante la imposibilidad de soportar el frío glacial de la zona. Por lo general fracasaban. Nunca se supo qué pasó con el penado 46, Nicolás Martín -condenado por doble homicidio-, quién escapó en 1905 y nunca más apareció. Los carceleros sabían que por las durísimas condiciones climáticas no hacían falta los muros. Apenas colocaron alambradas alrededor.
 
Las paredes de las celdas estaban hechas con piedras sacadas del Monte Susana y una argamasa de tierra y arcilla. Cada pabellón terminaba en forma de martillo donde se encontraban los baños y piletones para lavar la ropa. El que todavía se conserva en su estado original es tétrico, el adjetivo con que Crítica describió al penal en general.
 
Los calabozos son pequeños. Apenas entraba en ellos un camastro. La luz del exterior se filtraba por una pequeña ventana con dos rejas amuradas a la pared. Era casi imposible salir de ahí sin colaboración externa o de los guardias.
 
De los registros de estadísticas que conserva el museo, se desprenden las corrientes migratorias dominantes en el primer año del siglo XX. Se explica que en 1900 había una población carcelaria de 30 argentinos, 25 italianos, 13 españoles, 5 orientales, 2 franceses, 1 inglés y 1 portugués.
 
También se relevaba el grado de instrucción: 55 sabían leer y escribir pero 12 no. Se mencionan los oficios que ejercían, con mayoría de jornaleros y cocineros. Ushuaia llegó a tener una superpoblación que superó con holgura los 500 detenidos.
 
Se clasificaba a los condenados de acuerdo a su perfil psicológico: altaneros, enérgicos, coléricos, agresivos, apacibles, bondadosos y respetuosos, como lo señala un estudio de 1931. Tres años más tarde, aparece un relevamiento de las visitas médicas y las enfermedades que contraían los detenidos.
 
Los condenados por homicidio se consideraban seres superiores. Pero los marcaban con un distintivo rojo, en gorra, chaqueta y pantalón. La vestimenta característica tenía rayas horizontales celestes y amarillo ocre.
 
A quienes se colocaba en el grupo de mala conducta, se les aplicaban castigos medievales. Hay fotografías donde se los ve engrillados, como si fueran presos del siglo XIV o XV. Se los apaleaba con las ropas mojadas, se los obligaba a permanecer parados muchas horas (el llamado plantón) o se los sometía a pan y agua.
 
Los que eran evaluados como de buena conducta podían permanecer más tiempo fuera del penal trabajando en lo que hoy es el Parque Nacional de Tierra del Fuego, por donde circulaba -y todavía circula- el tren de trocha angosta que llegó a extenderse 22 kilómetros y cuyas vías colocaron los mismos detenidos.
 
El ex presidio fue declarado en 1997 monumento histórico nacional. Cuando Roca lo mandó a hacer, dijo que era para poblar el país que él mismo había despoblado de indios a sangre y fuego. "Una vez fundado el establecimiento penal en Tierra del Fuego, la república habrá puesto los cimientos de la colonización en ese punto", escribió en su proyecto enviado al Congreso en 1883.
 
Por Gustavo Veiga

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30-09-2020 / 20:09
29-09-2020 / 19:09
29-09-2020 / 19:09
 
Juan Manuel de Rosas fue un gobernante que enfrentó situaciones muy difíciles y tuvo que gobernar en circunstancias excepcionales. Su asunción al poder fue recibida con gran aprobación por la gente humilde, los peones, mulatos y orilleros, que lo querían porque lo consideraban su defensor contra los abusos de los comerciantes y hacendados.

Durante su gobierno tuvo que enfrentar siete conflictos bélicos: dos con Francia, uno con Inglaterra, otro con la Confederación Peruano-Boliviana, otro permanente con la Banda Oriental (ya independizada), dos con Brasil (Caseros fue parte de la guerra con el Imperio brasileño).

Sus enemigos lo acusaron de "tirano", pero los historiados revisionistas niegan esa calificación porque la suma del poder no corresponde a ninguna de las dos condiciones fundamentales que desde la antigüedad clásica define a la tiranía: la usurpación o la ilegitimidad del origen y el egoísmo en el ejercicio del poder. El primer supuesto estaría salvado pues su primer período fue legitimado por la Asamblea y el segundo por un plebiscito popular. Lo del egoísmo también pues nadie, ni aún sus enemigos, pueden negar que Rosas entró rico al gobierno y salió pobre.

Porque defendió el territorio nacional y la Soberanía Nacional enfrentando a las máximas potencias del mundo, José de San Martín le legó su legendario sable corvo "Como prueba de su satisfacción por la firmeza con que sostuvo el honor de la República contra las injustas pretensiones de los extranjeros que trataban de humillarla".

El 14 de marzo de 1877, muere don Juan Manuel y en su testamento manifiesta la voluntad de ser inhumado en el cementerio católico de Souhtampton, "hasta que en mi Patria se reconozca y acuerde, por el Gobierno, la justicia debida a mis servicios".

Recién el 30 de septiembre de 1989, luego de 137 años de exilio, llegaron al país los despojos mortales de Juan Manuel de Rosas, defensor de la Soberanía Nacional contra el colonialismo inglés. Sus restos retornaron al país en medio de expresiones populares, en justo desagravio y como reparación histórica.
 
Escribe: Blas García



28-09-2020 / 20:09
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