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Internacionales - 12-05-2017 / 18:05
EFEMÉRIDES POPULARES. A 36 AÑOS DEL ATENTADO EN LA SANTA SEDE

En el Vaticano, el terrorista turco Mehmet Ali Ağca atenta contra el papa Juan Pablo II

En el Vaticano, el terrorista turco Mehmet Ali Ağca atenta contra el papa Juan Pablo II
El día en que Juan Pablo II se reunió con Mehmet Ali Agca.
El 13 de mayo de 1981, Mehmet Ali Ağca disparó contra el papa Juan Pablo II, mientras éste se desplazaba por la Plaza de San Pedro en un vehículo abierto. El pontífice fue herido en la mano, brazo y abdomen. Pocos años más tarde en diciembre de 1983, el papa lo visitó a la cárcel de Rebibbia, conversó con él y le otorgó el perdón.
 
El atentado motivó la construcción de un vehículo especial con cristales blindados diseñado especialmente para este tipo de actos y que fue popularmente bautizado como papamóvil. Un año después, en la noche del 12 al 13 de mayo de 1982, Juan Pablo II sufrió un nuevo atentado en Fátima (Portugal) adonde había llegado para agradecer a la Virgen María por haber salvado su vida.
 
En esa ocasión un sacerdote español ultraconservador, Juan María Fernández Krohn, quiso ensartarlo con una bayoneta pero fue inmovilizado apenas a tiempo, aunque llegó a visualizarse la presencia de sangre en la vestimenta papal, todo lo cual fue revelado por el cardenal Stanislaw Dziwisz años después.
 
Desde la agresión de Mehmet Ali Ağca comenzó a sufrir diversos problemas de salud: además de las dificultades que tuvo para recuperarse de las heridas de bala que sufrió en el estómago y en una mano, padeció distintos accidentes y dolencias.
 
La Opinión Popular

A 36 AÑOS DEL ATENTADO EN LA SANTA SEDE
 
Cuatro balas contra Juan Pablo II y un ataque aún inexplicado
 
Los disparos de la Browning automática calibre nueve milímetros empuñada por el turco Mehmet Alí Agca, de 23 años, espantaron a las siempre inquietas palomas de la Plaza San Pedro. Y espantaron también al resto de la humanidad.
 
El primer balazo dio de lleno en el abdomen del papa Juan Pablo II y por milagro -nunca mejor empleada la metáfora- no afectó ningún órgano vital. El segundo le dio en la mano izquierda cuando el Papa, con un gesto de dolor, se doblada en dos para caer casi sentado en el "papamóvil" con el que recorría la Plaza, ovacionado por una multitud, en el paseo previo a la gigantesca audiencia pública del miércoles 13 de mayo de 1981.
 
Si el Papa parecía no entender qué ocurría, su asistente personal y mano derecha en El Vaticano, monseñor Stanislaw Dziwisz, se había dado cuenta de todo en el acto: atentaban contra Juan Pablo. Lo que parecía imposible era real.
 
El tercer balazo hirió en el pecho a una turista americana, Ann Odre, de 58 años, que había viajado a Roma desde su ciudad natal, Búfalo y que, días más tarde, ya recuperada, recibiría la bendición en persona de Juan Pablo. El cuarto balazo rozó el brazo de la jamaiquina Rose Hill, de 21 años.
 
Para entonces, Agca, que había intentado fugar, ya estaba detenido y era llevado fuera del Estado vaticano, a la comisaría romana vecina a la puerta de Santa Ana, y Juan Pablo viajaba a toda velocidad rumbo al Policlínico Gemelli, que se haría famoso en todo el mundo.
 
Cinco horas duró la operación que salvó la vida del Papa, que quedó en terapia intensiva bajo un hermético diagnóstico, apto para todos los presagios: "en estado crítico, pero estable". Roma era ese día la capital de un mundo paralizado por el horror, que todavía no había digerido el atentado de cuarenta y cuatro días antes, cuando John Hinckley intentó asesinar en Washington al presidente Ronald Reagan.
 
Juan Pablo II dirigía, con mano firme y una asombrosa habilidad para comprender y valerse del naciente mundo mediático, a casi setecientos millones de católicos. Polaco de nacimiento, con una vocación de actor que sesgó la Segunda Guerra, sacerdote casi sin remedio y obispo de Cracovia, Karol Wojtyla se había convertido en 1978 en el primer papa no italiano en 456 años de historia; hablaba con fluidez siete idiomas y tenía un alma incorregible de viajero impenitente que extendió la presencia e influencia de la Iglesia.
 
Cuatro días después de ser herido, desde su lecho de enfermo y en pijama, nunca antes el mundo había visto así a un Papa, perdonó a su atacante. Tres semanas después, regresó sonriente a San Pedro.
 
El enigma era Agca. Los motivos de su ataque fueron una incógnita y lo son aún hoy. A inicios de los 70 Agca integraba un grupo terrorista turco de extrema derecha conocido como "Los Lobos Grises", responsable de decenas de atentados y asesinatos contra funcionarios, sindicalistas, periodistas y militantes turcos de izquierda.
 
En febrero de 1979 Agca fue detenido por el asesinato en Estambul del periodista Abdi Ipecki. Nueve meses después, mientras esperaba el juicio, escapó de una prisión militar supuestamente inexpugnable. En su celda encontraron una carta, a falta del preso, en la que acusaba al "imperialismo occidental" de temer por "la unidad política, militar y económica de Turquía y de los hermanos países islámicos". Tomaba el entonces inminente viaje de Juan Pablo II a Turquía como un intento de destruir esa unidad y anunciaba: "Voy a matar al Papa".
 
No lo hizo, pero el 9 de mayo de 1981 tomó un avión de Mallorca a Milán, entró en Italia con nombre falso y cuatro días después baleó a Juan Pablo.
 
Su vida después fue un carnaval de declaraciones políticas disparatadas que no ocultaban su deseo de ser tomado por un insano. Juan Pablo II lo visitó en su celda el 27 de diciembre de 1983 y volvió a perdonarlo, un sacramento que no contemplaba la conmutación de la pena. Pero en 2000, año del Jubileo, el Papa expresó su deseo de que el gobierno italiano perdonara a su atacante. El presidente italiano Carlo Ciampi lo hizo el 14 de junio de ese año y Agca fue extraditado a Turquía donde cumplió el resto de su condena por el asesinato de Ipecki.
 
Juan Pablo II murió el 2 de abril de 2005. Agca tiene hoy 58 años y sigue con sus andadas. En noviembre de 2014 pidió una audiencia con el papa Francisco para cuando viajara a Turquía entre el 28 y el 30 de noviembre de ese año, solicitud que la Santa Sede rechazó con elegancia. Entonces, el 27 de diciembre, Agca volvió al Vaticano para depositar un ramo de rosas en la tumba de Juan Pablo II, en el 31° aniversario del encuentro entre ambos en la cárcel.
 
El mundo siguió andando tras el atentado de Agca. Pero ya no fue el mismo. Lo supo mejor que nadie un joven sacerdote romano que lloraba casi a gritos y entre convulsiones la noche del 14 de mayo, en plena misa en San Pedro por la salud del Papa y ante un par de periodistas argentinos que apenas podían contenerlo. "No lloro por el Santo Padre: -dijo desgarrado el joven cura- Dios lo va a ayudar. Lloro por un mundo que terminó para siempre".
 
Por Alberto Amato
 
Fuente: Clarín

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La Batalla de Ayacucho fue el último gran enfrentamiento dentro de las campañas terrestres de las guerras de independencia hispanoamericanas (1809-1826) y significó el final definitivo del dominio colonial español en América del sur. La batalla se desarrolló en la Pampa de Quinua o Ayacucho, Perú, el 09 de diciembre de 1824. Alrededor de 80 valientes Granaderos argentinos (los últimos de los 4.000 que cruzaron los Andes con José de San Martín) participaron en la victoria, junto a combatientes colombianos, venezolanos, peruanos y chilenos. 
 
El general venezolano Antonio José de Sucre, a los 29 años, fue el protagonista central de la batalla, al mando de las fuerzas patrióticas, que acometieron directamente a la masa desorganizada de tropas colonialistas que, sin poder formar para la batalla, descendía en hileras de las montañas. Lo acompaña el intrépido general colombiano José María Córdoba, de 25 años, que alzando su sombrero blanco de jipijapa en la punta de su espada, entusiasma a sus hombres lanzándose al combate con el grito: "¡División! ¡De frente! ¡Armas a discreción y paso de vencedores".

La frase lanzada por el general Jacinto Lara al iniciar el combate es menos homérica pero más criolla. Los hombres de Lara eran hijos de los llanos venezolanos y "gente cruda". Su general les dirigió antes de la batalla la siguiente arenga: "¡Zambos del carajo! ¡Al frente están los godos puñeteros! El que manda la batalla es Antonio José de Sucre, que como  ustedes saben, no es ningún cabrón. Conque así, apretarse los cojones y ... ¡a ellos!".
 
Las fuerzas patriotas sumaban 5.780 hombres y los realistas, 9.310 soldados. La victoria americana fue completa. Cayeron prisioneros el virrey José de la Serna con todos sus generales, empezando por José de Canterac y Jerónimo Valdés, con más de 600 oficiales y dos mil hombres de tropa. Más de dos mil muertos (307 patriotas y 1800 realistas) quedaron sobre el campo de Ayacucho donde concluía el poder colonial español en América.

La victoria de los revolucionarios independentistas supuso la desaparición del contingente militar realista español más importante que seguía en pie, sellando la independencia peruana con una capitulación militar que puso fin al Virreinato del Perú. Terminaron así estas guerras de liberación en todo un continente, que había comenzado medio siglo atrás, cuando los yanquis iniciaron las hostilidades contra los ingleses el 19 de abril de 1775.

 
Presencia indestructible de Eva Perón 
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