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“La pandemia nos demostró que vivimos en un país injusto y que la calidad de vida incide fuertemente en el riesgo de contagio”. Alberto Fernández
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Nacionales - 30-11-2019 / 08:11
PANORAMA POLÍTICO NACIONAL

Los empresarios perdieron fortunas con el gobierno de Macri que ayudaron a instalar

Los empresarios perdieron fortunas con el gobierno de Macri que ayudaron a instalar
Cuando habló Macri, la mitad de la sala de la UIA estaba vacía. Fue una situación difícil para el presidente que se va con un terrible fracaso a cuestas. Es difícil interpretar el desaire de los empresarios. La mayoría de ellos lo votaron y lo militaron con entusiasmo. Están enojados con Macri, pero no porque cambiaron de idea, sino porque Macri puso en evidencia que esas ideas neoliberales llevan al desastre.
La mayoría de los empresarios fueron enemigos de los gobiernos que los favorecieron y promotores de los gobiernos que los fundieron, como el de Mauricio Macri. Pero hasta los más beneficiados, como los dueños del agro, pusieron sus intereses inmediatos sobre los del país, aunque los hundiesen a mediano plazo.
 
Los empresarios de la industria, incluso los de capital concentrado perdieron fortunas con el gobierno neoliberal de Macri que ayudaron a instalar. Sus acciones en Wall Street bajaron casi a la mitad y perdieron cientos de millones de dólares. Pero cuando el presidente electo Alberto Fernández dijo la frase elemental: "todos vamos a tener que poner algo para salir de esta crisis" volvieron los ceños fruncidos.
 
El titular de la UIA, Miguel Acevedo, le recriminó a Macri que durante su gobierno la industria cayó casi el 20% y que más de 150 mil obreros quedaron en la calle. Se quedó corto, pero sus palabras resonaron como una amarga despedida para Macri, que se encontraba en el acto.
 
En la cultura del neoliberalismo, el discurso que los empresarios quieren escuchar de los gobiernos es el que los reconoce como los únicos formadores de riqueza y en consecuencia tienen que concederles todos los beneficios. No hace falta ser marxista para reconocer que no son los únicos y que la creación de riqueza es el resultado de un esfuerzo conjunto.
 
El empresario se beneficia con buenas políticas públicas y con el esfuerzo de sus trabajadores. El neoliberalismo, como ideología funciona como una especie de anteojera que le impide constatar esa realidad. Y entonces reclama que si quieren que invierta, tiene que recibir todos los beneficios, exenciones impositivas, salarios bajos, privilegios estatales y demás.
 
Pero entonces, de la misma manera los trabajadores pueden decir que si no reciben un salario digno, no trabajan. Y el Estado, que si no cobra impuestos, no puede diseñar herramientas de políticas públicas. Eso quiso decir Alberto con algo tan simple como que "todos tendremos que poner algo para salir de la crisis".
 
Cuando habló Macri, la mitad de la sala estaba vacía. Fue una situación difícil para el presidente que se va con un terrible fracaso a cuestas. Es difícil interpretar el desaire de los empresarios. La mayoría de ellos lo votaron y lo militaron con entusiasmo. Están enojados con Macri, pero no porque cambiaron de idea, sino porque Macri puso en evidencia que esas ideas neoliberales llevan al desastre.
 
Macri fue el presidente estrella del neoliberalismo. Y Chile el país del paraíso neoliberal. Dos paradigmas del discurso empresario. Maravillas de la creación. Y los dos estallaron en fracasos desdichados y memorables.

 
PANORAMA POLÍTICO
 
Los empresarios y el gobierno de Macri: ¡miracolo!  
 
La mayoría de los empresarios fueron enemigos de los gobiernos que los favorecieron y promotores de los gobiernos que los fundieron, como el de Macri. Pero hasta los más beneficiados, como los dueños del agro, pusieron sus intereses inmediatos sobre los del país, aunque los hundiesen a mediano plazo. ¿Cambiará esa conducta con el nuevo gobierno?
 
¡Miracolo!, ¡miracolo! claman las viudas de la city. Por primera vez en tantos años, el dólar se mantuvo plano e incluso bajó unos puntos. Pero el prodigio no provino del Santo Padre ni de una razón evangélica.
 
A los controles cambiarios se sumaron los poderosos señores exportadores de granos que fueron tan beneficiados por el gobierno de Mauricio Macri pero a quien, desde su supremo egoísmo olímpico, le negaron bajar el dólar cuando lo necesitó.
 
Los empresarios de la industria, incluso los de capital concentrado perdieron fortunas con el gobierno neoliberal que ayudaron a instalar. Sus acciones en Wall Street bajaron casi a la mitad y perdieron cientos de millones de dólares. Pero cuando el jueves, el presidente electo Alberto Fernández dijo la frase elemental y casi de compromiso: "todos vamos a tener que poner algo para salir de esta crisis" volvieron los ceños fruncidos.
 
Resulta por lo menos desalentador que después de tanta frustración estos sectores que controlan la economía mantengan esa incapacidad de pensar a mediano plazo, de darse cuenta de que no son posibles los proyectos aislados, que siempre se trata de un esfuerzo conjunto.
 
Los tipos van a la ganancia rápida y en el menor tiempo, expresión de un capitalismo primitivo de rapiña que se come a la gallina y después se queda sin nada.
 
El mismo gobierno de Cambiemos fue expresión de esa lógica muy visible en el descaro con el que Macri favoreció a sus empresas. Apenas asumió anunció que iba a financiar el soterramiento del Sarmiento que debían realizar su empresa y la brasileña Odebrecht. Eran más de mil millones de dólares.
 
Es un ejemplo, nada más, que se repite con la mayoría de los miembros del gabinete. Mientras a esas empresas les iba bien, los índices macro fueron un desastre durante los cuatro años.
 
Pero la performance del macrismo no fue un hecho aislado. Fueron dignos representantes de la lógica de la clase empresaria que representaron. La UIA podrá quejarse, pero ellos son corresponsables de la tragedia de estos cuatro años, igual que los empresarios del campo.
 
Tarde para Macri llegó la paz al dólar. Les dio todo lo que pidieron: les sacó y bajó las retenciones y levantó los plazos para liquidar sus exportaciones.
 
En respuesta, jugaron a especular todo el tiempo con el dólar. Ni siquiera aflojaron cuando el macrismo estaba desesperado porque la divisa norteamericana se disparaba y las encuestas les decían que si paraban el dólar podían ganar las elecciones.
 
La demostración de que podían hacerlo se verificó esta semana cuando se produjo un récord histórico de liquidación de la cosecha actual y la futura. Los exportadores se lanzaron a liquidar a la desesperada por el temor de que Alberto Fernández reinstale las retenciones.
 
El jueves, en el cierre de la 25° Conferencia de la Industria, el titular de la UIA, Miguel Acevedo, le recriminó a Macri que durante su gobierno la industria cayó casi el 20 por ciento y que más de 150 mil obreros quedaron en la calle.
 
Se quedó corto, pero sus palabras resonaron como una amarga despedida para Macri, que se encontraba en el acto. Ni siquiera hubo la acostumbrada foto del presidente con el representante empresario.
 
En la cultura del neoliberalismo, el discurso que los empresarios quieren escuchar de los gobiernos es el que los reconoce como los únicos formadores de riqueza y en consecuencia tienen que concederles todos los beneficios. No hace falta ser marxista ni clasista ni trotskista para reconocer que no son los únicos y que, en todo caso, la creación de riqueza es el resultado de un esfuerzo conjunto.
 
El mismo empresario se beneficia con buenas políticas públicas y con el esfuerzo de sus empleados y trabajadores. El neoliberalismo, como ideología funciona como una especie de anteojera que le impide constatar esa realidad con la que cohabita. Y entonces reclama que si quieren que invierta, tiene que recibir todos los beneficios, exenciones impositivas, salarios bajos, privilegios estatales y demás.
 
Pero entonces, de la misma manera los trabajadores pueden decir que si no reciben un salario digno, no trabajan. Y el Estado, que si no cobra impuestos, no puede diseñar herramientas de políticas públicas.
 
Eso quiso decir Alberto Fernández en su discurso en la Conferencia de la Industria. Algo tan simple como que "todos tendremos que poner algo para salir de la crisis".
 
Cuando habló Macri, la mitad de la sala estaba vacía. Fue una situación difícil para el presidente que se va con un terrible fracaso a cuestas. Es difícil interpretar el desaire de los empresarios. La mayoría de ellos lo votaron y lo militaron con entusiasmo. Están enojados con Macri, pero no porque cambiaron de idea, sino porque Macri puso en evidencia que esas ideas llevan al desastre.
 
Macri fue el presidente estrella del neoliberalismo. Y Chile el país del paraíso neoliberal. Dos paradigmas del discurso empresario. Maravillas de la creación. Y los dos estallaron en fracasos desdichados y memorables.
 
La dinámica de los empresarios del campo, del que un sector hizo circular un video amenazando al presidente electo con acciones violentas si volvían las retenciones, tiene una connotación más inquietante.
 
Es un sector donde los verdaderos intereses están en las diez o quince grandes exportadoras. Los productores más grandes, representados en la CRA, o en la Sociedad Rural, en realidad funcionan como voceros de estas grandes empresas.
 
El gobierno de Macri les dio todo lo que pedían. En la Sociedad Rural, Macri era ovacionado. Sin embargo, cuando necesitó ese respaldo con relación al dólar o a la liquidación de las exportaciones, cada quien jugó por la propia. Escupieron en la mano que les daba de comer.
 
Es un sector desarticulado donde conviven diferentes intereses pero que hablan en función de los intereses más poderosos, que son las exportadoras, que nunca dicen nada.
 
Es un sector que busca identificarse con una idea de patria y campo, pero que no actúa en relación con esa idea, quizás porque los intereses que hegemonizan ese colectivo están muy relacionados con empresas trasnacionales.
 
No hay en perspectiva ningún gobierno que pretenda destruir la actividad agropecuaria ni industrial, pero estos dos sectores empresarios aparecen cerrados en una visión del mundo que restringe su protagonismo en políticas de conjunto para el crecimiento.
 
La cerrazón ideológica sectaria del mundo empresario es un problema para el gobierno inminente de Alberto Fernández. Un encierro que es estimulado por el neoliberalismo que en Argentina sólo ha dejado malas experiencias. Se trató de imponer un relato contrario, pero las experiencias catastróficas que dejaron los gobiernos de Carlos Menem, Fernando De la Rua y esta última de Mauricio Macri rechazan en forma inapelable ese intento de manipulación histórica.
 
El neoliberalismo genera desigualdad. No solamente entre los habitantes de cada país, sino también entre países. El mundo empresario que se favorece en principio con esos lineamientos salvajes que favorecen a los más ricos crean sociedades tan desiguales que tienden a la inestabilidad permanente.
 
En ese esquema, los empresarios que quedan en los países considerados pobres en esa división internacional, se alienan con una ideología como si estuvieran en los países ricos. Macri demostró que esa cultura de saqueo y competencia salvaje resulta suicida, no ya solamente por la inestabilidad, sino porque además termina por destruir la actividad que lo sostiene.
 
La mayoría de este sector fue muy favorecido por los gobiernos kirchneristas, aunque digan que no, que solamente los primeros años, lo cierto es que aún con la crisis internacional que se desató a partir del 2008, los empresarios argentinos se favorecieron con gran cantidad políticas públicas que les permitieron mantener su actividad y ganar dinero.
 
Sin embargo, gran parte de esa mayoría que se favoreció, fue enemiga de los gobiernos que la favorecieron y promotora de los gobiernos que la fundieron. La experiencia funesta que deja Cambiemos tendría que servir para la reflexión de estos sectores que, en principio, tienen que aceptar que esa forma de pensar los convirtió en corresponsables del fracaso que están sufriendo en carne propia. Por lo menos, tienen que aceptar que el neoliberalismo no es palabra santa y abrirse a un proyecto de país más integrado y equilibrado.
 
Por Luis Bruschtein
 
Fuente: Página12
 

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31-05-2020 / 09:05
La toma de decisiones en función del conocimiento científico -con todas las limitaciones que tiene este último- es un logro y no una concesión de la democracia. No significa transformarla en una "infectadura" sino enriquecerla con bases más sólidas y racionales.
 
En los países de Trump y Bolsonaro se humilla a los científicos. Es difícil entender para un demócrata cuando, en nombre de la democracia, se coquetea con esas alternativas. Pero las diferencias con los Estados Unidos no terminan allí. La posición de Donald Trump acentuó las ya extremas diferencias entre el Presidente y la oposición, que fue agredida sistemáticamente por él.
 
Los demócratas y los científicos pasaron a formar parte de un "complot comunista" para desplazarlo del poder. En los momentos de mayor tensión Trump amenazó incluso con cerrar el Congreso. Casi idéntica situación se vive en Brasil.
 
Nada de eso ocurrió en la Argentina. Al contrario, aquí se transformó en algo habitual que Alberto Fernández, Horacio Rodriguez Larreta y Axel Kicillof, coordinen y discutan políticas, y las presenten conjuntamente ante la sociedad, en sucesivas conferencias de prensa, donde nadie se queda sin preguntar, un método que era una de las deudas de la democracia argentina.
 
Fernández se ha sacado fotos amigables con Gerardo Morales, un enemigo del sector dominante de su Gobierno, intercambiado saludos de codo con Jorge Macri, poseedor de un apellido muy emblemático. La idea antidemocrática según la cual quien pertenece a otro espacio es un enemigo despreciable fue abandonada, al menos mientras dure la pandemia.
 
Aunque la democracia exista plenamente, la peligrosa prédica de quienes creen que se transformó en una "infectadura" puede crecer en tiempos tan duros y debilitarla en lo político, en lo económico y en lo sanitario.
 

30-05-2020 / 10:05
Llama la atención que los grandes medios macristas porteños: TN, Clarín e Infobae, se preocupen tanto por la salud mental de la población, en tanto no se opusieron, durante la gestión de Cambiemos, a la falta de inversión en el sistema de salud, que llegó hasta el desmantelamiento del Ministerio de Salud por parte del ex presidente Mauricio Macri, desprotegiendo física y psíquicamente a las grandes mayorías sociales.
 
A partir de la pandemia la vida se volvió extraña; de un día para otro nos convertimos en protagonistas de una distopía. El aislamiento, la reclusión en las casas, la suspensión casi total de las actividades, la desorganización de la vida, la pérdida económica, el miedo al contagio y a la muerte, se volvieron moneda corriente.
 
No es necesario ser psicólogo o psicoanalista para reconocer que en la cuarentena se vivencian una amplia gama de sensaciones y afectos displacenteros que implican padecimiento para el aparato psíquico; pero no se trata de una angustia generada por el aislamiento mismo, sino por aquello que lo motiva, el coronavirus.
 
En la Argentina, el aislamiento se produjo con planificación y prevención cuando la epidemia no estaba desencadenada. La estrategia del gobierno de Alberto Fernández consistió en organizar la comunidad, poniendo el Estado al servicio de la salud y la contención pueblo.
 
En la urgencia, se entendió que el otro no es ni enemigo ni el culpable, sino el prójimo. Que la suerte y el cuidado de él también es el nuestro, ya que es imposible salvarse sólo. Que el aislamiento nada tiene que ver con el individualismo neoliberal, en el que cada uno, indiferente al prójimo, se enfrasca en el "sálvese quien pueda", mientras se mira el ombligo.
 
Se configuró en el país un aislamiento que no fue exclusión, sino un acto de cuidado de cada uno y de la comunidad, porque la solidaridad no es caridad, sino la base de lo colectivo. Una acción política democrática de intentar frenar la muerte, no sólo para la élite, sino para todos.
 
Los países gobernados por la lógica del "mercado", EE.UU., Brasil, Reino Unido, Chile, Italia y España, basada en las ganancias de las empresas por la reducción de los costos, dejaron al cuerpo social amenazado por la enfermedad y la muerte. Esos países no cuidaron a su gente, la dejaron a la intemperie, en angustiosa indefensión y expuesta a la agonía.
 

30-05-2020 / 07:05
Susana Giménez, Maximiliano Guerra, Oscar Martínez, Juan José Sebreli son algunos de los nombres que alimentan la inverosímil ofensiva opositora contra las medidas sanitarias del Gobierno. Para hacerlo ignoran elementos centrales de la realidad actual y aquella que los convocaba durante el gobierno de Macri.
 
La empleada doméstica de una casa de Retiro cuya empleadora había regresado de Alemania, vive en la villa Mugica, en una habitación con su marido y sus padres y comparte el baño con otras 13 personas. Ella fue la primera contagiada por el virus en la villa. Y su madre, Toribia Balbuena, de 84 años, la primera víctima fatal.
 
Fue a principios de mayo cuando el gobierno de CABA no había aplicado un protocolo de cuarentena real en la villa. Otras tres muertes por la epidemia en la villa fueron dirigentes sociales que sostenían comedores populares, los tres, menores de 60 años.
 
Hay una campaña mediática de macristas famosos, como Maximiliano Guerra, Susana Giménez y Juan José Sebreli contra la cuarentena. Se sumaron así al actor Oscar Martínez que afirmó que amigos suyos mayores de 70 años se habían auto contagiado el virus para inmunizarse.
 
Estos personajes tendrían que explicarle sus argumentos contra la cuarentena a la señora Balbuena, a Ramona Medina, a Víctor Giracoy, a Agustín Navarro y a otros centenares de personas. Pero no podrán hacerlo porque estas personas murieron contagiadas por el virus.
 
Martínez tendría que demostrar que su anécdota no fue simple mala fe y que realmente cree tanto en esa afirmación que está dispuesto a cumplirla. Sebreli proclamó con indignación que un policía no lo dejó pasear por una plaza. La próxima vez que vaya a una plaza por favor que se saque una fotografía. No le vamos a creer hasta verlo.
 
Sebreli no habló de la villa Mugica, que está en la CABA, sino de la Villa Azul, que está en Quilmes y fue abandonada a su suerte por la gestión anterior del intendente macrista Martiniano Molina, pero que ahora fue desplazado por la intendenta Mayra Mendoza, de La Cámpora. Sebreli no es un viejito que habla con inocencia. Sabe perfectamente porqué no habla de las villas de CABA que tienen mil veces más infectados. 
 

29-05-2020 / 10:05
El ministro de Economía, Martín Guzmán, presentó su propuesta de reprogramación y pago de la deuda externa, del segmento de 68.000 millones de dólares en títulos de moneda extranjera y bajo jurisdicción extranjera. Alegó que Argentina no podía ofrecer más de un plazo de gracia de tres años y reanudar los pagos en 2023; rebaja de los intereses en 62 por ciento y del capital en 5,4 por ciento; baja de intereses anuales al 2,25 por ciento con pequeñas alzas.
 
Mientras esto sucedía, los medios de comunicación masiva, que responden la macrismo, como: Clarín, La Nación, Infobae, América TV y los periodistas que los corean, fueron creando el sentido común de que caer en default era equivalente a la peste del coronavirus, sino peor. Con lo cual reforzaban la posición de los bonistas, eludían explayarse sobre los costos de evitar el default y debilitaban la propuesta argentina.
 
A cinco días de que venza el actual plazo para ingresar al canje y vencido su acuerdo de confidencialidad, dos de los grupos de acreedores enviaron una nueva propuesta conjunta al Gobierno que busca acercar posiciones para alcanzar un acuerdo y avanzar en la reestructuración de deuda externa por U$D66.200 millones.
 
Según comunicaron, la contraoferta implica un alivio en los pagos del país de más de USD36.000 millones en nueve años. El ministro Guzmán reconoció que hubo "un acercamiento importante" con un grupo de bonistas pero aclaró que el ofrecimiento es "insuficiente" y que aún resta un "camino importante por recorrer".
 

29-05-2020 / 10:05
La angustia que cunde en estos días de encierro en el establishment es muy parecida al arquetipo que describió Sigmund Freud. Es un apremio por resolver algo ya, pero sin saber qué hacer. Lo que sentían todos los que se acercaban a la Esfinge de Tebas temerosos de ser engullidos hasta que Edipo consiguió resolver su enigma.
 
Lo que Alberto Fernández reclamó a los medios de comunicación que "dejen de sembrar", tras la retahíla de preguntas sobre aflicciones y sentimientos que le hicieron en Olivos el sábado a la noche.
 
En la cima de la pirámide social, esa angustia mezcla la contrariedad por las gigantescas pérdidas que empezó a generar la pandemia con la frustración por la ausencia de una solución a la vista. No es muy distinto a lo que movió a Susana Giménez a volar en jet privado a su mansión en Punta del Este.
 
Así, no hay Rivotril que aguante. Entre los hombres de empresa eso se mezcla con un duelo particular: por obra de la cuarentena dejaron de ser "los que mandan", como los definió José Luis de Imaz en 1964, en su libro pionero de la sociología de las élites.
 
El magnate siderúrgico Paolo Rocca es de los que mejor transita esa angustia. Tal vez porque, dueño de una experiencia política juvenil en la izquierda revolucionaria italiana que lo distingue de sus colegas, entiende mejor qué es el Estado.
 
Por un lado empujó a su personal a volver a las oficinas la semana pasada, incluso pese a los casos de coronavirus que ya superaron el medio centenar entre los empleados y contratistas de Techint en Brasil.
 
Del gobierno porteño obtuvo permisos de circulación para todos sus ingenieros y dibujantes sin que nadie revisara demasiado si todos estaban afectados a las obras "esenciales" que declaraban. En paralelo, consiguió que la Nación los incluyera en el programa ATP y les pagara parte de los sueldos.
 

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