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Nacionales - 30-06-2014 / 19:06
NINGUNEA EL 40 ANIVERSARIO DE LA MUERTE DEL FUNDADOR DEL PERONISMO

Cristina Fernández confirma que no lo quiere a Perón

Cristina Fernández confirma que no lo quiere a Perón
Cristina Kirchner se siente mucho más cómoda con la figura de Evita que con la de Juan Domingo Perón, el fundador del movimiento que la depositó en la Casa Rosada.
 
Definitivamente, Cristina Kirchner se siente mucho más cómoda con la figura de Evita que con la de Juan Domingo Perón, el fundador del movimiento que la depositó en la Casa Rosada, a quién todavía no le han levantado la módica estatua prevista por ley a un costado de la sede del gobierno nacional. ¿A qué se debe? A que Cristina no da su visto bueno, según los promotores de ese monumento.
 
Por ejemplo, trascendió que mañana, martes, a las 10 la Presidenta encabezará un acto en la Casa Rosada para recordar los cuarenta años de la muerte de Perón en un homenaje titulado, pudorosamente, "A los líderes populares latinoamericanos del siglo XX".
 
En cambio, dos años atrás, cuando se cumplieron 60 años del "paso a la inmortalidad" de Evita, el kirchnerismo preparó toda una ristra de eventos a lo largo y ancho del país, que incluyó un discurso de Cristina en José C. Paz, donde aseguró que Evita "ha vuelto también en la dignidad de una patria que ha dejado de ser colonia".
 
Cristina Kirchner se ubica así, al menos simbólicamente, en el sector del peronismo al que se podría llamar la "izquierda peronista" que reivindica la figura de Evita como una líder revolucionaria, enemiga mortal, irreconciliable, de la oligarquía criolla y el imperialismo yanqui. Por el contrario, a Perón lo ven un líder conservador, pragmático, poco confiable.

 
En todo caso, Cristina y el kirchnerismo puro reivindican los dos primeros gobiernos de Perón, entre 1946 y 1955, cuya sustancia se podría resumir en dos frases: "Para un peronista no hay nada mejor que otro peronista", y "Cuando uno de los nuestros caiga, caerán cinco de los de ellos".
 
Pero, les fastidia el Perón del retorno de su largo exilio, en 1973, el del abrazo con el radical Ricardo Balbín, el que reivindicaba el pacto social en lugar de la lucha de clases, y la evolución por encima de la revolución; un Perón que se podría resumir en su nueva frase: "Para un argentino no hay nada mejor que otro argentino".
 
Un peronista de la primera hora, el ex gobernador y ex senador Antonio Cafiero, ahora gravemente enfermo, solía contar en privado una anécdota sobre la poca estima de Cristina hacia Perón. "Para ese viejo, yo no pongo un peso", le habría dicho la Presidenta cuando Cafiero le contó la idea de él y de otros peronistas históricos de hacer una colecta pública para pagar una estatua de Perón y colocarla en un terreno ubicado al costado de la Casa Rosada.
 
Cafiero es un caballero y no repite esa anécdota en público, pero se la ha contado a varios compañeros de la vieja guardia, como a Osvaldo Agosto, el jefe de Prensa de José Ignacio Rucci, el ex secretario general de la CGT asesinado en 1973 por un grupo montonero.
 
Y también a Gerónimo "Momo" Venegas, secretario general del gremio de los trabajadores rurales y de las 62 Organizaciones Peronistas, que se animó a organizar un acto para recordar a Perón mañana a las 18,30 horas en la sede porteña de Avenida Independencia 3060.
 
Por Ceferino Reato. Editor ejecutivo de la revista Fortuna, su último libro es ¡Viva la sangre!
 
Fuente: Perfil
 

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El naufragio de la ley de propiedad privada dejó al descubierto la incompetencia política oficialista, las internas feroces en la Casa Rosada y un estruendoso choque contra el límite de sus propios aliados, en medio de una profunda crisis económica y un acelerado desencanto de la sociedad y de sus propios votantes. Un escenario agravado luego de que la cuestión Malvinas alrededor de la selección de fútbol generara un clima nacionalista que colisionó de frente contra el cipayismo libertario y expuso su escaso arraigo popular.
 
El bochornoso traspié de la Ley de Inviolabilidad de la Propiedad Privada en el Senado representa el síntoma terminal de un oficialismo cegado por el dogmatismo y desprovisto de oficio político. Lo que el Ejecutivo pretendía vender como un triunfo terminó convertido en un cascarón vaciado: acorralada por la falta de apoyo de los bloques dialoguistas, la Casa Rosada debió capitular y retirar apresuradamente los capítulos centrales de extranjerización de tierras y la flexibilización de la Ley de Manejo del Fuego. El dictamen final fue aprobado desflecado y reducido a menos de un tercio de sus ambiciones originales, dejando al desnudo que las mayorías parlamentarias no se edifican con bravuconadas de redes sociales ni con intervenciones torpes como las del senador Joaquín Benegas Lynch, cuyos insultos a los senadores aliados terminaron de dinamitar los puentes de negociación.
 
Fiel a su matriz refractaria a la autocrítica, la reacción de la conducción libertaria ante semejante derrumbe consistió en desatar una inmediata cacería interna de chivos expiatorios. En lugar de asumir los errores de cálculo de la gestión, la Casa Rosada liderada por Javier y Karina Milei optó por aislar y "freezar" al ministro de Desregulación, Federico Sturzenegger, amagando con congelar el resto de sus proyectos en carpeta tras convertirlo en un yunque político. Al mismo tiempo, el enojo oficialista apuntó directamente contra Patricia Bullrich, a quien responsabilizan por fallar en la contabilidad de los votos y perder el control de la sesión. Este pase de facturas expone un gabinete frágil y fracturado, donde los propios arquitectos del programa gubernamental son arrojados a los leones ante la primera turbulencia institucional.
 
 
En última instancia, la mutilación de este proyecto emblemático expone el techo del modelo libertario: una administración que chocó de frente contra el límite de sus aliados e incapaz de sostener consensos duraderos. La incapacidad para articular mayorías y la constante tendencia a refugiarse en la intransigencia demuestran que el dogmatismo autoritario se vuelve impotente ante la dinámica republicana. Con Sturzenegger desautorizado y Bullrich golpeada políticamente, el gobierno ingresa en una peligrosa fase de insularidad y parálisis parlamentaria, donde la falta de muñeca política condena al oficialismo a multiplicar derrotas mientras la gestión cotidiana se consume entre internas feroces e improvisación.
 
De la redacción de La Opinión Popular

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