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Sociedad e Interés General - 27-09-2018 / 19:09
EFEMÉRIDES POPULARES

Golpe de Estado frustrado contra el presidente Juan Perón

Golpe de Estado frustrado contra el presidente Juan Perón
El complot del 28 de septiembre de 1951 estaba encabezado por el general retirado del servicio activo desde 1942, Benjamín Menéndez, numen tutelar de una estirpe golpista que nos legó a miembros tan "ilustres" como Luciano Benjamín Menéndez, jefe del Estado terrorista en Córdoba y la zona del III Cuerpo de Ejército entre 1976 y 1983, condenado a cadena perpetua, y el impune Mario Benjamín Menéndez, gobernador militar de Malvinas en 1982, aquel que había amenazado con suicidarse antes de entregar Puerto Argentino a los piratas ingleses de la Thatcher. Lamentablemente no cumplió.
El golpe de Estado del 28 de septiembre de 1951 ocurrió en la Argentina cuando militares anti-peronistas del Ejército, la Marina y la Aeronáutica, al mando del general retirado Benjamín Andrés Menéndez, intentaron derrocar al gobierno constitucional del presidente Juan Perón.
 
Los militares gorilas querían desarmar por completo el Estado peronista y quitarles todas las conquistas sociales a los trabajadores, retrotrayéndolos al régimen de explotación de la clase obrera que regía antes de 1943, para que los empresarios pudieran llenarse de nuevo los bolsillos a costa del empobrecimiento del pueblo.
 
El complot estaba encabezado por Benjamín Menéndez, numen tutelar de una estirpe golpista. Lo acompañaban en la aventura oficiales que tendrán una destacada foja de servicios golpistas como Julio AlsogarayTomás Sánchez de Bustamante y Alejandro Agustín Lanusse.
 
En medio de los aprestos militares, Menéndez convocó a una reunión secreta a importantes referentes de la oposición. Asistieron Arturo Frondizi de la UCR, Américo Ghioldi por el Partido Socialista, Horacio Thedy en representación de los Demócratas Progresistas y Reynaldo Pastor por los Demócratas Nacionales, que era el curioso nombre que se daban los conservadores más recalcitrantes de la Argentina.
 
El movimiento estalló en las primeras horas del 28 de septiembre. Como corresponde a todo golpista que se precie, Menéndez redactó su proclama, que acusaba al gobierno de haber llevado la Nación a "una quiebra total de su crédito interno y externo, tanto en lo moral y espiritual como en lo material". 
 
El intento de golpe tuvo su tímido epicentro en Campo de Mayo, donde los "revolucionarios" sólo alcanzaron a poner en marcha dos o tres tanques. Los efectivos rebeldes encontraron la resistencia -tanto activa como encubierta- de los suboficiales peronistas a cargo de los tanques de la fuerza inicial y les faltó el apoyo de unidades con las que pensaban contar, por lo que al cabo de medio día se rindieron a las fuerzas leales.
 
El Presidente declaró el estado de guerra interno. La CGT dispuso una huelga general y el estado de alerta y llamó a una concentración en Plaza de Mayo para resistir el golpe.
 
Por Blas García

Fue en la Escuela Superior de Guerra donde surgió un grupo conspirativo para destituir al gobierno y buscaron como líder al único militar no oficialista con mando de tropas, esto es a Lonardi que estaba como comandante del Primer Cuerpo de Ejército, nunca había intervenido en política y gozaba de prestigio entre sus camaradas.
 
Los historiadores Alain Rouquié y Robert A. Potash hablan sobre dos conspiraciones paralelas en marcha para derrocar a Perón en tanto Félix Luna manifiesta su disidencia y afirma que "en realidad...había una sola conspiración en 1951. O mejor dicho, un estado de virtual alzamiento en algunos sectores del Ejército que sólo necesitaba un jefe para materializarse."
 
Menéndez y Lonardi tuvieron dos reuniones secretas en agosto de 1951 donde se explicitaron sus desacuerdos. Mientras el primero quería actuar ya, aprovechando que la situación económica había empeorado y que habían surgido conflictos gremiales importantes, Lonardi pensaba que el momento no había madurado lo suficiente.
 
Por otra parte, Lonardi estaba por un programa gubernativo que preservara las leyes sociales y Menéndez proponía una dictadura provisional y la abolición de la reforma de 1949, pero fundamentalmente lo que los separaba era -en palabras de Potash con las que coincide Luna- "la dignidad personal, el orgullo y la ambición".

Viendo un momento político favorable Menéndez dio la orden de desencadenar el golpe el 28 de septiembre aprovechando dos circunstancias: el regimiento de tanques con asiento en Magdalena - que se sabía leal al gobierno- estaría en maniobras lejos de su unidad, en tanto la fuerza aeronaval de Punta Indio que se rebelaría, también estaría en etapa de maniobras, esto es lista para desplegarse.
 
Lonardi -que harto de las directivas políticas de su ministro había pedido su retiro, que le fue aceptado de inmediato- decidió no adherir al golpe pero dejó en libertad a sus seguidores, parte de los cuales apoyaron el mismo.
 
El plan revolucionario era audaz: apoderarse de los tanques de Campo de Mayo, ir al Colegio Militar de la Nación que ya estaría sublevado y con las fuerzas sumadas unirse a los efectivos de La Tablada que previamente habrían ocupado la base aérea de Morón donde descenderían los aviones Gloster Meteor que vendrían desde Tandil para apoyarlos.
 
Estos aviones, más los ubicados en Punta Indio, si fuera necesario bombardearían los otros aeropuertos cercanos a Buenos Aires y la Casa de Gobierno mientras la columna terrestre avanzaba sobre la Capital Federal.
 
 
Ejecución del golpe
 
En la madrugada del día 28, el capitán Alejandro Agustín Lanusse con efectivos de la Escuela de Equitación de Campo de Mayo se apoderó de la puerta número 8 del mismo y por ella ingresaron Menéndez y su estado mayor.
 
Desde allí fueron a la Escuela de Caballería que había sido sublevada por el capitán Víctor Salas y luego al Regimiento C-8 en el cual, cuando eran ya las 7 de la mañana, encontró que no había combustible para movilizar los tanques.
 
A todo esto llegó el jefe del C-8 teniente coronel Julio Cáceres que recibió el apoyo de los suboficiales, produciéndose un tiroteo en el cual cayó muerto el cabo Miguel Farina pero finalmente los sublevados dominaron la situación.
 
De los treinta tanques, sólo pudieron movilizar a siete -probablemente por sabotaje de los suboficiales- pero antes de llegar a la salida otros cinco tuvieron desperfectos y debieron ser abandonados, por lo que en definitiva la columna golpista partió al mando del general Menéndez con dos tanques Sherman, tres unidades blindadas y 200 efectivos a caballo.
 
La columna se dirigió al Colegio Militar de la Nación ubicado en la localidad de El Palomar a una hora de camino pero si bien no fueron reprimidos por sus efectivos, tampoco recibieron el apoyo que esperaban de sus autoridades y Menéndez ordenó seguir viaje hacia el punto de encuentro acordado con el destacamento mecanizado de La Tablada que presumía todavía sublevado pero hacia las tres de la tarde se enteró que ante la movilización de tropas leales que había realizado el comandante en jefe del ejército general Ángel Solari, aquel se había rendido. Menéndez junto con algunos de sus oficiales volvió al Colegio Militar entregándose detenidos.
 
Mientras tanto la escuadra aeronaval y la base militar de Punta Indio, que se habían sublevado, impedían que despegaran aviones desde Buenos Aires.
 
El Presidente decretó el estado de guerra interno y la CGT dispuso un paro general por 24 horas al mismo tiempo que, a su convocatoria, una multitud concurrió a la Plaza de Mayo donde Perón les dirigió algunas palabras desde el balcón de la Casa Rosada.
 
Una escuadrilla de 20 aviones estaba próxima a despegar desde Punta Indio dispuesta bombardear la Casa de Gobierno, pero advertido de la presencia de los manifestantes, su comandante Baroja para evitar una masacre abortó la operación en momentos que ya se acercaban a la base unidades motorizadas desde La Plata.
 
Lo cierto es que de nada valía el dominio del aire por los rebeldes si carecían de fuerzas terrestres. Poco después Baroja escapaba en su avión a Montevideo asumiendo la total responsabilidad por los actos de quienes estuvieron a su mando.
 
 
Consecuencias de la rebelión
 
El día 29 renunciaron los ministros de Aeronáutica César Ojeda y de Marina, Enrique B. García, que fueron inmediatamente reemplazados. El cabo Farina fue sepultado con todos los honores y el jefe insurrecto y sus más inmediatos colaboradores detenidos fueron enjuiciados de inmediato y recibieron penas de prisión:
 
Benjamín Menéndez: 15 años de prisión.
Rodolfo Larcher, Agustín Pío de Elía y Armando Repetto: 6 años de prisión.
Julio Rodolfo Alsogaray: 5 años de prisión.
Luis Carlos Busetti, Anacleto Losa y Julio Costa Paz: 4 años de prisión.
Manuel Reimundes: 3 años de prisión.
 
Un total de 111 oficiales de las tres armas recibieron penas de cárcel y otros 66 a los que no se pudo detener para juzgar se les dio de baja. Otros recibieron sanciones administrativas, por lo que el total de oficiales a los que se les cortó la carrera militar fue alrededor de 200.​ Los condenados a prisión fueron trasladados a cárceles de presos comunes -no al penal militar- y tratados ni mejor ni peor que estos.
 
Algunos diarios y políticos oficialistas clamaban porque se aplicaran penas más severas -inclusive la pena de muerte- pero Perón no hizo nada al respecto. En cambio, aprovechó para depurar las fuerzas armadas desprendiéndose mediante su retiro de oficiales que nada tenían que ver con la rebelión, como fue el caso de los generales Arturo Rawson y Ángel Solari. Fueron pasados a retiro 3 generales de división, 9 generales de brigada y 8 almirantes.
 
Félix Luna sintetiza así las consecuencias políticas: "Menéndez había logrado lo que Perón no se había atrevido a hacer...el presidente podía descansar en un Ejército, una Marina y una Aeronáutica que se habían descargado de todos los factores que pudieran impedir los planes políticos que las involucraban. (...) El aplastamiento sin sangre de la intentona de Menéndez (...) desvaneció las ilusiones que muchos políticos habían acariciado sobre un rápido derrocamiento".
 
Fuente: Wikipedia

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18-10-2018 / 19:10
18-10-2018 / 19:10
Este 19 de octubre se cumple un nuevo aniversario de la muerte de Julio Argentino Roca, una figura molesta para algunos que lo ven como un genocida porque derrotó militarmente a los indios que ocupaban parte del territorio nacional. Fue antes de su presidencia, cuando Roca era ministro, encabezó la llamada Conquista del Desierto, en base a una ley aprobada por el Congreso.
 
La pelea contra los indios venía ya desde la época de la Independencia; el objetivo de la ley del Congreso fue ocupar esas tierras para atraer a los millones de inmigrantes que el país necesitaba. Que no iban a venir si persistían los malones indígenas.
 
Roca derrotó a los mapuches e incorporó al Estado nacional el sur y sudoeste de Buenos Aires, el sur de Córdoba, San Luis y Mendoza, y las actuales provincias de La Pampa, Río Negro, Neuquén, Chubut, Santa Cruz y Tierra del Fuego. Sin esos territorios, no habría, además, Antártida argentina ni Malvinas argentinas.
 
Es básico tener en cuenta que los mapuches no eran pueblos originarios en la zona sino que habían derrotado militarmente a otras tribus. Ellos  habían venido de Chile y tenían contacto permanente con sus hermanos que vivían del otro lado de los Andes.
 
Es decir que, con Roca, la Argentina consolidó su dominio territorial y construyó el Estado nacional. Un solo Estado en una sola Nación porque los millones de inmigrantes pobres se convirtieron en argentinos gracias al ley 1.420, sancionada por Roca, que introdujo la enseñanza primaria obligatoria, universal, gratuita y laica. Para ello, debió derrotar políticamente a la Iglesia Católica, que controlaba la educación.
 
La infraestructura, especialmente los ferrocarriles, recibió un impulso decisivo. En lo social, el inicio del sistema de seguridad social y de jubilación estatales. Leyes laicas como la de registro y matrimonio civil lo enfrentaron nuevamente con la Iglesia. Por la vastedad del proyecto de Roca, hubo una ruptura diplomática con la Santa Sede, que se solucionó recién en su segundo mandato.
 
A nivel internacional, los límites con Chile, la presencia en la Antártida y la Doctrina Drago, que impide el cobro de deudas mediante fuerza militar. Roca no estuvo solo sino que formó parte de una clase dirigente notable. Y fue esa Generación del 80 la que transformó un país pobre, vulnerable y despoblado en una de las economías más pujantes de su época. 
 
La Opinión Popular

18-10-2018 / 19:10
17-10-2018 / 20:10
El 18 de octubre de 1801, en Talar de Arroyo Largo, cerca de Concepción del Uruguay, en el entonces Virreinato del Río de la Plata, nace Justo José de Urquiza. Genio militar y hábil comerciante, fue varias veces gobernador de la provincia de Entre Ríos, Jefe traidor del Partido Federal y el primer presidente constitucional de la República Argentina, en 1854.
 
Siendo uno de los principales jefes del partido federal, encabezó el movimiento que derrocó en 1852 al gobernador nacional y popular de Buenos Aires, Juan Manuel de Rosas, con ayuda de tropas brasileñas. Y vuelve a traicionar el proyecto del interior federal cuando ordena la retirada en la batalla de Pavón (1861) cuando las tropas entrerrianas iban ganando y le entrega la victoria al unitario porteño Bartolomé Mitre.
 
Su "neutralidad" frente al bombardeo brasilero del pueblo hermano uruguayo que estaba al mando del coronel Leandro Gómez, en la heroica Paysandú; su participación en la guerra genocida para destruir el Paraguay, ejemplo de un desarrollo autónomo en América Latina; las maniobras para evitar la elección de López Jordán y la entrega de la recaudación de impuestos provinciales en manos de un particular, lo llevaron a la muerte.
 
José Hernández, autor del Martín Fierro, afirmó: "Urquiza, era el Gobernador Tirano de Entre Ríos, pero era más que todo, el Jefe Traidor del Partido Federal, y su muerte, mil veces merecida, ... era el justo castigo al Jefe Traidor". 
 
La Opinión Popular

17-10-2018 / 20:10
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