Nacionales - 12-08-2012 / 11:08
EL CONFLICTO DEL SUBTERRÁNEO DE LA CIUDAD DE BUENOS AIRES
La sinrazón de la pelea Cristina vs. Macri
Cristina y Macri pierden con el paro del subte. Es cierto que el más perjudicado es el jefe de gobierno. Su caída en los sondeos de imagen ha sido mayor que la de la presidenta, que también ha dejado en el camino algunos puntos más de los que ya había resignado en el distrito.
Cristina y Macri están equivocando el camino. Decidieron pelearse parados encima de un millón de personas que han sufrido las caóticas consecuencias del paro más salvaje que registre la historia del subterráneo de la ciudad de Buenos Aires.
El objetivo está claro: Cristina quiere borrar del mapa a Macri y cortarle cualquier posibilidad de erigirse en oponente para 2015. Además impulsa sacarle al Banco Ciudad los depósitos judiciales y pasarlos al Banco Nación, Y Macri está obsesionado con crecer hacia esa eventual candidatura presidencial sólo desde la victimización total a manos de Cristina.
Las encuestas muestran que Cristina y Macri pierden con el paro del subte. El más perjudicado es el jefe de gobierno. Su caída en los sondeos de imagen ha sido mayor que la de la presidenta, que también ha dejado en el camino algunos puntos más de los que ya había resignado en el distrito.
A Macri podría haberle dejado de funcionar el plan de mostrarse siempre como víctima de la presidenta. Victimizarse hasta el hartazgo mientras no resuelve el problema de la gente ya no es tan efectivo.
Cristina, fiel a su estilo de moverse siempre en medio del conflicto y nunca de la solución, de alimentar el rencor y la diatriba hacia el que piensa distinto o hacia quien ve como un enemigo al que hay que eliminar, no disimuló su desparpajo: en sus discursos no se refirió nunca al conflicto del subte. Ni una sola mención al padecimiento de un millón de usuarios.
En su país de fantasía, Ella nunca habla tampoco de la inflación, de la pavorosa inseguridad, del parate de la industria y el comercio, de la pérdida de 350.000 puestos de trabajo y el freno a la creación de nuevos empleos.
Para la Casa Rosada, la capital es un distrito perdido, los porteños no la quieren, peor de lo que le ha ido no le va a ir, y cargarle todo el fardo a Macri es un buen recurso para voltearlo de sus aspiraciones presidenciales.
La sinrazón de unos y otros
Al menos tres ministros del gabinete de Cristina Fernández han experimentado durante la semana que termina mayores o menores grados de espanto por lo que está sucediendo. Aunque bajo el siempre eficiente argumento del off the record , condición inexcusable si se quiere escucharlos y al mismo tiempo evitarles mediante ese anonimato el soberbio castigo de la cima, no es poco en un gobierno hiperconcentrado donde algunos funcionarios de la segunda línea tienen que pedir autorización a Olivos hasta para firmar un vale de viáticos.
Se puede, con todo, arriesgar un perfil sin violar la regla del ocultamiento de identidad: ninguno de ellos es kichnerista puro, o cristinista, como se autodenominan ahora los fieles a ultranza que acompañan con aplausos, asentimientos de cabeza y anchas sonrisas cada mohín o tantas insólitas definiciones que con una incontinencia verbal sin precedentes entrega su jefa cinco o seis veces por semana por cadena nacional, o desde cualquier atril que ella ordene montar aquí y allá.
Los tres se definen como peronistas y existían en el partido mucho antes de que los Kirchner se hicieran con el poder en 2003. Uno de ellos dejó esa marca en el orillo unos años atrás, cuando dijo en un reportaje: "No soy kirchnerista, soy peronista". También, como manda el manual de todo buen peronista que se precie, acompañaron a sus anteriores jefes hasta las puertas del cementerio y se preservaron listos para servir con la misma lealtad y sin ningún rubor al siguiente dueño del poder. A Néstor en 2003 y a Cristina desde el 27 de octubre de 2010.
Algo parecido, vaya paradojas de la política, ha ocurrido en la vereda de enfrente, a cien pasos de la Casa Rosada, donde habita Mauricio Macri. En reserva, y por primera vez desde que el líder de PRO se instaló como la figura con mayor poder de la Capital Federal, un podio que revalidó en las últimas elecciones con un impactante 64 por ciento de los votos, importantes hombres y mujeres de su entorno han plantado dudas y reparos sobre los pasos que viene dando su jefe, cegado como su enconada rival del otro lado de la Plaza de Mayo en una pelea de fondo plagada de sinrazones y exabruptos en la que el fin último no es el bienestar común sino la derrota del otro a cualquier costo.
¿Dónde está la paradoja? En que aquellos ministros, aunque no son excluyentes en esa mirada crítica, y estos funcionarios o colaboradores del alcalde porteño, coinciden en el mismo diagnóstico: sus jefes están equivocando el camino y para peor, como acaba de ocurrir durante esta larga semana que termina, decidieron pelearse parados encima de un millón de personas que han sufrido las caóticas consecuencias del paro más salvaje que registre la historia del subterráneo de la ciudad de Buenos Aires.
El objetivo está claro: Cristina quiere borrar del mapa a Macri y cortarle cualquier posibilidad de erigirse en oponente para 2015. El impulso por cuerda separada al proyecto de ley para sacarle al Banco Ciudad los depósitos judiciales y pasarlos a la órbita del Banco Nación, amén de la necesidad insaciable de hacerse de otra caja y de ganarse nuevos odios de los porteños, es otro mandoble lanzado para eliminar de la carrera al jefe de gobierno. Y Macri está obsesionado con crecer hacia esa eventual candidatura presidencial sólo desde la victimización total a manos de Cristina.
Un dato permite corroborar ese panorama de inusitados enconos y sinrazones: hubo al menos dos reuniones entre funcionarios nacionales y de la ciudad para intentar destrabar el paro de los subtes: desde la Casa Rosada participaron Carlos Tomada y Florencio Randazzo; por el gobierno de la Ciudad lo hicieron Horacio Rodríguez Larreta y Emilio Monzó, ministro de Gobierno y peronista desencantado con el Frente para la Victoria tras la pelea con el campo, en 2008.
Todos cometieron el mismo pecado: pretender un arreglo por debajo de sus jefes. O sin ellos. La conclusión es conocida: Cristina desautorizó de un plumazo a sus ministros, y Macri ordenó atenerse a rajatabla al argumento de la victimización a ultranza.
En uno y otro campamento se escuchó decir durante esta semana de infierno que la presidente y el Jefe de Gobierno debieran echar a sus asesores o a quienes se animan a soplarles al oído. En el caso de la presidenta ya se sabe: son muchos los que hacen berrinches por los pasillos, pero pocos, poquísimos, los que se animan a golpear las puertas de su despacho para sugerirle un cambio de rumbo.
Esos frustrados interlocutores han visto lo que después vieron muchos otros con encuestas del más variado origen en la mano. Cristina y Macri pierden con el paro del subte. Es cierto que el más perjudicado es el jefe de gobierno. Su caída en los sondeos de imagen ha sido mayor que la de la presidenta, que también ha dejado en el camino algunos puntos más de los que ya había resignado en el distrito.
A Macri podría haberle dejado de funcionar el plan de mostrarse siempre como víctima de la presidenta. Su gastada retórica sobre la responsabilidad del gobierno central en la administración de los subtes, que se agrieta peligrosamente si se lee la letra y el espíritu del acuerdo firmado el 3 de febrero pasado, que Randazzo muestra a quien quiera verlo, ha impactado en la sociedad porteña. "Victimizarse hasta el hartazgo mientras no resolvemos el problema de la gente ya no es tan efectivo", sostiene uno de aquellos quejosos del lado del macrismo.
Cristina Fernández, fiel a su estilo de moverse siempre en medio del conflicto y nunca de la solución, de alimentar el rencor y la diatriba hacia el que piensa distinto o hacia quien atisba como un enemigo al que hay que eliminar, como es el caso de Macri, no disimuló ni un ápice su desparpajo: en una semana plagada de discursos y de otra cadena nacional, no se refirió nunca al conflicto del subte. Ni una sola mención al padecimiento de un millón de usuarios, aunque más no sea para chicanear a su odiado rival.
En todo caso habría que convenir que hizo honor a su impronta ligada al país de fantasía en el que vive. Ella nunca habla tampoco de la inflación, de la pavorosa inseguridad, que en todo caso es un problema de Daniel Scioli, o del parate de la industria y el comercio, que por primera vez desde la crisis global de 2009 motivó la pérdida de 350.000 puestos de trabajo y el freno a la creación de nuevos empleos, como tímidamente admitió Tomada.
La explicación que entregan en despachos de la Casa Rosada sobre la estrategia presidencial frente al paro de subtes y el calvario de los usuarios rebosa de dosis iguales de resignación y cinismo. "La capital es un distrito perdido, los porteños no la quieren, peor de lo que le ha ido no le va a ir, y cargarle todo el fardo a Macri es un buen recurso para voltearlo de sus aspiraciones presidenciales", desgrana un asesor político.
El hombre lo completó con un acertijo que se responde solo: "Si usted pregunta en la calle quién es el referente del cristrinismo en la ciudad, nadie lo sabe, no existe". Será por eso que en los laboratorios del poder se imaginó días pasados que obligar a Scioli a renunciar a la gobernación y bajar de nuevo a la Capital para ser candidato en 2015, sería una buena alquimia. "¿Por qué no? ¡Alicia (Kirchner) gobernadora, Daniel intendente porteño y Cristina presidenta una vez que consigamos la re-re!", dijo enfervorizado uno de los alquimistas.
No hay espacio para aquellos que temen que Cristina vaya camino de cometer en la Ciudad el mismo error que cuando le negó la plata a Scioli para pagar los aguinaldos, y tuvo que soltarla después cuando comprobó que ella era la culpable y el gobernador la víctima, según dictaminaron todas las encuestas. Ya se sabe: peor no va a estar con los porteños que no la comprenden. Y cuanto más largo sea el conflicto peor para Macri, no para ella.
Tampoco lo hay para los que desde otro costado han advertido sobre el uso abusivo de la cadena nacional, que ella ha anunciado que utilizará cada vez que le plazca, simplemente porque Clarín no publica sus anuncios diarios, o lo hace en recuadritos y en páginas interiores.
Su asesores comunicacionales debieran, en un rapto de honestidad intelectual, no fomentar ese desatino, sino mostrarle los papeles que poseen en sus escritorios que contienen mediciones contundentes sobre el fuerte "apagado" de radios y televisores que se viene registrando y en aumento cada vez que se anuncia una cadena.
Tampoco tendrán éxito aquellos tres ministros que dicen que el cepo cambiario es un pelotazo en contra y que la casi prohibición a los argentinos para salir del país por las mil trabas para hacerse de dólares raya lo inconstitucional; no serán escuchados los que sostienen que mostrar la fortuna personal de la presidenta, y admitirla en tono desafiante como hizo ella en la última cadena nacional, mientras se le aumentan ¡seis pesos! por día a los jubilados, no tiene ni tendrá buena prensa.
Lo mismo que defender a los barrabravas o celebrar las "salidas culturales" de asesinos de género o violadores. O mandar al Congreso el proyecto que privatizará la ex Ciccone bajo la pretendida épica de "recuperar soberanía monetaria", cuando no es más que una trapisonda para tapar la sospecha de corrupción que atosiga por estas horas a Amado Boudou.
"El problema es que ella ya no escucha a nadie", se lamenta uno de esos confidentes, como si hubiese descubierto la pólvora.
Fuente: lanueva.com