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“Nada es tan peligroso como dejar permanecer largo tiempo en un mismo ciudadano el poder. El pueblo se acostumbra a obedecerle y él se acostumbra a mandarlo; de donde se origina la usurpación y la tiranía.” Simón Bolívar
Nacionales - 05-08-2012 / 09:08
CRÓNICA POLÍTICA

La lógica del poder y los desafíos de la alternancia

La lógica del poder y los desafíos de la alternancia
Cristina se quiere parecer a Evita y sólo se parece en sus errores. Carece de su carisma, no sólo porque le falta ángel, sino porque en las sociedades de masas del siglo XXI la única pasión que hoy pareciera movilizar a los pobres, es el fútbol, y esa pasión no se transfiere con ‘Futbol para todos‘.
Los opositores admiten que no hay alternativa política a este gobierno. Lo dicen con resignación, con desánimo, con impotencia, pero lo dicen. Que haya o no haya alternativa política al oficialismo, depende de muchos factores, pero quienes a cada rato repiten que efectivamente no la hay, lo que hacen es contribuir a que así sea.
 
La lógica de quienes ejercen el poder es probar que ellos son los únicos que están en condiciones de gobernar. No hay un solo oficialismo en la historia que alguna vez haya admitido que la oposición estaba en condiciones de hacer las cosas mejor que ellos.
 
La gran victoria política de un gobierno es convencerse a sí mismo, convencer a la oposición y, por supuesto, a la opinión pública, que lo mejor que le puede pasar a su país es que ellos lo sigan gobernando.
 
¿Es tan así? ¿No hay dirigentes, equipos de gobierno, partidos políticos con voluntad de poder? ¿Sólo los Kirchner, y nadie más que ellos, está en condiciones de gobernar? No es así y que además no debería ser así. ¡Arreglados estaríamos si en nuestro país la única persona capacitada para gobernar fuera Cristina!
 
La alternancia es la exigencia más difícil de asimilar por parte de quienes ejercen el poder. Esta exigencia pone límites a la tentación de los gobernantes de quedarse en el poder para siempre.
 
Éste es un gobierno como cualquier otro que alienta la ilusión de presentarse como algo excepcional, cuando en realidad no hace más que reproducir la intención de perpetuarse en el poder para cambiar el destino de la cuenta bancaria personal de los funcionarios en nombre de la felicidad del pueblo.
 
Alternativas hay. Si en 2003 un político casi desconocido, Néstor Kirchner, logró serlo, hay motivos para pensar que diez años después el bastón de mariscal, como decía Napoleón, puede estar en la mochila del más modesto de sus soldados.

Crónica política
 
La lógica del poder y los desafíos de la alternancia
 
Hasta los opositores más sinceros admiten que no hay alternativa política a este gobierno. Lo dicen con resignación, con desánimo, con impotencia, pero lo dicen. Tal vez sin proponérselo contribuyen a lo que alguna vez se llamó 'la autoprofecía cumplida'. Tanto pronosticar acerca de algo, finalmente termina realizándose a pesar, incluso, de los pronosticadores.
 
Dicho con otras palabras; que haya o no haya alternativa política al oficialismo, depende de muchos factores, pero quienes a cada rato repiten que efectivamente no la hay, lo que hacen es contribuir a que así sea.
 
El argumento es sorprendente, porque lo previsible es que sea el oficialismo el que difunda esa consigna, convencido de que la única posibilidad de salvar a la patria es que quienes gobiernan continúen haciéndolo todo el tiempo que sea necesario.
 
Para la teoría política está claro que una de las estrategias de quienes ejercen el poder, es probar que ellos son los únicos que están en condiciones de gobernar. Al respecto, no conozco un solo oficialismo en la historia que alguna vez haya admitido que la oposición estaba en condiciones de hacer las cosas mejor que ellos.
 
Precisamente, la gran victoria política de un gobierno es convencerse a sí mismo, convencer a la oposición y, por supuesto, a la opinión pública, que lo mejor que le puede pasar a su país es que ellos lo sigan gobernando.
 
El discurso, en estos casos, admite algunas variaciones: el oficialismo reconoce que con gusto dejaría el gobierno, pero lamentablemente no puede hacerlo porque no hay nadie en condiciones de reemplazarlo.
 
La otra variante es de tipo ideológico y se formula más o menos así: la continuidad de este gobierno es la única posibilidad que tiene la Argentina de ser libre, justa y soberana. En este caso se reconoce que puede haber algún otro en condiciones de gobernar, pero 'ese otro' representa a la oligarquía, el imperialismo, los genocidas; en definitiva, a los enemigos de la patria.
 
Este suele ser el argumento preferido de Chávez, Correa, Ortega y, claro está, de la señora. Lo que estos caballeros y esta dama aportan a lo que es una añeja estrategia del poder, es que la suerte de una nación depende no tanto de un partido o de un equipo de gobierno, sino de una persona, una persona a quien los dioses en sus inescrutables designios o la historia en su espiralado devenir, ha ungido para que salve a la nación y gobierne hasta el fin de los tiempos.
 
O sea que por un camino u otro, la lógica de todo oficialismo es perdurar, quedarse en el poder todo lo que sea posible. Siempre habrá buenas razones para convencerse de ello y sobre todo, siempre habrá excelentes razones para convencer a los pobres opositores de que así son las cosas.
 
¿Es tan así? ¿No hay dirigentes, equipos de gobierno, partidos políticos con voluntad de poder? ¿Sólo los Kirchner, y nadie más que ellos, está en condiciones de gobernar?
 
Modestamente creo que no es así y que además no debería ser así. ¡Arreglados estaríamos si en un país que se presume civilizado y moderno la única persona capacitada para gobernar fuera la señora!
 
Eso y admitir que somos un país de analfabetos o una tribu de salvajes, sería más o menos lo mismo. Dicho en términos más académicos, habría que pensar en una nación derrotada, una nación con sus hombres abatidos por el fracaso, el desánimo y la humillación, para concluir en que sólo una persona, en un país de cuarenta millones de habitantes, está en condiciones de gobernarlo.
 
La alternancia es la exigencia más difícil de asimilar por parte de quienes ejercen el poder. Los clásicos del liberalismo, cuya batalla contra el absolutismo había sido muy dura, fueron los que establecieron esta exigencia para poner límites a la tentación objetiva y subjetiva de los gobernantes de quedarse en el poder para siempre.
 
La alternancia, a su vez, es la manifestación más evidente de una nación civilizada y democrática, al punto que muy bien podría decirse que a la hora de evaluar la salud política e institucional de una nación, el primer requisito a prestarle atención es observar cómo funciona el sistema de alternancia.
 
En la Argentina convengamos que la respuesta a esta exigencia no deja lugar para el optimismo. Veamos si no. Si tomamos como punto de partida histórico de nuestro sistema político democrático la sanción de la ley Sáenz Peña en 1912, arribamos a la conclusión de que en los últimos cien años sólo en tres ocasiones se cumplió el principio de alternancia.
 
La primera vez fue en 1916, cuando el conservador Victorino de la Plaza le entregó los atributos de la presidencia al radical Hipólito Yrigoyen. La segunda vez, recién ocurrió en 1989, es decir setenta y tres años después, cuando el radical Raúl Alfonsín transfirió el gobierno al peronista Carlos Menem. La tercera vez, fue en el 2000, cuando Menem le entregó el poder a Fernando de la Rúa.
 
Después, la constante fue la continuidad de un gobierno de un mismo signo o esa singular alternancia criolla que se dio entre gobiernos militares y gobiernos civiles.
 
Convengamos entonces, que en la Argentina al ejercicio de la alternancia no lo hemos practicado como aconsejaría la tradición republicana, una tradición que -dicho sea de paso-, como los hechos demuestran, ha estado más ausente que presente y siempre fue impugnada con fulminantes argumentos de derecha y de izquierda, argumentos que curiosamente coincidían en el objetivo de ponderar las virtudes de un buen dictador, un caudillo carismático o un líder mesiánico, diferentes designaciones para defender el becerro de oro del poder.
 
En América latina fueron las izquierdas nacionales y los populismos criollos los que defendieron con entusiasmo y convicción el régimen de caudillos o dictadores. Alguna vez llegaron a sostener que este continente no debía imitar modelos europeos, por lo que era necesario admitir que lo genuino, lo nuestro, lo tropical y mágico, eran los caudillos por la gracia de Dios.
 
Poco importaba, al respecto, advertir que en el siglo veinte los fundadores de los regímenes caudillistas fueron los dictadores bananeros al estilo de Somoza, Trujillo, Duvalier o Stroessner.
 
El populismo resolvió ese dilema planteando que había que distinguir entre dictadores buenos y dictadores malos, del mismo modo que en materia de derechos humanos había que distinguir entre torturadores buenos y torturadores malos, o asesinos buenos y asesinos malos.
 
Ni por las tapas se les ocurría incluir en sus reflexiones la naturaleza del poder, la tendencia a concentrarse en hacerse omnipotente y perpetuo, a constituirse en oligarquía. Ni por las tapas se les ocurría defender las virtudes de la libertad y los derechos de los ciudadanos amenazados por el poder.
 
El razonamiento, en ese sentido, fue sencillo y eficaz. La ardua tarea de construir un régimen con garantías y controles era una invención del enemigo.
 
De todos modos, se suponía que después de padecer las dictaduras militares de las décadas del setenta y el ochenta, los populistas criollos habrían aprendido a valorar lo beneficios del Estado de derecho.
 
Los allanamientos sin orden judicial, las cárceles para los disidentes, las desapariciones, los secuestros y torturas, deberían haber enseñado algo. Y efectivamente, apenas se recuperó la democracia, parecía que la lección se había aprendido.
 
Los muchachos estaban asustados y recitaban los artículos de la Constitución de memoria. El entusiasmo les duró poco, porque la evaluación perdió de vista que el hombre es el único animal capaz de tropezar dos veces con la misma piedra.
 
En efecto, no bien se crearon condiciones propicias, los populistas de ayer y de ahora volvieron a las andadas. El retorno de los viejos fantasmas incluye, en el siglo XXI, su inevitable devaluación.
 
Los caudillos ya no despiertan las pasiones de antes, tampoco están en condiciones de brindar los beneficios de otros tiempos. Son una caricatura, una mascarada de sus predecesores. La señora se quiere parecer a Evita y sólo se parece en sus errores y sus vicios.
 
Carece de su carisma, no sólo porque le falta ángel, sino porque en las sociedades de masas del siglo XXI la única pasión que hoy pareciera movilizar a los pobres, es el fútbol, y esa pasión no se transfiere con 'Futbol para todos'.
 
Conclusión: en el mejor de los casos, éste es un gobierno como cualquier otro que alienta la ilusión de presentarse como algo excepcional, cuando en realidad no hace más que reproducir la eterna y monótona letanía de quienes llegan al poder y quieren quedarse para cambiar el destino de su cuenta bancaria personal en nombre de la felicidad del pueblo.
 
Conclusión dos. Alternativas hay. Si en 2003 un político casi desconocido logró serlo, hay motivos para pensar que diez años después el bastón de mariscal, como decía Napoleón, puede estar en la mochila del más modesto de sus soldados.
 
Fuente: El Litoral

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19-05-2013 / 11:05
19-05-2013 / 11:05
Al momento de morir, Videla era un anacronismo absoluto. Condenado por los jueces, por la política y por los hombres, se aferraba a un Dios hecho a su imagen y semejanza para eludir la soledad y las culpas, si es que alguna vez las tuvo.
 
Nunca en la Argentina en nombre de Dios, del Estado y del modo de vida occidental y cristiano se mató tanto, con tanto entusiasmo y desplegando tantos recursos. Videla fue el responsable de esa decisión, pero no el único.
 
La dictadura militar que Videla representó institucionalmente dejó su huella de sangre y muerte, y tal vez ello haya sido su absoluta y perversa originalidad. Él fue nada más y nada menos que el rostro de un proyecto político que para poder realizarse incluía la masacre de miles de argentinos.
 
En las portadas de los diarios asombra la lluvia de condenas. Boudou lo califica de genocida, justamente él, el hombre que por filiación ideológica y catadura moral habría apoyado jubiloso a los jefes militares. Héctor Timerman, por su parte, parece haber olvidado que en marzo de 1976 dirigía el diario La Tarde, y que en uno de sus titulares de tapa felicitaba a los militares por la faena represiva que estaban realizando.
 
Algo anda mal, algo no encaja en términos éticos cuando personajes como Boudou, Timerman o esa otra funcionaria de la dictadura que se llama Alicia Kirchner, se atropellan para hacer declaraciones contra Videla.
 
Algo no cierra políticamente cuando los mismos que se hicieron millonarios aprovechándose de las leyes de la dictadura de Videla, los mismos que aprobaron la amnistía de 1983 y los mismos que en los años bravos ni siquiera presentaron un habeas corpus a favor de los detenidos, pretendan luego transformarse en los paladines de una causa en la que nunca creyeron o en enemigos de un régimen al que nunca combatieron y en más de un caso apoyaron o se beneficiaron con él.

19-05-2013 / 11:05
Todos los instrumentos para intervenir Clarín ya estaban listos. Sólo faltaba la orden de Cristina. Pero la torpeza de los funcionarios K filtró la jugada y, frente a la inmensa reacción nacional e internacional, el Gobierno debió dejar en suspenso la medida.
 
El intento intervencionista tuvo una explícita condena a nivel internacional y alertó a la oposición local. Mauricio Macri, que venía desdibujado políticamente, tomó la iniciativa y firmó un decreto de necesidad y urgencia para la "protección de la libertad de prensa y de expresión" en su distrito, actitud que fue compartida en el suyo por el gobernador de Córdoba, José Manuel de la Sota.
 
El Gobierno hizo entonces lo acostumbrado, que es negar lo obvio. Otra vez tuvo que apelar a su ya acostumbrada estrategia de negación y silencio para salir en retroceso de un camino que lo llevaba hacia un destino incierto y riesgoso. Algunos voceros sostuvieron que "nunca se pensó en intervenir Clarín", cuando en realidad ya estaba lista la resolución de la CNV y hasta instruidos los veedores que irían a cada una de las empresas del grupo.
 
Limitado en sus intenciones de sancionar por esa vía a medios y periodistas críticos, el proyecto deberá esperar hasta que se conozca el resultado de las próximas elecciones. Antes, la Corte Suprema de Justicia hará conocer su fallo definitivo sobre la constitucionalidad o no de los artículos cuestionados de la Ley de Medios.
 
Y mucho antes todavía, el máximo tribunal se va a expedir, gracias al procedimiento del per saltum sobre algunas de las leyes que integran la llamada Reforma Judicial. Los presagios de la Casa Rosada no son los mejores en este punto y cada día que pasa aumenta la desconfianza con los integrantes de la Corte.
 
Obligado a recalcular la ruta por la que iba "por todo", el Gobierno ahora tiene como consigna hablar de la gestión y, por especial instrucción de Cristina, enfatizar en "la década ganada", para revertir el fuerte deterioro que ha tenido en su caudal de apoyo ciudadano. Las encuestas de opinión, aun las más favorables, ubican a la Presidenta con menos del 35% de adhesión y con tendencia a un declive mayor.
 
Los indicadores de la economía, las actitudes de prepotencia de algunos funcionarios, la intolerancia que muestra la propia Cristina con todo lo que no esté en la línea de sus deseos y las revelaciones de la prensa crítica sobre hechos de corrupción en los últimos 10 años, son una seguidilla de contrariedades para ella.
 
Su iniciativa política ha perdido calidad. Todo ocurre muy rápido y no todo puede ocultarse.

19-05-2013 / 10:05
La Fundación María de los Ángeles, que preside Susana Trimarco, está transitando el mismo pantano que la Fundación Sueños Compartidos, de Hebe Bonafini.
 
La militancia rentada o amateur se desespera desde el aparato de propaganda para proteger a la madre de Marita Verón. Se indignan porque Jorge Lanata "ensució" con sus críticas a quien tanto luchó contra la trata y por la aparición con vida de su hija.
 
Lo mismo pasó cuando estalló el escándalo que involucró a los hermanos Schoklender. "No manchen los pañuelos blancos", amenazaban los paraperiodistas sin comprender que la mugre, envasada en billetes, había sido proporcionada por el Gobierno de CFK.
 
Son los Kirchner los responsables de haber alimentado con fortunas a Hebe y a Sergio para que hicieran viviendas. Podrían haber intentado cooptar a una figura vinculada a los derechos humanos desde el campo de las ideas o aprobando leyes que facilitaran su tarea.
 
¿Qué necesidad había de profanar un símbolo universal de la lucha contra la dictadura como las Madres? ¿Por qué meter millones en esa relación? ¿Los Kirchner no conocen otra forma de relacionarse que no sean los subsidios y la chequera? Utilizan a los luchadores y a los artistas populares como escudos para proteger su enriquecimiento ilícito, voraz y veloz.
 
Quien se meta a fondo a investigar la cuenta del Banco Nación de la fundación de Susana Trimarco se encontrará con sorpresas dolorosas. No sólo por los montos de dinero que le giraron desde el jefe de Gabinete, Juan Manuel Abal Medina, hasta el gobernador tucumano, José Alperovich, lo más grave aparecerá si se sigue la ruta de ese dinero.
 
¿A dónde fue a parar? ¿A qué profesionales se contrató? ¿Qué locales se alquilaron? ¿Están las facturas de esos gastos o se esfumaron como los fondos de Santa Cruz? ¿Cierran los números? ¿Qué rol juega su abogado, Carlos Garmendia? Susana Trimarco, a través de Télam y 6, 7, 8, acusó a Lanata de "golpista al servicio de Clarín", pero no puede explicar nada del dinero K.
 
El manual de instrucciones de Cristina indica que todo lo que no se puede dominar debe ser apropiado por las buenas o por las malas o, en su defecto, fundido, quebrado o fracturado. Esto no borra la lucha heroica que tanto Hebe como Susana libraron. Una enfrentó a la dictadura y la otra, a la mafia de la prostitución cuando ni Néstor ni Cristina lo habían hecho.

19-05-2013 / 10:05
El unicazo es un sistema de gobierno que se forma en torno de un único protagonista. Como el de Cristina, que concentra en sus manos todas las decisiones del gobierno, desde las más relevantes hasta las más insignificantes. Todo pasa por Ella.
 
El gabinete es un hervidero, opera en un clima irrespirable, y son varios los funcionarios que han querido dejar la función. Sin éxito, porque nadie se va de su cargo si no lo ordena Ella. El que cometa la osadía de ir con la renuncia en la mano se expone al castigo divino.
 
La Presidenta ha decidido gobernar para los 400 o 500 aplaudidores oficiales que la acompañan en cada uno de sus actos. Ese es su país de fantasía y la jefa de Estado está convencida de que esa es toda la Argentina, y que todo lo demás son ataques destituyentes.
 
Por eso explota cada vez que alguien se asoma con alguna mala noticia, o pretende que son todos inventos las informaciones de los diarios que hablan de inflación, inseguridad, economía en caída libre, dólar negro ingobernable, empresas que huyen por la falta de seguridad jurídica, ausencia total de nuevas inversiones, mientras llueven dólares en Uruguay, Chile y Paraguay.
 
La concentración de la gestión lleva a un gobierno paralizado, temeroso, que espera que Ella decida sobre todo. La ceguera que ataca a Cristina tendría que ver con los comentarios agoreros que desde su propio entorno le llegan sobre lo que puede pasar en las primarias de agosto y las elecciones legislativas de octubre.
 
Pero en modo especial en la provincia de Buenos Aires, donde todos saben que el oficialismo necesita hacer una elección impecable. No solo para mantener vivo el sueño de ir por la re-reelección, sino para evitar lo que sería un final cantado: las serias dificultades de gobernabilidad que CFK empezarían a encontrar en sus dos últimos años de mandato.
 
En esa abrumadora necesidad de no irritar a un electorado que se aleja de sus posiciones, cansado de tanta corrupción y víctima de flagelos como la inflación y la inseguridad, además de indignado por los ataques a la prensa libre, están las razones que la llevaron a asegurar que Ella no va a proponer una reforma de la Constitución Nacional.
 
En verdad hay en el gobierno un plan muy bien definido que supone patear todo hasta después de las elecciones de octubre. A partir de entonces intentarán avanzar en busca de los dos tercios en el caso de realizar una muy buena elección, que hoy no figura ni en los papeles del propio gobierno.
 
De lo contrario, pondrán en marcha el Plan B: abandonar la idea de una convención constituyente y forzar directamente la interpretación de algunos juristas aliados bajo el argumento de que "no se puede privar al pueblo de decidir quién quiere que lo gobierne".
 
Una burrada jurídica que más se parece a un intento por mantener el tema en debate después de octubre y evitar que la Presidenta se convierta en un pato rengo, que a un intento serio detrás de la perpetuación.

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