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Nacionales - 23-01-2020 / 08:01

La política macrista en torno a la muerte de Nisman

La política macrista en torno a la muerte de Nisman
El sábado pasado apenas se reunieron unos pocos centenares de personas de edad avanzada y de barrios ricos de la Capital Federal. Quedó sí un grupo de fanáticos inspirados por Elisa Carrió y Patricia Bullrich insultando a Cristina como si fuera la asesina. Entre ellos un artista decadente que protagonizó buenas películas, pero ahora en su vida real se comporta como un pelotudo.
La última marcha por Alberto Nisman, convocada por sectores de Juntos por el Cambio esta vez fue sin el apoyo de fiscales ni de la DAIA, ni de la AMIA, ni del mismo Mauricio Macri, como en aquella de febrero de 2015, la llamada "marcha de los paraguas".
 
Por eso no podría decir cuál grado de adhesión ha tenido la convocatoria, pero no es difícil intuirlo; por lo pronto decir que representa la estrategia de los sectores radicalizados del macrismo que niegan, no ya la colaboración, sino el diálogo con el gobierno de Alberto Fernández y que encuentran en la muerte de Nisman, un tabla de sobrevivencia.
 
A la marcha primigenia, la de 2015 que alentaba la hipótesis de un asesinato, adhirió Macri quien concurrió acompañado por su esposa: fue su primer acto de campaña.
 
La afirmación puede sonar temeraria, sin embargo las tragedias han estado vinculadas al ascenso del macrismo desde sus orígenes porteños y allí emerge el recuerdo de Cromañón. Es difícil pensar una victoria del ex presidente en aquella ocasión para Jefe de Gobierno, sin la estela política que arrojó la tragedia del local del barrio de Once y los dos centenares de jóvenes muertos.
 
Así, dos tragedias de distinta magnitud están presentes en los umbrales de la llegada al poder de esta fuerza política; es cierto que su existencia precede a ambas, pero no es menos relevante que los dos hechos fueron procesados discursivamente por Macri y su entorno de cara a una contienda electoral.
 
A falta de una mirada en pos de la inclusión social, ante la ausencia de una comunicación sustantiva con los sectores populares e incluso con parte de la clase media, el macrismo encontró en esas tragedias (también con la ferroviaria en la Terminal de Once) un modo de construir un relato político retomando el dolor que esas muertes produjeron en las sensibilidades, mucho más que en las razones.
 
El objetivo no fue generar un discurso político en los términos tradicionales, esto es elaborar un Programa de Propuestas de Políticas Públicas que superaran esa situación y que abrieran el camino a un horizonte donde hechos de ese tipo no se repitieran y a la vez garantizar justicia sobre lo ocurrido.
 
En ese sentido no deja de llamar la atención que en cuatro años donde el macrismo manejó buena parte de los recursos institucionales del Estado, no logró un sólo avance significativo en la causa ¿No era una tragedia a atender? ¿No fueron a la "marcha de los paraguas" porque el gobierno aquel impedía la investigación?
 
Desde luego, las dificultades partieron de un hecho: es muy probable que el fiscal haya decidido quitarse la vida y entonces la tragedia cobra otra dimensión, alejándose de culpabilidades hacia otros actores. El discurso construido en torno de una suposición, cuyos resultados efectivos no se discuten, queda a la intemperie, debilitada y erosionada frente a hechos que no aparecen.

 
¿Es común que una muerte genere una dinámica política tan intensa que logre sobrevivir nada menos que cinco años? Hace esa cantidad de tiempo que Alberto Nisman, fiscal encargado de la investigación sobre el atentado en la AMIA, fue hallado sin vida por su madre y unas pocas personas en su departamento.
 
Desde ese trágico momento una muerte se convirtió en uno de los hechos políticos más relevantes de los últimos años. A tal punto que en 2020 los argumentos esgrimidos en 2015 parecen sobrevivir con la misma intensidad; sin embargo, en el trayecto hemos asistido a muchos cambios: de gobiernos, de carátulas, de abogados, de argumentos; que cinco años después estemos inmersos en algunas de esas mismas instancias, seguro nos señala algo de nuestro sistema político, de cómo y dónde se construyen argumentos y sentidos para desarrollar la praxis política y, más concretamente, para encarar una campaña electoral. Una muerte violenta es un hecho impactante y en ocasiones la falta de ideas demanda el uso de estos recursos.
 
Sin dudas la muerte del fiscal Nisman, por lo traumática, por las circunstancias y contexto en los que ocurrió, generó un notable impacto político. Y lo fue en particular porque la historia argentina reciente no tiene hechos de estas características; me refiero a la muerte vinculada a lo político.
 
El pacto no escrito de 1983 estableció que la violencia no sería una práctica para dirimir poder. Desde luego se hizo presente con los carapintadas (1987-1990), el ataque al regimiento de La Tablada (1989), la represión estatal sobre la protesta que alcanzó su punto más crítico en diciembre de 2001 y Puente Pueyrredón, la desaparición de Julio López (2006) y la escalada represiva que se vivió en el gobierno que acaba de concluir.
 
A ellos debemos sumar dos hechos trágicos cuyos responsables muy probablemente sean externos a nuestro país: los atentados a la Embajada de Israel (1992) y a la sede de la AMIA (1994).
 
Vale la pena esta breve enumeración para observar que en 36 años de vida democrática el uso de la violencia no fue la regla y que el crimen político ha sido prácticamente inexistente.
 
Todos los hechos políticos ocurren en un contexto histórico, encauzados por una práctica que la sociedad toda comienza a procesar e incluso a validar.
 
Lo que observamos en este período (en particular respecto de la década del 70) es que los actores políticos y sociales eludieron incluir la eliminación física de adversarios o enemigos. Ese contexto no es un dato menor, por el contrario es el signo de una época.
 
Y la muerte de Alberto Nisman, sucedió en ese marco en tiempos de tensiones sociales pero lejos, muy lejos, de prácticas violentas. Esto es: el crimen político no estaba presente en la dinámica política de ese tiempo, ni del actual.
 
 
Todos somos ad hominem
  
No cabe duda que la reinstalación del tema Nisman se produce a partir de la presentación del documental Nisman: El Fiscal, la presidenta y el espía, producido por Netflix y dirigido por Justin Webster.
 
El documental seriado llegaba con incertidumbres respecto de su mirada sobre el caso, sin embargo no le faltó audiencia y su impacto ha sido notable.
 
El director opta por un recurso de lo más corriente y sin embargo poco común: que los protagonistas hablen. Desde luego no están presentes todas las voces implicadas, pero el listado es amplio y sumamente heterogéneo y plural. Todas las hipótesis están presentes en el relato.
 
Esta estrategia generó en buena parte de la audiencia/ciudadanía la ruptura de miradas y juicios fuertemente instalados desde 2015. Es común en estos días, comenzar a escuchar más voces que comienzan a cambiar su opinión respecto al caso, y las hipótesis se alejan decididamente de la idea del homicidio.
 
Hace unos días un joven escribió en su cuenta de twitter que luego de ver el documental sentía la necesidad de pedirle disculpas al fallecido ex Canciller Héctor Timerman; así de lejos llegó el lenguaje de la producción televisiva.
 
Y lo más interesante es que el documental no aporta hechos o relatos que ya no fueran conocidos a través de programas de televisión, libros, declaraciones judiciales, informes, etc. Pero a esas emisiones, elegimos no creerles y al documental de Netflix sí.
 
Los argumentos ad hominem son aquellos que intentan demostrar la falsedad de un enunciado por la persona que lo emite.
 
Todas las instancias institucionales, políticas pero también las periodísticas, fueron en buena medida salteadas en su credibilidad por un documental de 6 capítulos y sus bellas imágenes de la Ciudad de Buenos Aires desde un drom.
 
Fue necesario pasar de pantalla, para escuchar las mismas argumentaciones para poder conocer otro devenir de la trama y otro desenlace. Quizás fue eso lo que le ocurrió al macrismo y su discurso sensible pero con escaso contenido político: cuando su impericia para gobernar quedó expuesta (esta semana conocimos el número final de la inflación de 2019) no hubo forma ya de sostener relatos, suposiciones ni denuncias con pies de barro.
 
Y a todo esto, conmueve también el documental en otra faceta. Conmueve la ex fiscal Viviana Fein con sus argumentos, su apego a los procedimientos, su exigencia de pruebas detrás de cada acusación y su entereza para sostener su rol de burócrata profesional. En medio de todo lo construido en torno de Nisman, me quedó la certeza que aún tenemos Estado en Argentina.
 
Por Sergio De Piero
 
Fuente: El Destape
 

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01-04-2026 / 14:04
La Argentina de Javier Milei ha ingresado en una fase peligrosa: la de la construcción de una realidad paralela. Mientras las persianas de las pymes se bajan definitivamente, los comedores populares se desbordan y el consumo de leche cae a niveles históricos, el Gobierno nacional ha decidido que la mejor manera de combatir la pobreza no es con políticas públicas, sino con un lápiz y una goma de borrar en las oficinas del INDEC.


El reciente anuncio que sitúa la pobreza en un 28,2% para el segundo semestre de 2025 no es solo una provocación; es un insulto a la inteligencia de un pueblo que sobrevive en el ajuste más brutal de la historia argentina moderna. Estamos ante el "milagro estadístico" de un gobierno que pretende hacernos creer que, en medio de una recesión galopante y salarios de miseria, la pobreza ha retrocedido por arte de magia.



Javier Milei ha decidido abrazar el dogma por encima de la vida. Su gestión se ha convertido en una maquinaria de propaganda que utiliza la macroeconomía financiera para ocultar la microeconomía de la heladera vacía. Festejar un 28,2% de pobreza en un contexto de desguace del Estado, entrega de la soberanía y destrucción del mercado interno no es solo cinismo; es una declaración de guerra contra la realidad.



El Gobierno podrá seguir "dibujando" números y publicando gráficos en redes sociales, pero la calle tiene su propia estadística. Y en esa estadística, la que se mide en el boleto de colectivo, en el alquiler impagable y en el plato de comida que falta, el modelo de Milei solo ha demostrado ser un éxito en una sola cosa: en producir una miseria estructural que ningún comunicado oficial podrá ocultar por mucho tiempo. El despertar de este sueño estadístico será, lamentablemente, una pesadilla social de la que nos costará años recuperarnos.


De la redacción de La Opinión Popular

31-03-2026 / 16:03
29-03-2026 / 15:03
La gestión de Javier Milei atraviesa un momento muy complejo, atrapada en una tenaza que combina corrupción sistémica y degradación económica. La narrativa de austeridad se ha quebrado frente a pruebas judiciales contundentes: por un lado, el Caso $LIBRA, donde el peritaje técnico confirma un esquema de promoción de estafas piramidales que involucra directamente al Presidente y a Karina Milei por presuntos cobros millonarios; por otro, el escándalo de Manuel Adorni, cuya utilización de vuelos privados y un crecimiento patrimonial injustificado -que incluye mansiones y gastos de lujo- lo colocan como el nuevo emblema de los privilegios que el Gobierno prometió desterrar.

Sin embargo, el factor que transforma estos escándalos en un veneno letal para el oficialismo es el contexto de asfixia social. La paciencia popular, que hasta hace poco funcionaba como un cheque en blanco, se está agotando ante una realidad incontrastable marcada por la pobreza récord Con indicadores que ya superan el 55%, el ajuste ha dejado de caer sobre la política para ensañarse con la clase media y los sectores vulnerables; la inflación persistente, la cual, a pesar del discurso oficial, el costo de vida -especialmente en alimentos y servicios públicos- sigue demoliendo el poder adquisitivo de los salarios. A esto se le suma la crisis de expectativas: El contraste entre el "no hay plata" para comedores escolares y el despliegue de recursos en el entorno de Adorni ha roto el vínculo de confianza con su base electoral.


En definitiva, la caída en las encuestas no es solo producto de los tribunales; es el resultado de un modelo que pide sacrificios extremos a la población mientras sus máximos referentes se ven cercados por causas de corrupción que huelen a vieja política. La "libertad" parece haberse convertido, para el círculo íntimo del poder, en la libertad de gozar de privilegios mientras el resto del país cae en la indigencia.


De la redacción de La Opinión Popular

28-03-2026 / 07:03
La historia, caprichosa pero justa, suele poner las cosas en su lugar. El reciente fallo de la Corte de Apelaciones del Segundo Circuito de Nueva York, que rechaza de plano la demanda de los fondos buitres contra la República Argentina por la recuperación de YPF, no es solo un alivio para las cuentas públicas; es la partida de nacimiento de una verdad que el relato libertario intentó asfixiar: la soberanía nacional no fue un error, sino el acierto estratégico más importante del siglo XXI.


Este veredicto no constituye únicamente una victoria jurídica, sino que representa una reivindicación política total para Axel Kicillof. En 2012, el entonces ministro de Economía comprendió que un país sin el control de su propia energía es un país sin destino. El tiempo, ese juez implacable, terminó por darle la razón: hoy, Vaca Muerta no es una entelequia, sino una realidad que bate récords de producción y sostiene el andamiaje de una Argentina que, de otro modo, estaría de rodillas.

 
En este escenario, es imperativo apelar a la memoria y desenmascarar el cinismo. El hoy presidente no fue un observador neutral en esta disputa; fue un militante activo y un lobbista desfachatado del bando buitre. Javier Milei, el mismo hombre que ahora intenta "caranchear" miserablemente un triunfo judicial ajeno, construyó su carrera mediática descalificando sistemáticamente la recuperación de YPF como un "robo" y un "atropello a la propiedad privada". Su alineamiento con el capital especulativo fue tan obsceno que llegó a proponer la creación de un humillante "Impuesto Kicillof": una tasa destinada a esquilmar al pueblo argentino para pagarle a los fondos buitres una deuda que, hoy lo sabemos, era ilegítima. Como bien señaló el gobernador bonaerense ante la contundencia del fallo: "Es lamentable que el presidente de la Nación haya defendido a los fondos buitres en lugar de defender los intereses del país".

 
La contundencia de la sentencia dictada en Nueva York se traduce en una victoria multidimensional. En el plano fiscal, la Argentina logra un alivio monumental al evitar el desembolso de una cifra astronómica fabricada por la voracidad especuladora. En lo estratégico, el fallo ratifica la legalidad internacional de la expropiación, blindando la soberanía sobre nuestros recursos naturales. Finalmente, en el terreno político, el veredicto desmantela el relato de la "mala praxis" esgrimido por Milei, validando la solvencia técnica y el coraje de una defensa que priorizó el patrimonio nacional por sobre los dictados de los mercados financieros internacionales.


De la redacción de La Opinión Popular
27-03-2026 / 19:03
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