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Por Natalio R. Botana. Historiador y politólogo
“Parece que el Presidente Mauricio Macri y su gobierno de ricos continúa la senda del gobierno anterior en lo que hace a favorecer sus negocios personales y enriquecerse a costa del Estado”. Victoria Donda
Por Julio Bárbaro, referente histórico del peronismo - 31-01-2016 / 09:01

El ocaso kirchnerista: del poder absoluto al izquierdismo universitario

El ocaso kirchnerista: del poder absoluto al izquierdismo universitario
Tanto los gobernadores como los intendentes del PJ -que se reúnen por separado- lo hacen sin siquiera invitar a la conducción que los llevó a la derrota, sin que se les pase por la cabeza consultar a nadie para dialogar con el Gobierno o para convocar a sus encuentros.
Los derrotados -esos que se imaginaban quedarse en el poder para siempre- sueñan con que los errores del Gobierno les devuelvan un lugar en el futuro. No toman conciencia de que pasó el tiempo del resentimiento, y que Macri puede acertar o equivocarse, pero eso no implica ningún riesgo de retorno a los fomentados odios de ayer.
 
El partido derrotado no expresa a la minoría, es el pasado. La derrota suele llevar a la dispersión y entonces, la vigencia de cada una de las partes vuelve imposible recordar aquella soberbia que ostentaba el partido cuando se creía a sí mismo como un todo coherente e indestructible.
 
El kirchnerismo terminó siendo un simple recuerdo cuyos representantes se imaginan responsables de un peronismo que ni siquiera los considera. Tanto los gobernadores como los intendentes -que se reúnen por separado- lo hacen sin siquiera invitar a la conducción que los llevó a la derrota, sin que se les pase por la cabeza consultar a nadie para dialogar con el Gobierno o para convocar a sus encuentros.
 
La conducción que hasta ayer ejerció el poder fue tan olvidada como los interminables discursos que utilizaba para imponerlo. Cuando la autoridad nace solo del cargo, dura el mismo tiempo que el poder que la sustenta.
 
Y peor aún, cuando la autoridad se convierte en autoritarismo y se impone sin siquiera escuchar a sus obligados seguidores, engendra una relación con ellos más proclive a la liberación y al olvido que a la lealtad al supuesto conductor.
 
El Gobierno tiene más gerencia que política, pero sus errores no nos llevan a añorar el fanatismo derrotado, aquel dogmatismo de discurso interminable y seguidores apasionados forma parte de la eterna estructura de los partidos de izquierda, esos que crecen en agresividad en la misma proporción que se achican en votos.
 
El kirchnerismo terminó siendo una rara mezcla entre viejas izquierdas y gobernadores feudales que aportaban la clientela electoral de los necesitados. Ahora la gran mayoría de los gobernadores se encolumna detrás del gobierno de turno, costumbre que nunca dejaron de ejercitar.
 
Los que ayer se imaginaban invencibles ocupan hoy el lugar de los partidos de izquierda universitaria que tardan en comprender que al cortar las calles están espantando a sus mismos votantes.

 
El ocaso kirchnerista: del poder absoluto al izquierdismo universitario
 
En las últimas elecciones cambió el Gobierno y, más allá de este hecho esencial a la democracia, cambiamos de etapa, dimos vuelta una página; es otra la lógica que la sociedad eligió para construir el futuro.
 
Emil Cioran decía que hay dos tipos de naciones: las que están seguras de su destino y otras que viven dudando de cuál es su lugar. No tengo a mano el escrito, pero recuerdo la marca que me dejó su reflexión y a veces pienso que en cada nueva gestión pareciera que estamos intentando volver a debatir nuestro lugar en el mundo.
 
Al elegir otro gobierno decidimos otra forma de relacionarnos; si ayer desde el poder se intentaba forjar una identidad a partir de la definición de un enemigo, hoy ingresamos a un mundo donde la idea fundamental es la revalorización del diálogo.
 
No sé si quienes gobiernan tienen plena conciencia de que el mandato pacificador es más fuerte que la misma personalidad de los candidatos votados, solo queda claro que el cambio es muy profundo y son pocos los que todavía no se dieron por enterados.
 
Algunos de los derrotados -de esos que se imaginaban quedarse en el poder para siempre- sueñan con que los errores del Gobierno les devuelvan un lugar en el futuro.
 
No toman conciencia de que pasó el tiempo del resentimiento y se inició el camino del adversario, y que Macri puede acertar o equivocarse, pero eso no implica ningún riesgo de retorno a los fomentados odios de ayer.
 
El partido derrotado no expresa a la minoría, es el pasado. La derrota suele llevar a la dispersión y entonces, la vigencia de cada una de las partes vuelve imposible recordar aquella soberbia que ostentaba el partido cuando se creía a sí mismo como un todo coherente e indestructible.
 
El kirchnerismo terminó siendo un simple recuerdo cuyos representantes se imaginan responsables de un peronismo que ni siquiera los considera.
 
Tanto los gobernadores como los intendentes -que se reúnen por separado- lo hacen sin siquiera invitar a la conducción que los llevó a la derrota, sin que se les pase por la cabeza consultar a nadie para dialogar con el Gobierno o para convocar a sus encuentros.
 
La conducción que hasta ayer ejerció el poder fue tan olvidada como los interminables discursos que utilizaba para imponerlo. Cuando la autoridad nace solo del cargo, dura el mismo tiempo que el poder que la sustenta.
 
Y peor aún, cuando la autoridad se convierte en autoritarismo y se impone sin siquiera escuchar a sus obligados seguidores, engendra una relación con ellos más proclive a la liberación y al olvido que a la lealtad al supuesto conductor.
 
El kirchnerismo fue una enfermedad del poder que, para la alegría de las mayorías, duró solo el tiempo en que ocuparon el mismo.
 
Tuvimos suerte, las diferencias de votos fueron escasas, se ganó por poco, pero esa diferencia fue enorme en las consecuencias: el derrotado no ocupa el lugar de la minoría, termina formando parte de una pesadilla que merece el olvido.
 
Los votos no reflejan la transformación que se dio en el seno de la sociedad, difícil de mensurar, y el triunfo de Scioli hoy nos resulta imposible de imaginar.
 
El de ayer era un mundo asentado en el conflicto y ahora vivimos una sociedad donde el respeto al adversario se convierte en la única fuente de prestigio. Las encuestas que tantas ilusiones pagas engendraron en el presente muestran que quien apoya el proceso crece y quien reivindica el pasado termina arrastrado a acompañar el ayer en el olvido.
 
El Gobierno tiene más gerencia que política, pero sus errores no nos llevan a añorar el fanatismo derrotado, aquel dogmatismo de discurso interminable y seguidores apasionados forma parte de la eterna estructura de los partidos de izquierda, esos que crecen en agresividad en la misma proporción que se achican en votos.
 
Hay un peronismo que triunfa en Córdoba, donde el kirchnerismo pierde aplastado por el setenta por ciento, demasiado contundente como para no entender el mensaje.
 
El kirchnerismo terminó siendo una rara mezcla entre viejas izquierdas y gobernadores feudales que aportaban la clientela electoral de los necesitados. Ahora la gran mayoría de los gobernadores se encolumna detrás del gobierno de turno, costumbre que nunca dejaron de ejercitar.
 
Los fanáticos observan aterrados la deserción de los oportunistas, de los que se amoldan al poder de turno, de esos que por desgracia desde hace tiempo ocupan el lugar de la verdadera mayoría en nuestra dirigencia política.
 
Claro que entre los cultores del odio supuestamente revolucionario y los acomodaticios de siempre, los oportunistas terminan siendo más numerosos y más despreciables, pero en el fondo, también menos dañinos.
 
Entramos a transitar la sociedad que el abrazo de Perón con Balbín intentara sellar para siempre. Los fanáticos enfermos de violencia impidieron consolidar aquel encuentro, hoy vivimos otra oportunidad de renovarlo.
 
Hay una sociedad comprometida con la discusión de ideas, una participación enorme que le da audiencia a la innumerable gama de programas políticos.
 
Los que ayer se imaginaban invencibles ocupan hoy el lugar de los partidos de izquierda universitaria que tardan en comprender que al cortar las calles están espantando a sus mismos votantes.
 
La pasión de la cordura se está imponiendo para siempre a la exasperante pasión de la demencia. Ese es el mejor camino para construir una democracia definitiva.
 
Por: Julio Bárbaro
 
Fuente: Infobae
 

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