Nacionales - 05-02-2012 / 09:02
LA IMPOSICIÓN DE LA PALABRA OFICIAL COMO VERDAD REVELADA
Cristina y su propio relato
"Al que piensa distinto le digo que milite, y después, si te votan, llegás a presidente y podés hacer lo que quieras" dijo Cristina, el miércoles 01/02/12, en el Salón de las Mujeres.
Cristina ha blanqueado su decisión de gobernar como le venga en gana. También que ha resuelto llevar al límite la construcción de su propio relato. Esa fiebre por relatar las cosas según su única y exclusiva visión.
La refundación del relato de Cristina es la imposición de su palabra como la verdad revelada y la inexistencia o invalidez de cualquier otra opinión que no sea la suya. Es, también, el control más absoluto de ese relato.
El famoso "relato" kirchnerista consiste en: lo que ellos dicen es palabra santa, no importan ni estadísticas ni datos que los confronten, y el que se anime a cuestionarlos será sospechado de destituyente. O de ser traidor a la Patria. Aunque a la luz del día, el relato no sea mucho más que hablar por izquierda y obrar por derecha.
Sin ruborizarse, el vicegobernador de Buenos Aires dijo: "Nosotros no somos librepensadores, somos parte de un poder vertical, yo no doy instrucciones, yo recibo instrucciones", se despachó Mariotto, en la misma declaración en la que había asegurado que no le costaba nada ser un "che pibe" de Cristina, como venía de calificarlo Moyano.
Cristina y su propio relato
"Al que piensa distinto le digo que milite, y después, si te votan, llegás a presidente y podés hacer lo que quieras" (miércoles 01/02/12, Salón de las Mujeres).
Así, sin que se le mueva un músculo, Cristina Fernández ha blanqueado su decisión de gobernar como le venga en gana. También que ha resuelto llevar al límite la construcción de su propio relato. No es que no lo haya hecho antes, y antes que ella su esposo.
El famoso "relato" kirchnerista es eso, justamente: lo que ellos dicen es palabra santa, no importan ni estadísticas ni datos que los confronten, y el que se anime a cuestionarlos será sospechado de destituyente. O de ser traidor a la Patria, en palabras luego parcialmente corregidas del vicepresidente Amado Boudou.
Lo novedoso es que la "reina Cristina", como la llama delante de algunos periodistas Guillermo Moreno, ha resuelto reforzar ese estilo, casi refundar el relato oficial. Aunque a la luz del día, no sea mucho más que hablar por izquierda y obrar por derecha.
Veamos: La presidenta habla de sintonía fina y busca patentar el latiguillo, para disfrazar los ajustes varios que se vienen en la economía y, peor todavía, en el bolsillo de millones de argentinos.
Habla maravillas del secretario de Comercio Interior y le otorga poderes superiores a los que tiene, por rango constitucional, el jefe de gabinete, pero ignora la catarata de quejas que generan en los empresarios sus insólitas trabas a las importaciones, que ya han derivado en suspensiones de personal en algunas industrias y cierres de comercios.
También ignora algunas quejas que le intentan hacer llegar desde, al menos, dos ministerios, Industria y Planificación, por ese proceder del secretario, convertido hoy en el hombre más poderoso del gobierno, apenas por debajo de la propia jefa de Estado y de Carlos Zanini.
El verdadero alcance del "poder" que ejercería el joven Máximo Kirchner sigue siendo una incógnita, mitad verdad y mitad fantasía, que no viene al caso en este comentario.
La presidenta fustiga a Hugo Moyano y al resto de los sindicalistas por la pretensión de fijar aumentos salariales según lo que dictan las góndolas de los supermercados y no los mentirosos números del INDEC, pero, al mismo tiempo, dice, por cadena nacional, que ella es partidaria de paritarias libres.
Aunque se desmiente a sí misma, a continuación, cuando advierte que el Estado intervendrá si algo se sale de curso o si se pretende fijar aumentos salariales que después no puedan ser cumplidos.
Inconsistencias del relato.
De movida, esa dualidad le valió un sonoro cachetazo por parte de Moyano, quien le dijo por televisión (pocas cosas le disgustan más que alguien la corra a través de los medios) que, si va a intervenir de esa manera en la discusión entre trabajadores y empresarios, que directamente fije los salarios por decreto y que termine con la cantinela de paritarias libres.
Dijo, muy suelta de cuerpo, en la enésima cadena nacional que ofreció en la semana, que ella no será gendarme de la rentabilidad empresarial, pero, en el mismo acto, anunció la creación de una comisión interministerial que investigará las ganancias de los hombres de negocios, y todo luego de repetir que los aumentos salariales quedarán sujetos, vaya contradicción, ¡a la rentabilidad de las empresas!
Lo mismo que cuando sostiene que le encanta que las empresas ganen plata, mientras sorprende por televisión al anunciar que Débora Giorgi y el joven camporista Axel Kicillof serán los encargados de husmear en sus sueldos y cuentas bancarias.
Cristina Fernández también construye su nuevo y remixado relato cuando califica a Mauricio Macri de vetador serial, sin importarle que se trate de una atribución constitucional del jefe de gobierno porteño de la que ella también puede valerse a nivel nacional.
Se expuso, tal vez apurada por esa fiebre por construir las cosas según su única y exclusiva visión de las cosas, a la réplica de la vicejefa de la ciudad, María Eugenia Vidal, quien le recordó que ella fue responsable del que tal vez haya sido el peor veto de todos cuantos dispuso desde 2007 a la fecha, como fue el de la ley que restituía a los jubilados el 82 por ciento móvil, una conquista que persiguen hasta propios integrantes de su administración.
Con un agregado: la presidenta presentó el anuncio del último aumento a la clase pasiva como una dádiva de su gestión, cuando, en verdad, no hace más que cumplir con la ley de Movilidad que votaron oficialismo y oposición en el Congreso.
La jefa del Estado, más bien, está obligada a dar el aumento a los jubilados porque así lo manda la ley. No es una concesión graciosa de su gobierno ni tiene por qué ser utilizado políticamente mediante una transmisión en cadena nacional.
Un aumento que, además, tuvo sabor a poco, más allá de la épica de la que se lo quiso rodear, proveniente de un gobierno que, en medio de la crisis y la llegada del ajuste que se hará sentir en vastos sectores sociales, gasta 440 millones de pesos para estatizar la transmisión televisiva del Turismo de Carretera, que ya se veía por televisión abierta sin costo adicional alguno para los usuarios.
Con el pomposo anuncio del miércoles, la mínima de los jubilados pasará a ser de 1.600 pesos, apenas por debajo del valor de la canasta básica alimentaria que fija el INDEC.
Pero el fervor de los aplaudidores oficiales en el salón de las Mujeres Argentinas transmite esa refundación del relato como si se hubiese anunciado el descubrimiento de petróleo en la mismísima Plaza de Mayo.
En el medio, y como parte del mismo relato, Cristina Fernández deja trascender, a través de sus voceros, que ella no está interesada en una reforma constitucional mediante la cual buscaría la reelección indefinida para perpetuarse en el poder, y manda a "retar" a quienes alimenten con ese tema a los medios.
Pero, ¿qué otra cosa que una bajada de línea desde Olivos es la que permite a Amado Boudou (que, al igual que Gabriel Mariotto, asume gustoso el mote de "Chirolita" de Cristina) lanzar ahora mismo la "necesidad" de que la presidenta permanezca otros cuatro años en el poder a partir de 2015, para "completar los cambios iniciados en 2003"?
¿Cómo creer que aquella arenga del propio Boudou, junto a Mariotto y el grueso de los jóvenes de La Cámpora, en Mar del Plata, donde se reclamó "no esperar tres años", sino encarar ahora mismo el tema de la reforma, no tuvo la venia de ella?
Según la refundación del "relato", la verdad es aquella, no esta. Y, en todo caso, siempre quedará el recurso de echar la culpa al periodismo por haber malinterpretado los dichos de la cumbre junto al mar o el reciente pedido de cuatro años más por parte del vicepresidente.
No sólo es la refundación del relato de Cristina, esa imposición de su palabra como la verdad revelada y la inexistencia o invalidez de cualquier otra opinión que no sea la suya. Es, también, el control más absoluto de ese relato.
Voces críticas que pueden escucharse en despachos del gobierno afirman que, a partir de esta nueva impronta, se ha establecido un verdadero sistema de control de lo que dicen y hacen todos los funcionarios del gobierno, desde el jefe de gabinete hasta el último director de área.
Uno de esos confidentes lo reflejó desde el anonimato: "El sistema es de terror; nadie puede hablar si antes no es autorizado por el controller que le designaron o por ella". Como ni Boudou se salva de esa imposición, hay más razones para creer que su arenga a favor de una Cristina hasta 2019 contó con el visto bueno de los que controlan el relato.
No hay que hacer un ejercicio de imaginación para suponer quiénes son. Basta con mirar a los que componen el círculo cerrado y exclusivo que se mueve alrededor de la jefa.
Tal vez alcance y sobre para retratar semejante cuadro lo que dijo esta semana, sin ruborizarse, el vicegobernador de Buenos Aires: "Nosotros no somos librepensadores, somos parte de un poder vertical, yo no doy instrucciones, yo recibo instrucciones", se despachó Mariotto, en la misma declaración en la que había asegurado que no le costaba nada ser un "che pibe" de Cristina, como venía de calificarlo Moyano en esta dura escalada que ha emprendido el camionero para confirmar el despegue de las posiciones del gobierno que inició el 15 de diciembre último, en el acto de Huracán.
Tal vez uno de los más atribulados por este giro sea Julio de Vido. El ministro se habría visto obligado por "orden de arriba" a derivar buena parte de sus contactos empresarios a la agenda de Boudou. Y, antes, a la de Moreno. Aunque, claro, el relato refundado dirá que todo va de maravillas y que entre ellos reinan amor y paz.
Fuente: lanueva.com