La Opinión Popular
                  08:51  |  Viernes 18 de Enero de 2013  |  Entre Ríos
El clima en Paraná
“Si la fuerza material está monopolizada por el régimen, las fuerzas morales, los valores que no se afincan en lo material están de nuestro lado, del lado del pueblo, y la militancia los transformará en fuerza avasalladora”. John W. Cooke
Recomendar Imprimir
Nacionales - 04-11-2018 / 09:11

El síndrome de Estocolmo con los empresarios amenaza la resurrección de Macri

El síndrome de Estocolmo con los empresarios amenaza la resurrección de Macri
Si sube la inflación, se licúa más rápido la competitividad ganada por la mega devaluación. Eso se llama presión sobre el tipo de cambio. Si todo esto ocurre, será menos el tiempo que tendrá la Argentina para beneficiarse por la estabilidad del dólar. Pero, además, si Macri espera que su imagen recupere algo del terreno perdido, ¿esto lo ayuda o lo perjudica? Si alguien se preocupara por el enojo social que transmiten todos los estudios de opinión, ¿esto lo acrecienta o lo serena?
El jueves por la noche, el Gobierno de Mauricio Macri anunció una medida que, en este contexto, es muy difícil de entender: subiría la nafta un siete por ciento. El precio del combustible obedece a la combinación de dos factores: el precio del barril de petróleo a nivel internacional y el tipo de cambio.
 
En los últimos dos meses ambos cayeron significativamente. Eso permitió que un sector del Gobierno se entusiasmara con bajar el precio de la nafta. Hubiera sido un buen corolario para una buena semana: que bajara el dólar, que bajaran las tasas y que, de yapa, bajaran las naftas. Sin embargo, el Presidente decidió exactamente lo contrario: ¡que subieran!
 
Cualquier principiante lo sabe: si suben los combustibles, el aumento se derrama sobre el resto de los precios de la economía. Eso se llama más inflación. Si sube la inflación, se licúa más rápido la competitividad ganada por la mega devaluación. Eso se llama presión sobre el tipo de cambio.
 
Si todo esto ocurre, será menos el tiempo que tendrá la Argentina para beneficiarse por la estabilidad del dólar. Pero, además, si Macri espera que su imagen recupere algo del terreno perdido, ¿esto lo ayuda o lo perjudica?
 
Si alguien se preocupara por el enojo social que transmiten todos los estudios de opinión, ¿esto lo acrecienta o lo serena? No es solo el Gobierno de Macri lo que está en juego, como lo reflejan las recientes elecciones en Brasil.
 
El presidente podría argumentar que es suficiente con un aumento del 65% en lo que va del año, que el precio no debe regirse por los valores internacionales sino por los costos locales, más una razonable utilidad, que debe respetar los momentos difíciles del país.
 
¿Quién puede defender seriamente que un presidente acepte que conviva un crecimiento importante de los ingresos reales de las petroleras con una caída de niveles históricos del salario real? La idea es que el paraíso está al final de un proceso donde la sociedad la pasa muy mal mientras las empresas más poderosas son intocables.
 
Es una elección de prioridades que sacrifica otras en función de un objetivo sobre cuyo nivel de realismo hay discusiones. Encima, quien toma la medida es un presidente que ya ha anunciado otros milagros sin éxito.
 
Los empresarios han tratado muy mal a Macri desde que asumió. Le han subido los precios de manera poco justificada, no le han invertido, han huido en masa hacia el dólar.
 
¿Cómo es que no impone algún sistema intermedio entre la intervención K y la no intervención suya? ¿Ha ganado algo la sociedad, o él mismo, con ese dogma? ¿Qué extraña lógica le impide pensar que parte de su trabajo es, por ejemplo, evitar que la harina suba un 20% en un mes? 

 
OPINIÓN
 
El síndrome de Estocolmo que amenaza la resurrección de Macri
 
La última semana podría haber terminado como la primera en mucho tiempo en la que el Gobierno logró un triunfo relevante. Sin embargo, no fue así. Algo ocurrió que aguó lo que podría haber sido una modesta celebración. Lo curioso del caso es que el desenlace poco feliz se debió a una decisión del más alto nivel del Gobierno.
 
Aquí los hechos. Tal vez sean muy reveladores de la manera en que sucedieron las cosas desde el 10 de diciembre del 2015.
 
Hace un mes, la Argentina estaba al borde de la hiperinflación. Dos presidentes del Banco Central habían renunciado en muy poco tiempo. El dólar volaba por el aire. Nada había logrado frenarlo: ni la suba de tasas, ni el acuerdo con el Fondo, ni la venta de 20 mil millones de dólares de reservas.
 
El nuevo presidente del Banco Central anunciaba un plan monetario muy restrictivo. Nadie creía que podría funcionar. Los operadores de la City apostaban: ¿A cuánto llegará el dólar? ¿A 45? ¿A 50? ¿A 70? ¿Y la inflación? ¿En cuánto tiempo llegaría a dos dígitos en un mes? En ese contexto, preguntarse si Mauricio Macri sería reelecto era una estupidez. La pregunta correcta era si llegaría al final de su mandato.
 
Un mes después está claro que esas catástrofes no sucedieron. Desde esas horas agónicas, el dólar se hundió. En los últimos días, ese descenso convivió además con una baja importante en las tasas de interés. Además, eso se logró sin vender un dólar de las reservas.
 
El precio del dólar organiza o destruye la vida de la mayoría de los argentinos y, por lo tanto, define también la estabilidad política del país. La disparada del último semestre produjo la inflación más alta desde 1991. Su estabilización, naturalmente, está destinada a producir su desaceleración. Si, como todo parece indicar, la nueva situación se mantiene, Macri podrá tener alguna chance de reelección.
 
No será sencillo porque la corrida dejó tierra arrasada. Los datos de la economía real de la última semana son escalofriantes. La venta de libros cayó un 30%; la de autos, más de un 40%; el promedio de inflación calculado por las consultoras para octubre es del 6%; en solo nueve meses el salario real cayó un 12 por ciento.
 
Y todavía faltan los datos de empleo y pobreza, que llegan más espaciados en el tiempo. Para colmo, las tasas de interés empiezan a complicar la vida de las empresas: marcas muy poderosas como Tres Arroyos o Persico acaban de pedir ser incorporadas al procedimiento preventivo de crisis.
 
O sea que, para Macri, será todo muy difícil. Si el dólar se queda quieto, tendrá una chance, en medio de una sociedad muy lastimada. Peor será lo que va a ocurrir si se disparara el dólar. En esa situación tan delicada, Macri ha decidido una vez más no colaborar con Macri.
 
El jueves por la noche, el Gobierno anunció una medida que, en este contexto, es muy difícil de entender: subiría la nafta un siete por ciento. El precio del combustible obedece a la combinación de dos factores: el precio del barril de petróleo a nivel internacional y el tipo de cambio.
 
En los últimos dos meses ambos cayeron significativamente. Eso permitió que un sector del Gobierno se entusiasmara con bajar el precio de la nafta. Hubiera sido un buen corolario para una buena semana: que bajara el dólar, que bajaran las tasas y que, de yapa, bajaran las naftas. Sin embargo, el Presidente decidió exactamente lo contrario: ¡que subieran!
 
Cualquier principiante lo sabe: si suben los combustibles, el aumento se derrama sobre el resto de los precios de la economía. Eso se llama más inflación. Si sube la inflación, se licúa más rápido la competitividad ganada por la megadevaluación. Eso se llama presión sobre el tipo de cambio.
 
Si todo esto ocurre, será menos el tiempo que tendrá la Argentina para beneficiarse por la estabilidad del dólar. Pero, además, si Macri espera que su imagen recupere algo del terreno perdido, ¿esto lo ayuda o lo perjudica?
 
Si alguien se preocupara por el enojo social que transmiten todos los estudios de opinión, ¿esto lo acrecienta o lo serena? No es solo el Gobierno de Macri lo que está en juego, como lo reflejan las recientes elecciones en Brasil.
 
Naturalmente, las petroleras tienen sus argumentos para reclamar aumentos y más aumentos. Básicamente, sostienen que aun con la baja del dólar y del precio del barril, los precios de los combustibles siguen atrasados. Hay empresas que piden un 15% extra de aumentos de aquí a diciembre.
 
Aunque hay economistas que se resisten a aceptarlo, muchas veces el precio es resultado de una cuestión técnica pero otras, de una decisión política.
 
Un presidente podría argumentar que es suficiente con un aumento del 65% en lo que va del año, que el precio no debe regirse por los valores internacionales sino por los costos locales, más una razonable utilidad, que debe respetar los momentos difíciles del país.
 
¿Quién puede defender seriamente que un presidente acepte que conviva un crecimiento importante de los ingresos reales de las petroleras con una caída de niveles históricos del salario real?
 
Esta no es una historia nueva. El equipo de Nicolás Dujovne está convencido de que durante los tarifazos impuestos en 2016 por el ex ministro Juan José Aranguren primó la necesidad de otorgarles ganancias extraordinarias a las empresas antes que la de reducir los subsidios heredados del kirchnerismo.
 
Ahora, hay sectores del Gobierno que pretendían que la nafta bajara. Pero el Presidente intercedió. Una vez más venció la idea de que el paraíso está al final de un proceso donde la sociedad la pasa muy mal mientras las empresas más poderosas son intocables.
 
En el fondo de esta historia anida un objetivo con el que sueña Mauricio Macri: el desarrollo de Vaca Muerta. Si esa quimera se transformara en realidad, la macroeconomía argentina podría tal vez resolver su problema estructural de falta de dólares.
 
Como en todas las áreas de la economía, de todos modos, los números, los tiempos, la manera en que se reparte la riqueza, permiten moverse dentro de ciertos márgenes. O sea: aumentar en este momento la nafta es una elección de prioridades que sacrifica otras en función de un objetivo sobre cuyo nivel de realismo hay discusiones. Encima, quien toma la medida es un presidente que ya ha anunciado otros milagros sin éxito.
 
En la relación con esas empresas, y con casi todas las otras, el Presidente parece atrapado en una especie de síndrome. Gran parte de los economistas que advirtieron sobre el estallido de la crisis cambiaria desde el mismo 10 de diciembre del 2015, y por eso deberían ser escuchados, recomiendan en estos días dos cosas: que se implemente algún tipo de control de cambios para que la fuga de divisas, que siempre es muy fuerte en años electorales, no derribe la estabilidad cambiaria, y que se articule algún tipo de acuerdo de precios en los sectores monopólicos de la economía para que la inflación tenga allí algún dique de contención. Pero el Gobierno se niega a escuchar esas recomendaciones.
 
Los empresarios han tratado muy mal a Macri desde que asumió. Le han subido los precios de manera poco justificada, no le han invertido, han huido en masa hacia el dólar.
 
¿Cómo es que no impone algún sistema intermedio entre la intervención kirchnerista y la no intervención suya? ¿Ha ganado algo la sociedad, o él mismo, con ese dogma? ¿Qué extraña lógica le impide pensar que parte de su trabajo es, por ejemplo, evitar que la harina suba un 20% en un mes?
 
El Presidente construyó gran parte de su carrera hacia la Casa Rosada argumentando que era necesario abandonar la ideología y concentrarse en la resolución práctica de los problemas. Sin embargo, el país parece haber cambiado un sistema ideológico por otro. A juzgar por los resultados, el nuevo sistema es, al menos, tan poco práctico como el anterior.
 
Hace un mes, el país estaba al borde de la hiperinflación. La estabilidad cambiaria le da ahora una chance más a Macri. En los próximos meses se conocerá cuál es la magnitud de esa oportunidad. En parte, dependerá de estas pequeñas decisiones que, en cadena, han generado la peor percepción social del estado de la economía desde la crisis del 2001. Una semana es, apenas, una semana. Pero no quedan demasiadas.
 
Por Ernesto Tenembaum
El autor es periodista y escritor.
 
Fuente: Infobae
 

Agreganos como amigo a Facebook
17-01-2019 / 08:01
En los mentideros cuyanos aún es motivo de comentarios el estupor que le causaron al presidente Mauricio Macri las encuestas que la semana anterior le alcanzó el gobernador Alfredo Cornejo al encuentro en el country Cumellén de Villa La Angostura.
 
Ahí se mostraba que los 13 intendentes mendocinos radicales llevan la delantera con holgura en la intención de voto dentro de cada uno de sus distritos, pero en cuanto nacionalizan la boleta, vaya quien vaya a la provincial, la mayoría pierde no menos de 20 puntos.
 
El caso más llamativo resultó ser el de Godoy Cruz, de donde es oriundo el titular de la Convención Nacional de la UCR: el alcalde correligionario, Tadeo García Zalazar, midió 72%, pero en sábana con el Presidente de la Nación bajaba a 40 puntos.
 
Ese tal vez fue el motivo que llevó a la Casa Rosada a replantear su estrategia y, en lugar de negociar elección unificada para apalancarle votos a Macri en primera vuelta, optar por desactivar la candidatura del intendente de Luján de Cuyo, Omar De Marchi, para suceder a Cornejo, que propiciaba Marcos Peña, y dejarlo librado a la interna local.
 
La advertencia había sido: "Ojo que el titular del día siguiente podría enfocarse por el lado de que perdió el candidato de Macri", como sugiere una nota aparecida en el medio local Mendozapost.
 
En Buenos Aires ahora se conforman con que Cornejo se las arregle con su gente, pero que dé la cara como socio de Cambiemos encabezando la lista de diputados nacionales de la provincia.
 
Lo está pensando, pero igual en febrero seguramente lo tratará la convención nacional que preside, en la cual el partido de Alem tendrá que decidir hasta dónde acompañar la reelección de Macri y bajo qué condiciones, o si irá por afuera en las PASO.
 
Estarán expectantes de si el Pro mantiene a Daniel Salvador como vice en la provincia de Buenos Aires y si hay espacio para apoyar una tercera vía alternativa a la polarización con Cristina.
 
Hasta ahora, los nombres que se tiraron han sido Martín Lousteau, apadrinado por Ricardo Alfonsín, y Roberto Lavagna, como prenda de unidad, que le instalaron al círculo rojo.
 
Si bien se atribuye al ADN de la lealtad peronista el dicho de que "te acompañan hasta la puerta del cementerio pero no entran", por los últimos movimientos que se vieron en la coalición gobernante Cambiemos se nota que los radicales también lo incorporaron a su acervo en la relación con Mauricio Macri.

17-01-2019 / 08:01
Como dos viejos amigos (que no son), el derechista Mauricio Macri y el ultraderechista Jair Bolsonaro se mostraron sonrientes en su primer encuentro. La relación entre ellos comenzó con una fuerte desconfianza, entre otras cosas, porque los ministros brasileños aseguraron que ni la Argentina ni el Mercosur serían prioridad para el nuevo gobierno.
 
Con la asunción de Bolsonaro se confirma un nuevo eje de la derecha sudamericana. "Tenemos muchas coincidencias con Bolsonaro", dijo Macri al término de la reunión. Ambos presidentes buscarán redoblar sus ataques sobre el pueblo trabajador de la región. Reformas previsionales, entrega al capital financiero, ajustes fiscales, discriminación, privatizaciones en el caso de Brasil, y represión al pueblo, entre los principales lineamientos de ambos gobiernos.
 
A pedido del imperialismo yanqui, uno de los primeros focos de ataque del eje neoliberal conservador Bolsonaro-Macri es Venezuela. Al finalizar la reunión entre los dos presidentes, Macri afirmó que "estamos de acuerdo respecto a la crisis de Venezuela. No hay dudas respecto a que Maduro es un dictador".

De este modo, el golpista Bolsonaro, que reivindica la dictadura militar brasileña, y el presidente Macri, cuya familia hizo fortunas de la mano del genocidio dictatorial argentino, se arrogaron la potestad de dar clase de democracia y cuestionar el régimen político venezolano.
 
También coincidieron en mayores planes de entrega al capital financiero. A pesar de que la economía argentina está sumida en una profunda crisis, con recesión, récords de inflación, aumento de la pobreza y un default de deuda en el horizonte, Bolsonaro aseguró que Brasil ve "con interés y admiración los esfuerzos de Macri por levantar la economía argentina e integrarla al mundo".
 
También derrocharon demagogia en sus "luchas" contra la corrupción y la "inseguridad". "Combatir el narcotráfico, el crimen organizado y el lavado de activos", fue uno de los acuerdos de la reunión. De las delegaciones de ambos países participaron los polémicos Patricia Bullrich y Sergio Moro. A su vez, Bolsonaro viene hablando de la posibilidad de instalar una base militar yanqui en Brasil y la habilitación de portar armas como parte de su política de mano dura.
 
Por último, hay que señalar que Brasil es el principal socio de la economía argentina. Un 20% de los productos que exporta tienen ese destino. Sin embargo, lo que se habló de economía fue pura sanata. La balanza comercial entre los dos países tuvo un rojo de 4.648 millones de dólares en el 2018 en contra de Argentina.
 
Al parecer, de eso no se habló. Y si Macri hizo algún intento, fue rápidamente abortado por el brasileño que no está dispuesto a mantener el mismo trato de negociación y diálogo permanente que establecían los gobiernos anteriores para limar los problemas de asimetrías económicas.
 
La Opinión Popular

16-01-2019 / 09:01
16-01-2019 / 08:01
Primero, Mauricio Macri la canchereó, después la subestimó y luego se les fue de las manos. Y así la alianza Cambiemos se enfrenta ahora a cerrar el último año del mandato incumpliendo la promesa central de su discurso económico: no habrán podido tener ningún año de inflación bien por debajo de la que promedió Cristina Fernández.
 
"Que era lo más fácil de hacer porque dependía del gobierno", decía el presidente Macri o que abrir el cepo era gratis porque "los precios ya estaban a 15" como decía el primer ministro de Hacienda, Alfonso Prat-Gay, quedaron como ejemplos históricos del que sobra un problema nada menos que el costo de vida en Argentina.
 
Que "hay que mirar la inflación núcleo" porque ahí no hay impacto de tarifas, que "las metas no se cambian porque están para cumplirlas" y que "todos los países del mundo controlan la inflación con tasa de interés" son los regalos para los libros de la ilusión y el desencanto que dejaron los días de Federico Sturzenegger en el Banco Central.
 
Que "recalibramos las metas" del 12 al 15% para 2018 y "atrasamos un año" llegar al objetivo del 5% son los epígrafes que acompañarán por siempre la conferencia del jefe de Gabinete, Marcos Peña, del 28 de diciembre de 2017 que fue el punto de partida de la peor crisis desde 2002.
 
La inflación de 2018 fue la más alta en 27 años. Este martes el Indec dio a conocer la inflación del año pasado que llegó al 47,6%, y fue el nivel más elevado desde 1991 cuando la variación de precios fue del 84%. En diciembre la variación del índice de precios (IPC) fue del 2,6%.
 
Este "logro" del gobierno de Cambiemos no fue un acto de magia, sino que fue tejido en años previos en base a un deterioro cada vez más marcado de la situación externa que estalló en abril pasado, fue acompañado por tarifazos y falta de control de parte del Estado de precios sensibles para el bolsillo popular.
 
El estudio Eco Go calcula que si la luz, el gas y el transporte sólo se hubieran movido igual que la inflación (y no con subas del 1000% como tuvieron) el costo de vida acumulado de los tres años igual llega al 131,2%. Con los aumentos en pleno, da 158% hasta ahora. ¿Puede haber un número que resuma más el fracaso económico de Macri?
 
La contracara de la inflación es el brutal deterioro del poder adquisitivo de los salarios. Los trabajadores registrados del sector privado perdieron en noviembre de 2018 un 16 % de su poder de compra con respecto a noviembre de 2015. Los empleados públicos tuvieron una perdida mayor en los últimos tres años que alcanzó al 20 % en el mismo período. Mientras que los jubilados y todos los beneficiarios de asignaciones familiares, AUH, pensiones y otras prestaciones atadas a la movilidad, perdieron 23,7 % entre noviembre de 2015 y mismo mes de 2018.
 
La inflación produjo el hundimiento de la economía nacional, un deterioro generalizado de las condiciones de vida y es determinante en el giro del clima político en contra del incapaz Gobierno de los Ricos.
 
La Opinión Popular

15-01-2019 / 09:01
Mauricio Macri ha realizado todos los deberes para el FMI, impulsó una batería de reformas estructurales neoliberales de la economía y buscó alianzas de dependencia estratégica con EE.UU., pero la "lluvia de inversiones" no llega.
 
Según Fundación Capital (FC), en el cuarto trimestre del 2018 la inversión tuvo una estrepitosa caída de 22,7% interanual. Así, para la consultora dirigida por el ex presidente del BCRA, Martín Redrado, ese componente clave de la demanda agregada marcaría un deterioro de 4,9% durante la totalidad del año pasado.
 
Si a ese derrotero se le suma la contracción del 10,5% que proyecta el Gobierno para el 2019, se acumulará un negativo de 15% durante el último bienio de la gestión y la inversión cerrará con niveles de formación de capital fijo tan bajos como no se veían desde la crisis global generada por las subprime.
 
Desde FC son un poco más optimistas que el Gobierno acerca de lo que ocurrirá en 2019 y esperan una caída 8%. En ese caso el bienio acumularía una contracción de "apenas" 12,6%. Pero para otros analistas incluso la proyección oficial de 10,5%, publicada en el Programa Financiero 2019 que salió a la luz la semana pasada, peca de optimista.
 
La inversión es un componente clave de la demanda agregada. Un PBI traccionado por ella garantiza a priori un crecimiento más sostenible y en base a una mayor productividad.
 
Las altas tasas de interés y a la vez la posibilidad de una devaluación holgada atentan hoy contra su despegue. A eso se le suma el parate en la obra pública, que es la base del acuerdo de ajuste con el FMI, y la fuerte caída del consumo, por la caída récord del salario real.
 
La Opinión Popular

NicoSal soluciones web

© Copyright 2009 LA OPINIÓN POPULAR – www.laopinionpopular.com.ar - Todos los derechos reservados.

E-mail: contacto@laopinionpopular.com.ar