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Por Natalio R. Botana. Historiador y politólogo
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Internacionales - 12-03-2017 / 23:03
EFEMÉRIDES POPULARES

Los estudiantes del Directorio Revolucionario atacan el palacio presidencial en La Habana para ejecutar al dictador Batista

Los estudiantes del Directorio Revolucionario atacan el palacio presidencial en La Habana para ejecutar al dictador Batista
Los estudiantes del Directorio Revolucionario atacan el palacio presidencial en La Habana para ejecutar al dictador Batista.
El 13 de marzo de 1957, en La Habana (Cuba), ocurre el ataque al palacio presidencial por los jóvenes estudiantes del Directorio Revolucionario con el objetivo de ajusticiar al dictador Fulgencio Batista. El plan inicial había sido atacar el Palacio Presidencial y la emisora Radio Reloj.
 
Con el ataque al Palacio se buscaba la eliminación de Batista para terminar con el régimen que este dirigía; con la toma de Radio Reloj se pretendía, por su parte, anunciar esta muerte, convocar una huelga general y llamar a todo el pueblo cubano a sumarse a la lucha armada.
 
Su desarrollo y resultado resultaron distintos a cómo habían sido planificados pues, por un lado, no participaron todas las fuerzas previstas en el mismo y, por otro, el objetivo principal no se consiguió. El asalto se produjo y, aunque los revolucionarios llegaron hasta la tercera planta del Palacio, Batista había logrado escapar, presumiblemente por una escalera interior desde su despacho. Además, en un enfrentamiento previo fue abatido el líder de los revolucionarios: José Antonio Echeverría.
 
La Opinión Popular
 
DERROTAR A LA DICTADURA BATISTIANA
 
El levantamiento del 13 de marzo de 1957
 
Aproximadamente a las tres de la tarde del 13 de marzo de 1957, un camión se estacionó en el callejón sin salida que nace donde convergen las calles 21 y 24, en el Vedado. Del edificio aledaño, descendieron las escaleras, de dos en dos, un grupo de jóvenes y entraron al vehículo. Otros, encabezados por Carlos Gutiérrez Menoyo y Faure Chomón, se encaminaron hacia los automóviles parqueados en la zona. El convoy enrumbó por 21 y tras doblar en la calle 26, siguió por 17.
 
En un sótano ubicado en la calle 19 entre B y C, en el mismo barrio capitalino, el presidente de la FEU, José Antonio Echeverría, tal vez pensaba en lo que había escrito unas horas antes y que hoy conocemos como su Testamento Político: "Nuestro compromiso con el pueblo de Cuba quedó fijado en la carta de México, que unió a la juventud en una conducta y una acción [...] Creemos que ha llegado el momento de cumplirlo".
 
Junto con Fructuoso Rodríguez y otros combatientes abandonó el lugar y en automóvil, se dirigió hacia Radio Reloj. Pistola en mano, entró en la cabina de transmisión y conminó al locutor a leer los partes confeccionados previamente por el Directorio Revolucionario, que anunciaban el asalto al Palacio Presidencial.
 
Minutos después se oyó en toda Cuba su voz: "Pueblo de Cuba... En estos momentos acaba de ser ajusticiado revolucionariamente el dictador Fulgencio Batista. En su propia madriguera del Palacio Presidencial, el pueblo de Cuba ha ido a ajustarle cuentas...".
 
Entretanto, el otro comando llegaba a la entrada principal del Palacio Presidencial. Carlos Gutiérrez descendió de su carro y con un movimiento tan rápido que desconcertó a la posta, la neutralizó. Al frente de un grupo, llegó hasta el Salón de los Espejos, pero el dictador no se hallaba en su despacho.
 
José Antonio y sus compañeros partieron de Radio Reloj hacia la Universidad. El Presidente de la FEU quería reunir al grupo que lo esperaba en la Casa de Altos Estudios y junto con el grupo de apoyo, acuartelado en un lugar de la ciudad, cuyo jefe evidentemente titubeaba, marchar hacia Palacio. Pero el auto donde iba chocó con un patrullero. José Antonio enfrentó a los patrulleros. Varios disparos impactaron su cuerpo y lo hicieron caer al piso. Se incorporó para seguir tirando. Una ráfaga lo fulminó.
 
En Palacio, las fuerzas de la tiranía se reorganizaron y comenzaron a repeler el ataque. La situación de los revolucionarios se tornó precaria ante la carencia de parque y la ausencia del programado grupo de apoyo, que nunca apareció. Carlos Gutiérrez cayó mortalmente herido. José Machado, Machadito, comprendió que el asalto había fracasado y asumió la responsabilidad de ordenar retirada. Ya fuera del recinto, al comprobar que su amigo Juan Pedro Carbó estaba extraviado, volvió a entrar y logró rescatarlo.
 
Según ha declarado Faure Chomón, si José Antonio no hubiera caído en combate, su presencia en Palacio "habría cambiado la situación. Su prestigio revolucionario habría convocado a todas las fuerzas dispersas por los alrededores, empujado a los indecisos o impulsándolos para rescatar el camión con las armas para la operación de apoyo. Hoy estaríamos recordando otra más grande batalla que la que dio aquel 13 de marzo".
 
En su Testamento Político, José Antonio afirmaba: "Si caemos, que nuestra sangre señale el camino de la libertad. Porque, tenga o no nuestra acción el éxito que esperamos, la conmoción que originará nos hará adelantar en la senda del triunfo. Pero es la acción del pueblo la que será decisiva para alcanzarlo.
 
Y así fue. Jóvenes de la ciudad y el campo se integraron a la insurrección. El Directorio Revolucionario, que José Antonio fundó como brazo armado de la FEU, organizó guerrillas en el centro del país y con la llegada allí del Che y Camilo, se puso bajo las órdenes del Guerrille­ro Heroico y con sus hermanos de la Sierra Maestra, libraron batallas decisivas como la de Santa Clara. En menos de 21 meses la tiranía cayó descabezada y el pueblo en el poder comenzó a guiar los destinos de Cuba.
 
Por Pedro Antonio García
 
Fuente: granma.cu
 

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La Batalla de Ayacucho fue el último gran enfrentamiento dentro de las campañas terrestres de las guerras de independencia hispanoamericanas (1809-1826) y significó el final definitivo del dominio colonial español en América del sur. La batalla se desarrolló en la Pampa de Quinua o Ayacucho, Perú, el 09 de diciembre de 1824. Alrededor de 80 valientes Granaderos argentinos (los últimos de los 4.000 que cruzaron los Andes con José de San Martín) participaron en la victoria, junto a combatientes colombianos, venezolanos, peruanos y chilenos. 
 
El general venezolano Antonio José de Sucre, a los 29 años, fue el protagonista central de la batalla, al mando de las fuerzas patrióticas, que acometieron directamente a la masa desorganizada de tropas colonialistas que, sin poder formar para la batalla, descendía en hileras de las montañas. Lo acompaña el intrépido general colombiano José María Córdoba, de 25 años, que alzando su sombrero blanco de jipijapa en la punta de su espada, entusiasma a sus hombres lanzándose al combate con el grito: "¡División! ¡De frente! ¡Armas a discreción y paso de vencedores".

La frase lanzada por el general Jacinto Lara al iniciar el combate es menos homérica pero más criolla. Los hombres de Lara eran hijos de los llanos venezolanos y "gente cruda". Su general les dirigió antes de la batalla la siguiente arenga: "¡Zambos del carajo! ¡Al frente están los godos puñeteros! El que manda la batalla es Antonio José de Sucre, que como  ustedes saben, no es ningún cabrón. Conque así, apretarse los cojones y ... ¡a ellos!".
 
Las fuerzas patriotas sumaban 5.780 hombres y los realistas, 9.310 soldados. La victoria americana fue completa. Cayeron prisioneros el virrey José de la Serna con todos sus generales, empezando por José de Canterac y Jerónimo Valdés, con más de 600 oficiales y dos mil hombres de tropa. Más de dos mil muertos (307 patriotas y 1800 realistas) quedaron sobre el campo de Ayacucho donde concluía el poder colonial español en América.

La victoria de los revolucionarios independentistas supuso la desaparición del contingente militar realista español más importante que seguía en pie, sellando la independencia peruana con una capitulación militar que puso fin al Virreinato del Perú. Terminaron así estas guerras de liberación en todo un continente, que había comenzado medio siglo atrás, cuando los yanquis iniciaron las hostilidades contra los ingleses el 19 de abril de 1775.

 
Presencia indestructible de Eva Perón 
Por Blas García

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