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Sociedad e Interés General - 09-10-2019 / 08:10
EFEMÉRIDES HISTÓRICAS

La misteriosa muerte del valiente Juan Lavalle

La misteriosa muerte del valiente Juan Lavalle
El 09 de octubre de 1841 muere, en San Salvador de Jujuy, Juan Galo de Lavalle, cuando huía de las fuerzas federales con un pequeño grupo de seguidores. Sólo el valeroso guerrero podría decir lo que ocurrió en el zaguán del caserón de Zenarruza. Los testimonios abundan en datos que no concuerdan y un historiador lanzó la hipótesis, para nada inverosímil, de un suicidio.
Juan Galo de Lavalle, el aguerrido héroe de las guerras de independencia, fue uno de los hombres más controvertidos de la historia nacional. "La espada más valiente" en las campañas de San Martín y Bolívar, respondió a la ideología unitaria, que defendió ciegamente hasta el fin de sus días.
 
El 09 de octubre de 1841 muere en San Salvador de Jujuy cuando huía de las fuerzas federales con un pequeño grupo de seguidores. Sólo el valeroso guerrero podría decir lo que ocurrió en el zaguán del caserón de Zenarruza. Los testimonios abundan en datos que no concuerdan y un historiador lanzó la hipótesis, para nada inverosímil, de un suicidio.
 
José María Rosa, el gran historiador revisionista, desarrolla una atrapante investigación sobre la muerte de Lavalle y contradice puntillosamente la versión oficial sobre la misma.
 
El corajudo Lavalle, el héroe de tantas batallas, es el cóndor cegado por los hábiles argumentos de los oligarcas unitarios porteños, los "notables", quienes lo convencen de cometer dos colosales errores: el asesinato de Manuel Dorrego en 1828 y la conducción del ejército cipayo invasor que colaboró con el bloqueo francés a nuestra Patria en 1838.
 
El indulto a Lavalle por parte de la historia oficial responde a haber combatido a Juan Manuel de Rosas, el maldito de la historia consagrada, lo que lo lavó de pecados.
 
De la redacción de La Opinión Popular


En 1840, se constituyó, bajo el liderazgo de Tucumán, la Liga del Norte, que desconocía al gobernador de Buenos Aires, Juan Manuel de Rosas, como jefe de la Confederación Argentina. Las esperanzas militares de ese pronunciamiento se apoyaban en dos fuerzas: el "Primer Ejército Libertador", al mando de Juan Lavalle, y el "Segundo Ejército Libertador", que conducía el tucumano Gregorio Aráoz de La Madrid. Es conocido que las desinteligencias entre ambos jefes, traducidas en maniobras desacertadas, perjudicaron profundamente la campaña.
 
 
Derrota en Famaillá 
 
Las definiciones darían perfil dramático al año que siguió.
 
La fuerza de Lavalle se enfrentó con el "Ejército Unido de Vanguardia de la Confederación Argentina", enviado por Rosas al mando de Manuel Oribe, al amanecer del 19 de septiembre de 1841, en Famaillá.
 
Fue un combate de curso veloz. Se desbandó la izquierda del ejército de la Liga, grave pérdida que no pudo ser conjurada por la escolta que Lavalle lanzó sobre el flanco de la derecha enemiga. Al no ser apoyado por los escuadrones, el movimiento terminó también en desbande. Y cuando el general ordenó a su derecha cargar sobre la izquierda de Oribe, "toda esa ala se disolvió al moverse", según narraría el general en carta a José María Paz. Y los infantes, pésimamente armados, no tardaron en huir a refugiarse en la arboleda.
 
En suma, la acción concluyó en desastre para el "Primer Ejército". Antes de las ocho de la mañana, todo estaba concluido. Al tener la evidencia de la derrota, Lavalle abandonó el campo. Lo mismo hizo, aunque por separado, el líder civil de la Liga, Marco Manuel de Avellaneda. Mientras tanto, Oribe degollaba a cuanto oficial podía pescar.
 
 
Escape al Norte
 
A Avellaneda y a Lavalle los esperaba la muerte. El primero trató de llegar a Jujuy, pero fue traicionado por uno de sus hombres y entregado a Oribe, quien lo degolló dos semanas después de la batalla, el 3 de octubre, en Metán. En cuanto a Lavalle, viviría seis días más que su compañero. Dos semanas antes, muchos kilómetros más allá, en la zona de Cuyo, el "Segundo Ejército" había sido destrozado (24 de setiembre) por las fuerzas rosistas en Rodeo del Medio, marcando el final sangriento de la coalición que integraban Tucumán, Salta, Jujuy, Catamarca y La Rioja.
 
El baqueano Alico, "por sendas que sólo él conocía", sacó a Lavalle del territorio tucumano. Así pudo llegar a Salta, donde se reunió con unos cuatrocientos soldados, que pudieron escapar luego de la derrota de Famaillá. Se redujeron pronto a la mitad: los jinetes de la Legión Correntina consideraron que su presencia ya no tenía sentido y decidieron volver a su provincia, atravesando el Chaco. La imprevista deserción esfumó la fantasiosa idea que había alentado Lavalle, de reforzar sus hombres con las caballadas de Orán y San Carlos y caer sobre Oribe.
 
 
Agobiado y ausente
 
Además, era notorio que la personalidad de Lavalle había sufrido extraños cambios. Durante la batalla, según el coronel Mariano de Gainza, se colocaba tan cerca de la línea de tiro de los cañones, que parecía buscar la muerte. Antes, durante la campaña, había perdido días preciosos enamorando a Solana Sotomayor, la mujer del gobernador riojano Tomás Brizuela. Después, se había prendado de la salteña Damasita Boedo, quien no titubeó en seguirlo a Tucumán.
 
Como toleraba todo, en su ejército cundía la indisciplina. El héroe de tantas batallas, una de las primeras espadas de San Martín, era como una sombra de sí mismo, agobiado, ausente: ni siquiera vestía ya el uniforme.
 
Cuando se alejó la división correntina, con los hombres que le quedaban y con Damasita, siguió a Jujuy. Su secretario Félix Frías cuenta que lo llamaba para hacerle comentarios risueños sobre incidencias del camino. "Esta alegría tan extraña en momentos tan críticos, era para mí el anuncio de una grandísima desgracia", testimonia Frías.
 
 
De noche, en Jujuy
 
Llegaron a San Salvador de Jujuy al anochecer del 8 de octubre, para recibir una nueva carga de malas noticias. El gobernador Roque Alvarado y la mayor parte de su gente habían resuelto escapar a Bolivia, por lo que la ciudad estaba prácticamente en poder de los rosistas. Frías era partidario de seguir de largo hacia Bolivia, pero Lavalle resolvió acampar. Eligieron los Tapiales de Castañeda, a una decena de cuadras de la ciudad. Pero luego el general Lavalle se obstinó en dormir en una cama, y para eso se dirigió al centro con Damasita, Frías, el edecán Pedro Lacasa, el teniente Celedonio Alvarez y ocho soldados.
 
Tras golpear muchas puertas "que no se abrieron", arribaron, hacia las dos de la madrugada, a la casa de Zenarruza. Hasta el día antes, en esa vivienda se alojaban Alvarado y el delegado del ejército, Elías Bedoya, pero su partida presurosa la había dejado vacía y entraron. Se dispusieron a dormir: Lavalle y Damasita en el dormitorio que enfrentaba el segundo patio; Frías y Lacasa en una habitación junto al zaguán, mientras los soldados se tendían en el primer patio. Los caballos quedaron atados en el fondo de la casa.
 
 
Muerte en el zaguán
 
Al amanecer, un grupo de tiradores "federales" se detuvo ante la casa e intimó rendición al centinela. Este cerró la puerta y dio aviso a Lacasa. El edecán, seguido por Frías, irrumpió en la habitación de Lavalle. "General, los enemigos están en la puerta", le dijo. "¿Qué clase de enemigos son?", preguntó Lavalle. "Son paisanos", fue la respuesta de Lacasa: calculaba que eran unos veinte o treinta. "No hay cuidado. Vaya usted, cierre la puerta y mande ensillar, que ahora nos vamos a abrir paso", indicó Lavalle mientras empezaba a calzarse las botas.
 
Lacasa y Frías caminaron hacia el fondo, para buscar los caballos. De pronto, oyeron un estruendo de disparos. Volvieron hacia la entrada y, espantados, encontraron que Lavalle estaba tirado en el zaguán, en las convulsiones de la muerte, con la garganta destrozada y entre un mar de sangre. Sólo pensaron entonces en ponerse a salvo, aunque ya los tiradores se habían alejado.
 
 
Llevando el cadáver
 
A todo galope llegaron a los Tapiales de Castañeda, e informaron del hecho al segundo jefe, coronel Juan Esteban Pedernera. Acordaron seguir de inmediato el viaje a Bolivia. Pero no podían abandonar el cadáver del general para trofeo de los rosistas. Un grupo volvió a la casa de Zenarruza: cubrieron el cuerpo de Lavalle con un poncho, taparon su rostro con un pañuelo y lo cargaron a caballo.
 
Es sabido que, muchas horas más tarde, detuvieron la penosa marcha en Huacalera. El calor abrasador estaba descomponiendo el cadáver y hubo que descarnarlo. Los despojos se enterraron en ese lugar; los huesos, lavados, se acomodaron en una caja, envolvieron la cabeza en un pañuelo muy ajustado y guardaron el corazón en un barrilito de aguardiente. Huesos, cabeza y corazón se sepultaron en Potosí. De allí serían llevados en 1842 a Valparaíso, y los repatriaron en 1861. Hoy están en el cementerio de La Recoleta.
 
 
¿Acaso suicidio?
 
Nadie estaba junto a Lavalle en el momento en que murió, de modo que el hecho sigue, hasta la fecha, rodeado de misterios y de conjeturas. La versión clásica es que un disparo atravesó la puerta e hizo impacto en la cabeza del general, quien en esos momentos se acercaba al zaguán: pero parece dudoso que la débil bala de tercerola atravesara esa madera gruesa y maciza.
 
Otra especie dice que la bala entró por el agujero de la llave, lo que suena difícil si se lo compara con el diámetro de los proyectiles de la época. Se sostiene asimismo que Lavalle, en realidad, abrió la puerta para enfrentar a los tiradores, y que lo alcanzó el disparo hecho al azar por uno de ellos. Y no son los únicos interrogantes. No se entiende, por ejemplo, porqué la partida se limitó a disparar tres tiros y luego abandonó el lugar. Además, los testimonios de Frías y de Lacasa no concuerdan en varios puntos.
 
Finalmente, el historiador José María Rosa, en su libro de 1967, "El cóndor ciego", tras estudiar detenidamente los documentos, lanzó otra versión. Consideró que Lavalle, agobiado por las derrotas y devastado psicológicamente, habría decidido de pronto suicidarse. Y que sus soldados, en un pacto de silencio que cumplieron religiosamente, acordaron aferrarse a la tradicional versión del tiro casual en el zaguán. En fin, sólo el bravo e infortunado general podría decir lo que realmente ocurrió esa mañana en el caserón de Zenarruza.
 
 
Damasita, después
 
En lo que a Damasita Boedo respecta, a pesar de que Pedernera ofreció devolverla a su familia, en Salta, optó por seguir con los soldados. No podía regresar a la casa de los padres, tras haberse fugado con un hombre casado. El historiador Bernardo Frías informa que residió un tiempo en Bolivia y que luego, convertida en amante del embajador Billinghurst, pasó a Chile, para vivir como una reina.
 
Años después, todavía bella y lujosamente vestida, se dio el gusto de regresar a Salta, y pasear por la ciudad para escándalo de sus conocidos. Luego, partió de vuelta a Chile, donde murió.
 
Autor
Carlos Páez de la Torre H
Redacción LA GACETA
 
Fuente: La Gaceta

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19-11-2019 / 19:11
En 1970, la Revolución Argentina que había derrocado, cuatro años atrás, al radical Arturo Illia, comenzaba a transitar el principio del fin. Sus objetivos de organizar la República en base a un catolicismo a ultranza, una economía neoliberal conservadora, sin actividad política, con escasa participación gremial y con ideas corporativas al estilo de la España franquista, se vieron jaqueados por los desaciertos económicos, la rebelión popular delCordobazo y la aparición de organizaciones armadas.
 
La ebullición y la impaciencia política se exteriorizaban en los partidos políticos tradicionales y con Juan Perón, desde Madrid, quien combatía al gobierno militar y organizaba una agrupación multipartidaria, "La Hora del Pueblo", para presionar una retirada del gobierno militar de facto.
 
El primero de abril de 1971, el general Alejandro Agustín Lanusse lanza el Gran Acuerdo Nacional (GAN) un proyecto ambicioso, y a la vez un tanto ingenuo, para reunir al arco político y decidir las reglas del juego electoral. Como un gesto de acercamiento a Perón le devuelve el cuerpo de Evita, pero el GAN tiene los días contados.
 
Lanusse convoca a elecciones para el 11 de marzo de 1973, con cláusulas proscriptivas y frases que pasaron a la historia como "Perón no viene porque no le da el cuero". Pero, el 17 de noviembre de 1972, a las once y nueve minutos de una mañana lluviosa, Perón retorna a la Patria.
 
Un 19 de noviembre de 1972, Juan Perón y Ricardo Balbín, históricamente enfrentados, se encuentran, se abrazan y demuestran que en política no hay enemigos, sino adversarios. Pusieron en marcha un proyecto nacional de unidad para que los dos grandes movimientos populares mayoritarios del país, el peronismo y el radicalismo, construyeran un modelo estable de democracia.
 
Perón falleció el 1º de julio de 1974 y con él se va la posibilidad de una salida pacífica. El país entraría en una pendiente violenta difícil de remontar. Con los años, el proyecto de unidad comenzado por Perón y Balbín fue comparado con el Pacto de la Moncloa español de 1977. Este dio resultado, al primero le faltó tiempo y líderes.
 
Carlos Morales



19-11-2019 / 09:11
19-11-2019 / 09:11
Juan Manuel de Rosas fue un gobernante que enfrentó situaciones muy difíciles y tuvo que gobernar en circunstancias excepcionales. Su asunción al poder fue recibida con aprobación por la gente humilde: los peones, mulatos y orilleros, que lo querían porque lo consideraban su defensor contra los abusos de los comerciantes y hacendados.

Durante su gobierno tuvo que enfrentar siete conflictos bélicos: dos con Francia, uno con Inglaterra, otro con la Confederación Peruano-Boliviana, otro permanente con la Banda Oriental (ya independizada), dos con Brasil (Caseros fue parte de la guerra con el Imperio brasileño).
 
En 1845, las dos potencias políticas, económicas y militares mundiales de la época: Inglaterra y Francia reclamaron la libre navegación de los ríos interiores argentinos para comerciar con Paraguay. Para ejemplificar el desatino pedido por los europeos, es como si se nos ocurriera navegar el Támesis o el Sena para ofrecer nuestros productos sin pagar aranceles o pedir permisos. No se la llevarían "de arriba".

El intento colonialista de invadirnos, fue enfrentado por las armas nacionales en  la Vuelta de Obligado, en una gran batalla contra el imperialismo británico. El 20 de noviembre es una fecha épica y memorable en la historia de nuestra dignidad nacional. Esta batalla, pese al resultado adverso, dio como consecuencia la victoria diplomática de la Confederación Argentina, debido al alto costo que demandó la operación "comercial". 

La valiente resistencia opuesta por el gobierno nacional, obligó a las potencias agresoras a reconocer la soberanía argentina sobre los ríos interiores: Inglaterra levantó el bloqueo en julio de 1847. Francia, en junio de 1848. Desde la caída de Rosas hasta hace algunos años esta fue una batalla ignorada por la historia oficial, a pesar que casi trescientos argentinos entregaron sus vidas defendiendo la Soberanía Nacional. Además, la batalla tuvo significancia internacional, porque en ella se dirimió el derecho de soberanía de los pueblos.

Porque defendió el territorio nacional y la Soberanía Nacional enfrentando a las máximas potencias del mundo, José de San Martín le legó su sable corvo "Como prueba de su satisfacción por la firmeza con que sostuvo el honor de la República contra las injustas pretensiones de los extranjeros que trataban de humillarla".

Escribe: Blas García



19-11-2019 / 08:11
18-11-2019 / 09:11
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