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Internacionales - 11-09-2011 / 11:09
Una mirada al pasado, diez años después del 11-S. De qué manera el asesinato de Bin Laden es otro ejemplo de que la seguridad no es la prioridad fundamental para la acción del Estado.

11-S: El día que el mundo cambió

11-S: El día que el mundo cambió
Atentado a las Torres Gemelas. Desde el 11S a la fecha, la década fue terrible. ¿Hay ganadores? Todavía no aparecen. USA mató a Osama bin Laden pero el costo que pagó es extraordinario, dentro y fuera de su territorio: desde pérdida de credibilidad global hasta la pérdida de libertades individuales para sus ciudadanos, sin mencionar US$ 4 billones aplicados en Afganistán y la inútil guerra en Irak, sin haber logrado instalar la democracia en ambos territorios.
Nos estamos acercando al décimo aniversario de las horrendas atrocidades del 11 de setiembre de 2001, el día en que cambió el mundo. El 1° de mayo, el supuesto ideólogo del crimen, Osama Bin Laden, era asesinado en Pakistán a manos de un comando de elite, los SEALs de la armada estadounidense, luego de que se lo capturara desarmado y sin defensa en la "Operación Gerónimo".
 
Numerosos analistas observaron que, aunque Bin Laden fue finalmente aniquilado, obtuvo algunos triunfos en su guerra contra Estados Unidos. "Repetía que la única forma de sacar a Estados Unidos del mundo musulmán y derrotar a sus sátrapas, era encolumnándolo en una serie de guerras pequeñas, pero costosas, que finalmente lo llevarían a la bancarrota", escribe Eric Margolis. "Haciendo sangrar a Estados Unidos", resumía el propio Bin Laden.
 
Estados Unidos, primero bajo la presidencia de George W. Bush y luego con Barack Obama, salió apresuradamente a su caza. El legado más pernicioso del hombre que se creía capaz de vencer a Estados Unidos, tal vez, sean los despliegues y desembolsos rimbombantes, así como grotescos y la adicción a la deuda, particularmente cuando la derecha la explota cínicamente -con la connivencia del establishment demócrata- para desterrar los restantes programas sociales, la educación pública, los sindicatos y, en general, las barreras que llevan a una tiranía de las corporaciones.
 
Por Noam Chomsky

 
Era evidente que Washington se había inclinado a satisfacer todos los deseos fervientes de Bin Laden. En mi libro 11/9, escrito poco después de que ocurrieran los ataques, cualquiera con cierto conocimiento de la región podía reconocer "que una incursión masiva contra la población musulmana sería la respuesta a las plegarias de Bin Laden y sus socios, y llevaría a Estados Unidos y sus aliados a 'una trampa diabólica', como dijo el ministro de Asuntos Exteriores de Francia".
 
El analista de trayectoria de la CIA responsable de seguirle la huella a Osama Bin Laden desde 1996, Michael Scheuer, escribió, pocos días más tarde, que "Bin Laden ha sido bien preciso al decirle a Estados Unidos por qué conduce una guerra contra nosotros.
 
Se largó a alterar drásticamente las políticas estadounidenses y occidentales con respecto al mundo islámico" y lo ha logrado: "Las fuerzas y políticas estadounidenses se han tratado de contentar con triunfos sustanciales, pero incompletos desde principios de los noventa. Como resultado, creo que es justo concluir que Estados Unidos sigue siendo el único aliado indispensable de Osama Bin Laden". Y podría decirse que aún lo sigue siendo, incluso después de la muerte de su rival.
 
 
EL PRIMER 11/9
 
¿Había una alternativa? Hay muchas posibilidades de que el movimiento Jihad, en su mayor parte crítico de Bin Laden, se haya atomizado luego del 11-S. El "crimen contra la humanidad", como fue correctamente denominado, podría haber sido encarado como un crimen con una operación internacional para capturar a sus supuestos sospechosos. Aunque se la reconoció en su momento, ni siquiera se consideró esa idea.
 
En 11/9, cité la conclusión de Robert Fisk de que el "horrendo crimen" del 11-S fue cometido con "perversidad y asombrosa crueldad", una descripción exacta. Es útil tener en cuenta que los crímenes podrían haber sido aún peores. Imagine, por ejemplo, que el ataque iba tan lejos como para bombardear la Casa Blanca, matar al presidente, imponer una brutal dictadura militar que mata a miles y tortura a decenas de miles, mientras se establece un centro internacional de terrorismo que ayuda a imponer Estados torturadores y terroristas en cualquier lado.
 
Y, al mismo tiempo, se lanza una campaña internacional de asesinatos; como estímulo extra, se introduce un equipo de especialistas -por decir un nombre: los "Kandahar boys"- que rápidamente sumergen la economía en una de las peores depresiones de su historia. Eso, sin duda, podría haber sido mucho peor que el 11-S.
 
Desafortunadamente, no es sólo un experimento imaginario. Sucedió. La única inexactitud en esa breve enumeración es que los números deberían multiplicarse por 25 para producir los equivalentes per capita, la medida apropiada. Me estoy refiriendo, claro, a lo que en América Latina se denominó "el primer 11/9": 11 de setiembre de 1973, cuando Estados Unidos venció en sus esfuerzos intensivos para derrocar al gobierno democrático de Salvador Allende en Chile, mediante un golpe militar que colocó en el poder al brutal régimen del general Augusto Pinochet.
 
La meta, según palabras del ex presidente Richard Nixon, era matar el "virus" que podría "hacer que los extranjeros nos cojan"; es decir, que se hagan dueños de sus propios recursos y persigan una intolerable política de desarrollo independiente. Por lo bajo, yacía la conclusión de que si Estados Unidos no podía controlar América Latina, el Consejo de Seguridad Nacional no podría esperar "obtener un orden exitoso en cualquier otro lugar del mundo".
 
El primer 11-S, a diferencia del segundo, no cambió el mundo. Fue algo que "no tuvo grandes consecuencias", tal como aseguró Henry Kissinger, su jefe, unos pocos días más tarde. Estos hechos de poca trascendencia no estuvieron limitados al golpe militar que destruyó la democracia chilena y fue sólo un acto más del drama que había comenzado en 1962, cuando John F. Kennedy cambió la misión de las fuerzas militares latinoamericanas de "defensa hemisférica" -un resabio anacrónico de la Segunda Guerra Mundial- a "seguridad nacional", un concepto con una interpretación escalofriante en los círculos latinoamericanos dominados por Estados Unidos.
 
En Historia de la Guerra Fría, publicado recientemente por Cambridge University, el erudito John Coatsworth escribe que desde esa época hasta "el colapso soviético de 1990, la cantidad de prisioneros políticos, de víctimas de tortura y de ejecuciones de disidentes políticos no violentos en América Latina excedió ampliamente los números de la Unión Soviética y sus países satélite del Este europeo", incluyendo muchos mártires religiosos y masacres, siempre apoyadas o incitadas desde Washington.
 
El último ataque importante fue el brutal asesinato de seis intelectuales latinoamericanos, curas jesuitas ellos, pocos días antes de la caída del Muro de Berlín. Los perpetradores fueron oficiales de elite de un batallón salvadoreño que ya había dejado una espeluznante huella de sangre y que recibía entrenamiento en la Escuela de Entrenamiento Especial JFK y órdenes directas del alto comando de Estados Unidos. Las consecuencias de esta peste hemisférica, por supuesto, todavía resuenan.
 
 
DEL SECUESTRO Y TORTURA AL ASESINATO
 
Todas estas cosas -y muchas otras similares- son descalificadas como de pocas consecuencias, y luego se las olvida. Aquéllos cuya misión es gobernar el mundo disfrutan de un cuadro más reconfortante, bien articulado en el problema actual de la prestigiosa (y valiosa) publicación de asuntos exteriores del Royal Institute de Londres. Su artículo principal discute "el orden internacional del futuro" para la "segunda parte del siglo veinte", marcada por "la universalización de la visión norteamericana de prosperidad comercial". Hay algo en esa versión, pero no transmite la percepción de aquéllos que están en el lado equivocado de las armas.
 
Lo mismo es cierto respecto del asesinato de Bin Laden, que marca el final de, al menos, un tramo de la "guerra contra el terror" declarada por el presidente George W. Bush en el segundo 11-S. Dediquémonos a pensar un poco en ese hecho y su significado.
 
El 1° de mayo de 2011, una misión sorpresiva de 79 SEALs de la Armada, que habían entrado a Pakistán en helicóptero, asesinó a Bin Laden en su mansión, prácticamente desprotegida. Después de que el gobierno y los retraídos informes oficiales dieran algunas historias escabrosas, quedó cada vez más claro que la operación fue un asesinato planeado y, peor aún, contravenía las normas elementales de la ley internacional, comenzando por la invasión en sí misma.
 
Parece que no hubo ningún intento de capturar a la víctima, como podrían haber hecho los 79 comandos que no encontraron resistencia, excepto, informan, de su esposa, también sin armas, a quien mataron en defensa propia cuando "se les abalanzó", de acuerdo con la Casa Blanca. Una reconstrucción plausible de los hechos nos la ofrece Yochi Dreazen, corresponsal de Oriente Medio, y sus colegas de The Atlantic. Dreazen, ex corresponsal militar del Wall Street Journal, es el principal corresponsal del National Journal Group, donde cubre asuntos militares y de seguridad nacional.
 
Según su investigación, los planes de la Casa Blanca no habrían tenido en cuenta la opción de capturar a Bin Laden vivo: "A los militares del Comando de Operaciones Especiales Conjuntas el gobierno les había dejado bien en claro que quería a Bin Laden muerto, según declaró un alto funcionario estadounidense con conocimiento de las discusiones. Un funcionario militar de alto rango que conocía los pormenores del asalto dijo que los SEALs sabían que su misión no era llevárselo vivo".
 
Los autores agregan: "Para muchos del Pentágono y la Agencia Central de Inteligencia, que habían pasado casi una década buscando a Bin Laden, matar al militante era un acto de venganza necesario y justificado". Además, "capturar a Bin Laden vivo también habría significado una serie de desafíos legales y políticos irritantes para el gobierno". Entonces, mejor asesinarlo, hundir su cuerpo en el mar sin autopsia, esencial luego de una asesinato, un acto que predeciblemente provocaría tanta ira como escepticismo en buena parte del mundo musulmán.
 
Como señalan las averiguaciones de The Atlantic, "la decisión declarada de matar a Bin Laden fue la ilustración más clara hasta la fecha de un aspecto poco señalado de la política antiterrorista de Obama. El gobierno de Bush capturó a miles de combatientes sospechosos y los envió a campos de detención en Afganistán, Irak y Guantánamo. La política de Obama, en cambio, se ha centrado en eliminar a los terroristas individualmente más que en tratar de capturarlos vivos". Es una diferencia significativa entre Bush y Obama.
 
Los autores citan al ex canciller de Alemania Occidental Helmut Schmidt, "quien dijo a la televisión alemana que el asalto fue 'una clara violación del derecho internacional' y que Bin Laden debería haber sido detenido y llevado a juicio" y luego contrastan esa visión con la del fiscal general de EE. UU. Eric Holder, quien "respaldó la decisión de matar a Bin Laden aunque no supusiera una amenaza inmediata para los Navy SEALs" y defendió ante el Congreso que el asalto había sido "legal, legítimo y apropiado  como quiera que se viera".
 
La eliminación del cadáver sin hacerle una autopsia fue otro punto criticado por los aliados. Geoffrey Robertson, un abogado británico muy respetado que apoyó la intervención y se opuso a la ejecución en gran parte por cuestiones pragmáticas, describió sin embargo el argumento de Obama de que "se había hecho justicia" como una aseveración "absurda" que debería haber sido obvia para un antiguo profesor de derecho constitucional.
 
La ley de Pakistán "requiere que se realice una investigación judicial luego de una muerte violenta, mientras que la ley internacional de derechos humanos insiste en que el 'derecho a la vida' exige una investigación dondequiera que suceda una muerte violenta a manos del gobierno o la policía. Por lo tanto, EE.UU. tiene el deber de realizar una investigación que satisfaga al mundo sobre las verdaderas circunstancias del homicidio."
 
Útilmente, Robertson nos recuerda que "no siempre fue así. Cuando llegó el momento de considerar el destino de hombres mucho más malvados que Bin Laden -por ejemplo, los líderes nazis-, el gobierno británico los quería ahorcados seis horas después de su captura.
 
El presidente Truman se opuso, citando el dictamen del juez Robert Jackson, según el cual la ejecución sumaria 'no le caería bien a la conciencia estadounidense ni nuestros hijos nos recordarían con orgullo... el único camino entonces es determinar la inocencia o culpa del acusado luego de una audiencia tan desapasionada como sea posible y bajo registro, de forma tal que nuestras razones y motivos queden bien claros'"
 
Eric Margolis comenta que "Washington nunca hizo públicas las evidencias de su acusación de que Bin Laden se encontraba detrás de los ataques del 11-S", presumiblemente una razón de por qué "las encuestas muestran que un tercio de los estadounidenses cree que el gobierno estadounidense y/o Israel estuvieron detrás del 11-S", mientras que en el mundo musulmán el escepticismo es muchísimo mayor. "Un juicio público en Estados Unidos o en La Haya habría forzado a exponer esos reclamos a la luz de la actualidad", continúa ilustrando una razón práctica por la que el gobierno debería haber seguido la ley.
 
En sociedades que profesan un cierto respeto por la ley, a los sospechosos se los detiene y se los conduce a un juicio justo. Subrayo la palabra "sospechosos". En junio de 2002, el jefe del FBI, Robert Mueller, en lo que el Washington Post describió como "entre sus comentarios públicos más detallados sobre el origen del ataque", sólo pudo decir que "los investigadores creen en la idea de que los ataques del 11 de setiembre del World Trade Center y del Pentágono provinieron de los líderes de Al Qaeda en Afganistán; luego el plan se desarrolló en Alemania y el financiamiento vino a través de los Emiratos Árabes Unidos desde fuentes en Afganistán".
 
Lo que el FBI creía y pensaba en junio de 2002 no lo sabía ocho meses antes, cuando Washington rechazó ofertas tentativas de los talibanes (no sabemos a ciencia cierta lo serias que eran) para permitir un juicio a Bin Laden si les presentaban pruebas. Por lo tanto, no es cierto lo que el presidente Obama declaró en su discurso en la Casa Blanca luego de la muerte de Bin Laden: "Nos dimos cuenta enseguida de que los ataques del 11-S los había llevado a cabo Al Qaeda".
 
Nunca ha habido razones para dudar de lo que creía el FBI a mediados de 2002, pero eso nos deja lejos de la prueba de culpabilidad exigida en las sociedades civilizadas. Y cualquiera sea la prueba, no justifica la ejecución de un sospechoso que podría, según parece, haber sido fácilmente arrestado y llevado a juicio. Lo mismo se puede decir de las pruebas presentadas desde entonces.
 
Así, la comisión del 11-S proporcionó una serie de pruebas circunstanciales del rol de Bin Laden en el 11-S, basadas principalmente en lo que habían declarado los prisioneros torturados en Guantánamo. Resulta dudoso que ese material pueda ser presentado en una corte independiente, teniendo en cuenta la forma en que se obtuvieron las confesiones.
 
Pero, de cualquier modo, las conclusiones de una investigación autorizada por el Congreso, por muy convincente que a uno le parezcan, definitivamente no satisfacen a una corte creíble, que es la única manera de cambiar la categoría del acusado de sospechoso a culpable.
 
Mucho se ha hablado de la "confesión" de Bin Laden, pero fue una jactancia, no una confesión, con la misma credibilidad que mi "confesión" de que gané el maratón de Boston. La jactancia nos dice mucho sobre su carácter, pero nada sobre su responsabilidad por la que calificó como una gran meta cumplida de la que quería llevarse los laureles. De nuevo, todo esto en un nivel independiente del juicio que uno tenga sobre su responsabilidad, que parecía clara inmediatamente -inclusive antes de la investigación del FBI- y lo sigue siendo.
 
 
CRÍMENES DE AGRESIÓN
 
Vale la pena agregar que la responsabilidad de Bin Laden fue reconocida en gran parte del mundo musulmán y condenada. Un ejemplo significativo es el distinguido clérigo libanés Sheikh Fadlallah, muy respetado por los grupos de Hezbollah y Shia, incluso fuera de Líbano. Habían intentado matarlo algunas veces. Lo habían hecho blanco de un asesinato: con un camión bomba afuera de una mezquita, una operación organizada por la CIA en 1985. Escapó, pero fallecieron 80, en su mayoría mujeres y niñas cuando salían de la mezquita, uno de esos innumerables crímenes que no entran en los anales del terrorismo por la falacia de la "agencia equivocada". Sheikh Fadlallah condenó rotundamente los ataques del 11-S.
 
Uno de los mejores conocedores del movimiento de la Jihad, Fawaz Gerges, señala que el grupo se podría haber dispersado en ese entonces si EE.UU. hubiera aprovechado la oportunidad de no movilizar sus elementos, lo que no ocurrió particularmente debido al ataque de Irak. Una bendición para Bin Laden, que derivó en un rápido incremento del terror, como las agencias de inteligencia habían anticipado.
 
En las audiencias de Chilcot que investigaban el trasfondo de la guerra, por ejemplo, el ex director del MI5 testificó que, tanto la inteligencia británica como la estadounidense, sabían que Saddam no significaba una amenaza seria, que la invasión iba a incrementar el terror y que las invasiones de Irak y Afganistán habían radicalizado a partes de una generación de musulmanes que veían las acciones militares como "un ataque al Islam". Como suele ser el caso, la seguridad no era una prioridad relevante para el accionar del Estado.
 
Podría ser instructivo preguntarnos cómo reaccionaríamos si los comandos iraquíes hubieran aterrizado en la residencia de George W. Bush, lo hubieran asesinado y arrojado su cuerpo al Atlántico (luego de los apropiados ritos funerarios, por supuesto). No hay duda de que no era un "sospechoso" sino "el que había dado la orden" de invadir Irak, de cometer el "supremo crimen internacional, diferente a otros crímenes de guerra, que contiene en sí mismo todo el mal acumulado del conjunto", por el cual fueron colgados los criminales nazis: cientos de muertes, millones de refugiados, destrucción de gran parte del país y el brutal conflicto sectario que ahora se ha expandido al resto de la región. Sin duda, estos crímenes exceden considerablemente toda la responsabilidad que se le haya atribuido a Bin Laden.
 
Decir que todo esto no es controversial -como lo es-; no implica que no se lo niegue. La existencia de personas que creen que la Tierra es plana no cambia el hecho de que, sin duda, la Tierra no sea plana. Similarmente, no hay duda de que Stalin y Hitler fueron responsables de crímenes horrendos, aunque los fieles lo nieguen. Todo esto, de nuevo, debería ser demasiado obvio para comentarlo, excepto en una atmósfera de histeria tan extrema que bloquee el pensamiento racional.
 
Igualmente, no hay duda de que Bush y sus asociados cometieron el "crimen internacional supremo", el crimen de agresión. Ese crimen fue definido claramente por el juez Robert Jackson, jefe del Consejo de Estados Unidos en Nuremberg. Un "agresor -propuso Jackson al tribunal en su discurso de apertura- es un Estado que es el primero en cometer acciones como 'invasión, con o sin declaración de guerra, del territorio de otro Estado mediante sus fuerzas armadas'". Nadie, ni siquiera el más extremo defensor de la agresión, niega que Bush y sus socios hayan hecho eso.
 
También haríamos bien en recordar las palabras elocuentes de Jackson en Nuremberg sobre el principio de universalidad: "Si ciertas violaciones de los tratados son crímenes, son crímenes como si Estados Unidos o Alemania los hicieran, y no estamos preparados para crear una legislación penal contra quienes no estaríamos dispuestos a invocar ante nosotros".
 
También queda claro que las intenciones anunciadas son irrelevantes, aunque efectivamente creídas. Los registros internos revelan que los fascistas japoneses aparentemente creían que arrasando China estaban construyendo el "paraíso terrenal".
 
Y, aunque sea difícil de imaginar, es posible que Bush y compañía hayan creído que estaban protegiendo al mundo de la destrucción nuclear de las armas de Saddam. Todo eso es irrelevante, pese a que los leales a ultranza de ambos lados tratan de convencerse de lo contrario. Nos quedan dos opciones: o Bush y compañía son culpables del "supremo crimen internacional", incluyendo todos los males que de él se desprenden; o declaramos que los procesos de Nuremberg fueron una farsa y que los aliados eran culpables de un crimen judicial.
 
 
LA MENTALIDAD IMPERIAL Y EL 11-S
 
Unos pocos días antes del asesinato de Bin Laden, Orlando Bosh moría plácidamente en Florida, donde residía junto con su cómplice terrorista Luís Posada Carriles, y muchos otros asociados más. Bosh, tras ser acusado por el FBI de docenas de crímenes terroristas, recibió el perdón presidencial de Bush, en contra de las objeciones del Departamento de Justicia, que había llegado a la conclusión de que "inexorablemente, sería perjudicial para el interés público de EE. UU. ofrecerle un refugio seguro a Bosh". La coincidencia de las muertes recuerda la doctrina de Bush II que "ya es en una regla de facto en las relaciones internacionales" de acuerdo con el notable especialista en relaciones internacionales de Harvard, Graham Allison. Desde su visión, "se revoca la soberanía de los Estados que proveen asilo a los terroristas".
 
Alison se refiere al discurso de Bush II dirigido a los talibanes que señala que "aquellos que dan cobijo a los terroristas son tan culpables como los mismos terroristas". Por lo tanto, tales Estados han perdido su soberanía y pueden convertirse en objetivo de las bombas y del terror. Por ejemplo, el Estado que le dio asilo a Bosh y a su socio. Cuando Bush lanzó esa nueva "regla de facto de relaciones internacionales" nadie pareció darse cuenta de que estaba llamando a la invasión y destrucción de EE.UU. y al asesinato de sus presidentes criminales. Nada de esto es problemático, por supuesto, si rechazamos el principio de universalidad del juez Jackson y adoptamos en cambio el principio de que EE.UU. es autoinmune contra el derecho internacional y las convenciones, como el gobierno, de hecho, ya ha dejado muy en claro.
 
También vale la pena reflexionar sobre el nombre dado a la operación Bin Laden: "Operación Gerónimo". La mentalidad imperial está tan arraigada que pocos parecen capaces de percibir que la Casa Blanca está glorificando a Bin Laden llamándolo "Gerónimo": el líder de la corajuda resistencia frente a los invasores de las tierras Apache. La fortuita elección del nombre recuerda la facilidad con la que bautizamos nuestras armas asesinas, según las víctimas de nuestros crímenes: Apache, Blackhawk... Podríamos haber reaccionado de otra manera si la Luftwaffe hubiera llamado a sus aviones de combate "Judío" o "Gitano".
 
Los ejemplos mencionados caerían bajo la categoría de "excepcionalismo estadounidense", si no fuera por el hecho de que la fácil supresión de los propios crímenes es algo prácticamente ubicuo entre los estados poderosos, al menos los que no son vencidos y forzados a reconocer la realidad.
 
Tal vez, el asesinato haya sido percibido por el gobierno como un "acto de venganza", según concluye Robertson. Y quizá, señala, el rechazo de la opción legal de un juicio refleje una diferencia entre la cultura moral de 1945 y la de hoy en día. Cualquiera fuera el motivo, difícilmente haya sido la seguridad. Como en el caso del "supremo crimen internacional" en Irak, el asesinato de Bin Laden es otro ejemplo de que la seguridad a veces no es la prioridad fundamental para la acción del Estado, contrariamente a la doctrina común.
 
Fuente: Revista Debate

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En un día como hoy se puso fin a la Segunda Guerra Mundial. El 8 de mayo de 1945 una delegación militar alemana encabezada por el Almirante Georg von Friedeburch pidió al Mariscal de Campo británico, Bernard Law Montgomery, las condiciones para la rendición de Alemania, por lo que en la noche del 8 al 9 de mayo se firmó el tratado de capitulación incondicional de la Alemania nazi.
 
La guerra costaría a la humanidad 50 millones de muertos, decenas de millones de inválidos e incalculables riquezas materiales y culturales destruidas. No solo por los enfrentamientos militares, sino por el desplazamiento, internamiento y, más tarde, el exterminio sistemático de un número estimado de 11 a 12 millones de personas.
 
Gran parte de estas víctimas que murieron fueron judíos, en lo que es históricamente recordado como el Holocausto (Shoah), y otra cantidad enorme de gitanos. Otras víctimas de la persecución nazi incluían comunistas, socialistas, anarquistas, negros, opositores políticos en general, homosexuales y disidentes religiosos que rechazaban la ideología violenta del régimen racista, militarista y totalitario.
 
La Segunda Guerra Mundial, que arrastró a los pueblos de Europa y de Asia, criminalmente invadidos, a una sangrienta lucha de liberación, culminó en la derrota del nazismo, la formación del campo mundial del socialismo y la lucha por su soberanía de los pueblos coloniales y dependientes. Entre 1945 y 1957 más de mil doscientos millones de seres humanos conquistaron su independencia en Latinoamérica, Asia y África.
 
La Opinión Popular

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