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Nacionales - 04-11-2018 / 09:11

El síndrome de Estocolmo con los empresarios amenaza la resurrección de Macri

El síndrome de Estocolmo con los empresarios amenaza la resurrección de Macri
Si sube la inflación, se licúa más rápido la competitividad ganada por la mega devaluación. Eso se llama presión sobre el tipo de cambio. Si todo esto ocurre, será menos el tiempo que tendrá la Argentina para beneficiarse por la estabilidad del dólar. Pero, además, si Macri espera que su imagen recupere algo del terreno perdido, ¿esto lo ayuda o lo perjudica? Si alguien se preocupara por el enojo social que transmiten todos los estudios de opinión, ¿esto lo acrecienta o lo serena?
El jueves por la noche, el Gobierno de Mauricio Macri anunció una medida que, en este contexto, es muy difícil de entender: subiría la nafta un siete por ciento. El precio del combustible obedece a la combinación de dos factores: el precio del barril de petróleo a nivel internacional y el tipo de cambio.
 
En los últimos dos meses ambos cayeron significativamente. Eso permitió que un sector del Gobierno se entusiasmara con bajar el precio de la nafta. Hubiera sido un buen corolario para una buena semana: que bajara el dólar, que bajaran las tasas y que, de yapa, bajaran las naftas. Sin embargo, el Presidente decidió exactamente lo contrario: ¡que subieran!
 
Cualquier principiante lo sabe: si suben los combustibles, el aumento se derrama sobre el resto de los precios de la economía. Eso se llama más inflación. Si sube la inflación, se licúa más rápido la competitividad ganada por la mega devaluación. Eso se llama presión sobre el tipo de cambio.
 
Si todo esto ocurre, será menos el tiempo que tendrá la Argentina para beneficiarse por la estabilidad del dólar. Pero, además, si Macri espera que su imagen recupere algo del terreno perdido, ¿esto lo ayuda o lo perjudica?
 
Si alguien se preocupara por el enojo social que transmiten todos los estudios de opinión, ¿esto lo acrecienta o lo serena? No es solo el Gobierno de Macri lo que está en juego, como lo reflejan las recientes elecciones en Brasil.
 
El presidente podría argumentar que es suficiente con un aumento del 65% en lo que va del año, que el precio no debe regirse por los valores internacionales sino por los costos locales, más una razonable utilidad, que debe respetar los momentos difíciles del país.
 
¿Quién puede defender seriamente que un presidente acepte que conviva un crecimiento importante de los ingresos reales de las petroleras con una caída de niveles históricos del salario real? La idea es que el paraíso está al final de un proceso donde la sociedad la pasa muy mal mientras las empresas más poderosas son intocables.
 
Es una elección de prioridades que sacrifica otras en función de un objetivo sobre cuyo nivel de realismo hay discusiones. Encima, quien toma la medida es un presidente que ya ha anunciado otros milagros sin éxito.
 
Los empresarios han tratado muy mal a Macri desde que asumió. Le han subido los precios de manera poco justificada, no le han invertido, han huido en masa hacia el dólar.
 
¿Cómo es que no impone algún sistema intermedio entre la intervención K y la no intervención suya? ¿Ha ganado algo la sociedad, o él mismo, con ese dogma? ¿Qué extraña lógica le impide pensar que parte de su trabajo es, por ejemplo, evitar que la harina suba un 20% en un mes? 

 
OPINIÓN
 
El síndrome de Estocolmo que amenaza la resurrección de Macri
 
La última semana podría haber terminado como la primera en mucho tiempo en la que el Gobierno logró un triunfo relevante. Sin embargo, no fue así. Algo ocurrió que aguó lo que podría haber sido una modesta celebración. Lo curioso del caso es que el desenlace poco feliz se debió a una decisión del más alto nivel del Gobierno.
 
Aquí los hechos. Tal vez sean muy reveladores de la manera en que sucedieron las cosas desde el 10 de diciembre del 2015.
 
Hace un mes, la Argentina estaba al borde de la hiperinflación. Dos presidentes del Banco Central habían renunciado en muy poco tiempo. El dólar volaba por el aire. Nada había logrado frenarlo: ni la suba de tasas, ni el acuerdo con el Fondo, ni la venta de 20 mil millones de dólares de reservas.
 
El nuevo presidente del Banco Central anunciaba un plan monetario muy restrictivo. Nadie creía que podría funcionar. Los operadores de la City apostaban: ¿A cuánto llegará el dólar? ¿A 45? ¿A 50? ¿A 70? ¿Y la inflación? ¿En cuánto tiempo llegaría a dos dígitos en un mes? En ese contexto, preguntarse si Mauricio Macri sería reelecto era una estupidez. La pregunta correcta era si llegaría al final de su mandato.
 
Un mes después está claro que esas catástrofes no sucedieron. Desde esas horas agónicas, el dólar se hundió. En los últimos días, ese descenso convivió además con una baja importante en las tasas de interés. Además, eso se logró sin vender un dólar de las reservas.
 
El precio del dólar organiza o destruye la vida de la mayoría de los argentinos y, por lo tanto, define también la estabilidad política del país. La disparada del último semestre produjo la inflación más alta desde 1991. Su estabilización, naturalmente, está destinada a producir su desaceleración. Si, como todo parece indicar, la nueva situación se mantiene, Macri podrá tener alguna chance de reelección.
 
No será sencillo porque la corrida dejó tierra arrasada. Los datos de la economía real de la última semana son escalofriantes. La venta de libros cayó un 30%; la de autos, más de un 40%; el promedio de inflación calculado por las consultoras para octubre es del 6%; en solo nueve meses el salario real cayó un 12 por ciento.
 
Y todavía faltan los datos de empleo y pobreza, que llegan más espaciados en el tiempo. Para colmo, las tasas de interés empiezan a complicar la vida de las empresas: marcas muy poderosas como Tres Arroyos o Persico acaban de pedir ser incorporadas al procedimiento preventivo de crisis.
 
O sea que, para Macri, será todo muy difícil. Si el dólar se queda quieto, tendrá una chance, en medio de una sociedad muy lastimada. Peor será lo que va a ocurrir si se disparara el dólar. En esa situación tan delicada, Macri ha decidido una vez más no colaborar con Macri.
 
El jueves por la noche, el Gobierno anunció una medida que, en este contexto, es muy difícil de entender: subiría la nafta un siete por ciento. El precio del combustible obedece a la combinación de dos factores: el precio del barril de petróleo a nivel internacional y el tipo de cambio.
 
En los últimos dos meses ambos cayeron significativamente. Eso permitió que un sector del Gobierno se entusiasmara con bajar el precio de la nafta. Hubiera sido un buen corolario para una buena semana: que bajara el dólar, que bajaran las tasas y que, de yapa, bajaran las naftas. Sin embargo, el Presidente decidió exactamente lo contrario: ¡que subieran!
 
Cualquier principiante lo sabe: si suben los combustibles, el aumento se derrama sobre el resto de los precios de la economía. Eso se llama más inflación. Si sube la inflación, se licúa más rápido la competitividad ganada por la megadevaluación. Eso se llama presión sobre el tipo de cambio.
 
Si todo esto ocurre, será menos el tiempo que tendrá la Argentina para beneficiarse por la estabilidad del dólar. Pero, además, si Macri espera que su imagen recupere algo del terreno perdido, ¿esto lo ayuda o lo perjudica?
 
Si alguien se preocupara por el enojo social que transmiten todos los estudios de opinión, ¿esto lo acrecienta o lo serena? No es solo el Gobierno de Macri lo que está en juego, como lo reflejan las recientes elecciones en Brasil.
 
Naturalmente, las petroleras tienen sus argumentos para reclamar aumentos y más aumentos. Básicamente, sostienen que aun con la baja del dólar y del precio del barril, los precios de los combustibles siguen atrasados. Hay empresas que piden un 15% extra de aumentos de aquí a diciembre.
 
Aunque hay economistas que se resisten a aceptarlo, muchas veces el precio es resultado de una cuestión técnica pero otras, de una decisión política.
 
Un presidente podría argumentar que es suficiente con un aumento del 65% en lo que va del año, que el precio no debe regirse por los valores internacionales sino por los costos locales, más una razonable utilidad, que debe respetar los momentos difíciles del país.
 
¿Quién puede defender seriamente que un presidente acepte que conviva un crecimiento importante de los ingresos reales de las petroleras con una caída de niveles históricos del salario real?
 
Esta no es una historia nueva. El equipo de Nicolás Dujovne está convencido de que durante los tarifazos impuestos en 2016 por el ex ministro Juan José Aranguren primó la necesidad de otorgarles ganancias extraordinarias a las empresas antes que la de reducir los subsidios heredados del kirchnerismo.
 
Ahora, hay sectores del Gobierno que pretendían que la nafta bajara. Pero el Presidente intercedió. Una vez más venció la idea de que el paraíso está al final de un proceso donde la sociedad la pasa muy mal mientras las empresas más poderosas son intocables.
 
En el fondo de esta historia anida un objetivo con el que sueña Mauricio Macri: el desarrollo de Vaca Muerta. Si esa quimera se transformara en realidad, la macroeconomía argentina podría tal vez resolver su problema estructural de falta de dólares.
 
Como en todas las áreas de la economía, de todos modos, los números, los tiempos, la manera en que se reparte la riqueza, permiten moverse dentro de ciertos márgenes. O sea: aumentar en este momento la nafta es una elección de prioridades que sacrifica otras en función de un objetivo sobre cuyo nivel de realismo hay discusiones. Encima, quien toma la medida es un presidente que ya ha anunciado otros milagros sin éxito.
 
En la relación con esas empresas, y con casi todas las otras, el Presidente parece atrapado en una especie de síndrome. Gran parte de los economistas que advirtieron sobre el estallido de la crisis cambiaria desde el mismo 10 de diciembre del 2015, y por eso deberían ser escuchados, recomiendan en estos días dos cosas: que se implemente algún tipo de control de cambios para que la fuga de divisas, que siempre es muy fuerte en años electorales, no derribe la estabilidad cambiaria, y que se articule algún tipo de acuerdo de precios en los sectores monopólicos de la economía para que la inflación tenga allí algún dique de contención. Pero el Gobierno se niega a escuchar esas recomendaciones.
 
Los empresarios han tratado muy mal a Macri desde que asumió. Le han subido los precios de manera poco justificada, no le han invertido, han huido en masa hacia el dólar.
 
¿Cómo es que no impone algún sistema intermedio entre la intervención kirchnerista y la no intervención suya? ¿Ha ganado algo la sociedad, o él mismo, con ese dogma? ¿Qué extraña lógica le impide pensar que parte de su trabajo es, por ejemplo, evitar que la harina suba un 20% en un mes?
 
El Presidente construyó gran parte de su carrera hacia la Casa Rosada argumentando que era necesario abandonar la ideología y concentrarse en la resolución práctica de los problemas. Sin embargo, el país parece haber cambiado un sistema ideológico por otro. A juzgar por los resultados, el nuevo sistema es, al menos, tan poco práctico como el anterior.
 
Hace un mes, el país estaba al borde de la hiperinflación. La estabilidad cambiaria le da ahora una chance más a Macri. En los próximos meses se conocerá cuál es la magnitud de esa oportunidad. En parte, dependerá de estas pequeñas decisiones que, en cadena, han generado la peor percepción social del estado de la economía desde la crisis del 2001. Una semana es, apenas, una semana. Pero no quedan demasiadas.
 
Por Ernesto Tenembaum
El autor es periodista y escritor.
 
Fuente: Infobae
 

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23-03-2019 / 09:03
Una actividad cerrada y de gestión volvió a traerle complicaciones a Mauricio Macri. El Presidente terminó ofuscado con un obrero que hizo el gesto de la "V" peronista mientras se fotografiaba en el Paseo del Bajo.
 
El enojo y posterior reto ocurrieron ayer, pero la escena se viralizó hoy y muestra una faceta de Macri desconocida para el público.
 
Al percatarse del gesto del obrero, un Macri visiblemente enojado le ordena que se aparte y salga de la foto. Mientras, Horacio Rodríguez Larreta observa la escena junto a María Eugenia Vidal.
 
Si bien la imagen circula sin audio, parece una verdadera pesadilla para los asesores del PRO que durante años se esforzaron por cambiar la imagen del Macri frío y distante. "Faltó una sonrisa", se resignó uno de sus más fieles laderos que vivió la transformación que le permitió llegar a la Presidencia.
 
"Lo que pasa que antes no te podías acercar a un Presidente y ahora cualquiera le falta el respeto", analizó un dirigente macrista que pidió mantener su nombre en reserva.
 
Un mes atrás el mandatario fue escrachado por otro obrero que lo abordó en medio de un acto oficial del plan Procrear en el sur de la Ciudad y le reclamó que hiciera "algo".
 
"Soy un laburante, vivo día a día, todos los días a las 5 de la mañana me levanto", sorprendió el obrero a Macri, que intentaba meter un bocado. "Perdón que se lo tengo que decir, con respeto, no me importa el Gobierno pasado, ahora es el problema", advirtió el trabajador.
 
"Tratemos de hacer rápido las cosas, se lo pido por favor presidente, estamos peor", aseveró el obrero. Macri intentó darle un final al episodio al buscar un abrazo de compromiso con el trabajador de la Uocra. "Hagan algo, la concha de mi hermana", fue el último comentario que deslizó el trabajador.
 
La Opinión Popular

23-03-2019 / 09:03
El espía Marcelo D'Alessio puso por primera vez al macrismo a la defensiva desde que asumió el gobierno. Hostigado por la crisis, la alianza Cambiemos contraatacó siempre con alguna denuncia amplificada por la corporación mediática.
 
Esta vez, al tiempo que la crisis es devastadora, la denuncia surgió con una potencia inusitada desde la oposición y logró romper el blindaje mediático para impactar de lleno en el ámbito judicial. El gobierno aparece inerme ante la espiral ascendente de una crisis que no puede controlar y el frente judicial se le desmorona.
 
En medios políticos ya se habla de que Mauricio Macri no está para ninguna reelección en este contexto. Y se espera que la movilización del 24 sea de una gran masividad por el clima de fuerte malestar. "Por la Patria que soñamos, contra la miseria planificada", es la consigna.
 
Con el dólar que sube, las tasas de interés más altas del planeta y una inflación que está entre las primeras de todo el mundo, el gobierno ya no puede recurrir a su bazooka judicial para distraer la atención porque tiene en aprietos a uno de sus principales alfiles, el fiscal macrista Carlos Stornelli.
 
La reacción frente a la investigación del juez Alejo Ramos Padilla y la detención de D'Alessio fue casi instintiva o impulsada por el pánico. Cambiemos no la derivó hacia ninguno de sus operadores subterráneos.
 
El disparo salió directamente de la Casa Rosada. Y hubo otras defensas también a la desesperada, mientras el jueves se producían grandes movilizaciones espontáneas en Buenos Aires, Dolores y Mar del Plata, pero en defensa del juez.
 
Si la Magistratura o la Corte aceptaban ese acto intervencionista casi brutal de Macri hubieran quedado en evidencia. No solamente como agentes de un poder que tendría que ser independiente, sino que también hubiera dado todo el aspecto de reacción corporativa en defensa del fiscal. El Ejecutivo trató de atacar desde la Magistratura y la Corte a un juez que está investigando al poder político. Ese desmanejo tuvo fuerte repercusión en el exterior.
 
No fue solamente el gobierno el que se salió de caja. La reacción de Elisa Carrió está entre las más desquiciadas de su curriculum. Y hasta la misma diputada Graciela Camaño -del ala del massismo que resiste cualquier contacto con el PJ y los K- atinó a salir en defensa del fiscal Carlos Stornelli, cuyo proceso puede embarrar a gran parte del mundo político que se benefició de las andanzas de D'Alessio con el fiscal.
 
El rechazo de la Cámara de Mar del Plata a la recusación del juez, planteada por Stornelli y la respuesta afirmativa de la Corte al pedido del juez de respaldo material, más el probable fracaso del pedido de juicio político en la Magistratura, dan cuenta de que el ámbito judicial optó por un camino más complejo que el propuesto por el macrismo.
 
Entre la crisis económica y este escándalo de espionaje ilegal para alimentar causas judiciales, el lawfare o guerra jurídica, una práctica muy usada por el macrismo para reemplazar a la política, perdió credibilidad.

22-03-2019 / 12:03
El rebrote inflacionario, la ola de despidos y la nueva corrida al dólar le llegaron al Gobierno de Mauricio Macri en el peor momento político posible, con su imagen pública en picada y la pólvora de la corrupción K mojada por el creciente escándalo del espía Marcelo Dalessio.
 
Desesperado por huir hacia adelante, el Presidente apeló esta semana al viejo truco de mostrar autoridad con un puñetazo a la mesa. Pero el efecto fue, como suele pasar cuando se sobreactúa, el contrario: el establishment lo mira perplejo, Wall Street espera sin jugar una sola ficha, la Corte Suprema lo ignora, sus aliados toman distancia, la CGT se despereza y el peronismo sonríe, al fin, ante la perspectiva ahora menos remota de que el ballotage termine enfrentando a dos opositores.
 
La metáfora desafortunada de la semana corrió por cuenta del presidente del Banco Nación, Javier González Fraga, a quien secundará por lo que le quede de mandato el fallido exvice de Federico Sturzenegger en el Central, Lucas Llach. "¿Qué prefieren, estar en un auto a más de 100 kilómetros por hora que va hacia la pared o haber chocado ya con la pared y no tener más que un par de huesos rotos?", preguntó González Fraga a un auditorio de financistas, quienes por las dudas no arriesgaron respuesta.
 
Muerte o dunga-dunga. Casi tan alentador como el "estamos bailando en la cubierta del Titanic" que soltó Dante Sica ante bodegueros.
 
En el campo rumian su malestar por el regreso de las retenciones y la suba de costos, dos coletazos de la devaluación de fines de septiembre. Hasta reaparecieron juntos los referentes de la vieja Mesa de Enlace de 2008, aunque esta vez para castigar a Macri. Fue un lamento muy sintomático del momento que se vive en el empresariado.
 
Conmovidos o irónicos, los integrantes del Comité Ejecutivo de la UIA se cansaron de reenviar por whatsapp el video del reencuentro ruralista. "Parecen industriales", comentó con sorna uno de los tres que envió el recorte a BAE Negocios. ¿Y el Grupo de los Siete, donde hasta hace un año compartían amables almuerzos? Bien, gracias.
 
A los industriales, anteayer, Sica los reprendió por primera vez en un tono similar al que usaba su antecesor que los trató de "llorones", Francisco Cabrera. Sica se enojó porque un rotario cuchicheó que su discurso era "puro piripipí" y acusó entonces al empresariado de asociarse con los sindicatos para después pedirle prebendas al Estado. "Ya nos ponen en la misma bolsa a todos. Están en la fase yo contra el mundo", comentó un dueño de fábrica presente en el salón.
 
Más allá de las intenciones, gobernar bajo emoción violenta empieza a granjearle enemigos al macrismo.

22-03-2019 / 08:03
La funesta política económica neoliberal de Mauricio Macri, dirigida por el FMI, aumentó la desocupación urbana que alcanzó en el último trimestre de 2018 al 9,1 por ciento de la población económicamente activa, lo cual representa un aumento de casi dos puntos con respecto al 7,2 por ciento registrado por el Indec en el mismo período del año anterior.
 
Esto significa que 1.752.000 personas se encuentran desempleadas y en busca de trabajo, de un total de casi 13 millones que representan la población activa en núcleos urbanos de todo el país. El aumento de la tasa de desempleo representaría que, a lo largo de 2018, se sumaron unos 260 mil personas al ejército de desocupados.  Si se proyecta al total de la población laboral, la cantidad de desempleados nuevos sería del orden de los 400 mil sobre un total de 1 millón 750 mil.
 
La proporción de ocupados demandantes de empleo llegó en el cuarto trimestre de 2018 al 17,3 por ciento, lo cual representa un salto importante con respecto a un año atrás, cuando medía 14,7 por ciento. Esta cifra refleja los subocupados que buscan otro empleo sin conseguirlo, o bien ocupados plenos en busca de sumar otro trabajo o reemplazar el que tienen, presumiblemente por insuficiencia de ingresos.  
 
En el período informado por el Indec, también aumentó la tasa de subocupados con respecto a la de un año atrás. La proporción de trabajadores que, si bien tienen empleo, no llegan a cubrir una jornada completa, representa el 12 por ciento de la población activa, cuando a fines de 2017 representaba el 10,2 por ciento.
 
De acuerdo a las cifras del Indec, los subocupados sumaban un millón 557 mil personas a fines de 2018, unos 260 mil más que en el cuarto trimestre del año anterior. Por sexo y edad, la franja de población con mayores problemas de desempleo son los jóvenes de hasta 29 años. Entre las mujeres, el desempleo llega al 21,4 por ciento. Entre los varones, la tasa es del 15,4 por ciento.
 
En el primer caso, el aumento en relación al año anterior es de 2,6 puntos (era de 18,8 por ciento a fines de 2017). El desempleo joven de los varones creció en un año cuatro puntos, a partir del 11,4 por ciento en la medición del último cuarto de 2017.
 
De los 31 aglomerados urbanos, en cinco la desocupación alcanzó a los dos dígitos (es decir, que superó el 10 por ciento). Ellos son: Gran Rosario (12,8 por ciento), Mar del Plata (12,8), partidos del conurbano bonaerense (11,4), San Nicolás-Villa Constitución (11,3) y Santa Rosa-Toay (10,1). Mar del Plata es, además, el aglomerado urbano con mayor subocupación: 17,5 por ciento. En 2019 el mercado de trabajo no se recuperará y el desempleo volverá a subir.
 
La Opinión Popular

21-03-2019 / 12:03
Jaime Durán Barba, consultor de imagen y asesor político ecuatoriano de Mauricio Macri, en noviembre de 2013 declaró que "¡Hitler era un tipo espectacular! ¡Era muy importante en el mundo!". Descontamos que esa admiración no es por las atrocidades cometidas por la dictadura nazi, el antisemitismo que llevó al holocausto o el culto a la violencia que provocó la Segunda Guerra Mundial, sino por sus aporte a la propaganda.

Es así que el esquema macrista funciona gracias al doble principio que enuncia la propaganda nazi: a) la gente cree más rápido una gran mentira que una pequeña, b) una mentira repetida insistentemente acaba siendo creída.

Durán Barba le hizo decir a Macri, entre otras promesas de campaña: "Yo no he hablado nunca de ajustar", "El dólar no va a estar a más de 15 pesos", "Creemos que hay que desarrollar la economía", "Nuestra prioridad es la Pobreza Cero", "Vamos a crear dos millones de puestos de trabajo", "Ningún trabajador pagará impuesto a las ganancias" y "Vamos a dar un millón de créditos a 30 años".
 
Todas mentiras que en ningún momento pensaron cumplir y que siguen repitiendo hasta el cansancio y hasta que ellos mismos, ingenuamente, acaban creyendo.
 
La falsedad macrista no es algo que requiera más pruebas de las que están a la vista, sólo que hay muchos que las pasan por alto, sea por fanatismo ideológico, por interés de clase o por cooptación. En relación con el engaño, por ejemplo, se expone el brutal endeudamiento como un supuesto logro: "El mundo confía en nosotros". Un favor a los actuales funcionarios, pero en desmedro de los futuros gobiernos y de las generaciones venideras.
 
Una de las últimas muletillas del gobierno macrista es repetir y repetir "nosotros siempre decimos la verdad". Después de haber mentido en casi todo durante la campaña y convencido a más de un incauto con que no perderían nada de lo que tenían, asumen que está todo mal. Y encima hay que agradecerles la "valentía" de decirlo.

La habilidad dialéctica de argumentar lo imposible es apreciada por el macrismo. Durán Barba utilizó las técnicas de manipulación goebbeliana a todo nivel en la estrategia comunicacional de Cambiemos y toda su parafernalia mediática y orquestada, que evita el razonamiento o la prueba y convoca a la reacción emotiva, fanática o prejuiciosa.
 
Por Blas García


Columnista, Ingeniero, ex diputado en Córdoba, ex funcionario en Santiago del Estero y Entre Ríos.

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