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Internacionales - 14-04-2018 / 18:04
EFEMÉRIDES POPULARES

Explotan dos bombas en la maratón de Boston con un resultado de 3 muertos y 183 heridos

Explotan dos bombas en la maratón de Boston con un resultado de 3 muertos y 183 heridos
El atentado del maratón de Boston fue un acto terrorista que ocurrió el 15 de abril de 2013 en Boylston Street, Estados Unidos, cerca de Copley Square, justo antes de la línea de meta. La peor pesadilla de muchos norteamericanos se hizo realidad con dos explosiones bien coordinadas que provocaron un baño de sangre.
El atentado del maratón de Boston fue un acto terrorista que ocurrió el 15 de abril de 2013 en Boylston Street, Estados Unidos, cerca de Copley Square, justo antes de la línea de meta.
 
En el lugar de los hechos detonaron dos artefactos explosivos de fabricación artesanal (ollas a presión), durante el famoso Maratón de Boston, que causaron la muerte de tres personas y otras 282 resultaron heridas.
 
El departamento de policía de Boston confirmó que las detonaciones correspondieron a dos bombas cerca del final del maratón. Estas explosiones provocaron la suspensión del partido correspondiente a la Temporada 2012-13 de la NBA, entre Indiana Pacers (visitante) y Boston Celtics (local).
 
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REFLEXIONES SOBRE UN ATENTADO
 
El día que Boston perdió la inocencia
 
El autor de El Tao del viajero analiza en este artículo la traumática transformación que sufrió la ciudad estadounidense -un oasis de paz, comparada con otras ciudades del mundo que el escritor ha frecuentado- después de la reciente explosión de dos bombas durante una maratón. También observa la paradoja que implica propiciar el bienestar social a partir de la prosperidad económica derivada de la fabricación de armas letales.
 
Por Paul Theroux
 
Desde principios de los años setenta y durante varias décadas, viajé regularmente desde Londres, donde vivía como residente extranjero, hasta Boston, donde crecí, y en cada oportunidad me sentía como Alicia cuando se caía del otro lado del espejo. Boston seguía siendo la ciudad amable, confiada, alegre y hasta inocente que había conocido en mi juventud. Las tragedias más notorias de Boston, que mi padre recordaba vívidamente -la gran inundación de melaza de Boston en 1919 (21 muertos), el incendio del club nocturno Cocoanut Grove en 1942 (492 muertos)-, eran cosa del pasado y parecían irrepetibles.
 
Llegar a Boston era como aterrizar en un regazo de serenidad cuando uno viene del caos de una zona de guerra. En aquel entonces, Gran Bretaña era presa de una campaña de atentados explosivos llevada a cabo por nacionalistas enfrentados y bien financiados, la usual turba del Úlster, impulsada por el rencor, el folclorismo, los prejuicios religiosos, los antiguos resentimientos tribales, con su perorata absurda y con las tropas británicas en el medio.
 
Londres estaba exhausta y angustiada, y para mediados de la década de 1970 se habían producido algunos atentados con explosivos: la bomba en Old Bailey de 1973 (un muerto, 200 heridos, edificios destrozados), la bomba en Guilford de 1974 (cinco muertos, 65 heridos), la bomba en un pub de Birmingham (21 muertos, 182 heridos), la bomba de clavos en Regents Park de 1982 (la muerte de siete músicos que interpretaban una selección de melodías de Oliver! , y numerosos heridos), la bomba de racimo de ese mismo día en las barracas militares de Chelsea (once muertos, numerosos mutilados, siete caballos muertos), la bomba en la tienda Harrods en la Navidad de 1983 (seis muertos), y cinco muertos y numerosos heridos en el atentado contra Margaret Thatcher en Brighton, en 1984.
 
Lo más sorprendente es que esos hechos deleznables que se produjeron en Inglaterra no eran tan atroces como lo que ocurría diariamente en el Úlster. Durante las décadas de 1970 y 1980, la ciudad de Belfast estaba llena de áreas vedadas y cráteres de bombas, y no se salvaba ni la más modesta aldea rural. En agosto de 1979, lord Mountbatten murió junto a dos jóvenes al estallar una bomba en su yate: el IRA (Ejército Republicano Irlandés) se atribuyó el atentado y se jactó del mismo. Viajé al Úlster en la década de 1980 para ver con mis propios ojos y me encontré con una provincia de barricadas y miedo abyecto. En 1987, pocos años después de mi paso por la encantadora ciudad de Enniskillen, mientras colocaban una corona de flores en el cenotafio dedicado al Día del Armisticio, una bomba de 80 kilos estalló en la plaza del mercado y mató a 11 personas, mutiló y lesionó a 63 más. Incluso hasta 1998, una artera explosión en Omagh dejó un saldo de 29 muertos y 220 heridos. Grupos paramilitares de militantes protestantes colocaban bombas y complotaban para asesinar, pero las explosiones que menciono fueron reconocidas o atribuidas al IRA, el Provos, o grupos escindidos de ellos, como fue el caso de Omagh, donde el grupo se autodenominaba IRA Auténtico (Real IRA).
 
Boston parecía inocente o ajena al terror, a tal punto que una de las características más notables de sus calles eran las calcomanías de autos en apoyo al IRA. Está muy bien documentado que parte del dinero recolectado en Estados Unidos por Noraid (Comité de Ayuda Norirlandés) fue utilizado para financiar los atentados con explosivos del IRA. Y por otra grotesca ironía de la vida, parte del dinero usado para comprar armas a Estados Unidos llegaba a través de recaudadores libios enviados por Khadafy, ya que uno de los muchos pasatiempos del coronel era la propagación del caos.
 
Salvo por las iniciativas como el proyecto de historia oral del Boston College, que documenta el conflicto de Irlanda del Norte, la historia de esa violencia ha caído mayormente en el olvido o, de lo contrario, ha sido estruendosamente justificada, entre muchos otros, por el legislador Peter T. King, de Nueva York, un defensor sin remordimientos y de larga data del IRA.
 
Después de las dos bombas que estallaron durante la maratón de Boston, los alaridos de dolor, los gritos de venganza, el despliegue de tropas y fuerzas policiales, con tanques y helicópteros, y la paralización de la ciudad fueron reacciones -exageradas, dirán algunos- que hicieron pensar que Boston había perdido su inocencia. Nunca antes una bomba había causado semejante estrago en la ciudad. Pero con cuerpos desmembrados y tres cadáveres frente a la Biblioteca Pública de Boston, y charcos de sangre en una de sus calles más alegres y tradicionales, el ánimo de la ciudad se transformó -asediada, en pánico, y finalmente unida- por el trauma sufrido, un dolor que yo había visto en otras partes del mundo, pero que es doloroso ver en una ciudad que amo.
 
Ese efecto de Alicia detrás del espejo es frecuente en muchos viajeros que regresan de un lugar lejano. Hace no mucho, regresé a Boston desde Angola, un país todavía plagado de minas terrestres que fueron sembradas en todo el territorio durante sus veintisiete años de guerra civil. Se estima que en Angola, las partes del conflicto sembraron alrededor de veinte millones de minas terrestres.
 
Durante el último decenio, la organización filantrópica británica HALO encontró y removió dos mil minas terrestres en la ruta del ferrocarril de Benguela (en total, esta valiente organización ha removido 68.000 minas en Angola). Uno de los efectos de las décadas de guerra civil en Angola, que recién terminó en 1992, fue que los animales que no habían sido comidos por la población hambreada volaron por los aires por las minas terrestres. Aún hoy, de tanto en tanto la explosión de una mina destroza a las vacas en los pastizales, como también a los niños que juegan o a los caminantes que toman atajos a través de los campos.
 
Se trata principalmente de minas de origen chino e israelí plantadas por los cubanos y los sudafricanos, pero muchas otras podrían ser minas fabricadas por alguna de las muchas empresas estadounidenses, como la Raytheon Corporation, con sede precisamente en las afueras de Boston.
 
Y después están las bombas de racimo. En mis viajes, gente de Congo, Etiopía, Sudán, Mozambique y Uganda me ha contado horrendas historias sobre los efectos de esos diabólicos artefactos, y cuando regreso de esos lugares, ¿qué me encuentro del otro lado del espejo? Lo más vergonzoso es que Textron Defense Systems de la ciudad de Wilmington, en las afueras de Boston, es uno de los mayores fabricantes de bombas de racimo del mundo. La danza macabra de tantos países en desgracia es un negocio multimillonario, parte del milagro económico de Massachusetts.
 
Cuando el sospechoso sobreviviente de haber colocado las bombas en la maratón de Boston fue acusado de utilizar "un arma de destrucción masiva", comparé mentalmente las dos ollas a presión usadas en el atentado con una avanzada bomba de racimo, la así llamada Sensor Fuzed Weapon fabricada por Textron Defense Systems. Como informaba el Boston Globe en su edición del 20 de septiembre de 2009, esa pequeña maravilla está diseñada "para esparcir 40 proyectiles individuales de cobre fundido, destrozando los tanques enemigos en un radio de 12 hectáreas del campo de batalla". Y no sólo tanques enemigos, sino humanos también.
 
Después del atentado en Boston, los rebeldes sirios enarbolaron un pasacalle con esta inscripción: LAS BOMBAS DE BOSTON REPRESENTAN UNA TRISTE ESCENA DE LO QUE OCURRE DIARIAMENTE EN SIRIA. ACEPTEN NUESTRAS CONDOLENCIAS. Ese pasacalle, que me recordó la vida en Belfast en tiempos recientes, también podría ser enarbolado en Irak, Afganistán, Congo, Sudán del Sur, en el Corredor Rojo de la India asolado por los naxalitas, o en Assam, bajo el asedio de las bombas de los movimientos separatistas, donde casi todos los días es un nuevo día de duelos, de vidas destrozadas, cuerpos mutilados y familias desmembradas. Boston no se merecía esto. Ninguna ciudad lo merece. Y es lamentable que Boston haya llegado a parecerse a ese mundo más extendido de escombros y duelo.
 
Ese "detrás del espejo" existe para todos aquellos que regresan de los lugares violentos del planeta, y contiene otra paradoja. Inmediatamente antes de cruzar del otro lado del espejo, uno puede ver su propio reflejo. Me dejó helado la triste pero sabia admisión de los jefes de espionaje israelí, en el reciente documental The Gatekeepers ("Los Guardianes"), cuando al final de esa contundente película llegan a la conclusión de que al observar a los palestinos, se estaban mirando al espejo. "Ya ganamos", les había dicho el enemigo. "Para nosotros, la victoria es verlos sufrir."
 
© La Nacion y The Wylie Agency (UK) Ltd., Londres
 
Traducción: Jaime Arrambide.
 
Fuente: La Nación

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18-06-2018 / 22:06
18-06-2018 / 21:06
En 1859, Maximiliano de Habsburgo fue contactado por primera vez por los monárquicos mexicanos - los miembros de la aristocracia mexicana, encabezada por José Pablo Martínez del Río - con una propuesta para convertirse en el emperador de México.
 
Él no aceptó al principio, pero después de la intervención francesa en México, dirigida por Napoleón III, de la captura de la ciudad de México por el General Élie-Frédéric Forey y del plebiscito que confirmó la proclamación del imperio, mientras las tropas francesas ocupaban la mayor parte del territorio, consintió en aceptar la corona en el año 1863.
 
El archiduque Fernando Maximiliano José de Austria era miembro de la Casa Imperial de Habsburgo-Lorena. Después de una carrera en la Armada de Austria, fue proclamado, el 10 de abril de 1864, emperador como: Maximiliano I de México.
 
Dio inicio así al Segundo Imperio Mexicano, con el apoyo de Napoleón III de Francia y un grupo de mexicanos conservadores que trataron de revivir la monarquía mexicana instaurada anteriormente por Agustín de Iturbide (Agustín I de México).
 
Muchos países, entre ellos los Estados Unidos, se negaron a reconocer a ese gobierno. Esto ayudó a asegurar el éxito de las fuerzas liberales encabezados por Benito Juárez, quien se negó a consentir el Imperio. Hubo guerra continua entre las tropas imperiales (conformada por mexicanos, franceses, austriacos y belgas) y los republicanos mexicanos.
 
Después de la final de la "Guerra de Secesión", los Estados Unidos comenzaron a suministrar armas a los partidarios de Juárez en El Paso del Norte en la frontera con México. Mientras tanto, Maximiliano invitó a los ex confederados esclavistas a trasladarse a México en una serie de asentamientos.
 
Sin embargo, en 1866, Napoleón III retiraría sus tropas en el frente de la resistencia mexicana, debido a la oposición de EE.UU. bajo la Doctrina Monroe, y para aumentar su contingente militar en el país para hacer frente al creciente ejército prusiano de Otto Von Bismarck.
 
La ciudad de Querétaro cayó en mayo de 1867, y tras un consejo de guerra, Maximiliano I, fue condenado a muerte. Benito Juárez se negó a conmutar la pena, para enviar un mensaje de que México no toleraría ningún gobierno impuesto por las potencias extranjeras. La sentencia se llevó a cabo el 19 de junio 1867.
 
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18-06-2018 / 08:06
El 18 de junio de 1986, a las seis de la mañana, los presos por terrorismo de las cárceles de San Juan de Lurigancho (presos comunes), en el Pabellón Azul de la isla penal de El Frontón (subversivos) y Santa Bárbara (mujeres), que poseían un control tácito al interior de los centros, se amotinaron en forma coordinada y tomaron como rehenes a los guardias de las cárceles y a tres periodistas.
 
Los amotinados en las tres cárceles presentaron un pliego único de 26 demandas, la mayoría relacionada a mejoras en las condiciones de vida de los prisioneros y la disolución del Instituto Nacional Penitenciario (INPE), entidad encargada de las prisiones en el país. Alan García y los miembros de su gobierno fueron tomados desprevenidos por el incidente.
 
La iglesia Católica peruana en el documento publicado el 19 de junio de 1986 y titulado Masacre de los penales de Lima relata: "En la madrugada del 18, los detenidos de los penales de El Frontón, Lurigancho y Santa Bárbara, en Lima, se amotinan y toman rehenes. El consejo de ministros y el presidente Alan García deciden encargar al Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas la restauración del orden. En Santa Bárbara -cárcel de mujeres- interviene la Guardia Republicana. Las rehenes son liberadas. Hay dos reclusas muertas. 
 
En Lurigancho intervienen el Ejército y la Guardia Republicana. Al amanecer del 19 un rehén es liberado. Los ciento veinticuatro reclusos -según el informe oficial- son fusilados después de rendirse. En el Frontón, la operación se encomienda a la Marina, que bombardea el Pabellón Azul durante todo el día. Sobreviven treinta internos, que se rinden. Eran alrededor de doscientos detenidos. En todo el proceso se impide el acceso a las autoridades civiles: jueces, fiscales, directores de penales. Tampoco la prensa".
 
Fue el asesinato masivo más grande durante la lucha contrasubversiva en Perú.
 
La Opinión Popular

18-06-2018 / 08:06
18-06-2018 / 08:06
En 1952, Egipto estaba afectado por una aguda crisis a todos los niveles: corrupción, inoperancia de la Constitución, control absoluto por parte de los británicos y los franceses, miseria de la población, desprestigio de la figura del rey, etc.
 
El ejército también se encontraba convulsionado por la derrota frente a Israel en la Guerra árabe-israelí de 1948, y en su seno se había formado una sociedad secreta (creada en el año 1949) llamada Movimiento de Oficiales Libres.
 
Toda la crisis desembocó en el alzamiento de 1952. La dirección del movimiento corrió a cargo del ejército, liderados por el Comité de Oficiales Libres (donde pronto destacaría la figura de Nasser). Estos militares rápidamente entraron en contacto con partidos de izquierda y con otros grupos contrarios al régimen.
 
El movimiento revolucionario se desencadenó con el golpe militar del 22 de julio de 1952, que se impuso sin demasiada oposición. El 18 de junio de 1953, oficiales del Ejército -liderados por Gamal Abdel Nasser- derrocaron al rey Faruq y proclamaron la República de Egipto.
 
Con la llegada al poder, el Movimiento de los Oficiales Libres, hegemónico en el gobierno, comenzó a aplicar su programa, cada vez más vinculado a las ideas de Nasser, que defendía un régimen de unidad y dignificación a través del socialismo.
 
Los años 1955 y 1956 sirvieron para la consolidación del liderazgo de Nasser, que se convirtió en referente principal del nacionalismo árabe o panarabismo, de orientación socialista y populista; y en una prestigiosa figura a nivel internacional, junto al yugoslavo Josip Broz "Titoy el indio Sri Pandit Jawaharlal Nehru, del Movimiento de Países No Alineados ni con el imperialismo yanqui ni con el bloque soviético.

Por Carlos Morales

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