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Sociedad e Interés General - 11-06-2018 / 08:06
EFEMÉRIDES HISTÓRICAS

Riachuelo, la Batalla Naval Más Grande de América

Riachuelo, la Batalla Naval Más Grande de América
El 11 de junio de 1865, en el río frente a la ciudad de Corrientes, Argentina, se libró la batalla naval más grande de América. Fue el más importante combate naval de la Guerra del Paraguay, ocurrida poco después de la invasión paraguaya de Corrientes. En la imagen: Combate Naval do Riachuelo, por Víctor Meirelles, 1872.
El 11 de junio de 1865, en el río frente a la ciudad de Corrientes, Argentina, se libró la batalla naval más grande de América. Fue el más importante combate naval de la Guerra del Paraguay, ocurrida poco después de la invasión paraguaya de Corrientes.
 
Los paraguayos fallaron en la tentativa de tener el poder completo del río Paraná de Asunción a Montevideo. Además, no podrían reemplazar las naves perdidas. Mientras que el Brasil agregaba nuevas unidades a la flota.
 
El objetivo se había alcanzado: impedir las comunicaciones del Paraguay con el Océano Atlántico. La victoria de la Marina de Brasil sobre la escuadra del Paraguay determinó el aislamiento definitivo del Paraguay, imposibilitado desde entonces hasta el fin de la guerra de comunicarse por el río Paraná con ninguna nación que no fuera enemiga.
 
La Opinión Popular

11 de Junio de 1865 
 
RIACHUELO, LA BATALLA NAVAL MÁS GRANDE DE AMÉRICA
 
Escrito por Lizardo Sánchez
 
El 11 de Junio de 1865 se libró la batalla naval más grande de América, en el sitio donde desemboca el curso de agua llamado Riachuelo, situado en la desembocadura del río Paraná, a pocos kilómetros de la ciudad de Corrientes. Esa zona de la provincia de Corrientes estaba en esos momentos en poder de las tropas paraguayas, por lo que tenían el dominio de la costa.
 
Para principios de 1865, Solano López estaba determinado a tomar el dominio del río de Paraná en primer lugar para controlar una futura limpieza entera del Río de la Plata. Si tuviera éxito en acercarse por sorpresa a la flota imperial brasileña en aguas inferiores del río entonces alcanzaría una victoria importante que habilitaría para operaciones de tierra más profundas a futuro.
 
La sorpresa sería esencial. A finales de 1864 la armada del Paraguay consistía de 17 pequeñas embarcaciones de tamaños diversos. Solamente dos de ellas, del Anhambay y la Tacuarí fueron construidos como cañoneras. Durante los años 1860 López estaba esperanzado de obtener nuevos acorazados agregados a su flota. Mantuvo contactos con algunos países europeos para obtener estas naves. Este proyecto, sin embargo, tuvo que ser abandonado por problemas financieros.
 
La flota imperial, en el otro lado, alineaba 45 embarcaciones, 33 vapores y 12 veleros en el inicio de la guerra. La fuerza tenía en la disposición una fuerza humana total de casi 2.400 oficiales y hombres. Las unidades principales eran el tipo hélice Niterói y el barco a hélice con palas traseras Amazonas. La flota, sin embargo, tenía un defecto importante: había sido proyectada para alta mar más que para operaciones de río.
 
El 8 de junio, la flota paraguaya fue concentrada en Asunción para la partida hacia la fortaleza de Humaitá. El Mariscal Francisco Solano López mismo estaba a bordo del Tacuarí. La población de la capital entera estaba presente para atestiguar la partida. Al final de la mañana las naves se fueron hacia la fortaleza.
 
Tan pronto como llegara a Humaitá en la mañana del día siguiente, López comenzó inmediatamente a preparar el ataque contra el escuadrón enemigo colocado próximo a Corrientes, en una anchura llamada Riachuelo, que le daba apoyo a las fuerzas terrestres de la Triple Alianza para expeler a los paraguayos de Corrientes. Recolectó el grueso de la armada paraguaya para golpear las naves brasileñas al amanecer del 11 de junio.
 
El escuadrón consistió en ocho naves, el buque insignia Tacuarí, el Paraguarí recientemente llegado, construido en Inglaterra, el buque de vapor brasileño capturado Marquês de Olinda y el Ygureí, Ybera, Yporá, Jejuí, Salto Oriental y el Pirabebé. Junto con las naves, seis barcazas de fondo plano bajas con un cañón de ocho pulgadas cada uno, conocido como chatas, serían remolcadas para hacer frente al enemigo. El escuadrón ascendió a 36 cañones.
 
El comodoro Pedro Ignacio Meza ordenaría el asalto. Además, las naves paraguayas tendrían el apoyo de una batería de cañones bajo el mando del coronel José Maria Bruguez colocado a lo largo del litoral del río.
 
El escuadrón del Brasil anclado cerca de Corrientes formó al Amazonas (buque insignia) y las naves Jequitinhonha, Belmonte, Parnaíba, Ipiranga, Mearin, Iguatemi, Araguarí y el Beberibé. El poder de fuego total del escuadrón ascendió a 59 cañones.
 
El Almirante Francisco Manuel Barroso estaba en el mando de las naves.
 
Meza debe navegar hacia aguas abajo del Paraná durante el amanecer del 11 de junio para alcanzar al enemigo hacia el amanecer. La sorpresa compensaría el hecho de que las naves paraguayas eran superadas en armamento. A las dos de la mañana la flota dejó Humaitá. A las cinco las chatas ensamblaron las naves. A pesar de ello, un problema en el motor del Iberá retrasó el plan.
 
Solamente a las nueve, en la luz amplia del día, las naves alcanzaron Riachuelo.
 
Después de colocar los chatas cerca de la costa, Meza condujo sus naves directo en el enemigo para separar el escuadrón imperial en dos.
 
Las naves de Barroso fueron ancladas cerca de la confluencia del Paraná y de dos canales estrechos. El ataque, si no una sorpresa entera, sucedió cuando las naves de Barroso fueron alineadas hacia la costa.
 
El escuadrón de Meza pasó sobre las naves enemigas enviando fuego sobre ellas. Cada una de sus embarcaciones elige una nave para empeñar. Pronto el Amazonas estaba bajo fuego del Tacuarí, mientras que el Ipiranga intercambiaba fuego con el Salto.
 
En la batalla los dos escuadrones cambiaron la posición. Meza estaba abajo del escuadrón y cortado por los enemigos de su base en Humaitá. Entonces, el comandante paraguayo adoptó la estrategia de atraer a los enemigos a los canales más bajos donde no podrían maniobrar tan bien como lo hicieron los paraguayos.
 
El Jequitinhonha, la nave más grande de Barroso después del Amazonas, quedó golpeado en un banco de arena. Ello lo hizo un objetivo fácil para la artillería sin piedad de Bruguez. El Belmonte fue pegado varias veces por el fuego de los chatas.
 
El Parnaíba golpeó en la costa y quedó a la deriva. Varias naves paraguayas pronto la rodearon. El Marquês de Olinda subió a la nave brasileña y un combate mortal ocurrió en la cubierta de Parnaíba. En varias ocasiones, los paraguayos intentaron tomar el mando sobre la nave. Solamente con la resistencia férrea de la dotación Parnaíba salvó la nave. Finalmente, un asalto final fue expelido y la nave se deslizó lejos del enemigo.
 
A este punto, las cosas comenzaron a cambiar. A pesar de las dificultades en maniobrar, el poder de fuego superior de las naves de Barroso comenzó a mostrar eficacia. El Jejuí fue hundido por el fuego cercano de naves brasileñas.
 
El Marques de Olinda hizo sus calderas explotar y estaba fuera de acción. El Paraguarí fue pegado por el Amazonas y quedó desamparado.
 
Meza dio órdenes de retirada. A la 1 P.M. el combate había terminado. De las ocho embarcaciones paraguayas, solamente cuatro volvieron a Humaitá. Las otras fueron hundidas, capturada o puestas desamparados en un banco de arena (éste incluyó el Paraguarí, el Jejuí, el Marquês de Olinda y el Salto Oriental). Dos chatas fueron hundidas y las otras cuatro quedaron en manos brasileñas.
 
Unos días más adelante, sin embargo, los paraguayos tuvieron éxito en retirar al Paraguarí, enviando la nave a Asunción para la reparación.
 
Las bajas paraguayas no se saben exactamente. Los supuestos brasileños de 1.000 bajas son probablemente exagerados. Quizá ésta quede en el número entre 300 y 400 (fuentes brasileñas dicen que puede alcanzar 750).
 
Meza murió algunos días más adelante en Humaitá de las heridas que recibió durante la batalla.
 
El escuadrón imperial perdió una nave, el Jequitinhonha mientras que otras dos embarcaciones, el Parnaíba y Belmonte fueron severamente dañadas. El Ipiranga fue dañado ligeramente. Barroso tenía 104 hombres muertos, 123 heridos y 20 perdidos.
 
Los paraguayos fallaron en la tentativa de tener el poder entero del río Paraná de Asunción a Montevideo. Además, no podrían reemplazar las naves perdidas. Mientras que el Brasil agregaba nuevas unidades a la flota.
 
Destacaría el hecho que en el río los ejes de escape y maniobra Este-Oeste se achican por lo mismo y por la cantidad de barcos empleada, la batalla hubo de tener mucho de congestión entre tanto buque y chata dando vuelta a los cañonazos.
 
Otra cuestión fue la pérdida de sorpresa del ataque dado que se averió la Iberá. Ello hizo que el ataque comenzara a las 9 AM cuando estaba proyectado para las 5 AM.
 
Fue una falla en la sorpresa que añadió luz al escenario en perjuicio del plan paraguayo. Al igual que en Tuyuty, la pérdida de la sorpresa hizo trastabillar un buen plan de ataque inicial. (SiberianSky, moderador FDRA).
 
 "...batalla naval más grande de América"... Lo paradójico es que esa acción fue en un río (Mangosta, moderador FDRA).
 
Texto gentileza Juan Carlos Raffo, Luis Daniel de Urquiza y la lista Angeles Arcabuceros
 
En la siguiente página se puede ver el estado actual de los buques Anhambay, Yperá, y Pirabebé, rescatados del río Yaghuý.
 
Gentileza de Lizardo Sánchez
 
http://www.histarmar.com.ar/ArmadasExtranjeras/Paraguay/TrAl-BuquesParag-Anambahy.htm
 
Fuente: Nac & Pop

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16-06-2018 / 19:06
15-06-2018 / 18:06
15-06-2018 / 18:06
En un 16 de junio como hoy, pero del año 1955, un jueves al mediodía, mucha gente estaba concentrada en la Plaza de Mayo en Buenos Aires, porque se haría un desagravio a la bandera nacional, el cual consistiría en vuelo de aviones para derramar flores sobre la Catedral. Pero cayeron bombas.
 
Se producía el Bombardeo a Plaza de Mayo. Esa mañana, una parte de las fuerzas armadas, coordinados por el almirante Samuel Toranzo Calderón y comandados por el capitán de navío Enrique Noriega, sublevadas contra el gobierno constitucional, utilizó armas destinadas a la defensa del pueblo y de la Nación contra el mismo pueblo. Como siempre, la misma víctima y también el mismo agresor: la oligarquía.
 
El objetivo del bombardeo fue asesinar a Juan Perón y derrocar el gobierno popular, instalar el terror y disciplinar al pueblo, pero lo real es que ese día sangre de inocentes fue derramada. Una escuadra de treinta aviones de la Marina de Guerra argentina, que había estado sobrevolando la ciudad, inició sus bombardeos y ametrallamientos al área de la Plaza de Mayo. La primera bomba cayó sobre un trolebús repleto de niños, muriendo todos sus ocupantes.
 
Al enterarse de que la Casa Rosada estaba bajo ataque, miles de obreros se movilizaron para respaldar a Perón, pero fueron agredidos al llegar por una segunda ola de bombardeos. Los militares antiperonistas mataron, hirieron o mutilaron a más de dos mil civiles. Pero, al no estar Perón entre todos esos cadáveres y sin haber podido completar el propósito del golpe, los atacantes escaparon cobardemente al Uruguay buscando asilo político.
 
Sorprendentemente, la reacción de Perón fue moderada: no fusiló a nadie, proclamó la conciliación y tendió la mano a la oposición, que pudo expresarse públicamente. Le respondieron meses después, el 16 de septiembre de 1955, con un golpe de Estado oligárquico, duro y revanchista.
 
El triunfo de la "Revolución Libertadora" hizo que este crimen quedara impune. Fue la masacre más grande de la historia argentina y no hay duda que se trató de un crimen de lesa humanidad, ya que se lanzó un ataque generalizado y sistemático con total intencionalidad contra una población civil desprotegida.
 
El infame bombardeo fue el huevo de la serpiente, la antesala del terrorismo de Estado en nuestro país, inauguró la violencia política contra el Pueblo, para sembrar el terror, a través de la matanza indiscriminada de inocentes, que permitiera la entrega del patrimonio nacional y el avasallamiento de los derechos sociales.
 
Escribe: Blas García

14-06-2018 / 19:06
13-06-2018 / 20:06
El 14 de junio de 1986, en Ginebra, Suiza, moría Jorge Luis Borges (86 años). Fue un escritor argentino, uno de los autores más destacados de la literatura del siglo XX. Publicó ensayos breves, cuentos y poemas. Su obra, fundamental en la literatura y el pensamiento universal, además de objeto de minuciosos análisis y múltiples interpretaciones, trasciende cualquier clasificación y excluye todo tipo de dogmatismo.
 
Es considerado uno de los eruditos más reconocidos del siglo XX. Ontologías fantásticas, genealogías sincrónicas, gramáticas utópicas, geografías novelescas, múltiples historias universales, bestiarios lógicos, éticas narrativas, matemáticas imaginarias, dramas teológicos, invenciones geométricas y recuerdos inventados son parte del inmenso paisaje que las obras de Borges ofrecen tanto a los estudiosos como al lector casual.
 
Y sobre todas las cosas, la filosofía, concebida como perplejidad, el pensamiento como conjetura, y la poesía, la forma suprema de la racionalidad. Siendo un literato puro pero, paradójicamente, preferido por los semióticos, matemáticos, filólogos, filósofos y mitólogos, Borges ofrece -a través de la perfección de su lenguaje, de sus conocimientos, del universalismo de sus ideas, de la originalidad de sus ficciones y de la belleza de su poesía- una obra que hace honor a la lengua española y la mente universal.
 
Galardonado con numerosos premios, Borges fue un personaje políticamente polémico, con posturas antipopulares y simpatías por regímenes autoritarios que se estima fueron un obstáculo para que ganara el Premio Nobel de Literatura al que fue candidato durante casi treinta años.
 
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