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Internacionales - 06-01-2020 / 08:01
EL MUNDO ESTREMECIDO POR UNA NUEVA AVENTURA BELICA

Trump, una guerra para la reelección

Trump, una guerra para la reelección
Donald Trump, con el dronazo, se presenta como el Guapo del Barrio. El ajusticiamiento electoral del General Soleimani fue un crimen perpetrado en contra de un alto jefe militar -no de un supuesto ignoto «terrorista»- de un país miembro de Naciones Unidas ordenado por el presidente de Estados Unidos y en abierta violación de la legalidad internacional e, inclusive, de la propia Constitución y las leyes de Estados Unidos.
Una de las primeras lecciones que enseñan en todo curso sobre el sistema político de Estados Unidos es que las guerras suelen revertir la declinante popularidad de los presidentes.
 
Con una tasa de aprobación de Donald Trump del 45 por ciento en diciembre del 2019, los «déficit gemelos» (comercial y fiscal) creciendo inconteniblemente al igual que la deuda pública y una amenaza de juicio político en su contra los consejeros y asesores de la Casa Blanca seguramente recomendaron al presidente que apele al tradicional recurso e inicie una guerra (o una operación militar de alto impacto) para recomponer su popularidad y situarlo en mejor posición para encarar las elecciones de noviembre del corriente año.
 
Esta sería una plausible hipótesis para explicar el inmoral y sangriento atentado que acabó con la vida de Qassem Soleimani, ciertamente el general más importante de Irán.
 
Washington informó oficialmente que la operación fue explícitamente ordenada por Trump, con la cobardía que es tradicional entre los ocupantes de la Casa Blanca, aficionados a arrojar bombas a miles de kilómetros de distancia de la Avenida Pennsylvania y de aniquilar enemigos o supuestos terroristas desde drones manejados por unos jóvenes moral y psicológicamente desquiciados desde algunas cuevas en Nevada.
 
Esa misma prensa se encargó de presentar a la víctima como un desalmado terrorista que merecía morir de esa manera.
 
Con esta criminal actitud se tensa extraordinariamente la situación en Oriente Medio, para satisfacción del régimen neonazi que gobierna Israel, las bárbaras monarquías del Golfo Pérsico y los hampones dispersos del derrotado -gracias a Rusia- Estado Islámico.
 
El perverso cálculo es que en los próximos días la popularidad del magnate neoyorquino comience a subir una vez que la maquinaria propagandística de Estados Unidos se ponga en marcha para embotar, por enésima vez, la conciencia de la población.
 
Esta apelación a la guerra fue utilizada rutinariamente en la historia de ese país. Tal como el año pasado lo señalara el ex presidente James Carter, Estados Unidos estuvo en guerra durante 222 años de sus 243 años de vida independiente.
 
Esto no es casual sino que obedece a la nefasta creencia, profundamente arraigada tras siglos de lavado de cerebros, que Estados Unidos es la nación que Dios ha puesto sobre la tierra para llevar las banderas de la libertad, la justicia, la democracia y los derechos humanos a los más apartados rincones del planeta.

 
En 243 años de vida como nación independiente, EE.UU. estuvo 222 años en guerra. Por especulación electoral y para alimentar a los voraces fabricantes de armas.
 
No se trata ahora de hacer un recuento puntual de las guerras iniciadas para ayudar a presidentes en apuros, pero conviene traer a colación un caso reciente que también involucra a Irak y cuyo resultado fue distinto al esperado.
 
En efecto, en 1990 el presidente George H. W. Bush (Bush padre) se encontraba en problemas de cara a su reelección. La operación «Causa Justa», nombre edulcorado para designar la criminal invasión de Panamá en diciembre de 1989, no había surtido el efecto deseado puesto que no tuvo el volumen, la complejidad y duración necesarias como para ejercer un impacto decisivo sobre la opinión pública.
 
Tiempo después el Washington Post titulaba en primera página (16/10/1990) que la popularidad del presidente se desplomaba y comentaba que «algunos republicanos temen que el presidente se sienta forzado a iniciar hostilidades para detener la erosión de su popularidad».
 
 
«Guerra corta y exitosa»
 
Previsiblemente, los demócratas triunfaron en las elecciones de medio término de noviembre de 1990. Bush captó el mensaje y optó por el viejo recurso: duplicó la presencia militar de Estados Unidos en el Golfo Pérsico pero sin declarar la guerra.
 
Poco después se filtraba la declaración de uno de los principales asesores de Bush, John Sununu, diciendo, en palabras que vienen como anillo al dedo para comprender la situación de hoy, que «una guerra corta y exitosa sería, políticamente hablando, oro en polvo para el presidente y garantizaría su reelección».
 
La invasión de Irak a Kuwait le ofreció a Bush padre en bandeja esa oportunidad: ir a la guerra para «liberar» al pequeño Kuwait del yugo de su prepotente vecino.
 
A mediados de enero de 1991 la Casa Blanca lanzó la operación «Tormenta del Desierto» -a la cual se asoció, para desgracia de la Argentina, el gobierno de Carlos Menem- contra Irak, un país ya devastado por las sanciones económicas y su larga guerra con Irán, y contra un gobernante, Saddam Hussein, previamente satanizado hasta lo indecible por la mentirosa oligarquía mediática mundial con la imperdonable complacencia de las «democracias occidentales.»
 
Pero, contrariamente a lo esperado por sus consejeros Bush padre fue derrotado por Bill Clinton en las elecciones de noviembre de 1992. Y lo hizo con cuatro palabras: «Es la economía, estúpido».
 
 
Algunos festejan
  
¿Quién podría asegurar que un desenlace igual no podría repetirse esta vez? Esto, por supuesto, dicho sin la menor esperanza de que un eventual sucesor demócrata del sátrapa neoyorquino pueda ser más favorable, o menos funesto, para el futuro de la humanidad.
 
No obstante, de lo que sí estamos seguros es que el «orden internacional» construido por Estados Unidos y sus socios europeos exhibe un avanzado estado de putrefacción.
 
De otro modo no se entiende el silencio cómplice o la hipócrita condena, cuando no la abierta celebración, de los aliados de la Casa Blanca y la «prensa libre» ante un crimen perpetrado en contra de un alto jefe militar -no de un supuesto ignoto «terrorista»- de un país miembro de Naciones Unidas ordenado por el presidente de Estados Unidos y en abierta violación de la legalidad internacional e, inclusive, de la propia Constitución y las leyes de Estados Unidos.
 
Una nueva guerra asoma en el horizonte provocada por Washington invocando los habituales pretextos para encubrir sus insaciables ambiciones imperiales. El «complejo militar-industrial» festeja con champán mientras el mundo se estremece ante la tragedia que se avecina.
 
Por Atilio Borón
 
Fuente: Página12
 

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21-01-2020 / 07:01
La Segunda Guerra Mundial, desatada por las potencias imperialistas, y que arrastró a la Unión Soviética y a otros pueblos de Europa y de Asia, criminalmente invadidos, los llevó a una sangrienta lucha de liberación.
 
El 21 de enero de 1944, en Leningrado, los soviéticos rompen el asedio alemán a la ciudad, que duró 29 meses. El sitio de Leningrado fue una acción militar alemana durante la Segunda Guerra Mundial encabezada por Wilhelm Ritter von Leeb, que buscó inicialmente apoderarse de la ciudad de Leningrado (la actual San Petersburgo).
 
El objetivo de las tropas nazis era borrar a Leningrado de la faz de la tierra: acabar con la cuna de la revolución bolchevique y el símbolo de la cultura rusa sería una solución perfecta para socavar la resistencia soviética.
 
Había otros factores también: era un puerto marítimo estratégico y alojaba la única fábrica productora de tanques pesados, coches y trenes blindados del mundo. Los comandantes nazis analizaron la posible escalada de la resistencia y decidieron matar a la ciudad de hambre.
 
Adolf Hitler, ante la perspectiva de tener que mantener a una población enemiga de más de 3.000.000 de habitantes, instruyó que se la sitiara y se dejara morir a la población por hambre y frío. El sitio duró casi 900 días, desde 1941 hasta 1944, uno de los asedios más largos de la historia de la humanidad.
 
La ciudad estuvo a punto de perecer si no hubiera sido que se estableció un corredor a través del helado lago Ládoga por donde llegaba una escuálida ayuda a los sitiados. 
 
Los muertos hasta ser liberada la ciudad superaron la cifra extraoficial de 1.200.000, más personas de las que perdieron EE.UU. y el Reino Unido juntos a lo largo de toda la Segunda Guerra Mundial, que culminó en la derrota del fascismo, la formación del campo mundial del socialismo y la lucha por su soberanía de los pueblos coloniales y dependientes.
 
La Opinión Popular



20-01-2020 / 10:01
20-01-2020 / 10:01
El 20 de enero de 1942, en el distrito berlinés de Wannsee, tuvo lugar una conferencia de grupo de representantes civiles, policiales y militares del gobierno de la Alemania nazi sobre la «Solución final del problema judío» (Endlösung der Judenfrage). Las decisiones tomadas condujeron al Holocausto.
 
Debido a la apertura de un frente militar contra EE.UU., Alemania reorganizó la administración de recursos en los territorios ocupados. Hermann Göring, mariscal del Reich, da plenos poderes al General de las SS Reinhard Heydrich, con el objeto de encontrar la «solución final» al problema judío en Europa.
 
La discusión se centró en el objetivo de expulsar a los judíos de todos los ámbitos de Alemania. Se expusieron las medidas a tomar y se presentó el plan de la «deportación» de los judíos hacia el este para «apropiada (...) durante dicha acción sin duda una gran parte será eliminada por causas naturales», el «remanente final tendrá (...) que ser tratado en conformidad, porque (...), si son liberados, actuarían como la semilla de un nuevo resurgimiento judío».
 
La reunión fue la primera discusión de la Solución Final y los protocolos con el contenido de la reunión fueron hallados intactos por los Aliados al final de la Segunda Guerra Mundial y usados durante los juicios de Núremberg como prueba contundente sobre el programa de exterminación de los judíos en los campos de concentración.
 
El protocolo de la reunión no menciona explícitamente el asesinato en masa. Pero, el criminal nazi Adolf Eichmann, secuestrado en Argentina el año 1960 por el Mossad y llevado a juicio en Jerusalén, donde fue condenado a muerte por crímenes contra la humanidad y ejecutado el 31 de mayo de 1962, admitió en su juicio que el lenguaje real usado durante la conferencia fue mucho más directo e incluyó términos tales como «exterminación» y «aniquilación».
 
La Opinión Popular 



17-01-2020 / 20:01
16-01-2020 / 19:01
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