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Sociedad e Interés General - 06-09-2017 / 17:09
EFEMÉRIDES POPULARES

A 21 años de la muerte de Gilda: Todo eso fuiste

A 21 años de la muerte de Gilda: Todo eso fuiste
Gilda, la abanderada de la bailanta.
Míriam Alejandra Bianchi, más conocida por su nombre artístico Gilda, murió en Villa Paranacito, Entre Ríos, el 07 de septiembre de 1996. Fue una cantante y compositora argentina de cumbia y música tropical.
 
Entre sus canciones más conocidas se encuentran "Ámame suavecito", "Corazón valiente", "Corazón herido", "Tu cárcel", "Fuiste", "No me arrepiento de este amor", "No es mi despedida", "Como tú" , "Paisaje" (cover en español del tema "Paessagio" de Franco Simone), "No te quedes afuera", "Se me ha perdido un corazón", "Rompo las cadenas" y "Te cerraré la puerta". Su corta pero exitosa carrera, sumada a su trágica muerte en el apogeo de ésta, la convirtió en ícono popular argentino.
 
Poco tiempo antes del accidente que iba a costarle la vida, Gilda escribió una canción que tituló No es mi despedida. Su letra cristalizaría una de las tantas acciones que transformaron a una cantante de cumbias en un mito argentino, una leyenda que a casi 20 años de su muerte mantiene una presencia intimidante.
 
Aquellas dos frases iniciales ("Quisiera no decir adiós/ Pero debo marcharme") parecen condensar una existencia signada por extrañas dualidades: ama de casa y artista popular, estrella musical y estampita religiosa, vida y muerte, presencia terrenal y espiritual.
 
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Es difícil definir a Gilda porque su lugar en la cultura nacional opera de formas diferentes en cada uno de nosotros. Para algunos, es la creadora de algunas melodías alegres que todavía se bailan en los casamientos; para otros, fue la encargada de cambiar el lugar de la mujer en la cumbia, un género habituado a otras figuras femeninas; para otros, es su guía y consejera, una santa a la cual acudir cuando las cosas no marchan bien; y para otros, reúne todas esas cualidades juntas: una mujer que luego de su partida de este mundo, el 7 de septiembre de 1996, comenzó a tallar otra existencia desde el más allá.
 
 
De fans a devotos
 
"Hay una frase que siempre repito y es que Gilda es la cantante que convirtió la música en milagro y el fanatismo en devoción", dice Gastón Alarcón, presidente del club de fans "Un amor verdadero", que desde hace años se encarga de mantener en alto el legado de la artista. "Gilda llegó a mi vida por la música, por sus canciones, pero después uno pasa de ser fan a devoto", añade.
 
Los seguidores de la cantante tienen una agenda cargada para las próximas semanas, a raíz del vigésimo aniversario de su muerte. Ese día hay varias actividades pautadas. Algunos tienen planeado ir por la mañana al cementerio de la Chacarita, donde sus restos descansan en la tumba número 3635 de la galería 24, y por la tarde irán a una avant premier exclusiva de Gilda, no me arrepiento de este amor, la película dirigida por Lorena Muñoz que protagoniza Natalia Oreiro, una de las personalidades del espectáculo que más se ha ocupado de reivindicar a la cantante fallecida.
 
Hay un tercer espacio cardinal en el que seguramente habrá mucha concurrencia: el santuario ubicado en la Ruta Nacional 12, camino a Chajarí, Entre Ríos, el sitio donde ocurrió el accidente automovilístico que le costó la vida a Gilda y a varias otras personas, entre ellas su hija Mariel, su madre Tita y algunos de sus músicos. Aunque las visitas de los devotos son constantes, algunas fechas son muy importantes para los fans, como los 11 de octubre, el día en que la cantante cumpliría años.
 
 
La vida de Miriam
 
Miriam Alejandra Bianchi nació en 1961, hija de un empleado municipal y una profesora de piano de un conservatorio ubicado en la avenida Corrientes. Pasó su infancia en Villa Devoto, un barrio de clase media de Buenos Aires, y ya desde muy niña presentó aptitudes musicales. Formada en un colegio de monjas, se mostraba desinhibida en público y fue enviada por sus padres a clases de danza clásica y española. Pocos años después, mudada con su familia a Villa Lugano, la pequeña Miriam comenzó sus primeras actuaciones en público, de espíritu amateur pero con un apodo que presuntamente tomó del personaje de una película: Shyll.
 
Su educación musical estuvo más signada por el rock de Sui Generis y cantantes como Hernán Figueroa Reyes que por los vocalistas tropicales. "Cantaba canciones de Franco Simone, le gustaba la música melódica, y eso es algo que se nota en su forma de cantar la cumbia", explica Guillermo Beresñak, encargado de la producción musical del filme Gilda, no me arrepiento de este amor, un trabajo que le exigió estudiar su música a fondo.
 
"Hay que recordar que cuando ella surgió estaban las cantantes más pulposas, como Lía Crucet o Gladys, la Bomba Tucumana. Ella tenía otro estilo, una forma de cantar más suave, con la voz más engolada, algo más simpático y carismático que sensual", añade el productor, quien para la música del filme trabajó con músicos que grabaron con Gilda, con los mismos instrumentos de entonces, para emular el particular sonido de sus discos, tan deudor de la cumbia peruana y boliviana como de Juan Carlos "Toti" Giménez, tecladista, arreglador y confidente de la cantante.
 
Antes de dedicarse por completo a la música, Gilda fue maestra jardinera y contrajo matrimonio con Raúl Cagnin, su pareja por más de una década y con quien tuvo dos hijos, Mariel y Fabricio. Según se detalla en La abanderada de la bailanta, la biografía escrita por Alejandro Margulis en la que se basa la película de Muñoz, Cagnin era un hombre muy distinto a ella, con otra clase de intereses, y esas diferencias se acentuaron cuando Gilda empezó su carrera artística. Aunque al principio la vida en familia funcionaba, su verdadera vocación pesó demasiado. "Era una mina muy capaz a la que el hogar le quedaba chico", dice en un momento del libro Cagnin, un resumen de aquella Miriam pre-explosión mediática.
 
 
La vida de Gilda
 
Su carrera despega en buena medida a raíz de su alianza con José Carlos "Cholo" Olaya, un empresario peruano de prontuario espeso pero mucha influencia en el circuito de la bailanta bonaerense. Es él quien le dice que debe dejar de llamarse Shyll para comenzar a usar el alias que la volverá famosa. Poco después, Gilda se convierte en un fenómeno: es algo diferente dentro de los parámetros de la cumbia de ese momento y su estilo, entre la sensibilidad y la alegría, irradia un magnetismo hechizante.
 
Hay algo en su voz y en su mirada, en su manera de dirigirse al público y en su forma de vestir que genera una atracción poderosa. Hasta el día de hoy sus pasos de baile al cantar son replicados por miles de jóvenes del país, y también hay algo en su estilo que adquiere un halo profético: mucho antes de que Snapchat la convirtiera en un filtro estandarizado, la corona de flores era un ornamento característico de Gilda, tal como lo demuestra la tapa de Corazón valiente (1995), el disco más exitoso que publicó en vida. A partir de su muerte, ese accesorio empieza a adquirir un significado que trasciende lo estético.
 
Es imposible precisar el momento exacto en el que Gilda se vuelve una santa popular dentro del imaginario argentino. De acuerdo con algunos testimonios incluidos en su biografía, ya se le adjudicaban poderes sanadores desde antes del accidente fatal, uno de ellos aportados por el propio Cagnin, quien asegura que su exmujer le realizó masajes para recuperar la movilidad de una mano, deteriorada a raíz de un accidente cerebrovascular, y su estado mejoró notablemente.
 
 
La vida de santa
 
De todas maneras, sus presuntas facultades paranormales van más allá de curar dolencias o enfermedades. Por las características que presentaba en vida, como su expreso apoyo a la clase trabajadora, Gilda es considerada una figura maternal que "protege y aconseja, y en ocasiones incluso intenta persuadir si considera que es lo mejor", según se desprende de Ángeles populares, una investigación realizada por la antropóloga noruega Hanna Skarveit, quien estudió su caso en conjunto con el del "Potro" Rodrigo Bueno, para intentar establecer los lazos entre la formación social y espiritual de ambos personajes.
 
Skarveit plantea además que, si bien comparte similitudes con santos populares como la Difunta Correa o el Gauchito Gil, en el caso de Gilda es preferible relacionarla con la figura del "ángel guardián", por el potencial conflicto que puede provocar con las instituciones eclesiásticas. "Un análisis que deje de lado el término 'santo' podría suavizar el conflicto latente en la relación entre el dogma de la Iglesia y la creencia popular, y, por lo tanto, generar un espacio para una combinación más aceptada de ambos", escribe la académica, quien mantuvo contacto con numerosos devotos de Gilda mientras hacía el trabajo de campo.
 
"Los fans frecuentemente se refieren a sus ídolos en términos de almas que siguen presentes entre nosotros como seres espirituales", agrega Skarveit y también señala el hecho de que, a diferencia de lo que ocurre con otras figuras sagradas, entre Gilda y su seguidor hay "una relación exclusiva y personal".
 
Sus canciones, por otra parte, no tardaron en ser revisitadas por músicos de otros géneros, como Attaque 77 y Leo García, una legitimación que remarca el peso artístico de su legado. ¿Es posible que surja nuevamente una cantante como Gilda en la música nacional? Difícil. Alarcón arriesga que Ángela Leiva es "quizá la que más se acercó", pero también remarca que su ídola es única.
 
"Con el tiempo, su historia me pareció muy similar a la de Selena", compara Lorena Jiménez, en relación con la estrella pop mejicana que también tuvo un final trágico. "Después de una muerte, siempre se redescubre al artista", dice la artista cordobesa, una opinión que se refuerza luego de leer las declaraciones de Beto Kirovsky, dueño del sello Magenta, para el libro de Margulis: "Antes de morir, nosotros no habíamos vendido ni 30 mil placas de Gilda. De los discos que salieron después que se mató se vendieron 400 mil".
 
Por José Heinz
 
Fuente: lavoz.com.ar

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