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Por Natalio R. Botana. Historiador y politólogo
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Sociedad e Interés General - 11-07-2017 / 19:07
EFEMÉRIDES POPULARES. FATÍDICO ACCIDENTE DEL RIACHUELO EN 1930

La tragedia del tranvía obrero

La tragedia del tranvía obrero
El tranvía N° 75 se precipitó al Riachuelo al entrar al Puente Bosch cuando la parte central de éste se hallaba levantado.
 
El Accidente tranviario del Riachuelo fue un siniestro ocurrido a las 6:05 del 12 de julio de 1930, confundido por la espesa niebla, el conductor del tranvía 105, no advirtió que el puente estaba levantado para permitir el paso de un barco, siguió su marcha y el tranvía cayó a las aguas del Riachuelo. Murieron 56 de los 60 pasajeros que transportaba el tranvía. En su mayoría eran obreros de Gerli, La Mosca y Piñeyro que se dirigían a su trabajo. El tranvía N° 75 de la Línea 105 recorría el trayecto de Temperley en la provincia de Buenos Aires a Plaza Constitución en la ciudad de Buenos Aires.
 
La Opinión Popular

 
Transporte público sin control de la empresa ni del Estado

La niebla desconcierta, inhibe y es tema de conversación que sobrevive a su disipación. Los millones de trabajadores que truene, llueva o granice deben salir en busca de los pésimos medios de transporte que los llevarán hacia sus empleos, dejan de prestarle tanta atención a estas cosas. No es que se acostumbren, sólo tratan de no sumar una angustia más a las que deben sobrellevar como pueden todos los días.
 
Aquella mañana de invierno otra vez la niebla se había adueñado de Buenos Aires y aquel vagón sucio ya venía atestado desde su salida en Temperley y se siguió llenando, desafiando las leyes de la física y violando todas las leyes que "protegen" a los usuarios de los medios de transporte público.
 
El tema entre muchos de los sufridos pasajeros era el inminente debut de la Selección nacional en el próximo campeonato mundial de Uruguay y los crecientes rumores de un golpe de Estado que terminaría con el gobierno de Yrigoyen.
 
Un desvencijado interno 75 de la línea 105 de Compañía de Tranvías Eléctricos del Sur había salido a las 5 de la mañana de aquel 12 de julio de 1930. Era el popularmente llamado "tranvía obrero": allí iban hombres, mujeres y también muchos niños que oficiaban de aprendices haciendo las peores tareas en talleres y frigoríficos.
 
Por aquel Riachuelo que ya por entonces era el desagüe de todos los desperdicios de la industria que lo rodeaban y que le daban su clásico aspecto denso y negro, venía cansinamente la chata petrolera "Itaca II" que con sus sirenas le avisaba al encargado del puente levadizo, el español Manuel José Rodríguez de 68 años, que fuera levantándolo para darle paso.
 
El hombre hizo lo de siempre, encendió las luces de peligro para evitar que algún tranvía intentara cruzar en ese momento y puso en marcha el mecanismo para que el puente comenzara a elevarse. Al frente del tranvía venía su motorman, un italiano de 31 años llamado Juan Vescio.
 
Habían pasado unos pocos minutos de las seis cuando el tranvía cruzó la última curva, aquella que les avisaba a los pasajeros que viajaban de memoria que estaban a punto de cruzar el puente sobre el Riachuelo.
 
El encargado del puente recordará: "En ese momento me pareció escuchar el ruido de un tranvía y sentí un sudor frío. Me asomé por la ventana de mi garita y vi, entre la niebla, las luces de las ventanillas de un vehículo que acababa de entrar al puente. Medio desesperado, empecé a gritar para que el motorman me escuchara, pero fue inútil. Era el tranvía 105, que venía muy ligero. El conductor no podía escucharme; tampoco tenía tiempo ya de frenar. Pasó debajo mío como una tromba y lo vi caer al vacío en forma espectacular, hasta que se hundió completamente en el río; en ese momento se apagaron los chirridos de las ruedas y se sintió el ruido del impacto con el agua. Después todo fue silencio aterrador. Bajé de la garita y me encontré con otras personas que también habían presenciado la escena y empezamos a pensar cómo diablos podríamos sacar a esa gente de allí dentro".
 
De los 60 pasajeros sólo sobrevivieron cuatro: Remigio Benadasi, José Hohe, Buenaventura Arlia y Gabina Carrera.
 
Remigio Benadasi había subido al tranvía en Lanús. Era un mecánico italiano que viajaba hacia su empleo en la Compañía General Fabril y le contaba a uno de los cuatro cronistas apostados por el diario Crítica en el lugar: "Yo viajaba sentado en uno de los asientos delanteros del lado de la ventanilla. Todas estaban cerradas por el frío y el pasillo estaba repleto de pasajeros. Cuando el tranvía dio vuelta para llegar al puente, vi las luces rojas de peligro y me extrañó que no se detuviera. Sentí una sensación parecida a la de los ascensores que bajan rápido y me encontré en el agua. Todavía no me explico cómo salí del tranvía. Debe haberse roto el vidrio de mi ventanilla, porque tengo una herida en la frente y otra en la mano izquierda. Sin saber nadar, estuve chapoteando un rato hasta que me sacaron".
 
Las tareas de rescate de los escasos sobrevivientes y de los 56 cadáveres estuvieron a cargo del personal policial y de buzos del Ministerio de Obras Públicas.
 
El país se paralizó y comenzó la búsqueda de culpables. El autor de El principito, Antoine de Saint-Exupéry, escribió en su diario: "He escuchado una terrible noticia. En medio de la bruma, el conductor no advirtió que el puente había sido abierto para dejar paso a un barco. Crítica afirma que el culpable es el Gobierno, por no mantener suficientes controles".
 
Muchos acusaron de impericia al joven motorman Vescio, pero el juez de la causa, Miguel L. Jantus, determinó que se trató de una falla mecánica debida a que el comando que accionaba el freno se encontraba defectuoso debido al desgaste del uso.
 
El fallo confirmaba que Vescio era una víctima más del sistema, que dejaba cuatro hijos y a su viuda embarazada. La responsabilidad era compartida: absoluta negligencia de la empresa propietaria, que no tenía entre sus hábitos el control mecánico de unidades destinadas a simples obreros, y ausencia de control por parte de un Estado ausente.
 
Las riberas del Riachuelo se llenaron de curiosos y cronistas de todos los medios. A todos los conmovió la noticia de que entre los muertos había un obrerito, un niño trabajador. Entre los que se condolían había uno de los hombres de Crítica que buscaba responsables más allá de los visibles. Se preguntaba por qué tenía que estar allí ese niño.
 
Raúl González Tuñón escribió en la quinta edición de Crítica del 13 de julio de 1930: "Uno de los cadáveres extraídos era el de un chiquilín como de 14 años de edad. Obrerito joven, la muerte lo sorprendió tiritando de frío en un rincón del tranvía. Nadie lo reconoció en el momento de ser sacado de las aguas. ¡Quién sabe si ese chiquilín no tiene más familia que una abuelita vieja, a la que debe mantener con sus pobres jornales! Cuando levantaron ese cuerpecito liviano, llamó la atención lo abultado de uno de los bolsillos de su saco. Ese bulto resultó ser un sándwich. Un pan francés abierto en dos, llevando adentro una milanesa, seguramente sobra de la comida del día anterior. Ese sándwich era el único almuerzo de la infeliz criatura. Cuando se lo sacaron del bolsillo, ese sándwich, último sándwich de quién sabe cuántas jornadas de hambre, tuvo el prestigio de arrancar más de una lágrima".
 
Por Felipe Pigna
 
Fuente: Clarín
 

 

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La Batalla de Tucumán fue un enfrentamiento armado librado el 24 y 25 de septiembre de 1812 en las inmediaciones de la ciudad de San Miguel de Tucumán, durante el curso de la Guerra de Independencia.
 
La orden del Triunvirato era que el Ejército del Norte se retirara y se hiciese fuerte en Córdoba. Sin embargo, el general Manuel Belgrano concibió la idea de detenerse en Tucumán, donde la población está dispuesta a sumarse al ejército.
 
Los rumores de que la tropa se retiraba hasta Córdoba, causó alarma en la ciudad de Tucumán. Tañeron las campanas del Cabildo y el cuerpo, en sesión pública, dispuso enviar representantes ante Belgrano, para pedirle que diera batalla a los españoles en Tucumán.
 
Belgrano no buscaba más que ese pretexto para desobedecer la orden de retirada. Les dijo que se quedaría si su fuerza era engrosada con 1.500 hombres de caballería, y si el vecindario le aportaba 20.000 pesos plata para la tropa, cantidades que la comisión ofreció duplicar. Decidió ignorar por lo tanto las intimaciones del Triunvirato y hacerse fuerte allí.
 
El Ejército del Norte, al mando de Belgrano derrotó a las tropas realistas del brigadier Juan Pío Tristán, que lo doblaban en número, deteniendo el avance realista sobre el noroeste argentino y salvando la naciente Patria.
 
Junto con la batalla de Salta, que tuvo lugar el 20 de febrero de 1813, el triunfo de Tucumán permitió a los rioplatenses o argentinos confirmar los límites de la región bajo su control para construir una Patria.
 
Por Carlos Morales

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